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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: DESCONCIERTO
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sábado, 12 de abril de 2003
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capítulo veintiseis
La fonda donde los dejó el taxista era vulgar y corriente, pero sin embargo, tanto a Milani como a Abassi les pareció un hotel de cinco estrellas.
Abassi, que reflexionaba constantemente desde el punto y hora en que dejó a toda prisa el avión, se preguntaba si poseerían dinero suficiente para vivir en Madrid antes de dirigirse a provincias. Poco había visto en la noche, pero si lo suficiente para percatarse de la inmensidad de aquella capital, del tráfico indescriptible, de que era una urbe en la cual él no iba a encontrarse jamás porque nunca sabría adaptarse a una ciudad tan enorme.
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Acomodó a sus hijos en los lechos y aunque Milani le susurró "saca lo que tienes en el bolsillo", Abassi lo palpó y apreció su calentura, pero meneó la cabeza denegando, y con la boca dijo:
-Tengo que pensar, Milani, tengo que pensar muchísimo en lo que ha ocurrido y en lo que aún puede ocurrir. No creo que todo eso se haya quedado en nada. Por otra parte, no me gusta esta ciudad, hay demasiada gente, demasiados coches, demasiadas luces, demasiadas calles, quiero algo apacible que vaya con el equilibrio de mi persona; además, he de leer lo que dicen mañana los periódicos. Afortunadamente, desde el día que dejamos Kosovo he usado el idioma español mal que bien porque poco lo comprendo y menos aún lo leo, pero sí lo suficiente para enterarme de lo que va a ocurrir y lo que se diga de lo sucedido esta noche.
Hablando así, en voz muy baja, se acostó al lado de su mujer. Ni siquiera se le ocurrió hacer el amor, ni siquiera pidió comida para sí pero reflexionaba en aquel lecho, contemplando un techo liso del cual pendía una lámpara apagada.
Entre su actualidad se cruzaba el pasado, las lecciones que había dado a sus hijos en aquel trayecto inmenso de días interminables.
Desde el punto y hora que salió de Kosovo decidió que su meta se hallaba en España y por esa razón había enseñado a sus hijos lo poco que sabía de español. Lo chapurreaban todos, pero se entendían.
No sabia del dinero que disponían, Milani lo llevaba en aquel sobre abultado que le habla regalado Frida, pero Abassi también sabía que el trabajo solía producir dinero y él era un hombre de recursos capaz de encontrar aquel dinero que necesitaba para trasladarse a provincias.
En su bolsillo, aparte de la moneda caliente, poseía un mapa de España y había apuntado con un lápiz el lugar donde deseaba establecerse. Era un lugar lejano, pero los trenes en España funcionaban bien, y solo necesitaba el dinero suficiente para pagarse el billete de su familia y el suyo.
Durmió poco y mal, y a la mañana siguiente, le dejó un papel escrito a su mujer sobre la mesita de noche y salió a la calle.
Necesitaba hacer dos cosas, primero, leer la prensa y saber lo que decían de aquel milagroso aterrizaje que había provocado tantísimo revuelo en el aeropuerto de Barajas y segundo, recoger en aquel aeropuerto su equipaje que había quedado facturado.
Compró un periódico en el primer kiosco que encontró a su paso. Mal que bien, pudo leer que se le buscaba, se buscaba al hombre milagroso que había ayudado a aterrizar aquel avión, que había logrado que con la barriga del aparato y sin tren de aterrizaje, se arrastrase por una pista sin luces dado que la tormenta había causado un verdadero estropicio en el tendido eléctrico...
Decidió tomar un taxi. En realidad, con aquellas gafas que llevaba puestas y la gorra que cubría sus cabellos encrespados y rojos, no era posible que nadie lo reconociera a hora tan temprana.
Subió al taxi y le pidió que le llevase a Barajas.
No fue fácil para él hacerse con las tres maletas, pero al fin logró encontrarlas entre muchas otras y cargando con ellas regresó al taxi.
Oyó comentarios caminando por el aeropuerto, se buscaba al hombre que había aterrizado el avión y él no estaba dispuesto a dar la cara ni consideraba milagroso algo que para él era natural.
Cuando llegó a la fonda, sus hijos ya habían despertado. Milani corrió hacia él y se apretó, como hacia casi siempre, en su costado. Pesadamente, Abassi levantó un brazo y lo dejó caer tiernamente sobre los hombros de su mujer.
