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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: ABASSI SE CONFIESA
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sábado, 12 de abril de 2003
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capitulo treinta y siete
El alcalde y Manuel caminaban por el sendero ascendiendo por la rampa que conducía al lugar donde vivía Abassi. El muelle quedaba atrás y la conversación de nuestros amigos se reducía a lo pasado el día anterior.
-Nunca acabaré de comprender a Abassi, Manuel, sin duda es un gran hombre, pero hay algo dentro de él que me resulta confuso. Hace algunas cosas que no comprendo, y si pretendo comprenderlas, me asustan...
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-¿A qué te refieres, Sebastián?
-A mil detalles, ayer mismo, descendiendo por el pozo... es como un milagro. Y cuando sacó al chavalín con las uñas desgarradas de haber permanecido asido a la pared... resultó patético, pero a la vez milagroso.
-Ves las cosas, Sebastián, desde una profundidad exagerada.
El alcalde se detuvo y miró a su compañero con firmeza.
-Dime, Manuel, ¿puede un ser humano, aunque tenga quien le ayude, levantar todo esto en apenas dos años? -y extendía el brazo mostrando los pabellones, la casa, la granja y los animales que pastaban apaciblemente sobre un prado que parecía más bien una alfombra.
Emprendieron de nuevo la marcha y ambos iban silenciosos y pensativos.
-Sea como sea, -dijo de pronto Manuel- lo queremos, lo apreciamos y sin darnos cuenta, ha pasado a ser uno más de nuestra comunidad.
Hablan llegado ya a lo alto y caminaban hacia la casa de Abassi. Era un atardecer mortecino, el cielo estaba plomizo y un rayo de tenue sol se perdía ya, lejos en el horizonte.
Ambos divisaron a Abassi sentado cerca de la puerta, en un banco de madera.
Tenía a su lado una cesta de mimbre rebosante de manzanas rojas, apetitosas, de piel muy brillante. Parecían todas sanas y grandes, y Abassi sopesaba una en la mano distraídamente. Los dos amigos llegaron ante él y su sombra obligó a Abassi a levantar la cara.
-¡Ah! -exclamó- sois vosotros. Sentaos un rato. Entra, Manuel, y coge una silla. Milani ha ido a vivero con los muchachos, quizá se acerquen al mercado de Ribadeo. Se fue a la salida del colegio de los chicos. Iba a comprar unas cosas al centro de Foz y luego se iba a Vivero a enseñárselo a los muchachos.
Entró en la casa y cogió unas sillas. Ambos se sentaron junto a Abassi.
-Mirad que cesto de manzanas me ha traído la madre del muchacho que saqué ayer del pozo... -y suspirando añadió- no tenía por qué hacerlo.
Saqué al chico del pozo porque pude, estaba a punto de resbalar. Habréis observado que tenía las uñas ensangrentadas de asirse a las ranuras de las piedras del pozo. Tienes que dar orden, Sebastián, de que cierren ese pozo artesanal que no sirve a nadie. Debe tener muchos años...
-Y tantos -replicó Sebastián- fíjate que cuando yo era muchacho ya jugaba por ahí. Mañana mismo mando que lo cierren.
-Podéis comer manzanas, si os apetece...
Manuel y Sebastián se hicieron con una cada uno pero no la comieron, la sopesaron como estaba haciendo Abassi.
-Te veo pensativo -le dijo Sebastián- demasiado pensativo...
-Hay muchas cosas que me inquietan, aparte de las que vivo aquí, con estos chicos que intento regenerar. En Kosovo las cosas vuelven a estar mal, los periódicos no me ofrecen mucha confianza y cuanto dicen me altera, y no porque haya dejado allí familiares, porque a todos los han matado, sino porque, a fin de cuentas, allí tengo mis raíces, y aunque no pienso volver, me duele todo lo que ocurre. También me inquieta lo que sucede por Viena. Allí fué mi última parada y estaba todo tan apacible... y sin embargo, ahora, ese Haider que llega con el bolsillo lleno de extrema derecha y despliega todos sus encantos para convencer a la Unión Europea de su pedigrí democrático... me asusta en demasía... un nuevo Hitler en Austria sería tremendo. En realidad, todo cuanto está ocurriendo en Austria, en Kosovo y en la misma España, me produce muchísima inquietud. Lo tenemos aquí mismo, en El Ejido, pensar que unos inmigrantes que trabajan como negros y son explotados al máximo no pueden vivir en paz, ya es decir. Yo me pregunto en estas reflexiones mías, quienes están detrás, los encapuchados, la extrema derecha, los herederos de Hitler que se pierden por todo el mundo... eso es lo que me inquieta a mi.
