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capitulo treinta y uno

Una semana después de todo lo narrado anteriormente, el Ayuntamiento, encabezado por lo visto, por Manuel Pérez, había proporcionado a Abassi lo más esencial para los cimientos de una casa. Eso por una parte, porque por otra, habían puesto a dos peones del mismo Ayuntamiento como ayudantes de Abassi, de tal modo que aquellos cimientos quedaron dispuestos una semana más tarde.
Levantar la casa al ritmo que Abassi trabajaba resultaba casi un juego de niños.
 
Además, Milani y sus tres hijos ayudaban como peones y aquello parecía subir como por arte de magia. Sin embargo, Abassi acudía todas las mañanas al trabajo, maravillando a Manuel Pérez y a sus amigos, los marineros que trabajaban en el muelle porque la labor de Abassi parecía tener magia por el avance a pasos agigantados de cualquier tarea que apresaba entre sus manos.
No por eso dejaba de trabajar en su casa, lo que le ayudaba a ganar un sueldo y a la par no descuidar la construcción de su nuevo hogar.
tino de aquellos atardeceres ocurrió algo que causó sorpresa en los hombres que se apostaban en el muelle, dedicados a su trabajo habitual.
Corría finales de agosto. Abassi ya se había habituado a vivir de su trabajo, su casa avanzaba y empezaba ya a cubrir de tejas la techumbre cuando ocurrió aquel suceso.
Los turistas abarrotaban la ciudad de Foz, como ocurría todos los veranos y también, como ocurría todos los veranos, de vez en cuando estallaban fuertes tormentas y la lluvia azotaba sin cesar, a veces tardes enteras.
Aquel día amaneció esplendoroso, pero Abassi al mirar el cielo, le dijo a Milani:
-No permitas que los chicos bajen hoy por los acantilados a la playa. De un momento a otro, estallará una fuerte tormenta.
-Pero si el día es espléndido.. .-replicó Milani.
-Aún así.
Y Abassi, pesadamente, como hacía siempre, se alejó monte abajo en dirección a la carpintería en que trabajaba.
La barca que había iniciado al otro día de llegar al pueblo, se balanceaba ya en el agua, y todos los trabajos que Manuel le daba los finalizaba antes que cualquier otra persona. Por eso sabía ya por Manuel que su estancia en Faz podría ser efectiva, porque los tres meses que le daban para probar sus aptitudes, si bien no habían transcurrido, si había demostrado ya merecer ser uno más de aquella pequeña ciudad.
Tal como había pensado aquella mañana, al mediodía ya empezó el cielo a oscurecerse, y a la una de la tarde, cuando él se hallaba en la carpintería, sonó el primer trueno y tal se diría que una cascada se desprendía del firmamento y caía sobre el pavimento produciendo un ruido infernal.
Manuel entró cubierto con un traje de pesca que parecía de cuero o de plástico, y se despojó de la gorra llevando la mano al cabello y rascándose con nerviosismo. Oteaba desde la ventana preocupado; no había niebla, pero en cambio parecía todo tan difuso que apenas si se divisaba el horizonte, y las olas del mar empezaron a encresparse y al chocar contra los acantilados despedían una espuma blanquecina que saltaba hasta los prados.
Abassi, cuando venías hacia aquí esta mañana, ¿no apreciaste que salían unas barcas de recreo a la mar? - preguntó Manuel sin dejar de otear el horizonte a través de la ventana.
-He visto varias, sí, pero habrán entrado ya en el puerto.
-Me parece que no. Veo a varios marineros acercarse a la punta del muelle y parecen muy nerviosos.
Abassi soltó la herramienta y se acercó a la ventana.
Manuel dijo.
-Yo voy hasta allá, algo está sucediendo, la gente se arremolina en el muelle y ni siquiera notan que el agua les empapa.
-voy contigo -dijo Abassi.
-Pues cúbrete con ese traje de pesca que tienes ahí, ponte el gorro y cálzate las botas por si tenemos que salir en ayuda de alguien.
Abassi hizo lo que le mandaba, y cuando ambos abordaron el muelle, ya aquel estaba lleno de gente.
Tres mujeres sollozaban y tres hombres intentaban consolarías. Abassi pensó que se trataba de veraneantes.
Manuel se acercó a ellos preguntando qué ocurría.
