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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: HAY QUE IRSE
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martes, 10 de septiembre de 2002
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capitulo noveno
"Hay que irse" lo repetía Abassi a diario durante aquella quincena que había transcurrido. En realidad, se hubiera ido ya mucho antes si no fuese porque al día siguiente de suceder lo que narramos en el capítulo anterior, los vecinos sorprendieron a la familia de Abassi con regalos que amontonaban junto al molino. Apenas sí decían nada; Abassi pensaba que estaban tan azotados como él mismo por la guerra que hablan sufrido tiempo antes. No se habían reparado aún los daños de aquella, el turismo había caído casi en picado y la situación de los pueblos de la provincia de Sarajevo continuaba aún bajo la agonía del infierno que hablan vivido. Por eso, cuando Abassi vio aquellos regalos que se amontonaban junto al molino, quedó como estático y mirando a Milani murmuro:
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- Nosotros no merecemos nada. Sin embargo, los vecinos llegaban, depositaban su obsequio, que tanto podía ser un jamón como un paquete de alubias o una hogaza de pan, y se iban en el mismo silencio. Cuando dejó de llegar la comitiva, Abassi miró a los molineros.
- ¿A qué se debe esto? - preguntó -
- Es agradecimiento por haber salvado a mi hermano por un lado, y por otro porque no llovía en estos contornos desde hace más de cuatro meses y de repente, las cosechas se han salvado gracias al agua caída. Ellos consideran un milagro el hecho de que hayas salvado a mi hermano y por lo tanto, también te atribuyen el milagro del agua caída.
- Yo no puedo cargar con todo esto, Norati, te aseguro que no sé a dónde llegaré, pero mi destino no es ni siguiera Croacia, pretendo llevar a mi familia a un lugar donde puedan vivir en paz; el olor de la guerra y los muertos familiares me han dejado marcado, y por supuesto, no voy a someterlos más a una tiranía ajena, cuando yo, precisamente, soy todo lo contrario de un tirano o de un guerrero.
- Pues tendrás que llevarlo, Abassi, y te diré cómo. Armi y yo estamos preparando el motor de un camión que ha quedado desde la guerra tirado entre los matorrales. Lo hemos limpiado, llevarnos en ello casi todo el invierno, y le hemos añadido un carro corriente. Con las dos ruedas del motor y el carro, que tiene otras dos, podrás ir hasta Croacia en él con toda tu familia, así te evitarás ir caminando. Venid todos conmigo. - añadía Norati- Tras ese muro, está nuestra labor. Milani y Abassi y los dos muchachos con el perro siguieron a ambos ancianos. Armi ya estaba recuperado y Abassi miraba abstraído el tejado de la tortuosa casa que se hallaba totalmente reparado. Allí no quedaba nada que hacer. Milani lo habla limpiado todo, había lavado las ropas que llevaban sucias muchísimos meses, hablan comido caliente y habían dormido en lecho, pero eso tenía que quedar atrás. La decisión de Abassi estaba muy clara en su mente, y por supuesto, no creía en los propios milagros que le atribulan los demás. Caminaban entre los matorrales y al llegar al otro lado del muro, vieron, en efecto, el motor de un camión incrustado a un carro de madera.
- Funciona, Abassi. - decía Norati entusiasmado- Armi y yo lo hemos llevado hasta el pueblo y ha funcionado, y lo probamos en la carretera y te puedo asegurar que puedes llevar todo tu equipaje el día que te marches. Este tipo de coche te servirá para rodar hasta Croacia. Abassi mudamente dio vueltas entorno al artilugio aquel de madera con motor de hierro. Lo palpó, lo puso en marcha, montó en él y asió el volante. Rodó un buen trecho y retrocedió después. Valía. Evitaría que sus hijos y su mujer se cansaran de caminar hasta llegar a un lugar donde él
pudiera tomar un avión que les condujera a otras tierras. Sabía que no tenía documentación, pero sabía también lo que estaba ocurriendo en el mundo y que no le sería difícil poner en claro su personalidad y la de su familia. Así que descendió de aquel extraño artilugio, y pasando un brazo por los hombros de su mujer, dijo únicamente.
- Esto lo acepto, Norati, nos servirá mucho en el camino que nos queda por recorrer, pero de momento, no nos marchamos. Norati y Armi asintieron dando una cabezadita y a la vez cubrieron con una especie de plástico aquel extraño artefacto que habían fabricado entre ambos.