-Tenemos que andar con cuidado -le dijo.- No deseo en modo alguno que me encuentren, no deseo publicidad ni quiero que me reconozcan. Vosotros vais a quedar aquí y yo voy a intentar sacar billetes para alguna parte. No me gusta esta capital tan grande, hay demasiado barullo, demasiados coches y demasiada gente, no te miran al caminar y tropiezas y te apartan. -Meneaba la cabeza- No me gusta, Milani, quiero algo más tranquilo y apacible.
-No has sacado la moneda del bolsillo -le siseó ella sutilmente.
-Supongo que habrás leído -replicó él- el cartel que hay a la entrada. "No se admiten animales"
-No lo he leído.
Abassi suspirando dijo:
-La moneda no saldrá de mi bolsillo hasta que no encontremos un lugar donde aparcar de verdad, donde estacionamos, donde quedemos para siempre, donde podamos formar ese hogar y que tengo en mente funcionará bien.
Y mientras los hijos desayunaban, aún lamentando la desaparición de Curry, él extendió sobre la cama aún deshecha el mapa español.
-Mira -dijo a su mujer- mira y fíjate bien. Por muy desconcertado que esté, y lo estoy en demasía, he de buscar un lugar donde instalarnos -y con un dedo iba marcando provincias.- Quiero mar -decía- vivir junto al mar, dedicarme a la carpintería, volver a aquella vida que dejé en Kosovo antes de que los serbios nos maltrataran. Nuestra vida era apacible, sin demasiada abundancia, pero con lo justo nos bastaba. Decía un filósofo griego a quien leí en alguna ocasión, que la felicidad se halla en el conformismo, en aceptar lo que tienes y no desear lo que posee el prójimo. Yo he de seguir esas reglas porque están dentro de mi y de mi afluyen y para mi las quiero -besó a Milani que la tenía enfrente y lo miraba como embobada. Le palmeó la mejilla - voy a salir a ese mundo infernal con calles llenas de gente. No me gusta tropezar, Milani, y el poco tiempo que estuve fuera he tropezado más de seis veces con personas siempre desconocidas. No abras las maletas, no es necesario. Solo dame el sobre del dinero.
Y Milani metó la mano en la faltriquera y extrajo el sobre que aún estaba abultado. De repente pensó Milani en el queso y el pan que habían medrado siempre en el morral de su marido, como el agua de la cantimplora, que había manado sin cesar... por lo visto, ahora era el dinero el que crecía y se multiplicaba. Había suficiente.
-Toma -dijo.- Cuéntalo si gustas.
-No hace falta, -dijo Abassi- por el volumen, entiendo que hay suficiente. Voy a tomar un taxi y le preguntaré al taxista dónde puedo adquirir el pasaje para trasladarnos a este lugar -y apuntaba con el dedo un lugar del mapa.
-¿Lo conoces? -preguntó Milani un tanto asombrada
-¿Cómo voy a conocerlo?. Pero he decidido en mi mente que donde pusiera el dedo, pondría los pies y también la casa, de modo que voy a enseñarle al taxista este lugar. Y él me dirá donde queda.
No conozco mucho la geografía española, pero me adaptaré, y aceptaré ese lugar como posible.
Besó en la frente a Milani, guardó el sobre en el bolsillo junto a la moneda y acarició esta con una especial ternura. Después fue a ver a sus hijos, les acarició a los tres y salió a toda prisa.
Tomó el taxi en la primera bocacalle y le mostró al taxista el mapa y le apuntó con el dedo el lugar a dónde pretendía trasladarse.
-Eso está por el norte -le dijo.
-Necesito sacar billetes para llevar a mi familia fuera de aquí.
-Le conduciré a Chamartin, es una estación enorme y allí salen trenes para todas partes.
Y ya sentado al lado del taxista, aquel comentó con voz un tanto misteriosa.
-¿Leyó la prensa, señor?
-Le di una ojeada, sí.
-¿Ya sabe lo que ocurrió en Barajas ayer?
Abassi no sabía mentir, pero entendía que a veces había que hacerlo. Por eso dijo con mansedumbre.
-No.
