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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: PRIMERA ETAPA
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martes, 10 de septiembre de 2002
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capitulo quinto
Un nuevo día se asomaba en aquel amanecer de un gris plomizo, cuando los cuatro personajes de nuestra historia seguían caminando en fila india, menguados sobre si mismos, y solo al frente, erguido y poderoso, Abassi Shea oteaba la llanura con una cierta ansiedad en sus ojos, que unas veces parecían verdes como las hierbas que los rodeaban y otros oscurecidos como aquellas montañas que se erguían entre barrancos y altibajos. La ventisca azotaba los peñascos por los cuales discurría un curvo sendero cuyo final no parecía vislumbrarse nunca. Abassi, mientras caminaba, pensaba que quizá había dejado Albania atrás, pero no estaba muy seguro.
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No llevaba ni mapa ni brújula, sólo su instinto le guiaba. Sabía, eso sí, que era responsable de su esposa y de sus hijos, y sabía también que algo extraño surgía en su persona dotándolo de unos extraños poderes que nunca antes había poseído. Se preguntaba una vez más, en su propio silencio, qué cosa, qué motivo, qué situación había cambiado en su persona. De súbito sintió que algo se pegaba a su costado, y al bajar la cabeza supo enseguida, incluso sin verla, sólo por el olor, que tenía a Milani interrogante mirándolo, con la cabeza alzada como preguntándole una vez más "¿qué hacemos, Abassi?"
- Desconozco este panorama - dijo Abassi sin que la mujer abriera los labios, pero adivinando él lo que Milani quería saber
- Nunca he salido de Kosovo, he nacido y crecido allí, y salvo aquella corta luna de miel que hicimos los dos juntos, desconozco otros mundos, otras culturas y otros ámbitos. Por mi instinto, diría que hemos dejado la frontera de Albania atrás, que es posible que estemos llegando a Titograd en Montenegro. Yugoslavia queda más allá, y sólo apreciamos el fragor de su guerra en el firmamento y esos ruidos ensordecedores que indican cómo un mundo tan viejo se destruye... es la ambición de los hombres, Milani, la ambición y el deseo de poder. Nunca he comprendido por qué los serbios nos echaban de nuestro lugar, nuestra provincia, allí donde creamos nuestro hogar y nacieron nuestros hijos, pero menos aún comprendo la situación de la OTAN pretendiendo doblegar a Milosevic, y Milosevic es soberbio, es posible que sea un psicópata...
- Calla, no digas eso.
- Te lo digo porque ningún hombre con sentido común y un poco de humanidad puede permitir que sus súbditos se vean aplastados por la soberbia de no ceder. No comprendo cómo habiendo tanta fuerza en estos mundos civilizados, funcionando como funcionan las agencias de inteligencia de los gobiernos poderosos no pueden destruir a un solo hombre. A veces pienso que las armas que están quemando cada día es el negocio del siglo y lo que sostiene esta maldita guerra, que individualmente nos está destruyendo uno a uno. Tampoco entiendo - seguía reflexionando en alta voz sin dejar por ello de caminar sendero abajo- por qué se han metido en esta guerra si no estaban seguros de ganarla en dos semanas. Llevamos ya demasiado tiempo, el arreglo diplomático no creo que llegue, y al paso que vamos, no quedará una piedra derecha en este lugar.
- Papá, tengo hambre. Abassi se detuvo y también Milani. Ambos giraron y mudamente, el hombre desató la mochila que llevaba al hombro y extendió una manta sobre el césped húmedo.
- Vamos a quedarnos aquí hasta que oscurezca, - dijo- aunque yo caminaré un poco más para ver que hay detrás de ese montículo. Después metió la mano en el morral y alzó una ceja. Estaba convencido de que el día anterior, en la noche, les había dado a sus hijos el último queso y el último trozo de pan que había. Agitó la cantimplora. Tenía la plena certidumbre de que había quedado vacía, y sin embargo, había pan y queso en el morral y la cantimplora tenía agua. Mientras él palpaba el pan y el queso, Milani le miraba interrogante. El abatió los párpados como diciendo: "Aún queda" y la mirada de Milani indicaba. "¿Cómo es posible?" Extrajo el pan y el queso y les dio la cantimplora a beber. Dio un mendrugo a Curry y mientras éste lo roía sujetándolo entre ambas patas, le dijo a su mujer.
