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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: PAUSA EN CHAMARTIN
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sábado, 12 de abril de 2003
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capitulo veintiocho
-Es temprano -le dijo Milani a su marido descendiendo del taxi que los conducía a Chamartin.
Abassi hizo un gesto vago, pero a la vez cargaba con dos maletas y colgaba al hombro una especie de mochila. Cargó con la otra maleta y llevando por delante a los tres niños y un cesto que portaba Albi, caminaban a través de las puertas automáticas que se abrían al pisar con cierta proximidad.
Hacia un calor sofocante. Era mediados de junio y dentro de la estación de Chamartin el aire acondicionado refrescaba un poco el ambiente.
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Abassi y Milani, junto con sus hijos, fueron directamente a facturación, y menos el cesto, lo facturaron todo. Quedaba la mochila al hombro de Abassi y el cesto en el cual ocultaba a Curry, que durante aquella última semana habían adiestrado del tal modo que se había convertido casi en un calco de aquel otro Curry que seguía transformado en moneda fría en el bolsillo de la chaqueta de pana de Abassi.
Era un perrito obediente y cuando lo cerraron en el cesto, le advirtieron que no podría ladrar ni aullar, y allí iba Curry, acurrucado y feliz, embarcado en el mismo destino de la familia que lo protegía.
-Aún no se ha formado el tren en el andén -dijo Abassi- de modo que esperemos en este banco pacientemente, sin nosotros no se irá y no se irá porque estaremos allí a la hora de partir.
Ocuparon los bancos cerca de las escaleras por las cuales se descendía al andén.
Milani le explicaba en voz baja a su esposo:
-He hecho dos tortillas por si los chicos tienen hambre, llevo pan y agua. Te lo he dejado metido en la mochila envuelto en papel de aluminio.
-Iremos solos -replicaba Abassi mirando entorno distraídamente- en un compartimento de dos literas. Los acostaremos cuando salga el tren y tu y yo iremos sentados, pero dado lo cansados que estamos, seguro que dormimos uno sobre el hombro del otro y si los chicos tienen hambre, por supuesto que les daremos de comer. Hasta mañana a primera hora no llegaremos a La Coruña.
-Me sigo preguntando -dijo Milani mientras sus hijos hablaban entre si sentados en el banco próximo- por que has elegido La Coruña.
-Fué al azar, Milani, y sobre un mapa de Galicia. De todos modos, el pueblo de Foz, o la villa o como le llamen aquí, está más al norte. Pero ya encontraremos el modo de locomoción para llegar.
-Hundía la mano en el interior de la chaqueta de pana parda y extraía el sobre. lva a contar el dinero, pero de pronto volvió a hundir el sobre en el bolsillo y miró lo que estaba viendo distraído. Observó dos cosas. No lejos de él un paralítico sentado en una silla de ruedas con una especie de maletín cruzado sobre las piernas esperaba, como ellos, quizá, la salida del tren, pero a la vez, estaba observando que alguien espiaba al paralítico y parecía dispuesto a abalanzarse sobre él. Y ocurrió en un segundo. Milani, que veía lo que él estaba viendo, le dio con el codo en la cintura.
-Haz algo,- dijo- haz algo, por favor. Va a robar al paralítico.
Abassi no movió ni su cuerpo ni un músculo de su rostro, pero los ojos vivos despojados de las gafas en aquel instante, miraban con hipnótica fijeza la figura del ladrón que se había hecho con el maletín del paralítico dejando a éste tirado en el suelo y a dos guardias, percatados de lo que ocurría, correr desaforadamente tras el ratero.
Milani esta vez apretó el brazo de su marido con las dos manos.
-¡Haz algo! ¡Haz algo, por favor!
Y Abassi lo estaba haciendo.
Cuando el ratero llegó a la puerta que tendría que abrirse de par en par, una hoja para cada lado, ésta se quedó herméticamente cerrada, con lo cual el ratero tropezó con los cristales y cayó al suelo con el maletín.
-Ya está -dijo Abassi a media voz como si rasgara las palabras.
En efecto, los guardias esposaban al ladronzuelo y mientras uno lo sujetaba, el otro retornaba hacia el paralítico, lo sentaba de nuevo en la silla y le entregaba el maletín, advirtiendo con voz que llegó nítida a los oídos de Milani y Abassi.
