|
|
 |

Actualizado: 1 de Enero |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
MILAGRO EN EL CAMINO: ENCUENTRO INESPERADO
|
|
|
martes, 10 de septiembre de 2002
|
|
|
|
capitulo cuarto
La familia caminaba en fila india aquella noche por el sendero que Abassi había estudiado exhaustivamente durante el día.
Abría la comitiva Abassi mismo, detrás Alvi y Yerai y cerrando aquella, Milani con su mochila colgada al hombro.
Dado lo largo del camino, Abassi y Milani habían hablado sobre la carga que habían de llevar cada uno. Por ello habían repartido las mantas que hasta el momento había cargado Abassi en pequeños envoltorios, por lo cual los cuatro llevaban sobre sí los bártulos que iban a necesitar en la noche. No eran demasiados, la austeridad de su vida la conocían los cuatro, la incógnita y el abismal final de sus existencias eran como un secreto a voces que ni si quiera se comunicaban entre sí por temor al otro.
|
|
|
Aquella noche los misiles cruzaban el firmamento estallando cuando encontraban el objetivo levantando una muralla de fuegos que en la noche lo iluminaban todo. Abassi tenía la intuición de que caminaba hacia la libertad, una voz interior o un sexto sentido le indicaba que por aquel sendero llegaría al lugar que le convenía y deseaba. Por eso rompía filas en la noche sin estrellas, oscura como la boca del lobo, sólo iluminada fugazmente por las bombas que se cruzaban muy lejos del lugar por donde ellos caminaban. Abassi había hablado con su mujer aquella noche antes de emprender la marcha.
- Si no nos apartamos de la orilla del mar, llegaremos a un lugar que nos ofrezca la libertad que buscamos. Nunca más volveré a estas tierras, he amado siempre mis raíces, pero veo que ahora todas esas raíces que tanto he amado, están podridas, ya no me dicen nada, Milani, por eso busco un mundo mejor para nosotros y nuestros hijos. En aquel recodo, cuando un viejo reloj que apretaba la muñeca de Abassi marcaba las tres de la madrugada, un ruido les obligó a frenar su marcha. Abassi retrocedió unos pasos, apartó a sus hijos y le dijo al oído a su mujer.
- Algo está ocurriendo aquí, los bandidos andan cerca, el agua del molino sale demasiado revuelta y por estos rincones se pierden los indeseables, aparte de los desertores y los guerreros. Quedaos aquí, acurrucaos unos contra otros y respirar lo menos posible.
- No puedo dejarte solo - siseó Milani.
Abassi le tapó la boca con suavidad.
- No te muevas - le dijo.
Y en la espesura avanzó con firmeza. Había arrancado tres lianas de la maleza convirtiéndolas en una trenza que le hacía de látigo y lo apretaba en la mano dispuesto a azotar a quien se le enfrentara. De repente, al separar la maleza, vio un miliciano, luchaba con algo que había bajo su cuerpo. Abassi avanzó un paso al frente y puso su dedo en el hombro del soldado. Fue automático. Con gran asombro de Abassi y de Milani, que miraba desde una esquina, el hombre se convirtió en una bola, se fue cerrando sobre sí mismo y rodó monte abajo. Una mujer muy joven se hallaba tendida en el césped, medio desnuda, con las ropas desgarradas y un llanto nervioso y agitado que la estremecía de pies a cabeza. Al ver ante ella la gran altura de Abassi, exclamó sollozando:
- ¡No, no... ya basta, ya basta! - e intentaba cubrir su desnudo cuerpo con los harapos que habla roto en pedazos el miliciano. Abassi, absorto, no miraba a la mujer que se retorcía intentando cubrir sus desnudeces, sus ojos iban tras la bola que seguía rodando y rodando hasta que al fin se hundió en el agua y no volvió a resurgir. Abassi pasó las manos por el pelo, un sudor frío le invadía, ¿qué había ocurrido allí? ¿Por qué? ¿Por qué? Milani se acercó a su marido y le tocó en el brazo.
Abassi se volvió como si mil demonios le obligaran y se quedó mirando a su mujer, absorto, confundido, sin comprender nada de lo que había ocurrido. Entre tanto la mujer había logrado ya levantarse y caminaba entre los arbustos.
- ¡Eh! - dijo Milani.- Espere un segundo. La mujer se tapaba malamente con el harapo que habla sido una manta en su día y murmuraba con voz entrecortada.
- Vivo al otro lado de la montaña, han invadido el poblado y he logrado huir, pero vuelvo, vuelvo a buscar a mis hijos y a mi esposo... - y se perdía ante los ojos, ya no tan atónitos, de Abassi y Milani.
- Tengo que hacer un alto. - dijo Abassi. Y cayó sentado en la maleza. Milani se acurrucó a su lado. Los dos niños estaban tras ellos tapados con una manta.