Hubo un silencio. Sebastián y Manuel se miraron pensativos.
-Eso -dijo Sebastián de repente- lo tenemos todos, un pesar que no podemos ahuyentar, Abassi, pero nuestra vida está lejos de todo eso, de esas violencias, y más vale mirarlo desde la lejanía.
-Yo opino -dijo Manuel de súbito- que algo más te inquieta, Abassi, algo que a mi me parece personal.
-Pues sí. Siempre he sido un hombre fuerte -murmuró Abassi a media voz- siempre fui vigoroso, siempre animoso para todo, porque lanzarme en aquellas circunstancias de Kosovo a una nueva civilización era una heroicidad, y yo lo hice, pero en aquel momento me sentía protegido por una fuerza interior profunda, tal vez la de ser padre y marido y sentirme con vitalidad. Hoy no me siento ni tan fuerte ni tan animoso...
-Y sin embargo -dijo Sebastián con una tierna soma- no dejas de recoger a esos chicos que llegan hasta aquí desarrapados y convertidos en despojos.
-Yo no retengo a nadie, Sebastián, y se lo tengo advertido a mis hijos. Los estoy dando una educación desde que nacieron, fortalecida por la fuerza natural y humana del individuo, y le advierto a Albi que nunca retenga al que no quiera detenerse. El que por su gusto y decisión quiera seguir, que continúe. No sé si esto es bueno o malo, pero no va en contra de mi conciencia, yo no soy nadie para gobernar o dirigir la conciencia de los demás. El que se quiere quedar,
-añadía con una voz que parecía que iba a desvanecerse en cualquier momento- se queda. Siempre tendrá un plato de comida y un cachorro para educar. El método es bueno, el señor Balbona tenía razón, no sé quien se lo ha inventado en Madrid, pero da resultados. Yo les tengo advertido a los chicos que cuando sientan la ansiedad por la falta de droga, se dediquen a enseñarle al cachorro algo nuevo. No tenéis idea de las filigranas que hacen esos animalitos y lo mucho que divierten a los jóvenes. A Javi y a Carlines les enviaré enseguida a Portugal para que terminen la rehabilitación. En cuanto a Loli, me está costando más, pero es una chica dócil y estoy en comunicación con sus padres para que el día que ella quiera, vuelva al hogar. O bien si desea ir a Portugal, la envío con sus compañeros.
-Me parece que eso es lo que te está agotando -dijo Sebastián- es demasiado esfuerzo el que realizas. De tu carpintería salen muebles a montón, siembras la tierra, levantas los pabellones, compartes la vida de la comunidad, y para nosotros -miró a Manuel añadiendo- eres un gran hombre, ¿verdad, Manuel, que opinamos así?
Abassi hizo un gesto vago y después de un silencio, murmuro:
-Te voy a pedir un favor, Sebastián, me parece que es un gran favor...
-Pues tú dirás.
-El día que yo muera, me gustaría ser enterrado en esta tierra, en un rincón de este terreno. Ya sé que siempre será del Municipio, pero yo también seré un muerto del Municipio.
-¿Quien se acuerda de la muerte, Abassi?, eres un hombre aún joven y fuerte.
-Reconociéndolo así -replicó Abassi- quiero que me digas si me das permiso para ser enterrado en esta pradera.
-Verás, lo que yo venía a decirte ahora mismo, en este paseo que damos Manuel y yo todos los días, es que hemos tenido un pleno ayer y hemos acordado regalarte este terreno. Hemos llamado a un notario y lo estamos escriturando para que tú y tu familia estéis siempre tranquilos. Te lo mereces, Abassi, por el bien que nos haces, por la amistad que te tenemos y por lo buena gente que eres.
