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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: YA NO ERA SORPRESA
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martes, 10 de septiembre de 2002
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capitulo undécimo
Milani y Abassi quedaron erguidos en el umbral mirando cuanto acontecía en el interior del cuarto de los molineros. Entre tanto Norati alzaba los brazos al cielo gritando, Armi se retorcía en un lecho moviéndose constantemente.
- Estábamos comiendo nueces - gritaba Norati- y de repente, no sé que pasó. Armi tragó una y cuanto más intentó sacársela de la garganta, más la atravesó en ella.-
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Se mesaba los cabellos desesperado y mientras Milani intentaba tranquilizarse, Abassi se lanzó hacia el lecho. Allí yacía el molinero retorciéndose con desesperación y cobrando su rostro por momentos un color amoratado. Abassi. se dio cuenta enseguida de lo que estaba ocurriendo, por eso, con un instinto que le nacía en su interior y se apoderaba de él, aplicó su boca a la de Armi sujetándole el cráneo y después inspiró con fuerza. Sucedió algo inaudito: Armi dejó de menearse y Abassi alzó la cabeza y se quedó firme mirando a los demás con la nuez apretada entre sus dientes. Hubo un silencio que solo lo rasgaba la respiración agitada de Armi. Norati había dejado de sollozar automáticamente, y Milani, con los ojos muy abiertos, miraba a su marido que aún sostenía la nuez entre los dientes. Cuando Abassi tomó la nuez entre sus dedos, la alzo mirándola sorprendido. Armi poco a poco recuperaba la respiración y su color se iba tornando normal. Los moratones de su piel iban desapareciendo, pero el silencio seguía allí, contemplativo y sorprendente. Abassi se dio cuenta, una vez más, de que había hecho algo inaudito, algo inexplicable, porque además, pensaran lo que pensaran los demás, él sabía que no había hecho ningún esfuerzo, que le basté inspirar una fracción de segundo para que la nuez prendida en la garganta de Armi se quedara entre sus dientes. Mientras la apretaba en sus dedos con un nerviosismo que le resultaba insoportable, Norati se acercó a él, paso a paso, mirándolo deslumbrado, como si nuevamente estuviera viendo al mismísimo Dios.
- Has hecho otro milagro, Abassi.
Este sacudió la cabeza con energía, casi con desesperación.
- No hice nada más que lo que tenía que hacer, tú podrías haber hecho lo mismo.
- Eso si que no, antes de llamaros intenté todos los métodos y con todas mis fuerzas, y cuanto más trabajé, más se incrustaba la nuez en la garganta de mi hermano. Esto no es natural, Abassi, vete pensando en ti mismo para el futuro, tienes un poder en tu interior que desconoces, pero sin duda, hará mucho bien a los demás.
Abassi no quiso oírle. Asió con fiereza la mano de su mujer y tiró de ella. Armi se sentaba ya en el lecho y respiraba con fuerza inspirando el aire que expulsaba después una y otra vez. Abassi salió al exterior. Hacia una noche estrellada, apacible, no se oía un ruido, salvo el agua cantarina que bajaba río abajo, y tal vez el grajear de algún pájaro nocturno que se perdía por las anchas copas de los árboles. Abassi caminaba bosque arriba, llevaba su mujer de la mano y apretaba los dedos femeninos más y más. Tanto es así, que Milani dijo.
- Abassi, cálmate, me estás haciendo daño en los dedos.
- Oh, perdona, perdona, si, perdona.., Cuando amanezca, nos iremos de aquí. Ya no voy a acostarme esta noche, Milani, cargaré el carro con lo que pueda y antes de que vuelva a levantarse Norati, habremos desparecido.
- Ahora estás demasiado agitado, Abassi.
- Es que estas sorpresas, me dejan atónito. Yo no quiero ser diferente a los demás...
- Y sin embargo - dijo su mujer quedamente- me parece que lo eres...
- No, no, Milani. Y para demostrártelo, verás lo que voy a hacer. - y le soltó los dedos. Quedó erguido ante ella. Nunca le había parecido a Milani tan grande, tan poderoso y tan noble, con aquella mirada oscura que siempre le hacia recordar la imagen de un dios en la cruz.
- ¿Qué vas a hacer, Abassi, qué vas a hacer?
