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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: SEGUNDO ENCUENTRO
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martes, 10 de septiembre de 2002
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capitulo sexto
Anochecía cuando Abassi retornó de la inspección que solía hacer cada día. De las cumbres descendía una brisa helada, y como empezaba a llover, el agua se convertía en una ventisca cada vez más espesa.
- No podemos salir esta noche - dijo Abassi- Ayúdame, Milani, a buscar un lugar donde pernoctar. Y ambos iniciaron una búsqueda afanosa. Había una hondonada entre dos peñascos y Abassi le dijo a su mujer.
- Si cubrimos esta hondonada, posiblemente la ventisca tarde en hundirnos el techo.
- Es imposible, Abassi, la ventisca es cada vez más intensa, y si nos metemos en este agujero los cuatro con el perro, nos cubrirá la nieve hasta ahogarnos.
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- Esperemos que no. - replicó Abassi aunque en su rostro se dibujaba una cierta duda. Pero añadió sin hacer pausas- Vamos a colocar a los chicos ahí, en ese agujero, con el perro y luego nos meteremos nosotros. Ayúdame a tensar la manta, que la voy a sujetar en estos arbustos. Dicho y hecho. La amarró por las esquinas con una liana y la manta quedó tensa formando un techo que a todas luces resultaba demasiado débil para la ventisca que empezaba a ser cada vez más abundante. Sin embargo, una vez colocados los chicos en una esquina, con Curry metido entre las piernas de Alvi, y Yerai acurrucada junto a su hermano, Abassi le pidió a Milani que descendiese también, que él lo haría después. A regañadientes, Milani obedeció porque era la única forma de escapar de aquel infierno que estaba cayendo sobre ellos cubriendo de un manto impoluto todo el entorno. Las grietas de la montaña se iban cerrando y Milani veía cómo sobre la manta tirante que hacia de techo se amontonaban algunos copos.
- Esto no aguantará. - decía deslizándose hacia sus hijos.
Abassi ni siquiera respondió. Miró entorno con expresión vacía. Ignoraba su situación, pero confiaba, aún así, que la naturaleza le ayudarla a sobrevivir y superar todas aquellas contrariedades, Sabía ya que la guerra iba quedando lejos, que sólo en el cielo resplandecían los misiles y las bombas y el ruido ensordecedor de los aviones, pero según él entendía, Rumania y Bulgaria quedaban al otro lado. El iba por la zona de Sarajevo y Bosnia y creía que poco a poco se iba desviando de aquel infierno que los hombres habían desatado por sus ambiciones. Erguido cono si fuera una estatua viviente, sentía en su fuero interno una fortaleza desusada y un instinto especial, como un sexto sentido que le advertía que, por la razón que fuera, la ventisca no iba a hundirlos en aquel hoyo donde se amontonaban sus hijos, por eso se deslizó por una esquina y quedó sentado junto a ellos. Pausadamente, hizo lo que hacia casi siempre que disfrutaba de un momento de quietud. Hundió la mano en el morral y extrajo queso y pan y aún algo de aquel jamón que había logrado encontrar en el pueblo solitario.
- Creo, Abassi, que esta vez no tendremos salvación.
- Yo confío, Milani, en que sí la tendremos.
- ¿Pero no oyes rugir el viento? ¿No sientes cómo cae la nieve entorno nuestro? Por toda respuesta, Abassi elevó los ojos y miró la manta que se mantenía tiesa y firme sujeta por las lianas a las esquinas de las aristas de la montaña.
- De momento, no parece tener peso. Cuando te hayas alimentado, duerme, Milani, los chicos se están cayendo de sueño, llevamos demasiadas noches durmiendo mal y poco.
