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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: LA INQUIETUD DE ABASSI
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martes, 10 de septiembre de 2002
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capitulo décimo
Amaneció un día espléndido. Los niños salieron corriendo del molino tras el perro, que ladraba alegremente. Norati les llamó y los chiquillos retrocedieron.
- Sentaos a la mesa, - dijo Norati- os voy a dar el almuerzo.
- Nuestros padres no están en la alcoba.- dijo Alvi
- Tu padre trabaja en los almacenes de la madera, va a arreglar las escaleras.
- ¿Qué sucedió ayer? - preguntó Yerai mirando mucho a Norati.
Este le servia un tazón de leche y pan recién salido del horno.
- Comed y callad. - dijo Armi que atizaba el fogón silenciosamente.
- Es que algo sucedió con un fuego... - decía Alvi.
- Pues que ardió una casa. - replicó Norati de mal humor.
- Los vecinos dicen que lo apagó papá solo.
- No hagas caso - dijo Arami.
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Y no se volvía siquiera. Había hablado con Milani y ella le había pedido que no permitiera que los hijos recordaran el detalle de la noche. En realidad, él y Armi habían hablado mucho de aquel asunto, incluso les daba algo de miedo. Es más, cuando marcharon los niños nuevamente campo a través tras el perro, Norati miró mucho a Armi y dijo en voz muy baja, casi ininteligible.
- No me digas que no ha sido un milagro, recuerda lo que cuenta Colette, dijo que Abassi metió la mano en el pozo y a través de sus dedos salía como una manguera.
- No sigas, calla, calla, recuerda que Milani nos dijo que Abassi no quiere recordarlo.
- Sí, pero es que Abassi ahora no está aquí y podemos hablar, digo yo.
- Mejor será que nos callemos. Ya tendremos ocasión de pensar en ello y hablar sobre el particular cuando la familia se haya ido.
- ¿Pero tú crees que se irán?
- Claro que sí. Abassi no es de los que se queda en este descampado. Busca una vida nueva, y hace bien. Si yo tuviera su edad, también haría una familia, esto se quedó devastado y no sé cuándo logrará volver a ser lo que fue. También pasará en Kosovo, matarán a Milosevic y pararán los misiles y las bombas, pero verás lo que tardan en reponer la ciudad de Belgrado, y apuesto a que Kosovo se quedará con las casas derruidas y las fosas comunes... Las guerras, querido hermano, son devastadoras, y los dos lo hemos vivido.
- Si, pero lo de ayer...
- ¡Cállate, Armi, cállate! Y Armi se volvió hacia el fogón y empezó a atizarlo nuevamente. Milani, entre tanto, traía las tablas de madera hacia el interior desde el almacén donde Abassi las pulía. Observaba cómo lo hacia todo mecánicamente, como si le empujara una fuerza interior extraña que contrastaba con la fina sensibilidad de Abassi. Tanto es así, que cuando volvió a por otras de las tablas, le dijo a Abassi.
- ¿Por qué no lo dejas?
Y Abassi, que pulía la madera, se volvió hacia ella mirándola con asombro.
- ¿Por qué he de dejarlo?
- Es que estás como inquieto...
- ¿Y te asombra?
- Tú no eres responsable de nada, Abassi.
- Pero es que dentro de mi hay algo que me estremece de dolor y de terror...
- ¿Por qué, Abassi?
- No lo sé, Milani, no lo sé. Estoy empezando a sentir una inquietud indescriptible, y aunque no quiera, cuando recuerdo lo que paso ayer noche, me da muchísimo miedo. Estos miedos empiezan a azotarme desde hace mucho tiempo.
- Será desde que comiste aquellas hierbas, Abassi...
- No lo sé, pero es posible. Y ahora que no las como, tendría que deponer esta fuerza interior que siento y no soy capaz. Mira - y levantaba el brazo- con este puño sé que soy capaz de tirar toda la casa.
- No digas eso...
- Te lo juro, Milani. Esta noche, cuando duerman todos, iremos los dos bosque arriba, no para hacer el amor, que no podría por la inquietud que siento, sino para demostrarme a mi mismo lo que soy capaz de hacer con mis brazos...
