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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: EL PROYECTO DE ABASSI
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sábado, 12 de abril de 2003
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capítulo treinta y cuatro
Hubo un silencio que parecía interminable, solo interrumpido por el azote del agua sobre los cristales de la camioneta. La tormenta retornaba.
Los truenos producían una sensación que a Abassi y a Milani les hacia recordar la guerra de Kosovo. El mar se encabritaba nuevamente y la bruma disipaba la visibilidad del horizonte, pero había algo concreto, importante para Milani y para Abassi: los náufragos habían vuelto con un barco desmantelado. En el muelle se arremolinaban los vecinos intentando ayudar a los que llegaban de la mar.
Aquel silencio que parecía interminable, lo rompió Abassi con voz que parecía un sutil suspiro, pero a la vez resultaba bronca y agitada.
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-Ahora acudiré a la cita con el sanitario.
y puso la camioneta en marcha atravesando todo el muelle para internarse después en la villa de Vivero, hasta dar con un edificio que parecía un ambulatorio.
-Entra conmigo -dijo Abassi- no sé por qué, pero tú me das valor, y lo que voy a tratar aquí es delicado.
Ambos se dirigieron a la entrada y Abassi habló con el ujier.
-Tengo cita -le dijo- con Arturo Balbona, el jefe de sanidad.
-¿Cuál es su nombre? -preguntó automáticamente, con voz monótona el ujier.
-Me llamo Abassi y tengo cita para las dos.
-Aguarde un instante -y el ujier se introdujo por los pasillos hacia el interior del edificio. Casi enseguida, volvió a aparecer- pase usted -y le indicó el camino yendo él delante.
El ujier abrió una puerta e introdujo a la pareja. Los anunció con la misma voz monótona con que les había recibido.
El señor que se hallaba sentado tras una gran mesa de despacho se levantó y quedó de pié mirando a las dos personas que avanzaban hacia él.
-De modo que es usted el kosovar que deseaba verme. Si he de decirle verdad -añadía alargando la mano que el matrimonio estrechó con afabilidad- sabía de su arribo a Foz y el afecto que le profesan sus conciudadanos. Por lo que observo a través de los comentarios que llegan a mi, tiene
usted muchos amigos, y hasta es muy posible que un día cualquiera solicite la nacionalidad española...
Abassi dio una cabezadita a la vez que aceptaba el asiento que el señor Balbona le ofrecía.
No contestó a la alusión, no pensaba solicitar nunca la nacionalidad española, se sentía orgulloso de ser kosovar y lo seguiría siendo hasta su muerte, al margen de lo bien que se encontraba en España y de los amigos que estaba haciendo al transcurrir los meses. Una cosa no tenía que ver con la otra.
-veamos -dijo el señor Balbona sentándose de nuevo y deteniendo así las reflexiones de nuestro amigo- qué desea de mi y qué cosa le urge tanto que ha atravesado usted la carretera en un día tan infernal.
-Cuando salía de Faz apenas si caían unas gotas... -dijo Abassi.
-Pues ahora mismo el temporal produce pánico, pero ocurre casi siempre en invierno, aunque en verano también, a veces, de repente, en un día espléndido se desata una tormenta parecida a esta.
Por lo visto, aquel hombre ignoraba lo que acababa de suceder en el muelle, pero ni Abassi ni Milani pensaban comentarlo. El objetivo era diferente, y Abassi tenía centrada en él toda su atención.
-Verá usted, si ha oído hablar de mi, sabrá que soy carpintero, pero a la vez, en terrenos del ayuntamiento he levantado una granja con sus pabellones y he sembrado las tierras y tengo animales. De un tiempo a esta parte, por aquella zona se acercan jóvenes drogadictos, no demasiados, pero sí frecuentemente. No puedo hacer nada por ellos y quisiera poderlo hacer. Son hijos de familia, jóvenes que destruyen su vida sin darse cuenta de lo que están haciendo. Me creo capacitado para ayudarles siempre que usted me ayude a su vez.
-¿Yo? ¿Y como?
-Con metadona.
Arturo Balbuena alzó una mano y la agitó en el aire meneando la cabeza.
-Yo no puedo hacer eso sin un permiso oficial y me temo que es imposible que a una persona particular se le proporcione la metadona, es más, estoy seguro de que no. No obstante, como usted dice, ayudar siempre es bueno, pero hay muchas alternativas sin que sea con metadona. A fin de cuentas, ese brebaje no es más que un engaño, una tregua, pero continuamos siempre dentro de la drogadicción.
