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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: ABASSI INTENTA REALIZARSE
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sábado, 12 de abril de 2003
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capitulo treinta y cinco
Manuel y Sebastián escuchaban a Abassi con suma atención entre tanto, sentados a la puerta de la casa del kosovar, miraban entorno con expresión entre interrogante y admirativa. La granja se extendía todo lo largo del interior de las parcelas, bordeada con los cipreses recortados formando éstos una tupida pared con una abertura para entrar y salir, y no lejos se hallaba el cuarto pabellón que había levantado Abassi en aquellas dos últimas semanas.
Cuando Abassi hizo una pausa, el alcalde comentó algo estupefacto.
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-Pero no vas a tener tiempo para todo eso, Abassi...
-Pretendo tenerlo -replicó.- El caso es que el señor Balbuena me ayudará. Por otra parte Albi, aunque acude a la escuela y estudia, me ayuda todas las tardes porque quiero que aprenda ebanistería como hice yo. Espero que en un futuro mi hijo termine una carrera, pero a la par aprenderá el oficio que ha ejercido siempre su padre. Los estoy educando para que entiendan mi modo de pensar y concuerde, a ser posible, con el de ellos. Sé que Yeray será enfermera y lo tiene tan metido en la cabeza que no pienso disuadiría.
-Por aquí -dijo Manuel- han pasado muchos drogadictos, Abassi, pero se han ido como han venido. O no se quisieron quedar, o no pidieron ayuda; también pudo ocurrir que nadie se la ofreció. -Mirando entorno, añadió pensativo- el lugar es apropiado.
Tienes terreno suficiente para ayudarles y ofrecerles un cobijo, y si no pudieras mantenerlos... -Manuel miró al alcalde- seguramente el Municipio te pasaría una subvención.
-No necesito eso -replicó Abassi- para nada.
De momento, seguiré el método que me indicó el señor Balbuena el otro día en Vivero. He ido después a Burela y he comprado todo lo necesario. En realidad, no quiero llamar la atención en las tiendas de Foz, y por eso me fui hasta allí.
Por cierto que entre la montaña y el mar, ese pueblo, también de pescadores, tiene muchos problemas con el tráfico de drogas. Me han asegurado que en toda la costa lucense se multiplican los traficantes de hachís, de éxtasis o cualquier porquería de esas que acaban con la salud de los jóvenes. Ahora mismo, no me está dando mal resultado e1 método que me sugirió Balbuena. Tengo un muchacho de Orense que vino a dar aquí de paso, pero yo lo detuve y le pedí que me adiestrara a un cachorro.
-Tu los tenias como negocio, Abassi -dijo el alcalde.
-Pero ya no. Acabo de explicarle todo lo que sé sobre el particular y aún no me han respondido ninguno de los dos si están de acuerdo conmigo.
-Estar estamos, -dijo el alcalde- pero no dejo de entender que para ti es un sacrificio doble.
-De momento, Javi, que tiene diecisiete años y vino hecho polvo, lleva semana y media sin probar esa maldita hierba ni pincharse y observo que, efectivamente, se entretiene con el cachorro.
-¿Y te da tiempo a ti -preguntó Manuel- a trabajar la madera, Abassi? porque es la base de tus ingresos...
-El día da para todo, tiene veinticuatro horas y si hay que robarle algo a la noche, se le roba. De momento, Javi me está dando resultados, aparte de adiestrar al perro, ayuda a Albi en la carpintería cuando viene de la escuela y a veces a regar las lechugas, a sacar patatas...
-No me digas -preguntó el alcalde- que vas a hacerte con todos los chicos que pasan por aquí condenados a la drogadicción.
-El que quiera detenerse, se detendrá y lo ayudaré, y cuando los vea un poco rehabilitados, los mandaré, como me indicó Balbuena a la dirección de Portugal.
Más tarde, cuando Manuel y Sebastián se alejaron, iban hablando entre sí.
-No me digas, Manuel, que no aprecias algo raro en este hombre... Además se me antoja que sabe más de la costa lucense que nosotros. Se va a Vivero, habla con un sanitario, se marcha a Burela a comprar para que aquí no se sepa que compra y ayuda a todo dios que se ponga por delante, cuando él, a mi modo de ver, necesita más que nadie. Hombres así hay pocos Manuel, yo estoy francamente admirado.
