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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: TRANSCURRE EL TIEMPO
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sábado, 12 de abril de 2003
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capítulo treinta y dos
El firmamento se hallaba cuajado de estrellas. Se diría que parecían luciérnagas en un campo desierto.
Milani, sentada a la usanza mora sobre el césped, contemplaba abstraída todo el entorno. Abassi, apoyado en el tronco de un árbol, tan pronto miraba a su mujer como observaba cuanto le rodeaba. Pensaba en demasiadas cosas que habían ocurrido en todo aquel tiempo.
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-Cuando recuerdo -siseaba Milani en aquella apacible noche, casi al pie de su nuevo hogar- el día siguiente de haber salvado a aquellos muchachos veraneantes siento como si todo el mundo me perteneciera, y no puedo olvidar cómo saliste indemne de aquel problema sin que nadie se enterara de que el salvamento había sido un milagro más, de esos que tu guardas en tu cerebro y en tu pecho.
-será mejor olvidar todo eso -dijo Abassi dando cabezaditas e introduciendo los dedos bajo su clásico gorro para rascar levemente su cuero cabelludo.- En realidad, han ocurrido demasiadas cosas en estos meses, nuestros hijos han iniciado las clases, son inteligentes, el ayuntamiento nos ha regalado la camioneta, he podido establecerme en ese pabellón que hemos levantado en la esquina de este terreno, tengo montones de amigos y aún sigo cumpliendo de vez en cuando con Manuel, mi gran valedor. A veces, Milani, pienso en aquel día nebuloso, tétrico se podría decir, que salimos de Kosovo, que cruzamos aquellos montes inhóspitos, que temblábamos de frío, y sin embargo, hemos sobrevivido. Hoy me siento orgulloso de aquella odisea, de haberme establecido en este lugar que entonces me era desconocido totalmente y cuando el ayuntamiento me cedió todo este terreno para levantar la granja, no esperaba que todo se desarrollase de este modo.
-Yo me pregunto -siseaba Milani- si todo se debe a tu condición de poderoso espiritual o a esa bondad tuya que atrae las voluntades.
Abassi alzó de nuevo la mano y quitando el gorro dejó al descubierto su pelambrera.
El rocío se espesaba y mojaba todo el campo. La mirada de Abassi se extendió hacia aquel inmenso prado y contemplaba absorto lo que un día había sido casi una selva y a la sazón, se alzaba su casa, sencilla, de una sola planta, y no muy lejos, el pabellón de la carpintería, y al final, aquella granja que había bordeado con pequeños cipreses que iba recortando cada temporada y se convertían en una pared que en el fondo era frágil pero que a la vista parecía inexpugnable.
-El día que el ayuntamiento me cedió todas estas hectáreas, me sentí reconfortado, Milani.
-Pareces olvidar -replicó la esposa- las veces que desde aquí mismo apagaste los fuegos devastadores que consumían los bosques de Galicia...
-¡Calla, calla! prefiero no recordar eso.
-Pero está ahí y no podemos olvidar lo que ha ocurrido en todo este tiempo. Ahora mismo -añadía Milani con voz un poco ahogada- tal vez hubiéramos podido volver a Kosovo...
-¿Pero qué dices? ¿No has leído el periódico esta mañana?
-No he tenido tiempo.
-Pues te lo dejaré después para que te enteres de lo que aún está pasando en Belgrado. ¿Recuerdas el peligroso paramilitar serbio llamado Arkan, un asesino sin entrañas que nos tenía a todos aterrados, aquel hombre que estaba acusado de crímenes horrendos en Bosnia?. Al fin lo han matado.
-¿Qué dices?
-Según la prensa, falleció ayer en un tiroteo en Belgrado. Según fuentes médicas, Arkan murió en el centro de urgencias de la capital donde había sido hospitalizado tras recibir varios disparos en la cabeza.
En el mismo tiroteo murieron al menos otras dos personas, incluido un guardaespaldas de Arkan conocido como "Manda".
Milani se había ido levantando hasta acercarse paso a paso a su marido. Parecía un poco sobrecogida. Se pegó a su costado como tenía por costumbre y alzó la cabeza. Siempre necesitaba hacerlo para mirar a Abassi.
Mecánicamente Abassi la apretó contra sí y continuó hablando.
-Según parece, el tiroteo tuvo lugar en la entrada del Hotel Intercontinental del barrio moderno de Novi Beograd. Las circunstancias no pudieron ser aclaradas de inmediato y no se informó de ningún posible arresto. Recordarás, Milani, que Arkán fue acusado en marzo de 1.999 por el T.P.I. de La Haya de dirigir la matanza de miles de musulmanes durante la guerra de Bosnia-Herzegovina mediante campañas de limpieza étnica. En esa época dirigía una milicia paramilitar denominada "Los Tigres".