- Te lo dije el otro día, si tengo tantos poderes, si soy tan fuerte como decís, no quiero más sorpresas. Y para demostrármelo, voy a intentar levantar ese árbol hundido en la tierra, cuyas raíces llegan al río.
- Estás loco, Abassi, eso es imposible.
- Si tengo tantos poderes, podré arrancar el árbol de esa maldita tierra...
- No lo pruebes siquiera - rogó Milani tirando de la esquina de su zamarra.
Pero Abassi se desprendió y caminó hacia un árbol enterrado cercano al río. Era muy grueso y muy alto y algunas de sus gordas raíces asomaban por la orilla del riachuelo que corría monte abajo.
- No lo intentes, Abassi, te lo ruego por favor, por nuestros hijos...
Abassi la miró con aquella expresión dulce y amarga al mismo tiempo:
- Por nuestros hijos tengo que conocerme a mi mismo. Llevo demasiado tiempo con estas dudas y estos sobresaltos y no quiero más sorpresas, Milani. He tenido muchas en este poblado y lo vamos a dejar al amanecer; pase lo que pase, no quiero volver a vivir estas impresiones.
- Pero vivirás otras, Abassi, ¿no lo comprendes? Si tienes un poder interior, que sin duda será espiritual, seguirá dentro de ti.
- Yo no lo quiero, Milani.
- Pero es que esas cosas, se quieran o no, a veces existen. Son milagrosas, ya lo sabemos, pero no siempre se puede escapar de ellas aunque no se crean, y tu ya has hecho demasiadas cosas inconcebibles...
Abassi se volvió del todo hacia ella. Tenía la espalda pegada al árbol que iba a remover.
- Tú no consideras natural que desde el boca a boca haya podido extraer la nuez que Armi tenia incrustada en la garganta... -
Lo decía sin preguntar. Milani movió la cabeza dubitativa.
- No es del todo natural, Abassi, no lo es. Si Norati había intentado extraer la nuez y cada vez la incrustaba más, ¿cómo es posible que con una inspiración tuya la nuez haya salido como disparada?, porque se apreciaba en tus dientes que se había incrustado allí con brusquedad.
Abassi no respondió, pero pasó una y otra vez las manos por sus cabellos lacios, casi rojos. Tenía el rostro lleno de pecas, aunque aquellas se difuminaban en su piel morena, azotada por los vientos, los fríos y los calores.
- Dejémoslo así. - dijo al fin dejando de mesar el cabello.
Milani dio un salto y se pegó a él. Se abrazó a su espalda.
- No lo hagas, Abassi, no lo intentes, por el amor de Dios, no lo intentes, por nuestros hijos, por el futuro incierto de nuestra vida, no lo intentes...
Pero Abassi se había desprendido de su mujer y se había abrazado al tronco del árbol que apenas si podía rodear con sus brazos, así de grueso era. No fue enseguida. Milani pudo apreciar el esfuerzo masculino, el cambio de color de su rostro, los dientes que se apretaban con fiereza, y la mirada que se convertía como en los ojos de un águila taladrándole. El impulso fue feroz, pero el árbol cayó doblegado como una rama y las raíces salieron del agua alborotando aquella y mojando plenamente a Milani, que asustada, había caído arrodillada sobre el césped y parecía orar. Lloraba, el miedo se hacia mucho más poderoso, se adueñaba de ella como seguramente se había adueñado ya de Abassi. Cuando Milani levantó la cabeza vio a su marido con las piernas separadas, sudoroso, con el rubio cabello pegado al rostro y la mirada extraviada contemplando la tierra que había levantado el árbol al caer. Era tan grande que atravesaba todo el riachuelo y llegaba al otro lado formando un puente. Abassi recogió la zamarra del suelo que se había quitado para hacer el esfuerzo y se la puso lentamente. No dijo ni una palabra, giró sobre sí mismo, levantó a Milani del suelo, la apretó en su costado y echó a andar monte abajo. Solo al llegar ante el molino, dijo con voz que parecía romperse en pedazos.
- Voy a cargar lo que pueda en el carro. Cuando aparezcan las primeras luces, despierta a los muchachos.
- ¿Nos iremos sin despedirnos de Norati y Armi?
- Nos iremos sin despedirnos de nadie, si te diego la verdad, estoy muerto de miedo y no quiero que nadie sepa lo que yo hice y lo que has visto tú.