-La próxima vez, tenga más cuidado, Chamartin está llena de ladrones.
Milani murmuró bajo la densa mirada de su marido.
-Has sido tú, ¿verdad?
-Si se abre la puerta -replicó Abassi distraído- y sale el ladrón, nunca podrían atraparlo porque en el exterior hay demasiado barullo, demasiada gente. En Kosovo, Milani, sufríamos la tiranía de los serbios, en España, por lo que veo, las cosas no caminan demasiado bien. El orden no está a la vuelta de la esquina y estos ladrones extorsionadores provocan el desmadre que sin querer se vive. Si te digo la verdad, estoy deseando subir al tren, que mis hijos se duerman y olvidarme de todo lo vivido hasta ahora.
-Si crees que fuera de estos lugares vamos a vivir de modo diferente, desengáñate, Abassi. El progreso trae estas consecuencias.
-No lo dudo, querida, pero precisamente por eso buscaré un lugar solitario pero cercano a la civilización para establecer mi vida y vivirla a mi manera y modo sin intromisiones.
De súbito, Milani asió el brazo masculino con sus dos manos.
-Mira, Abassi, mira aquello.
Distraído, Abassi, lo estaba mirando.
Se trataba de un pobre mendigo que pedía limosna en el interior de las puertas automáticas de Chamartin. Se trataba de un hombre cubierto de harapos, con un saco al hombro y estiraba la mano cada vez que la puerta se abría y entraba o salía un pasajero.
Pero además de ver esto, Abassi estaba viendo otra cosa, y también Milani. Dos guardias, con la porra colgada al cinto y un revolver de tamaño más que regular y también prendido a la cintura, caminaban apresurados hacia el mendigo.
-Ojo, Abassi -siseó MIlani- algo no va a funcionar...
-Esta vez, -dijo Abassi tranquilo- funcionará al revés.
Y en efecto, cuando los dos guardias se acercaron al mendigo y aquel giraba sobre si para huir, las puertas se abrieron de par en par y el mendigo
salió a toda prisa bailándole en la espalda el saco que portaba, pero cuando los guardias volvieron a atravesar aquellas puertas, éstas volvieron a cerrarse herméticas, una contra la otra.
Los guardias intentaron abrirlas durante más de cinco minutos.
-No las abrirán, ¿verdad, Abassi?
-No. Mientras el mendigo no huya libremente entre el gentío del exterior y lo pierdan de vista estos dos sabuesos de la ley, no se abrirán las puertas.
Los guardias se miraban uno a otro y pedían ayuda, pero las puertas no se abrían. Cuando al fin cedieron ambas hojas y se desplegaron dejando el hueco para la salida, el mendigo había volado y ya sería imposible que los guardias le alcanzaran.
-A fin de cuentas -dijo Abassi como siguiendo el curso de sus pensamientos- le olvidarán, es un mendigo y hay demasiados por este Madrid tan grande.
-Pero aquí en la estación está prohibido pedir.
-Pues a ese, Milani, no lo pillarán.
A nadie se le ocurrió mirar hacia el banco donde se hallaba aquel hombre largo de rubios cabellos que cubrían un gorro de lana negro y un rostro salpicado de pecas que apenas si se apreciaban por las anchas gafas que cubrían sus ojos y continuaban haciendo lo que hacían todos los días.
-Gracias, Abassi.
-Perdona, Milani querida, pero no lo hice por ti. En realidad, me gusta usar de mi poder para ayudar al prójimo y esta vez, por una parte, he ayudado a los guardias a atrapar al ladrón, y por otro he salvado de una noche en la cárcel a un simple y andrajoso mendigo que se perderá ahora mismo por un Madrid demasiado lleno de gente.
-Meneaba la cabeza dubitativo- Nunca se sabe, -añadía- qué cosa es mejor o peor, pero mientras yo considere lo que es mejor o peor, lo diferenciaré siempre.
Alguien advirtió que el tren se había alineado ya en la vía y pesadamente Abassi y su mujer se levantaron, advirtieron a sus hijos que iban a iniciar el viaje y mientras Albi se hacía con el cesto donde ocultaban a Curry, los otros dos muchachos caminaban pesadamente tras ellos. Después, Abassi y Milani. Cuando llegaron al andén, Abassi sacó del bolsillo los billetes.
-Nos corresponde el vagón número siete -dijo.