Y fue observando como sus dos hijos agachaban las cabezas y se dormían, mientras Curry a sus pies apoyaba el morro en el muslo de Alvi y parecía cerrar los ojos y dormitar también. Al rato, Abassi observó cómo los ojos de su esposa se cerraban. La acomodó mejor sobre sus rodillas y él también, apoyando la cabeza entre los matorrales, se quedó traspuesto. Nunca supo el tiempo que transcurrió. Cuando asomó por una esquina de la manta y trepó en la nieve, quedó nuevamente erguido mirando entorno. Había nevado copiosamente, había más de un metro de nieve a su alrededor, y sin embargo, sobre la manta había unos pocos copos que apenas si humedecían la tela... Una vez más, Abassi se preguntó por qué, por qué había ocurrido aquello. En la montaña no habla ni una sola grieta, todo lo había cubierto el manto impoluto de la nieve, y como apenas amanecía, decidió formar un surco con sus pies. Al principio, al caminar sobre la nieve, se hundían sus piernas hasta la rodilla, pero poco a poco iba abriéndose un sendero y asomaba la hierba doblegada que había soportado durante la noche la espesa capa blanca. El surco quedaba abierto y tal se diría que era un sendero que conducía a alguna parte. Asombrado, perplejo y estupefacto, sin saber qué pensar de todo aquello que parecía milagroso y el se negaba a aceptarlo como tal, veía el sendero que iba abriendo a sus pies, y al llegar al borde de un montículo, miró hacia abajo y vio un pueblo cubierto de nieve. Apenas si se veían sus caminos y relucir las primeras luces del alba. Los techos de teja los cubría un manto de nieve, pero por alguna esquina se veía el tono rojizo de aquel material. Se quedó un rato ahí parado, y después de observar que en el pueblo habia vida, porque habla luces que se iban apagando poco a poco, decidió retroceder y despertar a sus hijos y a Milani. Ella, al salir a la superficie, miró entorno y exclamó asombrada.
- ¿Pero qué es esto, Abassi, nieve por todas partes y la manta no tiene apenas copos...? - Ahora - dijo Abassi humildemente- olvídate de eso, querida. Ahí abajo, detrás de la falda de la montaña hay un pueblo y está vivo. y ahí no ha llegado la guerra, el sonido de los aviones y los misiles está demasiado lejos. Los niños aparecieron uno tras el otro, y entre ellos, mezclado entre sus piernas, Curry, cuyos alegres ladridos parecían anunciar, con el nuevo día, una nueva vida.
- Vamos a comer algo, - dijo Abassi- y luego descenderemos por ese sendero que he abierto. Milani le asió los dedos y se los apretó mucho. Luego, su voz temblorosa, murmuro.
- ¿Pero cómo has podido, Abassi, con casi dos metros de nieve, formar ese sendero?
- No lo sé, Milani. No me preguntes, porque no sé responderte. Sé únicamente que tenemos un camino por el cual vamos a caminar hasta el pueblo.
Diciendo así, volvió a extraer del morral, que parecía que nunca se vaciaba, queso, pan y un poco de jamón. Luego les entregó la cantimplora. Él, en cambio, comió de sus hierbas milagrosas. Necesitaba reponer fuerzas, y casi inmediatamente de masticar y tragar, sus músculos se relajaron y su ánimo floreció como si el sol y la humedad abrieran una flor cerrada en las sombras.
- Ahora - dijo al rato- caminad detrás de mí. No os desviéis del camino que he abierto yo. A ambos lados la nieve llegaba hasta sus cinturas y Milani caminaba tras sus hijos y el perro viendo la silueta de su marido erguida, hierática, como si desafiara al mundo. La llegada a la falda de la montaña no fue una tragedia. Resultó fácil, pero el camino se iba abriendo lo mismo en las estrechas calles de aquel pueblo. De repente, Abassi se volvió y dijo:
- Si pudiéramos lavarnos aquí y cortar estas pelambreras... Solo me harían falta unas tijeras, lo haría yo mismo.
- Me pregunto, Abassi, qué haremos cuando lleguemos a la civilización, en este mismo pueblo.., no tenemos dinero.
- Lo sé, pero a veces los brazos suplen las monedas, si tengo que trabajar para cambiar algo, lo haré. Vosotros seguidme. Caminaban uno tras el otro y observaron cómo los habitantes del pueblo, mudamente, iban retirando la nieve de sus puertas para dejar las entradas expeditas. Abassi se detuvo y miró entorno. Rostros impasibles le miraban a su vez. Entonces avanzó hacia una persona concreta que despojaba de nieve la entrada de su hogar y le preguntó:
- Procedemos de Kosovo y llevamos perdidos mucho tiempo. Nos gustaría saber por dónde andamos.
- Está usted llegando a Sarajevo, este pueblo pertenece a su provincia. Están muy apartados de Kosovo, han dejado atrás Albania y Macedonia y han pasado Montenegro. La guerra está al otro extremo, y si no se desvían, pueden llegar a Croacia dentro de quince o veinte días.