La manzana que Abassi sostenía rodó por el prado y Abassi se levantó para ir a buscarla. Quedó en pié ante ellos.
-Eso no te lo pedía, Sebastián.
-Lo sé, pero te lo mereces. Y en el pleno de ayer debieron considerarlo así todos los concurrentes, porque cuando hice la proposición, todos aceptaron, de modo que puedes considerar que aquí tendrás tu sepultura, porque es tu terreno y tienes derecho a ser enterrado donde te dé la gana. pero no nos acordemos ahora de eso -añadió- vente con nosotros hasta los acantilados, se empiezan a encender las luces del muelle y da gusto verlo desde arriba.
Por el sendero se veía a un muchacho avanzar vacilante. Abassi se detuvo y miró a sus amigos y luego al joven que ascendía por la cuesta.
-Otro más -dijo- habrá oído que aquí hay un refugio y viene a buscarlo. Vamos a preguntarle cómo se llama. ¡Hola! - dijo mirando al chico-.
El joven lo miró desganado, levantó la cabeza despacio y con los ojos vidriosos, se quedó inmóvil.
-¿Qué buscas por estos lugares, jovencito? - preguntó Abassi.
Sebastián y Manuel lo miraban de pié, al lado de Abassi.
-Me han dicho -titubeó el jóven- que por aquí hay una granja...
-¿Te envía alguien?
-No señor. He oído que si quiero rehabilitarme, alguien por aquí me ayudará. Creo que se llama Abassi, o algo así, que es un hombre venido de Kosovo con su familia y se ha establecido aquí.
Me lo han dicho en Ribadeo. Yo soy del occidente de Asturias y busco a alguien que me ayude a quitarme esta miseria que llevo encima.
-¿Estás seguro que es lo que deseas?
-Al menos, pretendo intentarlo.
-Eso ya es algo -dijo Abassi poniéndole la mano en el hombro.
Era un joven de unos dieciocho años, llevaba el pelo enmarañado, de no haberlo lavado en meses. Tal vez hasta tuviera piojos, pensaron Manuel y Sebastián. Llevaba una zamarra que en su día habría sido de piel, y a la sazón eran dos harapos unidos entre sí, calzaba unas botas rotas que mostraban los dedos de sus pies y el pantalón de pana que vestía estaba raído y llevaba un kilo de grasa.
Abassi le había puesto la mano en el hombro y miró a sus amigos.
-Retorno a casa. Antes de que lleguen los chicos y mi mujer, he de darle un baño a este jovenzuelo. Me parece que me queda una nueva labor. Dime, ¿cómo te llamas?
-De nombre Joaquín y de apellido López, pero me llaman ``Palomo"
-¿Hace mucho que tomas drogas?
-Bastante, señor, bastante.
-¿Te pinchas?
-Si, señor, y tomo pastillas alucinógenas.
-Pues vamos a casa, y si quieres curarte, te digo desde ahora que lo vas a conseguir, pero si te engañas a ti mismo o pretendes engañarme a mi, mañana te pongo en este mismo lugar y te mando a continuar tu miseria moral. -Y sin soltar al chico, miró a sus amigos añadiendo- Os veré otro día.
Y Manuel y Sebastián le vieron perderse en el sendero, paso a paso, camino de su casa.
Sebastián meneó la cabeza dubitativo.
-Te digo, Manuel, que algo le está pasando a Abassi. Juraría que se trata de una enfermedad, sea espiritual o física, no sé, pero hay algo ahí que no funciona bien.
-¿No exageras, Sebastián?
-Me parece que no, Manuel. Una cosa es que sea kosovar, otra que se preocupe por lo que sucede en Austria o en El Ejido, pero otra es su semblante, la sombra bajo sus ojos, la vacilación de su voz.., es un hombre diferente.
-Y sin embargo, ayer bajó al pozo.
-Eso, eso es lo que extraño, es lo que yo te decía hace un momento, ¿qué fuerzas tiene un hombre débil para descender a un pozo y sacar a un niño que se estaba ahogando?. Eso es lo que me asombra y Siempre me asombrará, Manuel.
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