- Demos un paseo mientras los chicos descansan. Quiero saber qué hay al otro lado de ese montículo. Me parece que nos estamos desviando lo suficiente para llegar en solitario a la frontera con Croacia. Si esto ocurre, te puedo asegurar que nunca volveré por estos lugares. Hemos de buscar un lugar tranquilo. - caminaba sujetando la mano de su mujer hacia el montículo- me desviaré de las guerras y buscaré para mi futuro, sea largo o corto y para mi familia un sitio donde tenga la certidumbre de vivir sosegadamente de mi trabajo.
- No es fácil olvidar esta tragedia, Abassi.
- No lo pretendo - dijo el hombre rotundo- este sufrimiento me servirá para apreciar la poca o mucha felicidad que alcance en el futuro.
- Mira, - dijo Milani extendiendo el brazo- mira, Abassi. Y Abassi, que miraba al firmamento, bajó la cabeza sobre un pueblo muerto y silencioso que casi amanecía. La claridad del día era casi plena y se podían ver los tejados rojos y las casas intactas, pero se diría que en aquel pueblo no había habitantes.
- Vuelve, Milani, quédate con los niños.
- Ah, no, yo voy contigo.
- Pues adviérteles que no se muevan puede haber bandidos, gente que busca la carroña que han dejado otros... es la miseria humana. Tenemos que acercarnos al pueblo, quizá encontremos mantas para renovar las nuestras que están mugrientas y húmedas, y ropa para nosotros, y comida... y mientras caminaba al lado de su mujer extraía del morral un puñado de hierbas ya marchitas, que llevó a la boca y masticó con fiereza.
- Tengo miedo que un día te hagan daño, Abassi.
- No lo creo, ya no es posible. Además, te parezca extraño o no, cuando las como, mi estómago se restablece, se fortalece y mis músculos se diría que se relajan y son más poderosos.
- No lo comprendo.
- Yo tampoco, Milani, pero es la pura verdad. Tú sabes que yo nunca te he engañado y no lo haría con algo tan simple y tan extraño. Abordaban ya el pueblo y en efecto, todo estaba vacío, los cacharros tirados por las cocinas, las camas levantadas, los armarios abiertos...
- Se diría que por aquí - decía Abassi yendo de un sitio a otro- ha pasado un huracán. Pero no parece que ocurra
como en otros pueblos, aquí no han prendido fuego a las casas. Eso quiere decir que antes de que llegaran los serbios, los kosovares han huido, estarán por los montes cercanos. Recuerda la hilera de seres humanos que hemos visto amontonados hace unos días. Y una a una, recorrieron aquellas pequeñas casas abandonadas mientras Milani recogía mantas limpias y Abassi llenaba el morral de jamón, de queso y pan duro. De repente, en una de las casas, al abordar la entrada, vio tirado en el suelo a un anciano, con los ojos muy abiertos e inmóvil, amarrado a una silla. Abassi y Milani, uno por cada lado, lo desataron y cuando intentaron ponerlo en pié, al hombre se le doblaron las piernas. Abría los labios, pero sólo pronunciaba gemidos.
- Es mudo - dijo Abassi.- ¿Qué hacemos, Milani?
- No lo sé, está paralítico, aún si caminara... Abassi lo sujetó contra sí y le dijo al oído en voz baja.
- Tienes que caminar, amigo, tienes que caminar. Y el hombre, abriendo mucho los ojos y extendiendo los brazos, dio un paso al frente, se tambaleó y luego dio otro, y luego otro, y al final se sujetó a la pared. Abassi le dijo mirando a Milani.
- Lo llevaremos y lo dejaremos a salvo en el primer pueblo que encontremos habitado.
- Quizá no lo hallemos, Abassi.
- ¿Es que pretendes dejarlo aquí?
- No, no, pero será una carga muy difícil de soportar. Abassi recogió el morral, ató la mochila al hombro y le dijo al hombre.
- Síguenos. Milani no creía lo que veía. El hombre caminaba ya seguro, sin tambalearse, y sin embargo, tenía los pies torcidos y parecía imposible que aquel despojo humano pudiera caminar, pero lo estaba haciendo. Dejaron el pueblo atrás y Abassi apretó los dedos de Milani murmurando:
- Ya verás cómo la providencia quiere que encontremos un pueblo habitado donde poder dejar al anciano.