-Yo creí que me sería fácil...
-Pues no lo va a ser. Pero verá usted, Abassi, le voy a hacer una sugerencia. El otro día he leído y he visto también por la televisión un nuevo método que está surgiendo ahora en ese mundo de depravación, o de vicio o de desgracia. En Madrid no si quien ni qué sociedad ni qué entidad están iniciando un método revolucionario. Dígame, ¿tiene usted perros?
-Tengo tres.
-¿Y cachorras?
-Tengo seis.
-Ah, muy bien.
-Muy bien ¿por qué?
-Porque vamos a hacer uso de ellos. Es una alternativa que se está experimentando y parece que con buenos resultados.
-Oiga, -dijo Abassi poniéndose muy tieso en el asiento- yo tengo los cachorros para vender, son de pura raza y sus padres tienen un gran pedigree. Uno me lo regaló el alcalde y la hembra me la regaló un marinero que se llama Manuel Pérez, para el cual trabajo una hora diaria. El otro es un perro callejero que tengo apartado para que no me destroce la raza de los dos primeros.
-Usted ha venido aquí, Abassi para pedirme ayuda para los drogadictos, Pues yo le estoy sugiriendo una ayuda, al menos en Madrid está dando resultados.
-¿Perros? ¿Y qué tiene que ver un perro con un drogadicto?
-Se lo voy a explicar mejor. Por lo regular, un drogadicto es un ser desvalido, un solitario, un hombre sin destino y sin base alguna para el futuro. Se ha hecho un estudio y se ha comprobado que dándole una razón por la cual vivir, el drogadicto suele olvidarse de la droga, porque, aunque no se olvide, lo que se le encomienda le ayuda a enderezar su cerebro.
-No entiendo nada -dijo Abassi.
-Lo va entender. El drogadicto que no quiere curarse, no se cura nunca, y es inútil hacer los mayores esfuerzos porque nunca los aceptará. Ese no nos sirve como ejemplo. En cambio, hay montones de muchachos y muchachas que buscan ayuda y por no ofrecérsela siguen cayendo y cayendo en el abismo hasta que un día, por una sobredosis de droga demasiado pura, desaparecen de este mundo. No sé quien ha inventado ni me importa la forma de entretener o enderezar a estos muchachos, pero sé que se les da un perro para que lo eduquen. Está comprobado que el efecto es positivo, al menos en un porcentaje elevado. Ya sabemos que no todos los drogatas reaccionan del mismo modo, pero repito que un porcentaje elevado sí busca ayuda y le repito que educar a un perro resulta entretenido y repito también que se ha comprobado que la mayoría de los drogadictos aceptan esa cuestión, les entregan un perro y se lo dan para que lo eduquen. Cuanto mejor raza tenga el perro, mejores resultados -le apuntó con el dedo erecto- Se lo aconsejo, Abassi, usted tiene buena voluntad y es buena gente, me lo dice su mirada y también la de su mujer. Están ambos de acuerdo. Pues bien, en esos terrenos que le ha cedido el ayuntamiento, construya otro pabellón y ayude a los chavales en las primeras envestidas.
Abrió un cajón y extrajo unos documentos.
-Le voy a dar una dirección. Cuando ustedes hayan logrado que los drogadictos superen los "primeros monos" envíenlos a esta dirección, es una granja portuguesa dedicada solo a eso. Los chavales que van, en cierto modo algo rehabilitados, allí los ponen a trabajar, y se van con su perro, fíjese bien. Olvídese de vender sus cachorros, y si usted sigue empeñado en ayudar al prójimo, haga lo que le digo. La entidad madrileña que ha descubierto este modo de ayuda a los drogadictos asegura que cuando le entra el "mono" a un chaval de estos, el perro, que no se separa de él, parece reclamar su atención y el chico se olvida de su adicción y se dedica a adiestrar a su perro. LLegan a ser casi como seres humanos y hacen todo aquello que su dueño temporal o efectivo le ordena. Como llevarle el zapato, el teléfono, pedirle la comida cuando tiene hambre, una prenda de ropa que está tirada en cualquier parte... etc., etc.
-¿Y dice usted... -preguntó Abassi mirando a su mujer y después a su interlocutor- que eso da resultados?