-Pues verá, parece ser que la tormenta rompió el tren de aterrizaje de un avión por culpa de una chispa de un relámpago. Un ala del avión se rajó aunque no rompió del todo, un motor falló y un pasajero muy extraño se dirigió a la cabina y sin permiso de nadie, advirtiendo que no sabía nada de aviones, condujo el avión herido hacia el aeropuerto. Las luces del aeropuerto en esos momentos estaban apagadas, una avería en los transformadores había dejado a oscuras todo el aeropuerto, y sin embargo, ese hombre tomó los mandos y con un avión completamente destrozado, aterrizó a oscuras.
-¿Y bueno?
-Dicen que fue un milagro, señor.
-Los milagros no se dan con tanta facilidad. Sería más bien que el que condujo el avión era un experto.
-Es que él confesó que no sabía nada de aviones, que era la primera vez que montaba. Andan buscándolo, lo busca la policía, lo buscan en el aeropuerto. Le busca hasta el gobierno, quieren recompensarle, saber quien es, preguntarle cómo hizo y saber lo que hizo.
Abassi prefirió no responder. Se embebió en la contemplación del paisaje urbano aún húmedo porque no había cesado de llover.
-Y eso que estamos entrando en junio... -murmuró el taxista- pero las lluvias a principios de verano, si empiezan, no acaban nunca.
-Es como una guerra -replicó Abassi con toda la intención del mundo de sacar a colación lo que deseaba saber.- Oiga, usted que lee tantos periódicos, porque ya veo que aquí lleva unos cuantos, ¿qué dicen de la guerra de Kosovo?
-Otro crimen infernal, -vociferó el taxista- son como bestias, se matan unos a otros y ayer fueron vecinos y hasta parientes. Creo que está terminándose, creo que la OTAN se dispone a firmar con Belgrado y parece que Milosevic se pone de acuerdo, aunque pierda cuidado, no lo matarán, se quedará en Belgrado y dentro de unos años volveremos a las mismas. Y me temo que si bien se firme en armisticio, de ninguna manera terminarán las matanzas porque el odio entre serbios y kosovares no cesará.
Abassi pensaba igual que el taxista, pero omitió su opinión.
-¿Tengo que esperarle, señor? -dijo deteniendo el auto junto a muchos otros.
Abassi saltó al suelo, le pagó y como tantas veces que buscaba en el vacío una salida, decidió quedarse solo.
-Gracias, no se preocupe. Buenos días.
Saltó del auto y caminó pesadamente con sus grandes pies y sus largas piernas hacia el interior de la estación.
Kioscos de ventas de periódicos y libros, bares aquí y allí, bancos donde sentarse, cristaleras enormes, y al fondo, todas las ventanillas. No sabía a cual arrimarse. Necesitaba cinco billetes para aquel punto del norte que había señalado en el mapa con el dedo. Era una provincia gallega y tenía costa, pero él no buscaba la provincia en si misma ni la capital, sino buscaba una cercanía, una soledad, un hogar donde empezar de cero, donde tener la ciudad a pocos kilómetros, y una escuela donde educar a sus hijos y un campo donde la naturaleza creciera por sí sola y pudiera, a su vez, soltar a sus hijos sin cuidado ni temor a que un coche los atropellara.
Estaba harto de gente, de barullo, de oposiciones a más milagros, el quería ser un hombre normal y sin varitas mágicas.
Pese a eso, automáticamente, por instinto, metió la mano en el bolsillo y palpó la moneda. Estaba igual de caliente.
La acarició con cuidado pero decidió que hasta llegar al lugar de su destino no convertirla la moneda en Curry, su querida mascota, aquel perro que sufrió toda la odisea con ellos.
Se acercó a una ventanilla y preguntó a la taquillera por un lugar de Galicia o de Asturias que tuviese próximo el mar y que fuera pequeño y apacible.
-Que no me obligue a vivir este trasiego de Madrid.
-Le daré billetes para La Coruña -dijo la taquillera.- Después usted, desde allí, elija lo que guste.
-Me parece bien -dijo él.
Preguntó cuanto costaba, depositó los billetes en el mostrador y le dieron cinco pasajes.
Guardó todo en el bolsillo junto a la moneda y salió de nuevo hacia la estación donde se alineaban los taxis. Subió a uno mudamente y murmuró para si:
-"El destino, está echado"
Asió un periódico que tenía el taxista en el asiento y empezó a leer, nuevamente, todos los milagros que referían, con letras grandes aquel aterrizaje. Buscaban al hombre que había salvado más de doscientas vidas...
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