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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: LA LLEGADA
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sábado, 12 de abril de 2003
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capítulo veintinueve
Cuando el tren entró en la estación de La Coruña, Abassi y Milani habían hablado lo suficiente para saber ambos lo que querían, lo que buscaban y lo que pretendían y de lo que lograrían zafarse.
Los niños habían dormido profundamente. El vaivén del tren tal vez contribuyó a la profundidad de su sueño.
Curry había dormido también dentro del cesto, destapado, sí, pero sin moverse ni lanzar un pequeño o breve ladrido, como le había indicado Mílani.
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Abassi, con su inmensa altura -medía tal vez dos metros y algún centímetro-, su cabello semicorto, encrespado y rojizo, y las pecas que inundaban su rostro, denotaba sin duda que se trataba de un extranjero, pero había tanta gente en la estación coruñesa que aquel hombre largo, y jóven aún, que caminaba saliendo de facturación cargado de maletas, con una mujer y llevando por delante tres niños y un perro, apenas llamaba la atención.
-Esto no es Madrid -le dijo Abassi a Milani- pero se parece bastante. Observarás que el gentío abunda en cualquier parte, y es lo que produce en mi una tremenda inquietud. No es que pretenda ser único en la vida o en el mundo, pero me gustaría dar pasos con mis pies y hallar la calle, el vacio, pero nunca otros pies. Vamos a subir a uno de esos taxis que cruzan y que nos lleve a alguna parte... Tal como yo he estudiado el asunto, hay unos autobuses de línea que recorren toda Galicia. Sigo pensando que Foz es mi destino, nuestro destino y voy a saber algo de esa pequeña ciudad.
-Los niños tienen hambre, Abassi.
-Lo sé, Milani, lo se. Entraremos en esta cafetería, nos sentaremos y pediremos un desayuno.
Y así lo hizo. Envió a sus hijos y a Curry hacia una especie de bar y con los ojos buscó una mesa lo suficientemente grande para que cupiera toda su familia. Se sentaron entorno a ella, y cuando el camarero se acercó, Abassi le dijo:
-Somos extranjeros, de Kosovo, y vamos hacia una pequeña ciudad, un pueblo grande, una villa, no sé aún lo que es, que se llama Foz. Mientras nos sirve el desayuno, café con leche y tostadas para todos, me gustaría que tuviera la amabilidad de explicarme cómo es ese lugar a dónde pretendo dirigirme.
Amablemente y con un acento gallego muy pronunciado, el camarero se quedó de pié junto a Abassi, que se hallaba sentado y le dijo atentamente.
-Mire usted, señor. Aquí cerca, apenas a unos veinte metros, encontrará usted una estación de autobuses. Suba al que dice Foz, que también dirá algún nombre más, y llegará a mediodía, En cuanto a si es pueblo, ciudad o villa, le diré que no es ninguna de las tres cosas, quizá más bien un pueblo grande, pero 4ade que corre el verano y se llena de turistas, le parecerá sin duda una ciudad. Pero solo tiene seis o siete mil habitantes, es un puerto de mar pesquero donde se vive bien. Por supuesto, no hay grandes empresas, pero hay muchas pequeñas y muy sólidas. Se vive bien en ese lugar. En verano, porque abunda el turismo y en invierno se vive de la pesca.
-Dígame, ya que es usted tan amable...
-Me llamo Andrés.
-Pues dígame, Andrés -chapurreó Abassi en su castellano defectuoso- ¿habrá astilleros?
Andrés meneó la cabeza.
-Grandes, no, pero se construyen y reparan barcas de pesca y de recreo, pues como se trata de un lugar recreativo y que acepta muy gustoso un colectivo abundante durante los meses de verano, hay un puerto dedicado al deporte. Si su fin es vivir allí con su familia, -y la miró con simpatía- se sentirá a gusto.
-Procedo de Kosovo, -dijo Abassi con su habitual sencillez- hemos escapado de un infierno y hemos recorrido medio mundo para llegar aquí. En realidad, solo busco equilibrio y tranquilidad para mi y mi familia. Soy carpintero.
-Entonces -exclamó Andrés- no tendrá usted pega ninguna. Encontrará trabajo seguro. Búsquelo por esos muelles donde abunda la carpintería dedicada a los arreglos de barquitos pesqueros. Ahora, si le he complacido, dígame que desean desayunar.