- Creo - decía Abassi en voz baja- que no han visto nada.
- No. Estaban demasiado asustados para fijarse en lo que ocurría ante ti.
- ¿Tú lo has visto, Milani?
- No he comprendido nada, Abassi. ¿Has sentido algo bajo tu dedo?
- Solo he sentido el cuerpo del hombre que quería violar a esa mujer. La mujer en cuestión ya se perdía en el recodo y sus pasos se oían correr hacia lo alto de la montaña. Abassi seguía absorto mirando a Milani como si no la conociera y como si todo lo ocurrido hubiera sido un sueño, mejor o peor, pero solo un sueño.
- ¿Comprendes algo tú, Abassi?
- No, Milani, sé que he tocado al hombre y que fue convirtiéndose monte abajo en una bola informe y al fin se hundió en el mar. Solo sé eso.
- Y no lo comprendes, ¿verdad, Abassi?
- No, sigo sin comprender nada. Solo sé que estamos vivos y que tenemos media noche por delante, que en cierto modo hemos salvado a una mujer de ser humillada y nosotros hemos de seguir nuestro camino. Nuestro destino - añadía a la vez que empezaba a caminar junto a su mujer- es buscar el futuro, más lejos o más cerca, pero verás como al final lo encontramos. Milani caminaba en silencio, se pegaba al costado de su marido como si le sobrecogiera un miedo aterrador, pero al mismo tiempo, sintiendo el contacto masculino se consideraba segura, y no sabía por qué. Tal se diría que el silencio era el consejo que la noche les ofrecía a ambos, porque caminaban pesadamente haciendo el menor ruido posible. No se desviaban de la orilla del mar, lo que indicaba que algún día, sabía Dios cuándo, pasarían Montenegro, Sarajevo, y atravesarían Bosnia por la orilla, y tal vez llegaran algún día a Croacia. Pero fuera como fuera, las noches se hacían inmensamente largas, y los días, bajo las ventiscas, tapados con mantas, se escondían entre los altos matorrales. No sabían a ciencia cierta si habían cruzado la frontera de Albania, sabían, eso sí, que habían pasado Macedonia, que habían escapado de Tirana, lugar por donde entraban los aviones o disparaban los misiles. Abassi, que no conocía el terreno, pero que tenía una intuición muy personal, pensaba que habían pasado ya las orillas de Podgorica. La noche aquella se hacía más larga, tal vez por lo sucedido en mitad del sendero, o quizá porque al otro lado de la montaña estallaban los fuegos que se elevaban hasta el firmamento. El brazo de Abassi se alzó, era grande y poderoso, y atrajo hacia sí a Milani, pero volviendo la cabeza, dijo a sus hijos:
- Caminad rectos, no os separéis de mi, que Curry os indique el camino - y mirando al perro que gruñía como aceptando la orden de su amo, añadía- Curry, te hago responsable de mis hijos. El perro lanzaba un aullido y movía la cabeza como si fuese un ser humano y entendiese lo que su amo le decía. Cuando empezó a amanecer, Milani dijo en voz baja:
- No puedo olvidar el espectáculo de la noche...
- Calla, Milani.
- ¿Tu que dices, Abassi? ¿Qué piensas de lo ocurrido? Ante mis ojos tengo al miliciano que soltó su mosquetón y su mochila y rodó monte abajo convirtiéndose poco a poco en una bola que parecía un enorme balón...
- No sé que decir, Milani.
- Ha sido como un milagro.
- Los milagros no existen, querida.
- Pero éste si parece que lo he sido, ¿cómo si no pudo rodar convertido en una bola y hundirse en el mar sin emerger del mismo?
- Tal vez sea un castigo del cielo, querida mía. A fin de cuentas, iba a cometer una atrocidad, iba a violar a aquella joven. ¿Te das cuenta de la humillación que supondría para esa joven ser sometida por un desconocido?
- Pero tú solo le tocaste, Abassi. El aludido estiró la mano y miró sus propios dedos. La luz del amanecer les iluminaba, y sin dejar de mirarlos, exclamó:
- No siento nada en ellos, es mi mano, Milani, es mi mano y no es diferente a cualquier otro día. Yo le toqué con el dedo y es cierto, salió como despavorido, como volando... soy muy alto, me tendría miedo...
- Tu no vas armado, solo llevas ese látigo que no es nada comparado con el arma de fuego, él pudo levantar el mosquetón y matarnos a todos, y sin embargo, no ocurrió así, sus manos se menguaron, sus brazos quedaron hundidos en su cuerpo y así se convirtió poco a poco en una bola que fue rodando hasta el mar, yo le vi, Abassi. El marido daba cabezaditas, ciertamente, él también lo había visto, pero no lo comprendía. Afortunadamente, sus hijos no se habían percatado de nada de lo ocurrido, por eso, por toda respuesta se detuvo. El día se habla iluminado totalmente.