-Yo un poco también -replicó Manuel- pero hablando de este asunto de la droga te diré que tenemos a la Guardia Civil desplegada por toda la zona. Hay un cargamento enorme de hachís, unas cuantas toneladas ocultas entre los acantilados, entre Faz, Vivero y Burela, y quizá la zona abarque hasta Ribadeo y Porcía, pero esos tipos se esconden y escurren de tal manera que no hay forma de atraparlos.
Ambos llegaban al muelle y de manos a boca se dieron con una pareja de la Guardia Civil.
El alcalde los detuvo.
-¿Habéis encontrado algo? -preguntó.
-Sabemos que la han descargado en la costa, que se oculta por algún lugar no demasiado lejano -dijo uno de los guardias- pero es difícil dar con ellos, son como anguilas y están tan habituados a esconderse que puede que estemos tomando un vaso de ribeiro con ellos y no sepamos que son los traficantes.
-Si necesitáis ayuda, ya sabéis que los ediles del ayuntamiento están a vuestra disposición.
-Si, también tenemos a toda la Guardia Costera. ¿Sabe usted cuantos guardias y personas particulares bordean y vigilan la zona?, más de cien y seguimos como el primer día.
Manuel no dijo nada, pero quedó un tanto suspenso, y cuando dejó al alcalde y a los guardias retrocedió sobre sus pasos y volvió muy despacio hacia el lugar donde había despedido a Abassi. Estaba intrigado. Había presenciado durante todos aquellos meses demasiadas casualidades, demasiadas cosas, y nunca podría olvidar el día que Abassi se internó entre los acantilados sacudidos por los golpes de mar en un confuso panorama nebuloso y apareció después con los seis náufragos.
Por eso retornó a lo alto del acantilado donde, tierra adentro, Abassi tenía lo que él consideraba su poderío. De un terreno desértico y abrupto, había logrado levantar una casa, cuatro pabellones y una granja sembrada con toda pulcritud. Y el hecho de que hubiese ya un drogadicto que llevaba al perro de aquí para allá y ayudaba a Albi en la carpintería, le indicaba a él que no era tan fácil lograr semejantes cosas sin un poder intuitivo que ayudase a un ser humano.
Cuando vio a Milani sacudiendo una arpillera en la puerta, se detuvo preguntando dónde estaba Abassi.
-En la carpintería, señor Manuel. Ya sabe que entre la tierra y la madera y ahora el joven drogadicto que tenemos en casa, se le pasa el tiempo.
Dime, Milani, ¿has oído hablar de los traficantes de drogas perdidos por esta zona?
-Eso sucede todos los días, señor Manuel.
-¿Los has visto alguna vez?
-No, pero a los guardias sí se les ve de un lado a otro, dejan los vehículos en cualquier parte y hay un land-rover que no cesa de patrullar por esta zona.
-¿Has hablado de eso con Abassi, Milaní?
-No. No se me ha ocurrido.
-Pues debieras de hacerlo. Tal vez Abassi, con esa intuición especial que tiene,
sepa donde se esconden. Han pillado la mitad de la droga, pero no a los traficantes, y se supone que hay otra mitad escondida por los acantilados o quizá sumergida en el mar.
-¿Y qué quiere usted que haga Abassi...?
-No lo sé, pero yo diría que tiene un olfato especial para esas cosas.
-Lo comentaré con Abassi, señor Manuel.
Y esa misma tarde, Milani interrumpió el trabajo de carpintería de su marido y se recostó en el umbral de la puerta del pabellón que Abassi usaba para su trabajo de ebanista.
Allí vió a su hijo Albi, que manejaba las herramientas casi con tanta soltura como su padre, y también estaba Javi, sentado en una esquina, acariciando entre sus piernas al cachorro que Abassi le había entregado con el fin de que lo educase. Por supuesto, Javi no conté nunca nada de su vida, salvo que procedía de Orense. No parecía huido, pero el matrimonio estaba seguro de que aquel joven deseaba a todo trance salir de aquel infierno en el que, sin percatarse, se había hundido. Era el primero, pero no sería el último.
-Parece que quieres algo de mi, Milani...
-Si salieras un momento, Abassi.
El aludido dejó la herramienta que tenía entre las manos, le dio varias órdenes a su hijo y salió caminando pesadamente hacia el exterior, se perdió con su mujer campo a través.
-Algo quieres de mi, Milani.
-¿Te has enterado de lo que está pasando por la costa con referencia a la droga?