-Ya se lo he dicho: café con leche y tostadas.
-Al instante, señor.
-Ya lo ves -dijo Abassi a su esposa cuando el camarero se alejó- yo no iba descaminado. Es como un instinto especial el que me guió hasta aquí.
-O tal vez la intuición que te dan tus poderes, Abassi...
-Por el amor de Dios, Milani, no me hables de eso; mis poderes terminaron en las puertas encristaladas de Chamartin. Quiero ser un hombre como los demás, más alto, con más pecas, el pelo rojo, pero un ser humano sin más fuerza y mas poder que mi habilidad como ebanista.
-¿Y dónde viviremos en Foz, Abassi?
-No lo sé.
Hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta de pana y extrajo el sobre con el dinero que le había regalado Frida a su esposa. Parecía no haber menguado. Eran billetes de diez mil y cinco mil pesetas. Una moneda que para Abassi se iba haciendo familiar. Se lo mostró a Milani.
-Disponemos -dijo- de dinero suficiente para comprarnos dos tiendas de campaña. De momento las montaré en algún lugar solitario en las afueras de esa ciudad de Foz. Para vivir en una fonda no poseemos lo suficiente, pero para montar una casa de lona, sí estamos preparados.
Media hora después, Abassi palpaba nuevamente el abultado sobre que guardaba en el bolsillo y caminaba tras sus hijos y el perro, con su mujer pagada al costado.
Entró en la estación de autobuses y buscó el nombre de Foz. En la puerta de un autobús vio aquel nombre junto con otros más como Burela y Vivero, y algún otro que dejó de atender porque su objetivo estaba en Foz, no sabia por qué ni se lo iba a preguntar, pero desde que en Viena vio aquel mapa español y puso el dedo en aquel lugar, habla alcanzado ya la visión de su dimensión física.
Sacó los billetes en la ventanilla y luego acomodó a sus hijos en el autobús. El perro iba nuevamente en el cesto, a los pies de Albi, y cuando
los tuvo a todos acomodados, Abassi paseó de arriba abajo la acera en espera de que el chófer subiera al autobús para dirigirse a su destino definitivo.
La mente de Abassi era como un caos, se diría que su cerebro le ardía, pero en el fondo subyacía aquella inmensa tranquilidad que le producía su propia soledad.
La gente, los viajeros iban y venían, unos autobuses salían y otros entraban, sobre él se deslizaba alguna mirada de curiosidad, pero a tales alturas pensaba Abassi que aquellas gentes ya estaba hartas de ver extranjeros con pintas estrafalarias. El, a fin de cuentas, vestía un traje de pana grisáceo, cubría la cabellera con un gorro de lana negro y calzaba fuertes botas de doble suela.
Cuando el chófer subió al autobús, él también lo hizo. Se sentó junto a Milani, y suspirando comentó:
-Allá vamos, querida. Espero encontrar una tienda donde me proporcionen lo suficiente y necesario para montar en las afueras unas tiendas de campaña.
-Sigues pensando, querido Abassi, en huir de la ciudad...
-Verás, Milani, yo busco un lugar donde tenga la ciudad cerca pero me sienta lo suficientemente alejado de ella para considerarme en una soledad familiar que me reconforte. España es un lugar tranquilo, y este pueblo grande que busco yo, puede ser para nosotros el gran futuro hogar que necesitamos.
-Pero te olvidas lo que se comenta, Abassi, en España hay mucha droga, muchos jóvenes adictos y nosotros tenemos hijos en esas edad peligrosa para caer en ese vicio devastador.
-Para eso estamos tú y yo, Milani, para evitar esa caída.
-Pero nuestros hijos tendrán que ir a una escuela.
-Claro que sí, irán a una escuela pública cercana a donde nos establezcamos, pero los vigilaré de cerca y les advertiré para que huyan de esa tentación malsana. No temas, Milani, tengo eso previsto. También tuve lo del terrorismo, por eso me alejé de las Vascongadas. Viviremos en el lugar opuesto.
-Frida me dijo -replicó Milani en voz baja, y todo esto lo hablaban de modo que sus hijos no les oyeran- que en Galicia no hay terrorismo, pero sí mucha droga. Es lugar propicio por el mar y los acantilados para la llegada de ese veneno. Por otra parte, en esta Galicia que tú has elegido se queman bosques con mucha frecuencia en la época de verano...