-No recuerdo nada de eso -dijo Milani.
Abassi alzó la cabeza y miró a lo lejos con expresión vacía mientras leía:
-"Zeljko Raznatovic cobró triste notoriedad durante el conflicto que azotó la ex-Yugoslavia durante el 91 al 95. Acusado por el T.P.I. de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, Arkán, nacido en Eslovenia hace cuarenta y siete años, fué vinculado por esta instancia a los asesinatos, violaciones y saqueos perpetrados por los militares en Bosnia
-Y dices que ha muerto.
-Lo han matado al fin. Y alimañas como esas siempre están bien muertas, porque sabrás que tras comprobarse sus recientes andanzas en Kosovo, la canadiense Laulse Arbou, fiscal del T.P.I, decidió en marzo oficializar la inculpación.
Creo que a la vista de las recientes informaciones sobre su actividad en Kosovo, la fiscal ha decidido culparle categóricamente. No te extrañe, pues, que le hayan acorralado y asesinado. Al menos, de momento, tenemos un enemigo menos.
Pero ya no me importa, querida Milani, mi vida está aquí, mis hijos van a la escuela, he levantado la carpintería, trabajo para el pueblo, y hemos reservado algún dinero para necesidades perentorias, y esta granja que he ido poco a poco preparando para el futuro, para que mis hijos la trabajen, y para entretener mis horas de ocio...
-Abassi, oigo tu voz en la noche y pareces olvidarte de algo importante...
-No me olvido, Milani, no me olvido porque creo que cuando dispuse esta granja, estos terrenos que fui sembrando poco a poco, lo hice pensando en esos pobres muchachos que de vez en cuando aparecen por aquí. He hablado ayer con Manuel y ambos visitamos al alcalde. Le he pedido permiso y me lo ha concedido.
-¿Quieres decirme, Abassi, que de ahora en adelante ayudarás a esos pobres chicos drogadictos que de vez en cuando aparecen por aquí?
-Es mi objetivo, Milani, si Dios me ha ayudado a mi, estoy yo en el deber de ayudar a los demás. Esos pobres chicos que aparecen de tarde en tarde, que se van como llegan, que hasta ahora no he podido ayudar, pienso que de ahora en adelante podré hacer algo por ellos. El alcalde me dio permiso, Manuel y sus amigos me echarán una mano y entonces tal vez haga uso más frecuentemente de mis poderes. No me limitaré solo a apagar desde aquí los fuegos devastadores que consumen los bosques cercanos. Mañana iremos tú y yo en la camioneta hasta Vivero y compraré algunas cosas necesarias; de ahora en adelante usaré la granja para ayudar a esos pobres chicos que aparecen de vez en cuando y se van como vienen. En el futuro, ya no se irán, al menos, esos que piden auxilio, que necesitan ayuda y la suplican, la tendrán. Tu me ayudarás, ¿verdad, Milani?
-Sí, claro que sí, Abassi, pero si continuamos aquí, despertarán los chicos, amanecerá y tendremos que iniciar la jornada de nuevo. Será mejor que nos vayamos al lecho.
-¿Estás de acuerdo conmigo, Milani?
-Verás, Abassi -y ambos se detenían en el umbral de la casa- cuando iniciaste la granja, sembraste los cipreses entorno a ella y compraste los pollitos, y la vaca, y el caballo, cuando vi que enterrabas ahí todas tus ganancias, supe que tenías un objetivo, pero esta noche me doy cuenta de la grandeza de tu generosidad y me hace recordar aquel día, en aquel anochecer que salvaste a los muchachos de la terrible tormenta. También recuerdo con emoción ]a visita que recibimos al día siguiente y la ayuda que te ofrecieron aquellas personas, veraneantes del pueblo que no he vuelto a ver...
-Es que terminó el verano, Milani. Pareces olvidar que hemos celebrado las primeras Navidades en España, en Galicia hace unos días...
