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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: PIERDEN A CURRY
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miércoles, 11 de septiembre de 2002
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A medida que se adentraban en el pueblo, Abassi miraba con curiosidad todo cuanto le rodeaba, y al mismo tiempo le decía a Milani que iba sentada a su lado:
- Aquí no hubo recuperación de nada, los vestigios de la guerra aún se aprecian en cada hogar y además - añadía con pesar- apenas si ves personas por la calle. Esto está devastado, Milani.
Ella replicó:
- Debimos haber seguido nuestra ruta, Abassi.
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Él la miró con expresión censora
- Eso nunca, querida mía. Nuestra ruta impone hacer el bien a nuestro encuentro. No podemos volver la mirada ni los esfuerzos hacia un lado cuando los demás nos necesitan.
Milani agachó la cabeza. Abassi siempre tenía razón. Dentro de su persona se ocultaba un santo varón y sabia ya de antemano que el poder que tuviera o no tuviera, lo emplearía siempre para proteger al prójimo. El carromato se adentraba más en las estrechas calles derruidas. Las casas, medio caídas, mostraban el interior de las mismas por una parte; los tejados estaban hundidos y en alguna puerta, sentados bajo un sol candente, había algunos ancianos.
Curry saltó del carromato ladrando alegremente y se lanzó campo a través. Alvi y Yerai corrieron tras él, y Abassi detuvo el carromato. Se quedó mirando a sus hijos que corrían tras el perro. Uno de los ancianos se levantó del dintel de la puerta y le dijo a Abassi:
- Tenga cuidado, el perro va hacia el río y lleva mucha corriente.
- Sabrá salir de ella. - dijo Abassi.
El otro anciano también se levantó y se acercó al primero, y alzando la cabeza exclamó. - No señor, si llega al río y cae en él, no se salvará.
- ¿Pero qué dice usted?
- Se lo digo porque no sería el primer ser humano o animal que va por esa ruta y se cae al río y la corriente es tan poderosa en su interior, que la conduce sin remedio a una cascada, y la cascada es mortal, señor.
- ¿Cómo?
- Se lo digo por si aprecia al perro. Vaya a buscarlo antes de que caiga en el río, si la corriente lo lleva hacia allá, no lo salvará jamás y no se le ocurra tirarse tras el perro porque la corriente lo tragará .
Abassi no esperó más. Milani se quedó atrás, pero él, en dos zancadas había llegado a la orilla del río y se había hecho con lo que estaba ocurriendo. En efecto, Curry, con su alegría, había dado de bruces en el río y la corriente era tal que lo llevaba inexorablemente hacia la cascada. El ruido que producía ésta llegaba a ellos. Tal parecía que unos truenos estallaban incesantemente, y era el agua, que con una fuerza infinita, caía en la parte delantera y se deslizaba, peñas abajo, por un caudaloso río que desemboca, no muy lejos, en el mar. Abassi se dio cuenta del peligro. No había fuerza humana que detuviera a Curry en aquella corriente. Y entonces, interiormente, pidió fuerzas al Todopoderoso para poder ayudar a Curry. Y en dos saltos, aquella fuerza superior que le salía de lo más íntimo de su ser, lo plantó en el borde de la cascada. Cuando Curry rodaba con el agua y parecía no tener ya salvación, Abassi alargó el brazo y asió por las orejas al perro, de tal modo que lo levantó en vilo y él, de un salto, retrocedió del borde mismo de la cascada.
Quedó un poco jadeante con el perro en brazos, y al mirar al frente, vió que un grupo de personas le miraban desde la orilla, entre las cuales se encontraban sus hijos gritando y Milani pegada al tronco de un árbol como si fuera una estatua. Él caminó con Curry río arriba, contra corriente, como si aquella no aceptara sus pies e intentara empujarle hacia la cascada. Soltó a Curry al mismo borde del río y el perro salió corriendo, saltarín, ladrando alegremente, dando un brinco hasta los brazos de Alvi, que lo apretó contra su pecho. Mientras, Yerai, pegada a su hermano, le acariciaba el lomo. La gente miraba a Abassi con expresión admirativa, pero Abassi se acercó a su mujer, la asió contra sí y caminó con la cabeza baja hacia el interior del pueblo. El grupo les seguía.