- Soy ebanista - decía más tarde Abassi sentado junto al fuego- y tal vez pueda hacerle una caja mejor a ese motor. De todos modos, el motor lo aprovecharé tanto como me sea posible. Esa noche, él y Milani no entraron en casa a la hora de los demás. Había cesado de llover, y la tierra mojada despedía un grato olor, también las plantas silvestres. Milani y Abassi pasearon lentamente bajo las estrellas. En el pueblo habían adquirido con el poco dinero que aún llevaba de su moneda un pantalón para él y una zamarra nueva, porque las ropas con las que habían llegado eran harapos. Solo una muda, sabían que lo que les quedaba por caminar no iban a poder cambiarse frecuentemente. Tampoco lo necesitaba. Se habían quedado sin nada, pero Norati había prometido darles algún dinero a cambio de las labores que le habían hecho. En aquel instante, Abassi iba diciéndole a su mujer:
- Mira, voy a cambiarles con la madera que tienen aquí ya pulida, las escaleras carcomidas porque cualquier día les van a caer, y una vez eso reparado, seguiremos nuestro trayecto. No es cosa, además, de instalarse aquí. Nunca tendríamos una vida propia. Estaríamos expuestos a vivir la miseria que les ha quedado a ellos después de la guerra. Tampoco confió en que los kosovares podamos volver a nuestra tierra, dado que Milosevic no cede, ya has oído lo que nos contó Norati y lo que han dicho en la radio. La OTAN ha pensado que podría destruir Yugoslavia en dos semanas, y todavía no han conseguido doblegar la voluntad del dictador, y si bien han logrado destruir casi todo Belgrado, la paz no avanza por esas tierras. Milani replicó quedamente.
- Hemos sufrido demasiado, Abassi, para someternos nuevamente a estas tiranías. Yo opino como tú, deseo tierra nueva, gentes diferentes, y sobre todo, paz y humildad. La ambición todo lo destruye. Abassi la atrajo hacia sí y la apretó contra su costado.
Era mucho mas alto que ella; se apreciaba que Abassi adoraba a su mujer, y algo en ellos no había muerto: el sentimiento profundo de su amor seguía allí, dentro de ambos. - En este instante - decía Abassi sin soltar a su esposa- recuerdo cuando éramos chicos y sallamos de la escuela. ¿Lo has olvidado, Milani? ¿Has olvidado que salíamos asidos de la mano? Tú tenias cinco años apenas y yo diez, y así continuamos cuando teníamos catorce y tu diez, y yo veinte y tu quince. - . Y después, cuando nos casamos, nuestra noche de bodas fue tan novedosa que parecía que casi no nos habíamos conocido..., en realidad, nos conocimos aquella noche. . .
- Profundamente e íntimamente, sí Abassi, en realidad, fue aquella primera noche cuando nos entregamos uno a otro, ambos éramos vírgenes y aprendimos juntos. -
Y mientras hablaba, Abassi la escurría hacia el césped a la par que se despojaba de la zamarra y la tiraba en el suelo. Se quedaron los dos tendidos a medias sobre la zamarra y Abassi decía en voz baja.
- Tengo la sensación de que acabamos de conocernos, de que el mundo empieza ahora para nosotros.
- Ten cuidado, Abassi, - susurraba Milani pasándole la yema de los dedos por su rostro- ten cuidado, no seria bueno que ahora me quedara embarazada.
- No temas, evitar los hijos lo aprendimos juntos.- y después la besaba largamente, le acariciaba todo el cuerpo y deslizaba sus dedos bajo la blusa de algodón mientras sentía que la piel de Milani se estremecía cálidamente. Amanecía cuando retornaban y fue cuando vieron aquel terrible resplandor procedente del pueblo.
- ¿Qué es eso?
- ¡Es fuego! - decía Milani, asustada.- Algo está ardiendo. No es en el molino, es en el pueblo.
- Voy hasta allí, tú corre al Molino y avisa a Norati y a Armi y también a los chicos, que vengan a ayudarme a apagar esa fogata - y se lanzó monte abajo.