-Nuestros hijos -dijo uno de los hombres que parecía más sereno aunque lo nervios le saltaban a los ojos- han salido como tantas mañanas y les ha pillado la tormenta.
-¿Están seguros de que no han vuelto?
-completamente.
Las barcas faltan y pueden comprobarlo ustedes mismos. Son dos y van tres personas en cada barca. Se fueron con intención de pescar calamares, y la tormenta les atrapó fuera.
cada vez los grupos se nutrían más, no se trataba solo de los turistas sino que las gentes cercanas al muelle se arremolinaban bajo los paraguas o con trajes protectores de plástico. También estaba Milani, que había acudido al oír los gritos de las gentes.
Alguien dijo cerca de Manuel y de Abassi.
-Hay que sacar la lancha de salvamento.
No puede ser -dijo Manuel- está varada y además, dispuesta para una exhaustiva reparación. La que tenemos de repuesto no se ha terminado aún.
-¿Y qué hacemos?
El alcalde se acercaba rodeado de algún edil. Todos parecían sofocados y llorosos. Las madres de los muchachos que habían salido en las barcas sollozaban apretadas a sus maridos.
Milaní se acercó a Abassi apretándole los dedos. Ya sabia lo que quería Milani de él, pero él, desde que había llegado a Foz, no había probado sus poderes y quizá no los tuviera ya. Por otra parte, en modo alguno deseaba que aquella buena gente le considerara un superdotado, un ser extraño con poderes ancestrales. Había logrado en aquel tiempo que lo consideraran un hombre como los demás, cabal, honesto, pero nunca milagroso, y temía que la vida de aquellos seis muchachos dependiera, precisamente, de aquellos poderes ocultos que Abassi no deseaba.
-Abassi -siseó Milani pegada a su costado como hacía siempre y apretándole fuertemente los dedos- haz algo, para la tormenta si puedes, detén esa furia del mar que se estrella contra los acantilados, trae a puerto las dos barcas que seguramente se están balanceando a punto de perecer, por favor, Abassi, tú puedes hacer algo.
Lo decía tan bajo y tan siseante que solo él podía oírlo y Abassi sabía algo, además, que quizá ignorasen los demás. Si hacía uso de sus poderes y detenía aquella infernal tormenta y aquella lluvia incesante que cada vez inundaba más el puerto y los senderos que conducían a la población, él quedaría marcado para siempre porque su decisión era vivir allí, no seguir su camino como hizo en cualquier otra ocasión.
Las voces, los sollozos y la lluvia, mezclada con los truenos y los relámpagos se hacían cada vez mayores y la tarde iba feneciendo. Apenas si quedaba luz del día, todo se hacía más tenebroso y Milani no cesaba de murmurar en voz bajísima.
-Tu puedes, Abassi, tú puedes.
Enfundado en el traje que parecía plástico, con el gorro calado hasta las orejas, Abassi se erguía mirando al frente con expresión inmóvil cerca de Manuel y de otros marineros.
-Habrá que hacer algo -le dijo a Manuel.
-¿Y qué podemos hacer, Abassi? el mar se encabrita cada vez más y no se divisan las lanchas que han salido. Tal vez los haya tirado ya contra los acantilados.
-El caso -dijo Abassi lentamente- seria salvar a los chicos y si están entre los acantilados, quizá podamos hacer algo aún. Voy a bajar por ellos, Manuel -añadió de súbito.- Si las lanchas han chocado contra las rocas, intentaré salvar a los chicos.
Milani no ignoraba que Abassi no sabia nadar, pero eso era lo de menos. Tenía la certidumbre de que si Abassi se lo proponía los seis muchachos serían salvados, aunque se hicieran añicos las lanchas en las cuales navegaban.
Cuando el gentío arremolinado en el muelle vio alejarse a Abassi hacia los acantilados envuelto en la espuma del mar que pegaba contra él, empezaron a gritar.
-¡Uno más no! -decía el alcalde- Si no disponemos de lanchas de salvamento en este instante, ese hombre no puede hacer nada por los acantilados. Le tragará el mar, las olas son gigantescas.
Abassi ya no les oía, se había deslizado de peña en peña y su silueta se había desvanecido en aquella densa niebla que la noche hacía aún más oscura.
Hubo gritos, corridas de lado a lado, y los padres de los chicos que habían salido a navegar se abrazaban unos contra otros. Todo parecía muy alterado. Solo Milani, pegada a un muro del muelle miraba como si los ojos se le hubieran salido de las órbitas, miraba hacia la oscuridad, donde había desaparecido su marido.
