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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: SE CUMPLEN LOS DESEOS DE ABASSI
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sábado, 12 de abril de 2003
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capitulo veintidós
Una de aquellas noches, cuando Adolf se retiraba con su esposa Frida hacia sus aposentos, iba comentando en voz muy baja:
-No entiendo lo de esta familia, Frida. Abassi no es ningún gigante, ni siquiera un hombre cultivado, y sin embargo, se diría que es sabio, filósofo, acaparador de todas las virtudes, y lo que es más significativo, de todas las fuerzas. ¿Te has fijado en qué guisa descarga los camiones? ¿Y las puertas que colocó en sus debidos lugares sin apenas tocarlas? Por otra parte, el otro día me pidió madera para hacer camas, y resulta que al día siguiente, después de haberle concedido yo autorización para usar la madera que se amontona en los garajes, las camas estaban colocadas en las esquinas del almacén, con sus colchones encima para lechos de sus hijos, de su esposa y de él mismo.
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-Y lo peor de todo, Adolf -le replicó la esposa pausadamente- es que se marchan, en cuanto tengan ocasión, se van y nunca volverás a tener un obrero semejante.
-Lo peor no es eso, -murmuró Adolf contrito- lo peor es que nunca encontraré una persona como él, bondadosa, hábil, capaz de acaparar para sí solo el trabajo de media docena de hombres. No lo entiendo, Frida, desde que él llegó con su familia,
esto parece diferente, es más hogar, los obreros trabajan con mayor ahínco, y hasta tú y yo somos más apaciblemente felices.
-De todas formas, -dijo la mujer apagando la luz y dando la vuelta en el lecho que había ya alcanzado- no esperes que se queden. Le oí decir esta tarde que mañana irá a la Embajada, y ten por seguro que dado como está la situación en Kosovo y lo que significan los refugiados para todo el resto del mundo, traerá los pasaportes en su mano y se irá a buscar un nuevo mundo.
-¿Qué te parece si le ofreciera doble sueldo?
-Prueba, Adolf, prueba, pero no me parece que Abasi sea hombre que desista de sus empeños. Ya ha decidido, y lo dice repetidamente, que organizará un hogar en un lugar seguro, libre y alegre, donde formará de nuevo su entrañable familia.
-De todos modos -dijo Adolfo categórico- mañana le hago la proposición.
y allí se la estaba haciendo a la mañana siguiente.
-Siéntate un rato, Abassi, descansa de tus fatigas y escúchame, tengo que hablarte.
Abassi ya sabia que Adolf iba a ofrecerle más dinero a cambio, quizá, incluso, de menos trabajo. Pero él había decidido desde el día que dejó Kosovo entre brazos y cabezas y cuerpos calcinados, buscar un lugar donde el peligro diario existiera lo menos posible.
-Dime Adolf -preguntó sin embargo.
-se trata de ti y tu familia. Podías habilitar el almacén como hogar, tienes cocina, ya has hecho las camas, y no tardarías en hacer armarios con la madera que hay en el garaje. Por otra parte, tenemos una escuela a dos pasos y podrías enviar allí a tus hijos. Te ayudaría un trabajo mejor, por ejemplo, llevar mis asuntos en la oficina, todo se conduce a través de ordenadores e Internet y la correspondencia es electrónica casi toda. Si no entendieras ese nuevo mecanismo, te ayudarían en la oficina.
Abassi pensó que era una buena proposición, y en cuanto al mecanismo de la oficina que nunca había visto, no le producía ningún temor, sabia que nada más sentarse ante un ordenador manejaría la correspondencia electrónica como manejaba el martillo y el serrucho en la carpintería.
Pero no lo dijo. En cambio, murmuró con su voz siempre apacible y serena, aquella voz que empezaba a conmover la admiración de Adolf hacia su obrero. -De momento, quiero documentarme, Adolf, y me voy ahora mismo a la Embajada, han pasado los días que me dieron de plazo y necesito tener en mi poder los pasaportes, porque si bien de momento me quedo aquí y acepto tu proposición, te advierto de antemano que nunca he engañado a nadie y tampoco te voy a engañar a ti: tan pronto como tenga el dinero para los pasajes y los pasaportes, tomaré a mis hijos, a mi esposa y a mi perro y me iré a buscar un hogar nuevo donde pueda iniciarme sin presiones y a ser posible sin dudas. Entenderás como yo que es un deseo honesto...