- No caminaba, Abassi, estaba moribundo.
- No hagas caso, Milani, no hagas caso. Ni era paralítico ni estaba moribundo.
- Tu sabes que si. Abassi dio una cabezadita dudosa, como vacilante. Había un cierto anhelo en sus labios. Sabía, efectivamente, que el hombre era paralítico y estaba moribundo.
- Esta es nuestra primera etapa. - dijo Abassi llegando junto a sus hijos y sentándose en la hierba.
- Papá, ¿quien es este hombre?
- Lo hemos encontrado en el pueblo. Estaba vacío, es el único ser humano que allí había.
El anciano parecía una momia, miraba en todas direcciones como si no comprendiera nada y Milani pensaba que efectivamente, no comprendía. Abassi. recorrió aquella tarde todo el entorno, volvió al pueblo y al retornar junto a su mujer, no vio al anciano.
- ¿Y el viejo? - preguntó Abassi.
- Se ha ido por ahí - dijo Milani angustiada. Y extendió el brazo hacia el barranco.- No hemos podido detenerle. Hemos gritado y corrido tras él, pero él siguió adelante.
- Voy a buscarle. Y con gran asombro ante sí mismo, Abassi se vio casi volando monte abajo hasta llegar al barranco. No quedaba ni rastro del anciano. Buscó por un lado y por otro, y solo una voz interior le decía: "No sigas, vuelve con los tuyos, el anciano se ha evaporado." Para él aquello fue una pesadilla, pero sabia muy bien que no podía solucionarlo, que el anciano, por la razón que fuera, se había ido, tal vez para evitarles una carga inútil, o tal vez se habla tirado al barranco y habla quedado incrustado en alguna de aquellas afiladas piedras que aprecian cuchillos.
- No me detendré - dijo retornando al lado de su mujer- hasta llegar a Sarajevo. Por aquí el camino está expedito. Es posible que no encontremos ni soldados ni bandidos, la guerra queda lejos y vamos camino de Bosnia, llegaremos a Croacia y después a Hungría. Tardaremos muchos días y muchas noches, pero llegaremos, Milani. De lo ocurrido al pobre anciano no somos responsables, de una forma u otra, no hubiera resistido demasiado.
- Yo me pregunto, Abassi, si nos quedaremos en Croacia, suponiendo que lleguemos allí sanos y salvos.
- No nos quedaremos. Cruzaremos Hungría y Rumania y seguiremos caminando. Es posible que tardemos meses, un año, pero no tenemos ni almanaque, ni reloj, ni radio porque la única que teníamos ha roto, pero no me interesa ya conocer más, he visto bastante.
- Yo me pregunto cómo iniciaremos una nueva vida... Anochecía. Había transcurrido un día más. Iban ya muchos. Al principio Abassi solía contarlos metiendo palitos en los bolsillos, pero muchas noches, debido a la fatiga, o al ansia de avanzar por el sendero, se había olvidado y había perdido la cuenta, sabía, eso si que no retrocedía, que era responsable de su familia, que llegaría a la civilización y empezaría una nueva vida, mejor o peor, pero sin guerras y destrucción.
- Hay que continuar caminando. - dijo cuando ya anochecía.
- Si no llevas linterna - decía Milani sorprendida- ni nada que nos ilumine, ¿como puedes abrir camino en el sendero si no se ve apenas nada?
- No lo sé, Milani, no me lo preguntes. Llevamos así muchas noches y te puedo asegurar que no piso en falso, que el sendero está bajo mis pies y que algo o alguien evita que me escurra por los peñascos hacia el abismo. Vosotros seguidme, paso a paso, pisad donde yo piso y no temáis, tengo en la mente una luz que si bien no da claridad, me guía en la oscuridad. No sé por qué, Milani, tampoco ahora me lo preguntaré, necesito aceptar esta situación y así lo estoy haciendo porque una voz interior me obliga a ello y si llevo tantos días y no ha pasado nada y sigo caminando y vosotros me seguís, es que voy bien y ciegamente obedezco a ese instinto interior que me conduce. Esta noche - añadió en voz baja con aquella complicidad que tanto les unía- descansaremos. Enseguida nos detendremos, en cuando encuentre un lugar apropiado, extenderé las mantas y dormiremos, porque hay que aprovechar la primera etapa y a la par, Milani, haremos el amor...
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