-Más que la metadona, porque al fin y al cabo, la metadona es una tregua, cuando deja de proporcionársela, vuelve a la droga. Mientras que con esto, el drogadicto se olvida poco a poco de su adicción y cuando está un poco rehabilitado, le enviamos a Portugal. Yo ahí si le ayudo. No tendrá más que
levantar el teléfono y yo le enviaré una camioneta para recoger a los que usted considere que están iniciando su rehabilitación. En Portugal siembran la tierra, cuecen el pan, conducen los camiones con la mercancía agrícola que recogen y la mayoría de ellos, rehabilitados totalmente, se quedan en la granja como obreros o como ayudantes para otros chicos que llegan. Usted no puede de ninguna de las maneras quedarse con los chicos, porque tendría que disponer de médico, de siquiatra y enfermeras. Y para tanto no tenemos presupuesto.
Se levantó como dando por finalizada la conversación; palmeó el hombro de Abassi murmurando:
-Hágalo, Abassi, sé que usted es fuerte, que conoce lo que es el sufrimiento, la sangre del mártir y la crueldad de una guerra destructora, por lo tanto, mas fácil le será ayudar a un desvalido. Pero hágalo de la forma que le indico, si no ve resultados, comuníquese de nuevo conmigo, porque entonces a mi vez me comunicaré con autoridades superiores aunque tenga que llegar al Presidente de la autonomía. Fraga es siempre sensible a estas situaciones y nos ayudará, pero tengo la esperanza de que este método será eficaz, si lo ha sido en Madrid, y está dando resultados, no tiene por que no dárselos a usted.
-Lo probaré -dijo Abassi- dejaré de vender cachorros y los utilizaré de ese modo.
-Ya vendrá a contarme cómo le ha ido. -y a la vez que hablaba y lo despedía le entregaba la dirección de la granja portuguesa- Le pondré en contacto con ellos. Le llamarán pronto. Su labor humanitaria es encomiable, no decaiga.
Abassi recogió la documentación que le daba y los números de teléfono, se despidió del señor Balbuena y salió con su mujer hacia la calle.
-Compraremos algo de pienso -dijo Abassi. Y despúes, sin transición, añadió pasando un brazo por los hombros de su esposa- ¿Qué opinas de todo lo oído, Milani?
-No me parece mal. Al menos es un método lógico y puede dar resultados siempre que el chico esté dispuesto a curarse.
-Es que el que no lo desee no pasará por mi granja, Milani, seguirá de largo y nunca me detendré para perder el tiempo en un muchacho que no busca mi ayuda. Pero no estoy seguro de que un cachorro sea capaz de distraer a un drogadicto...
Se alzó de hombros y entraron en una tienda. Compraron todo
lo que
necesitaban y comieron después en una hamburguesería. Tras dar unos paseos por Vivero bajo una lluvia densa y cubriéndose con un paraguas, retornaron a la camioneta, la cargaron y la pusieron en marcha.
La lluvia no cesaba, pero los truenos se oían muy lejanos. Abassi pasó primero por el muelle y detuvo la camioneta ante unos marineros que fumaban contemplando la marejada que rompía contra los acantilados y levantaba olas de más de dos metros.
-Dígame, señor, ¿se han salvado los marineros que navegaban en esa lancha?
-Ah, si señor, si.
-Fué como un milagro, -añadía otro de los marineros acercándose a la camioneta- la marejada cesó en un instante, la lluvia amainó y la vapora de pesca apareció entre las olas, desmantelada y a punto de naufragar, pero ya le digo que fue como un milagro. Todos llegaron cansados, hambrientos y muertos de miedo. Ahora están en la rula recuperándose.
-No sabe cuánto me alegro, marinero.
-Gracias, señor.
Y Abassi volvió a poner la camioneta en marcha, aplastó las manos contra el volante y murmuró como si rezara.
-Dios sea loado, Milani, Dios sea loado. Espero que nunca se sepa que tengo esos poderes ancestrales... por nada del mundo quisiera que esta buena gente cobrara miedo o si acaso admiración hacia mi. Quiero sentirme como uno más y lo estoy logrando -separó una mano del volante y apretó
los dedos de su mujer- solo tú, Milani, sabes lo que sufro cuando tengo que hacer algo de eso. Me parece que no voy a vivir mucho, porque cada vez que hago algo parecido me canso mucho y siento que me desgasto, que voy perdiendo energías físicas, aunque las espirituales sean cada día más fuertes...
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