Y los cinco caminaron andén abajo buscando el apartamento donde viajarían esa noche hacia un mundo desconocido, pero que deseaban conocer. Nadie los detuvo. En la puerta del vagón, un hombre uniformado recogió sus billetes y solo dijo con voz monótona:
-Les corresponde el departamento número cinco.
Abassi caminó por el pasillo del tren erguido y tras ellos seguían los tres chavales. El departamento era, lógicamente, chiquito, las dos literas una sobre otra y en la parte paralela, un asiento. Abassi le quitó al hijo un cesto de la mano y lo depositó en una esquina del departamento.
-Así -dijo de pié- no cabremos todos, si subís a las literas estaremos más cómodos.
Y sin hacer uso de la escalera, la cual quitó y arrimó en el suelo, ayudó a sus hijos a subir. Albí y Yury en la litera de arriba y Yeray en la de abajo, con la cabeza un poco encogida. Mientras Milani se sentaba, Abassi colocaba la mochila y el cesto en una esquina.
-Cuando el tren se ponga en marcha -dijo Abassi- soltaré un poco a Curry.
-Si te ve el interventor, nos pondrá una multa y tirará a Curry a la campiña -dijo Milani un tanto asustada.
-No pienso soltar a Curry con el tren parado.
-Eso es otra cosa -murmuró Milani, y se sentó cómodamente suspirando.
Abassi se sentó a su lado. El tren empezaba a moverse ya.
-Vamos hacia un mundo nuevo, -murmuraba Abassi con voz muy lenta- será mejor o peor, pero indudablemente, será diferente y quedarán lejos nuestras vivencias y nuestras visiones aterradoras.
Extrajo del bolsillo un periódico y se lo mostró a su mujer
-Tienes que aprender a leer el español, Milani, yo, mal que bien, voy comprendiéndolo, y aunque tarde en entender, me hago cargo al fin de que todo ha terminado en Belgrado, pero mientras se ha quedado devastado y han desaparecido miles de seres humanos, Milosevic sigue vivo, coleante y poderoso, metido en su búnquer y con la OTAN enfrente, negociando con ellos para volver a la hipocresía mundial que es lo que impera en este mundo. Ya ves, me estoy enterando de cosas que pasan en España y tampoco me agradan, la justicia es una utopía, ahora mismo se dice que va a haber nuevas elecciones, y mientras los jubilados esperan una subida considerable, miles de ellos reciben una proporción mísera, nimia, como puede ser el dos por ciento de su ya mísera jubilación. Pero entre tanto, en esta tregua que va a haber entre el cese del gobierno y las elecciones, los senadores y diputados siguen cobrando sus descomunales sueldos, por eso te digo, Milani, que en todo el mundo existe la desproporción, y mientras unos abundan en la generosidad, los otros tienen que conformarse con una mísera prestación que nunca les llega para vivir el mes entero.
-Mucho sabes tú de lo que pasa en este país, Abassi...
-Leo y aún conservo el viejo y chiquitín aparato de radio que no funcionó en nuestra odisea porque acabé las pilas, pero ahora ya tengo otras, y oye, duerme un poco menos y escucha conmigo los debates de la gente de justicia.
-No irás a volverte ahora, a estas alturas un revolucionario, ¿eh, Abassi?
-Claro que no, querida, pero ante ti he de ser sincero y decirte la verdad, y lo que pienso es lo que queda dicho. No soy un ferviente católico, pero de lo poco que sé y he leído, estoy convencido que Cristo, Nuestro Señor, no hizo un mundo tan desigual y tan miserable como el que tenemos.
Los niños dormían mientras la voz de Abassi se iba debilitando. Soltó a Curry, lo meció en sus brazos, le dió de comer y volvió a guardarlo en la cesta, pero no lo tapó.
-Cuando los chicos despierten a media noche -le decía a su esposa- les daremos algo de comer. Tú intenta dormir ahora, querida, mañana llegaremos a La Coruña y tendremos que buscar un modo de locomoción para trasladarnos a esa pequeña ciudad marítima que yo quiero encontrar, donde tengo en mente establecerme. Durante mi estancia en Madrid he leído algunas cosas de esa pequeña ciudad, es una villa con mar, y existe una industria de barcas de recreo, de momento, posiblemente ofrezca mi trabajo de carpintero en un lugar así.
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