- Me llamo Amán. - dijo uno de los ancianos- De momento, aunque poco, algo mando aquí. La guerra y sus consecuencias nos han dejado devastados, y una noche sí y otra también, acuden los bandidos y nos llevan lo poco que hemos logrado durante el día. Estamos aislados. La guerra en Bosnia ha terminado, pero nosotros, seguimos en ella.
Abassi se detuvo y sin soltar a Milani que apretaba en su costado, miró al anciano.
- Es decir, estamos en Bosnia-Herzegovina.
- Están saliendo de ella, están en un pueblo perdido entre montañas.
- Y dice usted que los bandidos acuden cada noche...
- Si señor, durante las lluvias no hemos podido sembrar, y ahora el calor es irresistible. Habrá que esperar a la cosecha siguiente, y falta mucho tiempo. Lance usted una mirada entorno y verá las casas derruidas, la miseria que impera en esta zona, y a la noche, como le digo, acuden unos bandidos y nos llevan todo, matan y arrasan todo a su paso.
Abassi, por todo comentario miró a Milani diciendo:
- Nos quedaremos aquí una semana.- luego volvió el rostro hacia el anciano- Amán, explícame cuántos hombres hay en este poblado, en total.
- Seis.
- Y sois los que hacéis guardia en la noche.
- Sí señor, pero no nos sirve de nada.
- ¿Cuántos bandidos son?
- Siempre son seis, uno para cada uno, pero son tan grandes y van tan armados que no hace falta que usen las armas, nosotros no podemos hacerles frente. Les dejamos que hagan. Violan a las mujeres, degüellan a los niños y nos roban todo lo que vamos logrando durante el día, que es bien poco.
- ¿No hay carpintería en este pueblo, Amán?
- Yo tengo una que apenas uso, - dijo Irma, la mujer que estaba al lado de Amán y era tan mayor como él- Amán y yo trabajábamos allí, pero ahora está abandonada, nadie necesita muebles.
- Llevadme allí - dijo Abassi casi cortante- y vosotros, - dijo mirando para el resto de los que se reunían entorno a él.- comed del carro, hay bastante para todos.
Todos echaron a correr y él se fué, guiado por Amán e Irma, por aquellas callejuelas hasta que los ancianos se detuvieron ante una casa medio derruida, donde en los bajos había una especie de almacén de madera, con las herramientas naturales de una carpintería. Los miró volviéndose hacia ellos.
- Con estos troncos, - dijo- voy a hacer seis palos de béisbol y cada noche, vais a dormir con uno empuñado. Estas noches estaré yo aquí y veré qué es lo que pasa. Los palos los terminaré a media mañana. Nunca debéis deshaceros de ese palo, será vuestra defensa. Será inútil también que usen balas, porque no creo que lleguen a salir de sus rifles.
Milani, que estaba junto a él, lo miraba asombrada. Los ojos de Abassi relucían de una manera extraña. No se mostraba ni humillado ni vanidoso en aquel instante, pero tampoco parecía importarle esta vez denotar su íntimo poder. No dio más explicaciones. Se puso manos a la obra, y en menos de dos horas, tuvo los seis palos de béisbol juntos en el suelo. Eran gruesos y fuertes, más gruesos por arriba que por abajo. El clásico palo de béisbol que podía matar a un hombre. Entretanto él trabajaba, Milani miraba y los dos ancianos le daban todo lo que pedía, el resto del pueblo comía del carro, dejándolo vacío en menos de dos horas. Alvi y Yerai seguían jugando con Curry, y Abassi, dentro de aquel destartalado almacén, entregaba los palos a Amán.
- Toma. - dijo- Dale uno a cada hombre. Cuando esta noche lleguen los bandidos, basta con que levantes el palo. Cuando lo lances sobre ellos, huirán. Seguro que no volverán por aquí y vosotros tendréis tiempo a recuperaros. Os voy a reunir y os ayudaré a remozar las casas, a recuperar vuestros hogares, y a tapar las grietas y los tejados para evitar que en el invierno os invada el frío y el calor en verano os azote en demasía.
Dicho y hecho. Amán e Irma, como sugestionados, cargados con los palos de béisbol, caminaban por las callejas pregonando a gritos lo que iban a hacer. Los habitantes del poblado los miraban escépticos, pero sin embargo, cada hombre asía su palo de béisbol, lo alzaba, lo empuñaba y lo agitaba en el aire. Luego, siguieron humildemente a Abassi, que iba de un lado a otro mirando lo que necesitaba.