-Mira -dijo Abassi señalando la ventanilla- ahí tienes uno.
En efecto, a un lado de la carretera, a lo lejos, se veían montañas de humo grisáceo y llamas rojizas que tal se diría estallaban en aquella soleada mañana
-¿No puedes hacer nada, Abassi?
Abassi cerró los puños y apretó los labios.
-No me pidas que aquí ejerza mis misteriosos poderes.
Pero sin embargo, el rostro se volvía hacia el lugar donde el fuego destruía toda la arboleda y se diría que sus ojos despedían llamas, porque de súbito empezó a salir el humo mucho más negro, pero las llamas se iban sumiendo en una extensión que parecía bañada por un terremoto de lluvia Abassi después agachó la cabeza y asió las sienes con las dos manos.
-No vuelvas a pedirme que haga cosas así. He apagado el fuego, pero quizá vuelva a resurgir en cualquier momento. No he puesto demasiado interés porque no he podido. Además, quedo muy agotado cuando logro algo de eso a costa de un gran esfuerzo.
-Perdóname, Abassi, perdóname.. .-y Milani asía los dedos de su marido y los apretaba con cálida ternura.
Abassi mantuvo las sienes apretadas durante mucho rato. Después cundió un silencio total y Abassi cerró los ojos. Se diría que dormía; cuando mucho después Milani le tocó en el hombro, Abassi respiró como un resoplido, sacudió la cabeza y miró al frente.
-Es la estación de autobuses -dijo Milani- de Foz. Hemos llegado, Abassi.
Descendieron uno tras otro. Y el mismo Abassi, al depositar el cesto en el suelo, abrió aquel y Curry salió dando saltos.
-Un día -dijo Abassi- tendré que hacerme con una camioneta, como la que usamos cuando cruzamos Macedonia ¿te acuerdas, Milani? aquella camioneta nos vendría bien ahora. He de hacerme con una. -Volvió a palpar el sobre que guardaba en el bolsillo.
Como en fila india los cinco se adentraron en la ciudad. Iban a pié, Abassi llevaba dos maletas y Milani otra y una bolsa de viaje. En la espalda de Abassi, sujeta con dos correas que le cruzaban el pecho, iba la mochila.
Desde un altillo vieron el mar, los muelles y una hilera de casas que se alineaban a uno y otro lado.
-Se diría -dijo Abassi- que el pueblo entero se ve desde aquí. No hay más allá ni mas acá.
Pero el mar azul donde se meneaban barcas de recreo y barcos de pesca, producía en ellos una sensación de vida nueva, de plenitud y de libertad...
-Os voy a dejar esta noche en una fonda -dijo Abassi.- Yo buscaré trabajo por los muelles y un lugar donde montar nuestras tiendas de campaña. Pero primero os dejaré descansando, que falta os hará. Yo prefiero dar vueltas por el pueblo sin los chicos una vez que hayamos dejado todo esto en una fonda.
Lo hicieron así y Abassi los besó uno por uno y se lanzó a la calle a buscar lo que necesitaba para iniciar su nueva vida.
Se dirigió a uno de los muelles donde había varios pescadores sentados en varias cajas de madera remendando sus redes.
Abassi se detuvo ante un grupo de hombres de mar, cuyos rostros parecían curtidos por el salitre y el aire que corría incesante sin demasiado estrépito. Aquellos hombres en mangas de camisa, con pantalones, unos de mahón y otros de plástico, calzados con botas de agua, hablaban en gallego entre sí, y Abassi no entendía nada, porque mal que bien podía entenderse en español, pero en gallego le era imposible.
Cuando se detuvo, los hombres le miraron con expresión interrogante.
-Soy extranjero -dijo Abassi con aquella suavidad suya que reflejaba en su rostro una bondad indescriptible. Busco trabajo y procedo de Kosovo, vengo huido pero tengo mi documentación en regla. He dejado a mi familia en una fonda cercana. Soy carpintero de profesión y pretendo establecerme en esta villa. No sé si haré bien o mal -se alzó de hombros- pero en realidad, lo que busco es estabilidad y un futuro, mejor o peor, para mi familia. No pretendo milagros ni tengo ambiciones de riqueza...
Uno de los hombres le entregó una bota de vino y le dijo:
-Beba, extranjero, beba y hablemos.
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