-Claro que sí, ¡quien no se entera! además, los guardias cuando aparecen tan agrupados, van indicando lo que está ocurriendo entorno a nosotros. -se detuvo de pronto y miró a su mujer con fijeza- No pretenderás que yo...
-¿Tu qué, Abassi?
-Haga un nuevo esfuerzo y averigüe dónde está la droga y los traficantes...
-Pues se me antoja, querido Abassi, que eso espera, Manuel, de ti y también el alcalde y todos los que, de alguna forma tienen poder en esta villa.
-Pero ese es un esfuerzo mental muy profundo.
Me parece que tendrás que intentarlo, Abassi. Una de estas noches recuerda cuando olmos el chapoteo y el motor de una lancha rápida y voces de hombres. No nos levantamos por miedo a mezclarnos en un asunto que no nos iba ni nos venia, pero dado como eres tú y cómo soy yo y la razón por la cual estamos en este mundo, creo que tenemos el deber de ayudar, y a ser posible, destruir para siempre a esos hombres que trafican con la vida humana. Fíjate en Javi, es un despojo, y sufre como un condenado, le cuesta adaptarse a una vida nueva y no estoy seguro que salga del mono sin huir una vez mas.
Abassi miró fijamente hacia los acantilados. Desde el promontorio donde estaba de pié junto a su mujer veía el muelle, a los marineros que iban de un lado a otro, a las barcas que salían y entraban. Un nuevo verano se perfilaba.
-Te aseguro -dijo de repente- que esta misma noche los alcanzarán y encontrarán la droga, porque yo, con esos ojos de dentro, la estoy viendo amontonada en el fondo del mar y la cuerda que sostiene el cargamento de sacos que ocultan la nefasta heroína.
-¿Estás seguro, Abassi?
-Sí, pero no se lo voy a decir ni a Manuel ni al alcalde.
-¿Y qué vas a hacer?
-Obligar a que fallen los contrabandistas, a que los vean, los persigan los guardias, los apresen y tengan que declarara dónde se encuentra oculta la droga, la que aún no ha encontrado la Guardia Civil.
Y en efecto, al anochecer de aquel mismo día, Manuel subió de nuevo hasta la casa. El ebanista y su mujer, junto con sus tres hijos y el joven drogadicto llamado Javi, comían sentados en la puerta de la casa cada cual con su plato entre las manos. La noche era apacible y la luna rielaba en el mar e iluminaba aquella parte de la zona sobre los acantilados, donde se alzaba el patrimonio que hasta la fecha habían creado Abassi y Milani.
-Tengo que darte una buena noticia, Abassi,
-¿ Sí?
-Pues verás, sí. Los guardias han alcanzado a uno de los traficantes. Lo han presionado, ha declarado y los han detenido a todos. En estos momentos los llevan a la cárcel de Ribadeo y también han localizado la droga. Esta vez, al menos, hemos librado a muchos jóvenes de caer en ese infierno, al menos con la droga que pretendían traficar.
-Lo celebro, Manuel, no sabes cuánto lo celebro.
-Si quiere sentarse, señor Manuel.. .-invitó Milani.
Manuel buscó un tronco de madera y se sentó sobre él. Llevaba un cayado en la mano y con él agujereaba el césped maquinalmente.
-Te diré, Abassi -dijo de repente- que por la ciudad andaba hoy un muchacho de dieciocho años. Estaba tan dormido en el quicio de la puerta de una tienda que ni siquiera pude espabilaría. Podrías tú mañana, Abassi, cuando vayas a la carpintería, dar un vistazo por las cercanías. Yo no supe convencerle porque apenas si me vió, pero apuesto a que tú sabrás atraerle.
Abassi al día siguiente recorrió la ciudad y encontró al muchacho. Dijo que se llamaba Carlín y le cantó que sus padres vivían en Ribadeo y hacia mucho tiempo que no los veía; se había ido de casa varias veces y otras tantas lo habían apresado y vuelto al hogar. Ya lo habían dejado por imposible.
-Pues te vas a venir a mi casa ahora mismo y me vas a hacer un favor -dijo Abassi- tengo una carnada de perros y no soy capaz de adiestrarías, son de pura raza, unos cachorros preciosos de das meses. Me gustaría que tú me echaras una mano.
-¿Y quien me dará de comer?
-En mi casa tendrás de todo menos droga, pero ya te digo desde este instante que si no aceptas la cuestión, me lo digas pero ya. De lo contrario, yo te daré comida y cama y un perro para adiestrar.
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