- Supongo que podremos lavarnos en alguna de estas casas y cortar estos pelos que nos crecen sin parar.
- Al fondo de esta misma calle verá usted una barbería. Síganme.
- Gracias - dijo Abassi. Y luego miró a sus hijos y a su mujer- Seguidme. Y caminando sin apresuramiento, abordaron la barbería. Había dentro un solo hombre y Abassi y Milani se miraron tan sorprendidos que se diría que ambos iban a lanzar un alarido. El hombre que tenían delante, anciano ya, era el mismo que encontraron aquel amanecer atado a una silla, aquel que era tartamudo y paralítico, aquel hombre que se evaporó en la noche y nunca más volvieron a saber de él. Lo tenían allí delante y vestía un pantalón de pana y rodeaba su cintura con un delantal blanco. Había una silla de barbero raída y un viejo espejo con el azogue saltado.
- ¿Qué desean? - preguntó el barbero. Y Abassi se acercó él muy despacio, mirándole con fijeza.
- ¿Es que no me conoces? El hombre lo miró y contestó.
- No creo haberte visto en mi Vida.
- ¿Pero es que hablas? - y aún añadió mirando sus pies- Si eran torcidos...
- No sé de lo que me está hablando. - repitió. Y ambos, Milani y Abassi, se dieron cuenta de que estaba siendo sincero. No se acordaba de nada.
- ¿Quieres decir? - murmuraba Abassi aún sin salir de su perplejidad- que no te acuerdas de nosotros, que no recuerdas cuando te levantamos de la silla, que no caminabas y diste un paso y luego otro y te llevamos montaña arriba para protegerte....? y además era mudo...
- Sinceramente, no recuerdo nada de eso, señores.
- Te desatamos de una silla - dijo Milani- en un poblado solitario.
- Si les digo la verdad, sólo recuerdo que cuando entraron los serbios en aquel pueblo, la gente salió huyendo, se amontonaban corriendo montaña arriba. Como yo no podía caminar, uno de mis hijos me ató a la silla suponiendo que los serbios se compadecerían de mí o no les importaría un paralítico, como así fue. No recuerdo nada mas, absolutamente nada más. Solo sé que estoy en este pueblo, que me metí en este lugar un día cualquiera, no recuerdo cuándo y me puse a cortar pelos a mis vecinos. Por lo visto, aunque yo no lo recuerde, era barbero. Milani y Abassi se miraban mientras sus hijos corrían alegremente tras el perro por aquel local donde solo había dos sillas, el sillón del barbero y un espejo manchado de pintas negras. Abassi le dijo a su mujer en voz baja.
- Déjalo así, si no recuerda nada, no debemos hacérselo recordar nosotros.
- ¿Pero te das cuenta, Abassi?
- No quiero dármela.
- Él desapareció una noche - repetía en voz baja Milani- y además era mudo y tenía los pies torcidos y después caminaba, pero porque tú le habías levantado...
- Calla, Milani. - y volviéndose hacia el anciano, murmuró- Le limpio todo esto a cambio de que me deje unas tijeras o usted mismo le corte el pelo a mis hijos y mi esposa. Le dejaré todo como una patena. A cambio permítanos lavarnos y ponernos decentes.
- Si piensan quedarse, forasteros, - dijo el anciano- no les recomiendo este lugar. Aquí no llega la guerra, pero si el hambre y la necesidad, y la repercusión de la guerra está aquí mismo. Yo apenas tengo trabajo y el que hago no me lo pagan porque no hay dinero. Cada día escasean más los comestibles. No me costará nada cortarles el pelo y darles una vasija para que se laven, y si usted me limpia el entorno, se lo agradeceré. Abassi no pensaba quedarse, ni Milani lo deseaba. Habían emprendido un camino nuevo e iban a continuar, pero de momento, los dos iniciaron la limpieza mientras el anciano sentaba a uno de sus hijos en el sillón y procedía a cortarle el pelo. Luego se lo cortó a la chica y después le pidió a Abassi que se sentara a su vez. Al anochecer, Abassi, Milani y los das chicos, con Curry, dejaron el pueblo limpios, rapados, y enfrentados nuevamente a su continuada aventura.
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