- Como aquí no hay cemento, - dijo- usaré barro para reparar las casas. De modo que poneos a trabajar. Solo estaré aquí una semana y voy a arreglar todos los hogares, a cubrir los tejados y a esperar en la noche que vengan los bandidos.
Milani, en un rato que tuvo libre, le dijo en voz baja a Abassi.
- Nos han dejado el carro vacío.
- Es igual, no te preocupes. Están muertos de hambre, es lógico, vivían del turismo y éste se ha detenido y aunque la guerra ha terminado, aún no han repuesto sus destrozos. Hay que ayudarles. Cuando algo se presenta así, yo estoy obligado a ser prudente, pero también habilidoso. Ayúdame tú, Milani, pon a los chicos a traer piedras de la cantera próxima, todos han de trabajar.
Después, asiendo la mano de su mujer, se fue al encuentro de Amán. Quería saber cosas, cosas de lo que allí había ocurrido, de lo que estaba ocurriendo aún y de las esperanzas que guardaban para el futuro. Sentados en el quicio de la puerta del almacén, conversaron los dos mientras de un botijo bebían agua de vez en cuando.
- Dime, Amán, ¿cuánto tiempo hace que vivís así?
- Desde que terminó la guerra. Aquí no llegó, pero sí los residuos y algún soldado perdido en las montañas. Los destrozos que ves en las casas, son de metralla. Aquí vivíamos del campo, cosechábamos para vivir. Hay una tienda ahí al fondo que ahora mismo está vacía, ya lo consumimos todo, además, ya no hay dinero para pagar. Lo que ahora está ocurriendo en Kosovo, nosotros ya lo hemos pasado, de otro modo, pero a fin de cuentas, viene a ser igual porque todas las guerras se parecen, no tenemos aquí cerca un Belgrado ni un presidente Milosevic, pero tenemos otras cosas, y nos faltan muchas otras. Nadie se acuerda de los pueblos perdidos de la montaña, así que te puedo asegurar que cada semana muere alguien de enfermedad y si no, lo matan los bandidos que acuden en las noches. ¿Tú no has encontrado a nadie?
- He encontrado a cuatro, pero les he alejado.
- Oye ¿y tu crees que con este palo podremos destruirlos?
- Me llamo Abassi, no lo olvides, y mi mujer, Milani, y mis hijos Alvi y Yeral, el perro se llama Curry.
- No entiendo todavía cómo has podido sacarlo de la cascada.
- Eso ya no viene a cuento. Tenemos que organizarnos, Amán, y lograr que mañana amanezcamos trayendo barro y piedras, el barro abunda, y las piedras están en la cantera, todo es cuestión de paciencia y trabajo.
- Pero tú eres un viajero, no estás obligado a nada.
- Yo estoy obligado a todo lo que me necesite el prójimo, a todo el que me pida ayuda. Mi esposa y mis hijos también ayudarán y esta noche me sentaré con vosotros en la ladera del monte a esperar a esos bandidos.
- Pero no has hecho palo para ti...
- No necesito palo de béisbol, mi brazo los alcanzará . Estoy seguro que les haré huir para siempre. La pena es que buscarán la víctima en otro pueblo. ¿Hay muchos en esta zona?
- No muchos, pero alguno sí, y todos están tan devastados y necesitados como éste. Piensa que la guerra no se desarrolló aquí mismo, pero las consecuencias las estamos pasando todos, no se ha reanudado la vida normal, ni siquiera en algunos lugares han empezado a restaurar. Los refugiados andan por los montes, unos se vuelven bandidos, otros se mueren de hambre, y el turismo, que era el que producía el dinero suficiente para vivir en invierno, ha desaparecido en su totalidad. Solo nos quedan las cosechas y algo de pesca, pero ni lo uno ni lo otro nos da de comer.
Ese atardecer, Abassi volvió a meter la mano en el zurrón y sacó el queso que nunca terminaba y el pan duro y aplicó la cantimplora a la boca de sus hijos y de su mujer.
- Dentro de una semana, cuando dejemos este pueblo en condiciones, si es que podemos, seguiremos nuestra ruta.
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