- Nos vamos a quedar aquí. - dijo- Esta hondonada nos protegerá. -y volviéndose, añadió a sus hijos- Sentaos, cubríos con la manta, voy a daros de comer. Milani, que seguía apretada a él, siseó con voz apenas perceptible:
- Si ya no queda nada, Abassi... Abassi lo pensaba también, por eso, al hundir la mano en el morral y palpar el pan y el queso, elevó los ojos al cielo murmurando:
- Queda un poco, lo suficiente para que comáis. - y sentándose en la hierba, fue cortando con sus propias manos el queso y el pan que entregó a sus hijos.
- Mientras tengamos este alimento, - decía- sobreviviremos. Después aplicaba la cantimplora a los labios de los dos pequeños, incluso hacia un cuenco con sus manos y le daba de beber a Curri. El día era gris, los grandes nubarrones cubrían parte del firmamento y a lo lejos, por varias partes de aquel ámbito interminable, se veía humo que rezumaba aún de las bombas caídas en la noche.
- Es posible - murmuraba- que dentro de unas noches hayamos llegado a tierras neutrales.
- ¿Dónde nos detendremos, papá?
- No lo sé, pero habrá algún rincón que nos acoja. Tu madre sabe algo de español y yo conozco alguna palabra. Es posible que España, que vive en paz, nos dé cobijo. Nos costará tiempo y trabajo, pero cuando uno se propone algo y lucha por ello, casi siempre lo consigue. - y sintió que tenía hambre. No le agradaba alimentarse con las hierbas delante de sus hijos, por eso mirando a Milani significativamente se puso en pié y buscó un lugar apartado, buscaba el sendero para caminar por la noche, pero a la par también buscaba las hierbas que saciaban su apetito. Las que llevaba en el morral no quería gastarlas, porque tal vez por aquellos lugares inhóspitos no volviera a encontrar aquellas hierbas que de un modo tan extraño alimentaban su cuerpo. Caminó un rato y al final vio la planta con aquellas hojitas verdes muy unidas unas a otras. Comió de ellas y metió algunas en el morral. Como otras veces, un líquido verdoso resbalaba por la comisura de sus labios entre tanto se saciaba el hambre y notaba cómo sus fuerzas crecían, su mirada era más viva y su intuición más evidente. Sin lugar a dudas, aquellas hierbas poseían un poder extraño porque daban a su cuerpo una fuerza indescriptible y aumentaban sus ganas de vivir. Sintió los pasos de Milani y volvió el rostro. Enseguida cerró el morral, limpió con el dorso de su brazo la comisura de los labios y se levantó poco a poco.
- No has comido nada, Abassi.
- He encontrado mis hierbas, Milani.
- ¿Y si las comiera yo?
- Ya sabes el efecto que hacen en tí...
- ¿No Le duele a ti el estómago, Abassi?
- Claro que no.
- Tal vez aquel día que las comí me sintiera mal, ¿por qué no pruebo de nuevo?
- Hazlo si gustas, pero sólo unas pocas, no vaya a ser que en ti produzcan el efecto contrario a mi. Milani llevó tres hojas a la boca y las masticó. Lo hizo con verdadera repugnancia, y al final llevó las manos al estómago y vomitó de nuevo.
- No puedo - dijo- no puedo, Abassi. Abassi miró al frente y en sus ojos se reflejaban demasiadas cosas, demasiadas interrogantes o tal vez supuestas respuestas, pero en voz alta no dijo absolutamente nada. En cambio, ayudó a levantarse a su mujer y ambos, uno apretado contra el otro y en silencio, caminaron nuevamente hacia el grupo que formaban sus hijos y el perro en medio del sendero, en aquella hondonada. Tenían el día por delante y Abassi pensó que después, cuando descansara un poco, iría a inspeccionar el camino para poder hacer la ruta de la noche sin ningún tropiezo.
INDICE
|
|
|
|
Nota: Los comentarios son moderados y no se muestran hasta su aprobación
Nota: Los comentarios son moderados y no se muestran hasta su aprobación
No escribas TODO CON MAYUSCULAS
No des datos personales: mail, telefono, etc...
Si quieres recibir otras respuestas utiliza la opción "Seguir":
Ahí puedes introducir tu correo (lo mantiene privado) y pueden comunicarse contigo
Se consecuente con la opción que te brindamos, haz comentarios serios (con sentido)
Y lo más importante: ¡Revisa tu ortografía!
|
|
|
|
Creemos
en la personalización: Pulse en los logos para un contacto directo con las marcas
|
Google Friend Connect (desde 07ENE010)
|
|
|
|