-Claro que lo es, Abassi, pero aquí también te ofrezco un buen porvenir. Te pagaría... -aquí mencionó una cantidad que a Abassi le pareció casi desorbitada- y eso, añadía Adolf- suponiendo que no abarques más trabajo porque ya veo que serias capaz de llevarme la oficina y también los almacenes, y aún la carpintería. Hombres como tú nunca los vi Abassi...
-Pues seguramente que hay muchos, Adolf. El caso es toparse con ellos. Pero de momento, acepto tu proposición. Después ya veremos. Ya te digo que nunca engañé a nadie y tampoco voy a engañarte a ti. Ahora voy a cambiarme de ropa y me iré a la Embajada. Si me dejas tu camioneta, llegará antes al centro de Viena.
Adolf dio una cabezadita asintiendo y observó cómo Abassi se dirigía al almacén y retornaba casi enseguida con un traje de pana color marrón, fuertes botas de doble suela y una camisa parda, sin corbata- En las manos tintineaban las llaves de la camioneta.
Los tres niños correteaban por la campiña, y Abassi, mientras subía a la camioneta, pensó que Yuri, el niño que habían encontrado en mitad del bosque, había crecido aquella temporada una barbaridad, y es que además Abassi comprendía que había transcurrido mucho tiempo. Sabía ya que se hablaba frecuentemente del fin de la guerra en Kosovo, pero él entendía que aún finalizada aquella y firmados todos los documentos que procediesen, la guerra entre servios y kosovares, aquella guerra moral y carnicera, no terminaría.
No le pesaba haber dejado aquel mundo sangriento y daba gracias a Dios una y mil veces por haber llegado a un lugar apacible que le ofrecía paz, seguridad y aquel equilibrio que cada día se hacía mayor dentro de su propio ser.
Cuando tres horas después retornó al lugar donde se enclavaba la panadería, aquellos inmensos hornos y el conglomerado de casitas que formaban la sociedad panadera, Milani le esperaba en la puerta con el semblante ansioso y la mirada perdida en la verde campiña del Tirol.
Abassi, con aquella paciencia suya que parecía siempre la de un sabio filósofo virtuoso y hacedor de buenas obras, se acercó a su mujer y le mostró un sobre cerrado. Era grande y abultado y la voz de Abassi, serena y apacible, siseé pegando su rostro al de su mujer.
-Lo primero, ya está listo. Tengo aquí los pasaportes de los cinco. Nadie podrá ya entorpecer nuestro viaje ni detenernos o apresarnos. El día que tengamos dinero para los pasajes, nos iremos. Creo que estarás de acuerdo conmigo, Milani. -Yo siempre estoy de acuerdo contigo, Abassi.
Del fondo de los hornos, se oyó en aquel instante un alarido. Abassi soltó a su mujer, dejó en su poder el sobre y echó a correr.
En dos zancadas descendió hacia el sótano y pudo ver cómo la pala que usaba Adolf se había quedado prendida dentro del horno y las manos de Adolf tiraban con denuedo ayudado por su esposa y dos obreros más. El fuego salía en inmensas bocanadas y parecía extenderse en una llamarada subida.
Abassi no perdió la compostura, pero sí se despojó de la chaqueta y la tiró sobre los brazos quemados de Adolf. Después retiró a Adolf de las llamas y dio un manotazo sobre la pala de modo que la partió en dos: una mitad quedó dentro del horno y la otra mitad, despidiendo un espeso humo negro, se deslizaba como saltando hacia una esquina.
Abassi retiró con una mano a los obreros y con la otra alzó a Frida hacia su rostro. Los alaridos de Frida parecían rasgar el aire.
Adolf, sin sentido, permanecía tirado en una esquina aún con el brazo cubierto con la chaqueta de Abassi. Con un pié que pareció hacerse de repente gigantesco, Abassi cerró el horno y aisló el fuego. Después, se volvió hacia los obreros les dijo apaciblemente
-Id a lavaros.
Los obreros miraron sus brazos que minutos antes parecían humear y oler a carne quemada y en aquel instante estaban completos y la piel en su sitio y no existían quemaduras.
-¡Pero esto...! -exclamó uno de ellos.
-Vete arriba -ordenó Abassi apacible- y lávate.
-Pero no es posible que las quemaduras hayan desaparecido, si me ardían hasta matarme...