- Si quieres hablar de ello...
- No, no.. ya hemos visto bastante, ya hemos probado lo suficiente. No me gusto, Milani, no me gusto nada.
- Nunca fuiste así, Abassi.
- Por eso mismo.
- ¿Las hierbas?
- Si hace un montón de tiempo que no las pruebo, si no las veo aunque las busque.
- Pero hay algo que observo en ti, Abassi, que comas o no comas, siempre estás igual. A veces te olvidas de comer y sigues sin tener hambre.
- Lo sé, lo sé, eso es verdad. Ojalá esto no dure, Milani, ojalá un día pueda volver a ser el ebanista sencillo y corriente que os mantenía con mi trabajo. ¡Ojalá...! -
y mientras hablaba, caminaba hacia el cobertizo con alguno de los objetos que les hablan regalado los vecinos. Silenciosamente, Milani ayudaba. Tardaron más de tres horas en acomodar en el carro las viandas. Después Abassi preparó las mochilas y dejó un hueco en el carro del motor para sus hijos y su mujer y por supuesto, Curry, el perro. Después retornó al lado de Milani ante la puerta del molino.
Aún era noche cerrada y se sentó en el primer escalón. Milani lo hizo a su lado. Miraban los dos hacia el bosque como si quisieran borrar aquella visión y aquel recuerdo que había delatado en Abassi algo que él se negaba a admitir en alta voz.
- Si quieres, - volvió a decir Milani- hablamos de lo ocurrido.
- Nunca jamás me lo vuelvas a recordar, Milani, es posible que en el futuro deje de haber sorpresas y yo vuelva a ser el que he sido siempre. Tampoco quiero pensar a qué se debe mi fuerza interior, ese poder que detesto en mi mismo.
- Tal vez nos pueda servir de algo en el futuro. Aún nos queda mucho camino por recorrer. No somos nosotros solos lo que hemos recorrido estas distancias, todos los kosovares han tenido que buscar refugios si se dirigían a Sarajevo.
- Esta tierra parece maldita y nunca jamás volveré a ella, suceda lo que suceda.
La conversación se hacia en voz más baja cada vez, y al final quedaron rendidos durmiendo uno sobre el otro. La cabeza de Milani caía sobre el pecho de Abassi, y así amaneció un nuevo día. Norati le había regalado a Abassi un reloj de pulsera, y en aquel instante, Abassi miró la hora. Eran las cinco de la mañana. Hacia calor, el rocío enmudecía y la luz del día empezaba a asomar en el horizonte. Ambos despertaron a la vez y Abassi dijo inmediatamente.
- Ve a buscar a los chicos. Que no hagan ruido, no quiero despedidas que me hagan llorar. He tomado cariño a esta gente; hemos sido felices unas semanas.
Milani, silenciosamente, subió los escalones que ya no eran carcomidos, que brillaban bajo la tenue luz del amanecer y bajo sus pies.
Llamó a sus hijos, les impuso silencio y hasta Curry, como entendiendo, no gruñó. En el mismo silencio, Milani condujo a los muchachos hacia el cobertizo, donde ya Abassi, sentado ante el volante, esperaba para poner el artefacto en marcha. Cuando lo puso, sus hijos y su esposa se hallaban sentados con Curry atrapado entre las piernas de Alvi. El motor rugió y el raro artilugio empezó a rodar. Al ruido de aquel motor, ocurrió algo inesperado, aunque natural. Norati y Armi salieron corriendo en calzoncillos tras del carromato. Gritaban y sollozaban a la vez y Milani decía:
- Detente, Abassi, detente. Digámosles adiós.
Abassi negaba una y otra vez con la cabeza. No quería sentimentalismos ni emociones, ya había tenido suficiente, y había descubierto demasiadas cosas en aquel poblado para resignarse a una despedida dramática. La sentía, la sentía hasta el punto de que sus ojos se anegaban en llanto, mientras el artefacto rodaba buscando la carretera y las voces de Norati y Armi se apagaban tras ellos.
Milani, sentada junto a su marido, lo miraba abstraída. Entendía a Abassi, sabía las razones por las cuales no quería despedirse de aquellos dos molineros gentiles y amables a quienes habían aprendido a querer profundamente en aquellas semanas que llevaban a su lado.
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