Los marineros empezaron a diseminarse uno por cada lado intentando encontrar algún superviviente, si es que quedaba alguno, porque las olas eran cada vez mayores, incluso al chocar contra los acantilados, los bloques de espuma caían sobre los cimientos de la casa que estaba levantando Abassi.
Fueron unos momentos terribles, Manuel corría de un lado a otro por el muelle y no sabía lo que hacer. En ocasiones las olas, al estrellarse contra los muros, le derribaban y se levantaba trabajosamente.
Fue más tarde, cuando ya un silencio parecía seguir a los gritos ahogados y los sollozos, que apareció Abassi allá en el fondo y tras él, mojados y con los rostros despavoridos, caminaban huyendo de las olas los seis muchachos que hablan salido a la mar tranquilamente en la mañana.
Hubo como un sobresalto, y después, los padres y los vecinos corrieron hacia Abassi, e ignorando a éste, se abalanzaron sobre sus hijos.
Los muchachos, con los rostros espantados y las ropas desgarradas, medio desnudos algunos, lograron saltar al muelle.
Manuel en cambio, se acercó a Abassi.
-¿Como lo has logrado Abassi? -dijo con una voz que parecía estallarle en la garganta.
-Las lanchas habían chocado contra los acantilados, como dijisteis- dijo serenamente, y ya sentía el cuerpo de su mujer pegado al suyo.- Las lanchas quedaron convertidas en astillas, y ellos estaban aferrados a las peñas -mintió.- Uno de ellos que responde al nombre de Toño se me escurría, pero logré alcanzarlo por el cinturón de cuero y lo elevé hasta mí. Ahí están los seis.
En efecto, cuando se hubieron tranquilizado un poco y vieron que los chicos estaban a salvo, se volvieron hacia Abassi, pero Abassi y Milani subían ya por las escaleras que conducían a la parte superior del pueblo, donde se levantaba su casa.
-Le debemos la vida de nuestros hijos -dijo uno de los padres.
Manuel, que no sospechó en modo alguno de los dones especiales de su reciente amigo, murmuró enfáticamente.
-Olvidaos del asunto. Parece que el temporal arrecia, llevad a los chicos a casa y dadles algo caliente. De Abassi ya me encargo yo. El alcalde se acercó a Manuel.
-Oye, Pérez -le dijo- dale un contrato indefinido a ese hombre y ayúdale cuanto puedas.
Pienso que le hace falta una camioneta para transportar los materiales que necesitan para levantar su casa. Será mejor que le proporciones todo. El ayuntamiento responde. Pienso que has hecho un buen hallazgo al encontrar a ese kosovar.
Poco a poco se va haciendo un paisano más de esta comarca. En cuanto pueda, se lo comunicaré a nuestro presidente.
Manuel asintió dando cabezaditas.
Cuando horas después perfiló su ancha figura en el umbral de la casa de Abassi y Milani, que aparecía aún en esqueleto, los vio erguidos a ambos contemplando el horizonte a través del cristal de una ventana.
Los tres muchachos jugaban sentados en el suelo al parchís y Curry ronroneaba entorno a ellos como si todos ignorasen que los truenos estallasen en el aire y los relámpagos iluminasen casi al mismo tiempo todo el recinto.
-Abassi -dijo Manuel. Y la pareja se volvió de súbito.
-Mañana te entregaré un documento por medio del cual te hacen miembro del ayuntamiento de este lugar. No sé cómo te las has apañado para salvar a esos chicos, pero eso no se olvidará fácilmente en este pueblo de Foz. Los chicos no son oriundos de aquí, pero los conocemos de toda la vida, vienen en los veranos, y apuesto a que mañana aparecerán por aquí para darte las gracias.
Abassi le ofreció una copa y la compartieron los tres en una breve conversación afectuosa.
Cuando Manuel se alejaba, Milani siseó en voz baja:
-Esta vez temí por ti, Abassi, pero nadie sabrá que no sabías nadar.
Por toda respuesta Abassi apretó a su mujer contra sí y ambos caminaron de nuevo hacia la ventana. El temporal había amainado, los truenos se oían muy lejos, muy separados del relámpago, lo cual indicaba que la tormenta se alejaba.
Había cesado de llover.

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