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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: PREPARANDO EL VIAJE
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sábado, 12 de abril de 2003
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capítulo veintisiete
Aquella misma noche, cuando ya los niños se hallaban descansando, Abassi le contó a su esposa que tenía en su bolsillo los billetes hasta La Coruña, pero que carecían de fecha porque esa se la pondría el día que decidieran el viaje.
-Antes -añadía- deseo que los muchachos conozcan algo en Madrid, y tú y yo veamos al menos algo de esta gran capital, que cuando salgo a la calle siento la sensación de que se derrumbará en cualquier momento sobre mí, y por eso busco un lugar pequeño, Milani, un lugar donde podamos vernos las caras constantemente y no me encuentre con seres extraños que al tropezarse conmigo me desvían con el hombro, eso me indica un mundo deshumanizado que no me agrada nada.
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En vez de responder a las palabras de su marido, Milani dijo algo que sin duda, pensaba Abassi, la tenía obsesionada.
-Los niños se pasaron el día, durante tu ausencia, clamando por Curry. Yo les prometí que volvería, que encontraríamos un Curry igual en cualquier parte. Por favor, Abassi...
-Cállate, -le siseó él- no quiero que hables de ese asunto hasta que no estemos establecidos.
-¿Y cómo puede Curry -preguntó Milani estupefacta- vivir sin comer, sin beber...
-No acabas de comprender, Milani, lo que significa un milagro, ahora mismo Curry no existe, al menos creo que mientras la moneda esté cálida, algo podré hacer por el animal, pero mientras yazca convertido en una moneda que, repito, esté cálida, no necesita ni beber ni comer, y si acaso, estará dormido. Eso suponiendo que pueda volverle a la forma que tenía anteriormente. Por favor, no me hables más de Curry hasta que yo haya decidido sacarle de las tinieblas.
-Habrás leído los periódicos, Abassi.
-Algo he leído. En español no sé leer muy bien, pero el taxista me explicó lo suficiente para no ignorar lo que está sucediendo entorno al milagroso aterrizaje del avión que procedía de Viena. Ya sé que me busca el gobierno, la policía y todos los pasajeros que viajaban esa noche con nosotros... pero nada de eso me interesa, Milani, sabes bien que detesto mis propios poderes, que deseo ser un hombre como los demás, y he de lograrlo en una parte de este mundo, en España. Ahora duerme. Mañana buscaré una fonda cercana a la estación donde se puedan tener animales y así dejes de lamentarte, y los niños estén felices. Dentro de una semana emprenderemos de nuevo el viaje hacia esa ciudad desconocida. Tengo en el mapa una señal, pero yo no voy a vivir en una capital, sino en el entorno de la misma. Buscaré un lugar tranquilo donde establecerme y montar mi carpintería, y empezaremos una nueva vida. No me interesa ni siquiera el progreso ni el dinero, ni mucho menos el poder. Sólo deseo, y te lo dije muchas veces, la paz y el equilibrio y una educación esmerada para mis hijos, un trabajo honesto para mi y tu ternura -la apretaba tembloroso contra sí.-
Te amo mucho, Milani, te amo tanto que cada día me parece más imposible haber tenido la suerte de encontrarte, de hacerte mi mujer y la madre de mis hijos y mi compañera y camarada. Y esta noche -añadió en voz muy baja, como un susurro perdido en las tinieblas- mi amante.
Milani se apretó contra él y sintió en su boca el abierto beso largo y profundo de su compañero.
A la mañana siguiente, Abassi desayunó con sus hijos en aquella fonda y después abonó lo devengado y cargando con el equipaje y ayudado por su esposa, salieron a la calle a buscar otro refugio. Lo encontraron en una fonda cerca de Chamartín. Era menos cómoda, pero más libre. Allí no había ningún cartel que dijera "se prohiben animales"
Abassi preguntó si podría traer a su perro, y le respondieron que sí, siempre que se ocupara de él y no lo dejara solo en la fonda.
Por eso, una vez instalados todos, se fue solo a la calle con la mano en el bolsillo y la moneda, caliente aún, entre sus dedos.
La apretó furiosamente. Esperó un rato, pero la moneda empezó a enfriarse y se quedó helada. Curry no resurgió de la moneda. Abassi entendió que al menos en aquello, sus poderes habían existido solo a medias. Tampoco le extrañaba demasiado. "Ojalá, pensaba, no tuviera ninguno".
Por esa razón dejó la moneda fría en su bolsillo y se dirigió a una pajarería. Adquirió un perrito chiquitín, con la seguridad, según el vendedor, de que no crecería demasiado. Compró una correita, se la ató al cuello y salió alegremente en dirección de nuevo a la fonda.