Es más, el lunes los chicos empezarán nuevamente el colegio y tenemos suerte, Milani, Albi es un chico inteligente, un día será un buen carpintero y tal vez un buen abogado. Yerai dice que será enfermera y que me ayudará en las tareas de la granja. Yuri está creciendo aun. El tiempo ha transcurrido demasiado aprisa, Milani, pero al fin.., mira entorno a ti, poseemos la granja, el pabellón de la carpintería, una casa confortable, y abajo, ahí abajo el muelle, el mar y los amigos... tantos amigos que he ido haciendo poco a poco. Ya verás, cuando mañana vayamos a Vivero te darás cuenta de los amigos que tengo en toda la comarca. Piensa también que ignorando mis poderes, las amistades se me multiplican y yo hago lo que puedo, primero por conservarlas, y segundo, porque me gusta ayudar al prójimo. Pienso que es mi cometido desde que nací.
Entraban en la casa. No encendieron la luz. Abassi la llevaba apretada por los hombros. Era mucho más baja que él, y en aquel instante Abassi pensaba que gracias al amor de Milani, a su colaboración, a su camaradería, a su solidaridad, habían logrado al fin establecerse en un lugar apacible y tranquilo y había hecho de él un hombre equilibrado y sensato.
La empujó blandamente pasillo abajo y entró por la puerta de la alcoba.
-¿Desde cuando no hacemos el amor, Milani?
-No lo sé, Abassi... hemos empleado tanto tiempo en establecernos, en detenernos en un lugar determinado.., ahora que todo parece apacible, no tenemos necesidad de ser enfáticos porque todo se nos da como si lo mereciéramos.
-A veces pienso que lo merecemos, Milani.
-Habla más bajo -pidió la esposa- nos pueden oír los chicos.
Inmóvil junto a ella, Abassi la iba despojando del chal, de la blusa y la falda, que caía sola. Se despojó el mismo del zamarrón de lana y dejó caer los pantalones. Luego se acercó a un aparato que se hallaba pegado a la pared y apretó un botón. Una oleada de calor pareció inundar la alcoba.
Abassi, quietamente, se acercó a su esposa y la levantó en vilo, la depositó en el lecho y cayó junto a ella.
-Tengo la sensación, Milani, la estúpida, quizá, sensación de que acabo de conocerte, de que me he casado contigo esta noche, de que es nuestro primer día, que estamos iniciando la luna de miel...
-¡Que cosas dices, Abassi, que cosas!
Abassi le tapó la boca con la suya y la estuvo besando largo rato mientras sus manos, con lentitud y suavidad, le recorrían el cuerpo.
-Esta situación emocional es muy gozosa, tal se diría que te he conocido esta noche, que palpo tu cuerpo y voy haciéndome con él poco a poco.
Milani se apretó contra Abassi y le rodeó el cuello con sus brazos.
-Dentro de unas horas será otro día, Abassi. Hemos pasado mucho tiempo bajo el rocío contemplando nuestros logros, hablando de nuestras cosas, rememorando día a día los meses que han transcurrido...
-Ahora calla, -siseó Abassi- necesito el silencio y la concentración y no olvidar mis dones masculinos, porque tú Milani, como mujer necesitas estos instantes como los necesito yo, como hombre, al margen de esa vida que tendremos mañana, pasado y todos los días siguientes.
El silencio cundió y solo se oyó el suspiro largo, muy largo, de Milani y el jadeo suave de Abassi.
Cuando ambos cayeron sudorosos uno pegado al otro, Abassi murmuró quedamente.
-Me he realizado, Milani, he sentido que volvía a ser el mismo de antes. Dime, Milani, ¿te he hecho feliz?
-¿lo has sido tú conmigo, Abassi?
-¡Que cosas dices, qué cosas, Milani...!
Y allí, quietos los dos, miraban hacia la ventana a través de la cual aún se divisaba un trozo de firmamento y un grupo de estrellas que parecían correr de lado a lado.
Por la ventana entreabierta entraba el sutil ruido que producía el mar allá abajo entre los acantilados, al azotar sus rocas con una extrema suavidad, muy diferente era, pensaba Abassi, cuando el mar se levantaba y las olas llegaban hasta el prado en espumosas avalanchas.
Aquella noche de mediados de enero evocaba, aún sin proponérselo, los días transcurridos, uno a uno, porque él se decía que para los demás los días corrían demasiado aprisa, pero para quien los vivía paso a paso, patada a patada, resultaban demasiado largos, demasiado monótonos y también demasiado fríos.
Milani se separó de su cuerpo y quedó boca arriba. Tenía entre sus dedos la mano de Abassi, una mano áspera, trabajada, llena de callos pero suave al tacto porque era la mano de su compañero, aquella mano a la cual ella se aferró el día que decidieron dejar Kosovo y se lanzaron por la pradera y las montañas heladas buscando un nuevo mundo y un nuevo hogar, y al fin podía decirse que lo habían encontrado...
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