-Mejor será que te olvides de que han existido Después, serena y apaciblemente, se volvió hacia Frida y Adolf. Los levantó con sus propias manos, sopló los brazos a Adolf y las marcas del fuego desaparecieron como por encanto. Después también sopló la pierna quemada de Frida y los dedos que minutos antes se abrasaban.
-Ya ha pasado todo -dijo después.- vamos arriba.
Adolf miraba desorbitadamente a su mujer, después a Abassi y luego a Milani que aparecía despavorida.
-Aquí no ha pasado nada -dijo Abassi con energía pero siempre dentro de aquella inflexión suave y serena -y aún añadió- Se ha apagado el fuego, Milani, no ha ocurrido nada, he llegado a tiempo. Tú ayuda a Frida, que yo me llevo Adolf arriba.
Adolf no cesaba de mirar a Abassi, que parecía llevarlo en volandas. Cuando llegó a la parte superior y lo dejó en el suelo no pudo por menos que exclamar.
-Ha sido un milagro Abassi, un verdadero milagro.
-No hagas caso Adolf, piensa que soy un hombre fuerte y que he podido apagar el fuego antes de que os abrasarais. Y asiendo a Milani de la mano se alejó con ella. Milani le decía en voz muy baja
-Abassi, Abassi.... han sido tus poderes. Han sido tus poderes de nuevo.
-Milani, por el amor de Dios, ¡cállate! No quiero tener poderes, yo soy un hombre como todos los demás. Un día será un ebanista como lo era en Kosovo y trabajaré y ganaré el dinero suficiente para adelantar un hogar... además te aseguro que será pronto.
Fue inútil que Milani quisiera sacar a colación aquel milagro y que Adolf le ayudara y que Frida se pasara el día rezando por todo lo ocurrido que sin duda se debía a un milagro desatado por los poderes que tenía Abassi, pero Abassi decidió irse a la oficina y sentarse delante del ordenador. Empezó a pulsar las teclas y segundos después las personas que observaban su maniobra fueron rodeándole sin que Abassi se percatara de lo que pensaban en su entorno. Estaba recibiendo los mensajes de correo electrónico sin ningún titubeo y los respondía del mismo modo y sin embargo acababa de sentarse delante de un artilugio que no había visto en toda su vida
De repente, se percató de que lo observaban. El mismo contempló sus dedos y luego la pantalla de Internet que tenía delante y todos los documentos que había extraído con la impresora...
No se conocía, por eso tal vez se levantó como un autómata, retiró a ambos lados a los que le miraban, y caminó del mismo modo hacia el exterior.
Cuando llegó arriba, Adolf, que ya sabia lo que había ocurrido en la oficina, le miraba con expresión espantada.
-Abassi, Abassi... -exclamaba- ¿Qué poderes tienes? ¿Qué cerebro es el tuyo que sin conocer el ordenador ni el Internet lo has manejado como si fuera el elemento que has tenido delante toda tu vida?
-Necesito aire-dijo Abassi respondiendo profundamente- Necesito la campiña, necesito ver correr a mis hijos tras el perro, y necesito el contacto en mis manos de la mano de mi mujer.
Y la buscaba en el aire encontrándola rápidamente.
-Quiero soledad, Milani, quiero estar contigo, no quiero pensar en todo lo que he vivido hoy, no quiero recordar lo que ha ocurrido, no quiero saberlo, no quiero pensar que no soy un hombre como todos...
Y se palpaba una y otra vez como si quisiera cerciorarse de que su piel era su piel, de que sus uñas eran sus uñas y que el aire que respiraba era el aire que respiraban todos los seres humanos. Surgió un silencio tremendo entorno a él y miró a uno y otro lado observando la ansiedad que denotaban los ojos de Adolf, la admiración que asomaba a la mirada de Frida y el silencio que se cerraba como cirniéndose en un hueco y curvando los labios de todas aquellas personas que le miraban estupefactas.
El no sentía el poder, no quería sentirlo, se empeñaba en ser un hombre como los demás y se negaba a ver lo que ocurría dentro de su persona.
Por eso, asiendo los dedos de su mujer y apretándolos fuertemente, caminó paso a paso internándose en la campiña, como una sombra que va gritando sin palabras ¡quiero ser yo! ¡quiero ser yo! ¡Únicamente yo!
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