Cuando sus hijos le vieron llegar, se lanzaron sobre él como tres hambrientos, y sin mirarlo siquiera, se tiraron al suelo para acariciar al animalucho que les ladraba desaforado y temeroso.
-Se llama Curry -dijo Abassi.
Sentía los ojos de Milani en su cara, fijos e interrogantes, asombrados.
Asió a su mujer por un brazo, la llevó a un rincón y le dijo roncamente.
-Afortunadamente, mis poderes no alcanzaron para tanto: o nunca convertí a Curry en una moneda o bien no he logrado resucitarlo. Puedes tocar la moneda, está fría. Por eso he comprado este perrito, y por favor, Milani, no vuelvas a acordarte de este asunto. En el fondo, yo estoy contento, al cambiar de vida y de país, de aires y de modos, quizá mis poderes se hayan perdido en la nada, lo cual me convertirá en el hombre que quiero ser.
Milani, como siempre respetuosa con su esposo, no hizo más mención de aquel milagro a medias y se conformó con acompañar a Abassi y a sus hijos por un Madrid alegre y caluroso.
Avanzaba junio y los periódicos hablaban ya de un armisticio en Belgrado, de una rendición de Milosevic, y de un convenio con la OTAN. Por supuesto, Abassi y Milani sabían ya, como tal vez supiera el mundo entero, que la paz que se firmaba sería solo una paz a medias, porque mientras viviera Milosevic, Belgrado sería un polvorín, y no digamos su tierra de Kosovo. Los serbios y los kosovares nunca podrían ser amigos, nunca compartirían nada y nunca se sentarían a la misma mesa, y muy posiblemente, pasados algunos años, volvería a desatarse una guerra feroz, peor aún de la que estaba a punto de finalizar.
Abassi y Milani llevaron a sus hijos al zoo, a ver museos, a conocer el Retiro, y dieron vueltas y vueltas por una ciudad enorme que les abrumaba. Pasearon por la parte vieja, y dieron grandes paseos por lugares que desconocían, por plazas y jardines, y cuando ya tenían decidido el día y la hora de su viaje, el nueve de junio, todos los periódicos daban la noticia del fin de la guerra en Kosovo. No era que Milosevic se hubiera rendido, sencilla y llanamente la OTAN habla convenido con el dictador una tregua, una paz, un fin a aquella locura que había dejado Belgrado en escombros y Kosovo en un campo de miserables e impávidos cadáveres.
Ni siquiera eso varió la idea en la mente de Abassi. El hecho de que la guerra terminara, para él ni significaba el fin y aquella noche dijo a sus hijos que al día siguiente tomarían el tren hacia La Coruña. Su fin estaba escrito en el mapa, en letras muy chiquitas, lo que indicaba que era una ciudad pequeña, pero tenía mar, y era lo que él buscaba.
Aquella mañana llevó a comer a sus hijos a un VIP's. Para ellos, la libertad de la que disfrutaban y que nadie les preguntara a dónde iban o de dónde venían, significaba algo tan nuevo y deseado, que a veces se miraban con anhelo, y si bien no se preguntaban qué ocurría, sabían los cinco que eran seres libres, que podían hacer de sus vidas lo que quisieran. La odisea vivida había madurado a los muchachos, Albi había crecido, además, y Yeray era una muchachita espigada que indicaba ya una auténtica belleza.
El tiempo había transcurrido y había dejado en ellos una huella indeleble, de la miseria vivida. Albi tenía apenas once años y Yeray tal vez uno menos. En cuanto a Yuri, el niño recogido en mitad del infierno, era un muchacho de apenas ocho años que crecía espigado, con la piel aceitunada y unos ojos vivos donde parecía reflejarse la inquietud del pasado...
Aquella noche Abassi tenía varios periódicos en su poder. Había transcurrido más de una semana, se había terminado la guerra en Kosovo, Belgrado volvía a la paz y en los periódicos se seguía comentando que se buscaba al hombre pecoso de pelo rojizo que había aterrizado un avión en medio de una tormenta de una noche aterradora. Pero Abassi sabía muy bien y también Milani que sus hijos no se preocupaban de leer los periódicos, que desconocían aquellos detalles y que el miedo pasado se les había disipado. Por otra parte sabían que a ellos dos nunca los alcanzarían. Al día siguiente tomarían el tren y volarían hacia una nueva vida. Eso nadie podía evitarlo.