- Y eso te produce temor.
- Mucho, no quiero tener una fuerza sobrenatural, no quiero ser un ser extraño, sino un ser humano, como los demás.
- Pero es que esa fuerza misteriosa, Abassi, no se pueda evitar, si tienes un poder, no vas a poder luchar con él a menos que te mates tú.
- Yo tengo que vivir para vosotros con poder o sin él. Y ahora voy a arreglar las escaleras. Se pasó el día mudo, martilleando sobre aquellas escaleras que se iban formando poco a poco, pero demasiado aprisa, pensaba Milani, demasiado aprisa, porque nada más asir Abassi el clavo y levantar el martillo, la escalera quedaba perfectamente colocada. También ella estaba asustada, aquel poder interior de Abassi se manifestaba ya en cualquier momento y en cualquier situación. Por eso, cuando la escalera una hora después quedó perfectamente arreglada, miró a Abassi que respiraba irguiéndose sobre sí mismo, pero temió decirle algo sobre el particular. Abassi contempló su labor y dejó el martillo en el suelo y también la caja de los clavos. Después se dirigió a la puerta.
- Abassi, ¿a dónde vas? - preguntó Milani.
- A dar un paseo, necesito caminar. Era media tarde, no había comido, pero Milani se había dado cuenta ya de que Abassi podía vivir perfectamente sin alimentarse. Todo aquello producía en ella un miedo aterrador, y más aún cuando vio subir por el sendero a los vecinos del poblado cargados con objetos que sabía muy bien nunca podrían llevarse en el carro. Recibió los regalos y dio las gracias, pero se negó categóricamente a hablar de la noche anterior. Cuando los vecinos desfilaron retrocediendo de nuevo hacia el pueblo, Milani dijo a los molineros.
- Tendréis que quedaros con todo esto, no nos cabe en el carro. Además, no lo vamos a necesitar.
- Cuando os hayáis ido, - dijo Norati- lo devolveremos, no te preocupes, Milani.
- ¿Donde está papá? - dijeron a la par Alvi y Yeral entrando tras Curry.
- Se ha ido al bosque.
Milani se sentó en la puerta observando cómo sus hijos jugaban en el patio y atisbando en el bosque para ver cuándo aparecía su marido. Cuando vio su sombra entre matorrales y pinos, no tenía aspecto de un ser humano. Era como si una nube envolviera a Abassi de pies a cabeza y lo levantase en vilo, pero a medida que Abassi avanzaba, volvía a ser su figura alta, un poco desgarbada, hierática, que caminaba lentamente y su pié al posarse en el césped, producía un ruido seco. Silenciosamente, Abassi se sentó en el primer escalón junto a ella. La noche empezaba a volver de nuevo.
- Mañana decía Abassi- nos iremos.
- ¿Caminando?
- No, pero dejaremos el carro cuando hayamos recorrido unos kilómetros por la carretera. Cargaremos nuevamente las mantas sobre nuestras mochilas y caminaremos por el monte hacia Croacia. No sé si me quedaré en Zagreb o traspasaré la frontera hacia Eslovenia, pero lo que si te puedo decir es que llegaremos a Austria.
- ¿Es ese tu objetivo?
- No, pero allí trabajará para conseguir dinero. Quiero dólares, pesetas y francos. Con esas monedas lograremos un pasaje de avión para España.
- Que es tu objetivo. . .- dijo Milani sin preguntar.
- Lo es, y más ahora después de saber cómo viven en España, has de saber que hay muchos refugiados kosovares en distintas partes de España, pero yo no me uniré a ellos con vosotros. Yo voy a levantar un hogar, voy a trabajar de ebanista. Somos jóvenes aún y lograremos nuestro propósito siempre que vivamos en un lugar tranquilo y más bien solitario.
- Y dices que nos iremos mañana...
