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capítulo treinta

Erguido y un poco absorto, Abassi contemplaba el trabajo de los marineros mientras mantenía una conversación con su chapurreado español, aunque dicho en verdad, apenas si podía entender el gallego. Ya sabemos que era un hombre intuitivo, y sin ser culto, poseía una inteligencia extremada y natural muy superior, por lo tanto, no le fué tan difícil familiarizarse con la conversación de aquella buena gente que parecía deseosa de orientarle y ayudarle.
De súbito, por el fondo del muelle aparecía un señor enfundado en botas de agua hasta la rodillas y un traje de mahón algo descolorido por el sol o el salitre.
 
Cubría la cabeza con una gorra y al acercarse, uno de los marineros le explicó que aquel señor era extranjero, que pensaba establecerse en Foz y que estaba pidiendo trabajo.
-¿Qué sabe hacer? -preguntó el recién llegado.
Abassi nunca fué un hipócrita y la sinceridad siempre le salió por los poros de su cuerpo y de su cara. Así que, en aquel instante le estaba saliendo por los labios.
-Soy kosovar -y con brevedad le contó parte de su odisea, y el tiempo que llevaba caminando por los montes de Serbia y Bosnia habiendo avanzado por la orilla el mar Adriático hasta llegar a Bosnia-Herzegovina, atravesando Sarajevo y llegando a Viena. No omitió ninguno de los duros detalles vividos, añadiendo al final- es por esa razón por la que no deseo volver jamás al infierno en el cual he vivido. Tampoco quiero ubicar mi hogar en la ciudad, he acariciado desde el día que dejé Kosovo la idea de estacionarme en las afueras de cualquier pueblo, levantar un pabellón y luego, hacer mi propia casa, llevar a mis hijos a la escuela y formar aquí el hogar que no he podido formar en Kosovo.
El hombre de las botas de agua y el traje de mahón descolorido se sentó sobre un barril y alzó la cara para ver a aquel hombre alto y pecoso que tenía aspecto de filósofo o de santo.
-Veamos.., me llamo Abassi.
-Yo soy Manuel -dijo el hombre de las botas- y sepa usted que soy concejal de medio ambiente en el ayuntamiento, que mañana tenemos un pleno y que voy a exponer su caso. Hay unos terrenos allá arriba -y con el dedo apuntó por encima de los acantilados- que pertenecen al ayuntamiento. Separándolos un poco de la Ley de Costas, tal vez con un poco de buena voluntad, se los ceda el ayuntamiento. Si es así, podrá usted instalarse en esa zona. Es muy amplia hacia el interior, y si el ayuntamiento decide que trabaje en algo para ellos, quizá quizá... le presten el terreno. No digo regalárselo ni vendérselo, pero hay muchos terrenos por esta zona prestados a gente, a empresarios, que favorecen la situación de este pueblo...
-¿Hará eso por mi?
-Hombre, mire usted, ¿dijo que se llamaba Abassi?
El aludido asintió con la cabeza.
-Pues veamos, Abassi, no es usted el primer extranjero que ayudamos, en particular si procede de lugares devastados como el suyo. Los españoles siempre estamos dispuestos a dar cobijo a los emigrantes que lo necesitan de verdad, sepa usted que en Toledo, Aranjuez o Madrid hay refugiados kosovares, con la intención de regresar a su tierra, si es que pueden, porque los que prefieren quedarse, se les facilitan los papales. Vuelva mañana por aquí. Y en cuanto a su trabajo, si como dicen es carpintero, yo soy dueño de una carpintería allá abajo que remienda barcas de pesca y ese tipo de trabajos. De modo que váyase tranquilo con su familia, llévese las tiendas de campaña al lugar que le he indicado apártese lo más posible de los acantilados, que repito, pertenecen a la ley de costas y levante allí sus tiendas de campaña entre tanto no tenga lugar y tiempo para hacer su casa, y mañana a las nueve en punto puede venir por aquí. Se ganará usted el jornal, empezamos a las nueve y terminamos a las cinco de la tarde. No es que el jornal sea muy espléndido, pero en esta zona no se vive mal y se gana lo suficiente para vivir una vida tranquila, sin demasiadas ambiciones. No es que dispongamos de grandes empresas pero las que hay son sólidas y están bien cimentadas y dan dinero. Digamos que ha elegido usted uno de los pueblos de España donde no se vive nada mal si uno trabaja con empeño y honestidad.
Abassi se despidió de aquella gente y se dirigió a la fonda donde se hallaban Milani y sus hijos. Encontró a los tres con Curry jugando en la calle y a Milani apoyada en la ventana oteando la llanura.