La documentación de los cinco estaba en regla, procedía de la Embajada de Viena, y nadie podría tacharles de entrometidos ni de usurpar un país que no les correspondía, porque habían sido aceptados ya, como tantos y tantos Kosovares que habían recalado en España, huyendo de la terrible tragedia de Kosovo.
-Mañana -les dijo Abassi entre tanto el nuevo perrito Curry meneando el rabo saltaba sobre sus hijos de un lado a otro, gozoso y alegre- emprenderemos el viaje definitivo. No os haré viajar más, no os haré deteneros más. No se cómo ni donde ni en qué momento, pero tengo en el mapa un punto marcado, y si bien no llegaré a él, al menos sí lo haré en sus cercanías. Empezareis a ir a una escuela, aprenderéis correctamente el español, y si bien como patriotas os pido que no olvidéis vuestras raíces, de momento, y quizá para siempre, tendréis que amar otras raíces que nacen en este instante.
Los besó uno a uno, palmeó el lomo del animalito y Milani los llevó a los dos lechos que había en una alcoba próxima. Acostó a los dos niños juntos y sola a Yeray, les besó tiernamente y luego le dijo a Curry que se acurrucara a los pies de las dos camas.
-Y no te muevas de ahí -añadía.- Mañana emprenderemos una nueva vida, nos detendremos al fin, y según vuestro padre iremos a vivir a las afueras de una pequeña ciudad marítima que se llama Foz.
-¿Será tan bonita como Kosovo, mamá? -preguntó Albi.
-No lo sé, hijo mío, la desconozco, pero indudablemente es más pequeña que Kosovo, y además, muy diferente. Por otra parte, no vamos a vivir en la misma ciudad, tu padre tiene en mente establecerse en un lugar solitario pero cercano a la población, y parece que será esa.
Volvió a besar a Albi y se alejó lentamente.
Cuando entró en la alcoba, encontró a Abassi con un periódico en la mano intentando entender aquel español que le era tan agresivo aún.
-Es un arreglo ficticio, Milani, aunque en estos periódicos la OTAN afirma que es definitivo. Pero tú y yo hemos vivido en aquel caos y sabemos bien que lo que se ha torcido tardará años en enderezarse. Recuerda lo que pasó en Sarajevo. No puedo olvidar cuando lo atravesamos y vimos todo el desastre que aún existían, porque promesas se hacen muchas, Milani, y a Sarajevo prometieron ayudarlo, y sin embargo las ruinas aún invaden aquel lugar.
-No soy capaz -dijo Milani- de leer el periódico, no entiendo nada.
-Pues a mi me es bastante fácil, Milani y a los niños les será aún más porque nuestro idioma, en cierto modo, tiene bastante semejanza con el español. Ahora mismo el mundo tiene puestos los ojos en Kosovo, un territorio asediado y abierto en canal por una cruel guerra que ha producido miles de víctimas y quieren mostrar lo que ocurre en esta parte de Europa, que es el corazón de Kosovo. Me estoy dando cuenta que las televisiones occidentales han podido recoger la huida de miles de personas, una gran riada humana que se acercaba a Albania, a Macedonia o Montenegro, pero poco se sabe de lo que ocurre en el interior de nuestra tierra, además de las expulsiones y las agresiones del ejército serbio a la población civil, se desarrolla un conflicto armado entre las tropas de Milosevic y la guerrilla del ejército de liberación de Kosovo. Todo esto ocasiona un desastre que nunca tendrá ya arreglo posible. Transcurrirán los años y poco a poco irá volviendo cada cosa a su lugar, pero costará vidas, muchas vidas, Milani, aunque las nuestras, la tuya y la de mis hijos, y la mía propia no retrocederán hacia Kosovo. Y lo lamento, porque yo soy un fiel kosovar, pero la ruina y la miseria moral y física que presencié provocó mi huida y nunca me será posible olvidar los saltos que hemos dado sobre cadáveres, piernas, brazos, envueltos en sangre ajena, que a fin de cuentas, era un poco nuestra porque era kosovar. Sin embargo, no temas, Milosevic seguirá allí y será un cabecilla porque no lograrán matarlo y mientras viva, será un animal de naturaleza humana que no tiene humanidad. Me duele decir todo esto, pero es que además lo pienso, lo tengo grabado en mi mente como un pecado mortal.
-Tranquilízate, Abassi, a fin de cuentas, vamos en busca de un mundo nuevo, y casi lo has encontrado... Al menos, sabes donde vas a detenerte, y mañana al anochecer tomaremos el tren hacia ese lugar que se llama Galicia y que tú has decidido sea nuestro próximo futuro.
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