El pueblo quedaba en la falda de la montaña. Abassi se asustó porque en unas pocas zancadas, llegó al lugar del siniestro. En efecto, una casa ardía y los habitantes de aquella gritaban desde el exterior. Había un niño asomado a la ventana, y Abassi, de un salto, se colgó del alféizar ante los atónitos ojos de los vecinos que contemplaban la catástrofe. Abassi asió al niño con un brazo y con el otro, a modo de ala de pájaro, se diría que voló hasta el suelo. Depositó al niño sin decir nada, y de súbito, todos los que estaban presentes, observaron cómo Abassi metía el brazo en un pozo artesanal y hacia de manguera porque el agua empezó a salir a borbotones directa como una flecha hacia el fuego. Paulatinamente, pero a una velocidad exagerada, el fuego se fue apagando bajo el torrente de lluvia que salía del pozo artesanal inducida por el brazo extendido de Abassi. Cuando el fuego se fue apagando y todo se convirtió en cenizas, un silencio aterrador inundó el sitio y Abassi se quedó quieto, estático, observando su propia obra. Como temeroso, fue retrocediendo y se pegó al tronco de un árbol.
Los vecinos silenciosos, paso a paso, le fueron rodeando y le miraban como si se tratara de un dios bajado del cielo. Abassi no se atrevía a decir palabra, no creía ni en lo que acababa de ver ni en lo que acababa de hacer, pero menos aún creía en los vecinos que se arrodillaban en el césped y rezaban con la cara alzada hacia él.
- ¡Oh, no, yo no hice nada! fue la Providencia o el poder de la noche, o la humedad del agua caída ayer... ¡Yo no he hecho nada, nada! - y seguía con la cara tapada entre las manos estallando su voz en un ronco sollozo.
Milani, los molineros y los chicos acababan de llegar. Curry daba saltos entorno a todos y las voces de los vecinos se atropellaban para contarles a Milani y a los molineros el milagro que habían presenciado. Abassi entonces echó a andar aún con la cara entre las manos camino abajo. Iba solo, encogido, menguado, como si le apalearan seres invisibles. Milani corrió tras él y se aferró a su zamarra. Logró detenerlo.
- ¡Abassi, Abassi, cálmate Abassi !
- Te juro que no he hecho nada, ha sido todo La providencia, la humedad de la noche, la lluvia de ayer, ¡yo que se...!
- Pero deja de sollozar. Yo no he visto lo que ha ocurrido, pero lo que cuentan es muy extraño. Tú cálmate, Abassi, y deja las cosas como están, vamos a casa, tendrás que acostarte, te daré un tazón de leche caliente - y lo empujaba tiernamente hacia el camino que conducía al molino. Las voces se oían a lo lejos y Abassi decía casi en un susurro.
- Se lo están contando unos a otros. Dicen cosas que yo no he hecho... yo me limité a apagar el fuego...
- Si, si, Abassi, si, no te aturdas ahora, tienes que dormir. Mañana, si quieres, hablamos nuevamente.
- Es que no quiero hablar de eso, Milani. No me encuentro con fuerzas para volver a vivirlo. Y además, no quiero que los vecinos me lo vuelvan a repetir. Dile tú a Norati y a Armi que no me digan nada de lo sucedido.
- No temas, Abassi, nadie te lo va a mencionar. Y despacio le ayudaba a subir aquellas escaleras carcomidas que accedían a la alcoba con tres camas. Lo tumbó en una, lo tapó bien y apagó la luz. Después retrocedió y bajó hacia la primera planta y salió del molino. Allí se reunían muchos vecinos entorno a Norati y a Armi. Todos hablaban de lo ocurrido. Cuando se fueron dispersando y cada cual volvió a su lugar, la noche seguía transcurriendo y Norati se acercó a Milani murmurando.
- Ha sido un milagro, Milani.
Esta se menguó sobre si misma replicando.
- No hables más de eso, Norati, Abassi no quiere, está asustado.
- Pero es que ha sido un milagro que salvara a mi hermano, y que hiciera esta noche lo que hizo... y la lluvia que cayó sobre los campos, también se la debemos a él... tienes un hombre milagroso.
- ¡Cállate, Norati! no quiero que Abassi sufra y no quiere saber nada de todo lo sucedido. Por favor, no le hables mañana de ello. Dice que cuando te arregle las escaleras, nos iremos.
- En esta casa habéis sido recibidos con temor, pero ahora, os ofrecemos todo lo que tenemos.
- Gracias, Norati, pero no nos vamos a quedar.
Y llamando a sus hijos, volvió a ascender por aquellas escaleras carcomidas hacia la alcoba. Abassi dormía. Milani lo miró con expresión anhelante. Parecía un santo y Milani se preguntó si lo sería.
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