Cuando entró en la alcoba donde los habían instalado en tres camas, Milani caminó hacia él anhelante; con aquel ademán tan suyo, Abassi levantó el brazo y lo dejó caer suavemente sobre los hombros femeninos.
-Creo que he encontrado la iniciación de nuestra nueva vida. Mañana empiezo. Pero ahora salgamos los dos y compremos las tiendas de campaña y lo necesario para formar nuestro primer hogar aunque sea de lona.
Y asida por los hombros, le iba contando La conversación sostenida con el concejal de medio ambiente.
Emplearon toda la tarde en adquirir lo necesario. Se lo llevaron hasta el acantilado en un carromato y allí estaban los tres niños y el perro Curry formando lo que seria su primer hogar. Dos enormes tiendas de campaña con todos los elementos necesarios para una nueva vida.
La parcela era enorme, y se extendía hacia el interior, de modo que no sabían a dónde llegaba.
Abassi y Milani, hacia el anochecer, contemplaron ya las dos tiendas de campaña levantadas, comunicadas entre sí. La cocina portátil, los cubiertos e incluso los manteles de papel. Todo estaba dispuesto para iniciar aquella nueva vida que anhelaban. Pero Abassi, en ese afán fantástico del que estaba dotado, señalaba con el dedo la lejanía y toda la enorme y vasta extensión que les rodeaba.
-Allá lejos -decía Abassi- tenemos el mar, los acantilados... ¿ves aquellas casas que se alzan al otro lado al cual se llega por ese pequeño puente?. Son las escuelas públicas. He hablado esta tarde mientras tú arreglabas a los chicos y admiten a los tres, pero como ahora disfrutan de vacaciones, entrarán en la escuela a mediados de octubre, como todos los demás niños. Ahora les dejaremos correr y crecer por estas latitudes, harán amigos, porque aquellas casas que se levantan al otro lado del acantilado, están ocupadas por gentes tan sencillas como nosotros. En cuanto a la casa que un día tendremos aquí mismo, porque mañana ya tendré el permiso del ayuntamiento según el concejal, que parece un hombre bueno y noble y amigo de hacer favores; nos extenderemos hacia el interior y haremos unos pabellones para poder trabajar a mi gusto y con lo que gane iré comprando herramientas para realizar mi trabajo. Mañana por la mañana empezaré a trabajar.
Hacía calor, y aunque los niños deseaban dormir al aire libre, después que Milani les dio la cena, Abassi les ordenó que entraran en la casita de lona y se acostaran en sus sacos de dormir. Curry iba saltando de uno en uno y al final se quedó acurrucado entre dos de los sacos. Milani y Abassi salieron al exterior con la intención de tomar el fresco pero paso a paso se adentraron por la campiña. Había algunos árboles, pero no demasiados. La maleza había sido abatida por aquel lugar y Abassi le iba diciendo a su mujer que limpiaría aún más aquello de modo que quedara convertido en un prado verde y liso parecido a los que habían pisado en el Tirol.
-Trabajaré las tierras aquí. Cuando tenga el permiso, te aseguro que éste es el lugar idóneo, el que siempre soñé para formar un nuevo hogar. -Y luego, deteniéndose y apretándola contra su cuerpo, murmuró en voz baja, con esa complicidad que une casi siempre a la pareja, esa química que procede del interior y que une y reúne la existencia de dos seres humanos de distinto sexo- Querida, querida Milani... ¿sabes cuánto tiempo llevamos sin hacer el amor?
Milani, apretada contra él susurró en voz casi imperceptible.
-Fue en Viena, en el Tirol, en aquel prado entre arbustos y magnolios...
A Abassi le atacó una risa nerviosa y llevándola pegada a su costado como hacia casi siempre, la condujo hacia un rincón y la escurrió suavemente hacia el prado. Se tendió a su lado y empezó a acariciarla.
-Tengo la sensación -decía en voz muy baja- que hace miles de años que ni te toco ni te palpo, ni huelo el perfume de tu cuerpo. Es posible que ahora sienta de un modo especial el ansia de poseerte... Te adoro, Milani, nunca dejé un instante de quererte, ni en los peores momentos de nuestra vida, entre cadáveres y cabezas retorcidas he pensado en separarme de ti. Además, siento la sensación de que sin ti no tendría hogar nunca, ni sería un hombre como los demás. Tengo también la sensación de que a tu lado y en estos instantes carezco de poderes sobrenaturales.