- Sí. Esa noche comieron todos rodeando la mesa de madera. Norati miraba a Abassi como si fuera un dios, pero éste no admitía su admiración. Comía como los demás. Milani pensaba que tal vez todo habla sido un sueño o un estado de imaginación latente que se había desvanecido ya. Sentado allí, Abassi parecía un ser humano más, sin poderes, incluso sin fuerzas, comiendo mecánicamente el guiso de alubias que había cocinado ella y el pan aún casi caliente. De repente, Abassi levantó la cabeza y miró a los molineros.
- Os estamos muy agradecidos, - dijo- pero nos iremos mañana.
Tanto Morati como Armi levantaron la cabeza y exclamaron ambos a la vez.
- Ya llevamos aquí casi un mes. Hemos hecho lo que hemos podido, pero nuestro destino es continuar.
- ¿No podrías quedarte aquí, Abassi? Norati y yo te ayudaríamos a levantar una casa, podrías establecerte aquí, trabajar como ebanista y ayudarnos a reconstruir nuevamente un pueblo destruido...
- No soy de Sarajevo, pertenezco a Kosovo y no volveré nunca a Prístina, de donde procedemos. Nunca jamás, no volveré a someter a mi familia a aquel infierno, no quiero más socavones ni más muertos, ni oír los alaridos de los amigos sacrificados. Estoy obligado como ser humano a llevar a mi familia lejos de este fragor, de esta ambición y de esta locura.
- Aquí ya no hay nada de eso. - dijo Armi.
- Tampoco sé si volverá - replicó Abassi- no me fío. Aún recuerdo vuestra carnicería y ahora la estábamos viviendo nosotros. He visto cómo los servios degollaban a mi hermano, he visto a mi padre retorcerse sobre su propia sangre - y sacudía la cabeza con bríos- y nunca jamás, nunca jamás quiero volver a presenciar esa loca visión. No Armi, lo siento mucho, pero mañana al amanecer, emprenderemos un nuevo camino. Cuando esa noche se acostaba junto a Milani, la apretaba contra sí y decía en voz muy baja:
- Lo siento por Norati y Armi, a la gente que
encuentras en los caminos le tomas cariño, pero mi ruta no termina aquí. Tenemos un destino y lo vamos a buscar. Estamos escapando de otro y te puedo asegurar que nunca jamás os llevaré al infierno del cual estamos huyendo. He oído a través de esa pequeña radio que tiene Norati cómo se vive en España, también hay nacionalismos excluyentes, pero se están llevando con cautela y precaución. Llegará un día, tal vez, que ocurra lo que en Kosovo, pero de momento, y tal vez en todo un siglo que vamos a empezar, no ocurra eso, y para nosotros, Milani y nuestros hijos, es suficiente.
- ¿Y qué piensas hacer en España?
- Aún no lo sé, pero tengo un oficio, un oficio que conozco bien y realizo con perfección. No soy ingeniero ni universitario, pero tengo conocimientos suficientes para defenderme en una tierra nueva que será prodigiosa para nosotros aunque sólo sea por su serenidad. Tendré tiempo de hacer una casa, de enseñar a mis hijos a leer en otro idioma, de llevarlos a la escuela, y de transmitirles todo lo que sé, que junto con lo que sabes tú, hará de nuestros hijos el día de mañana dos seres humanos de valía. Ya ves, me conformo con eso. ¿Y tú, Milani?
- Yo también. Decía ella con voz casi imperceptible.
Abassi le atraía hacia sí y le decía:
- Si no hiciéramos ruido, te haría el amor.
- Pero lo haremos...
- ¿El amor o el ruido?.
Y replicó ella:
- El ruido.
- Pues entonces conformémonos con dormir abrazados.
Casi enseguida oyeron unos golpes en la puerta. Milani se cubrió con la zamarra y abrió. Se encontró con Norati sollozando.
- ¿Qué pasa?
- Armi está muy mal.
- ¿Pero que le ocurre?
- Venid y veréis...
Milani se volvió en silencio y llamó a Abassi en voz muy baja.
- Abassi, levántate, no sé que le pasa a Armi, está muy enfermo.
Abassi se despabiló, saltó del lecho y procedió a ponerse los pantalones a toda prisa. Ambos salieron de la alcoba y echaron a correr hacia la parte de abajo donde los dos hermanos tenían su alcoba...
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