-Abassi, Abassi... -siseaba Milani excitada y enternecida- querido Abassi...
La noche parecía caer sobre ellos.
Las estrellas se diría que corrían de un lado a otro, como desaforadas, como el latido de ambos corazones de los personajes de nuestra historia. Y la luna, que rielaba en el mar, se ocultaba a medias entre una nube grisácea tomando un tono oscuro para diferenciarse del azul de un cielo puro y diáfano que se diría cubría como un manto celestial los dos cuerpos que allá abajo, vivían la existencia de un amor pasional, de una sensación emocional que los embargaba a los dos.
Amanecía, las horas habían transcurrido demasiado lentas, o quizá demasiado aprisa. Cuando retornaban paso a paso, muy juntos, pegado uno a otro hacia las tiendas de campaña iban en silencio, pero los dos pensaban en la pasión vivida, en la emoción de haberse poseído, de haber sentido el éxtasis de un orgasmo que compartían a la vez, cosa nada fácil y bastante insólita en una pareja.
A las nueve en punto, Abassi, con la mochila a la espalda, llegaba al muelle donde ya los marineros trabajaban, unos en las redes y otros salían en sus barcas a la mar.
Allí vio a Manuel erguido, dando órdenes, era armador de varias embarcaciones.
-Un día -le dijo por todo saludo- te invitaré a salir a la mar, Abassi.
El aludido movió la cabeza de lado a lado denegando.
-Nunca subí a una barca, señor Manuel. Yo me siento carpintero, si necesita usted un buen ebanista, y se lo digo sin ninguna vanidad, desde los catorce años trabajo en ello. A última hora, cuando estalló todo el problema en Kosovo, invadidos por los serbios que días antes eran nuestros vecinos y después nuestros peores enemigos, yo pertenecía a la élite de los ebanistas.
-Vamos a los almacenes donde están las carpinterías, Abassi. Ayer ha tenido lugar el pleno y he expuesto su caso. Todos hemos estado de acuerdo, desde el alcalde hasta el secretario hemos decidido ayudarles.
-Aquí tiene un contrato de trabajo. Si a los tres meses responde a nuestros deseos, puede decirse que le adoptaremos como hijo predilecto de esta villa.
Hemos hablado por teléfono con Fraga Iribarne, y le hemos expuesto su caso, y un día cuando ya esté establecido y pensemos todos que merece la pena ayudarle, el señor Fraga le recibirá en Santiago de Compostela en visita privada, y sepa que le vamos a proporcionar elementos para levantar su casa en el lugar que el ayuntamiento le ha cedido. En esos documentos está todo escrito, y lo haremos firme dentro de tres meses cuando usted demuestre que merece lo que le estamos ofreciendo.
Las lágrimas inundaron los ojos de Abassi, y Manuel observando su semblante, le dio dos palmadas en la espalda.
-Verás -dijo tuteándole- cómo todo sale bien, Abassi. Confío en ti, tienes cara de buena persona.
Y volviendo a palmearle la espalda, lo asió del brazo y lo llevó hacia el taller de carpintería.
Ese mismo anochecer, cuando Manuel perfiló la figura en el umbral de la carpintería, quedó paralizado.
Abassi aún trabajaba, pero no lejos de él había dos lanchas remendadas hábilmente y en una esquina se situaba la quilla de una barca nueva, dispuesta a ser finalizada en cualquier momento.
-No me digas -exclamó Manuel perplejo- que has hecho todo esto en un solo día.
Abassi giró en redondo. No estaba ni siquiera sofocado, en mangas de camisa, con aquellas arremangadas y el gorro cubriendo su pelambrera crespa de color rojo y se diría que con las pecas mas pronunciadas, sonreía a su jefe recién llegado.
-Buenas noches, señor Manuel.
-¿Has hecho todo esto?
-Ya le he dicho que en Kosovo era un ebanista muy considerado. El día que usted quiera, le haré un mueble para su casa a medida y como usted guste.
Manuel avanzaba con los ojos muy abiertos.
-Si sigues así Abassi, eres un chollo.., y me parece que tendremos que darte el contrato indefinido antes de los tres meses... Ahora vamos, deja ya el trabajo y tomemos un café en el bar próximo, o si quieres, un vino Albariño, que tal vez desconozcas y te diré que es un vino de primera calidad, muy nuestro, muy gallego, y francamente exquisito. Sabe a verdadera gloria.
Y allí estaba Abassi junto a Manuel y otros marineros más saboreando aquel vino que probaba por primera vez.

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