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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: ABASSI DECAE
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sábado, 12 de abril de 2003
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capítulo treinta y ocho
Cuando el coche se alejaba tomando la curva y descendiendo hacia el muelle para dirigirse a la autopista, allá en lo alto, Abassi y Milani guardaban un extraño silencio.
-De momento -decía Abassi- Javi, Loli y Carlines, van camino de la granja de Portugal. Allí les esperan y tengo la convicción de que les ayudarán a la total rehabilitación. Entre tanto El Palomo, que si bien aguantó una semana, a la siguiente huyó como algunos otros; los otros tres espero que cambien y que todo llegue a buen fin y o se queden en la granja o retornen a sus hogares como sería natural.
Milani asió los dedos de su marido y los apretó con cálida ternura.
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Me acogieron como si fuera uno más de la comunidad, somos una familia integrada en este trozo de Galicia y me siento satisfecho de haber recorrido medio mundo para terminar aquí, y ha sido el azar, Milani, el azar que nos ha traído a este lugar. Cuando puse el dedo en el mapa y al levantarlo vi aquel breve nombre no pensé en modo alguno que me sintiera tan feliz en esta comunidad de gallegos que me aprecian y me han ofrecido desinteresadamente su amistad. Además, ahora mismo tenemos escriturada toda esta zona, nos pertenece y será un patrimonio que podemos dejar a nuestros hijos. Y no olvides, Milani, lo que te pedí una y mil veces y ahora puedo hacer con mayor propiedad, si un día me muero, quiero ser enterrado en esa esquina, delante de la ventana de nuestro cuarto...
-¿Quien habla de muerte aquí?
-Hay que ser realistas, querida. Y la realidad es nacer y morir, ¿cuando? el destino tiene la palabra. Yo creo en el destino. Yo creo que el día que nací en Kosovo tenía previsto ese destino mío y tuyo de venir a dar a este lugar, y el hecho de la propia muerte pertenece también a ese destino y a esa realidad. Ya ves, podemos escapar de muchas cosas, pero la muerte es lo más real que nos puede suceder y como tal hay que considerarla. Y aquí, en este atardecer, y en estas tierras que ya son nuestras, te pediría que si un día fallezco no me llores, enséñale a mis hijos a respetarme y recordarme con ternura, pero no les hables ni de dolor ni de desesperación. Piensa que la muerte forma parte de nosotros mismos y ha de llegar cuando tenga que llegar.
-Me asustas, Abassi, ¿que podría hacer yo sin ti...?
-Te diré una cosa, Milani, para que no la olvides nunca, siempre agradeceré a mi padre cuando a los diecisiete años, al terminar la primaria, me asió de la mano y me metió en su carpintería, exactamente igual que yo estoy haciendo con Albi. Te puedo asegurar que a sus trece años Albi trabaja tan bien como yo. Pero yo quiero decirte que así como a mi me dieron un mundo duro y el destino quiso que me enfrentara a él, prefiero que. aquí en España Albi viva de otro modo, y a la sazón, las cosas en este país ruedan mejor que rodaban en Kosovo, es decir, mi hijo Albi será un buen carpintero, pero a la vez, no te olvides de esto, Milani, deseo que mi hijo haga una carrera, que puede ser la de Derecho, con el fin de que sepa defenderos a vosotros y defender lo que os pertenece.
-No puedes predecir lo que va a ocurrir, Abassi.
-Claro que no. Pretendo únicamente inducirte a ti a que los incites a ellos, porque si bien les voy a hablar, quizá mañana mismo, quiero que tú sepas lo que voy a decirles.
-¿Y qué vas a decirles, Abassi? -casi sollozó Milani.
-La verdad. No lo que presiento que ocurrirá, sino lo que presiento que va a ocurrir.
-¿Y qué presientes, Abassi?
-Presiento que me llegó la hora, que no voy a luchar contra ello, que el destino está escrito y será lo que él diga, no lo que diga yo ni lo que digan los médicos ni lo que digan en el hospital -y apretando más y más a su mujer contra sí, añadía quedamente- si yo falto, ayúdales, Milani, ayúdales a que se realicen los sueños que yo no he pedido realizar para mí. Repito que agradezco lo que he sufrido en la vida porque me ha dado la paciencia suficiente para soportar con estoicismo y dignidad el final de ella, y tengo el presentimiento de que se está terminando, por la razón que sea. Aquí eternos no vamos a ser.
Esa noche Milani no se acostó cuando Abassi, se quedó sentada a la puerta de su casa, contemplando la noche cuyo rocío mojaba sus pies y humedecía su pelo, pero no aclaraba sus ideas.
Abassi nunca fue tremendista, ni tampoco un soñador, por lo tanto, si hablaba de su fin, había que pensar que estaba pronto a llegar. Además, se apreciaba en sus movimientos, en la vacilación de su mirada, en las fuerzas que iban decayendo día a día, como si el agotamiento se apoderara de él.
Milani sollozó. ¿Qué iba a hacer ella sin su compañero, sin su camarada, sin su amante y su amigo? Le quedaba un deber, lo sabía, continuar la labor de Abassi, ayudar a aquellos pobres desgraciados drogadictos que dormían en sacos pegados a sus cachorros, allí en el tercer pabellón. Orientar a sus hijos, hacer de Yeray una mujer y de Albi y Yuri unos hombres, y si podía, como Abassi deseaba, Albi continuaría siendo un buen carpintero y a la vez, ojalá pudiera llegar a ser un buen abogado.
La vida era una hipoteca, y haciéndose una idea de aquella, se miraba a si misma diciéndose que cuando naces, no te enteras de nada, cuando creces, te imponen unos estudios forzosos que no entiendes, cuando te casas, bregas con tus hijos, y cuando vuelves a la ancianidad, termina la hipoteca, todo empieza como acaba, en eso si que tenía razón Abassi...
Oyó su voz en la penumbra:
-Milani, estoy esperando por ti.
-Ya voy, Abassi.
Al amanecer de aquel día, decidió que bajaría hasta la alcaldía. Tenía que hablar con Manuel y el alcalde, eran los mejores amigos de Abassi y debían saber lo que estaba sucediendo.
Los encontró en la taberna jugando al tute con unos marineros. Al verla, ambos se levantaron rápidamente y salieron al exterior. Caminaron los tres muelle abajo y Milani iba diciendo:
-Me gustaría, Sebastián, que llamases a un médico.
-¿Qué sucede?
-No lo sé, pero algo no funciona en Abassi, mi marido.
Manuel la detuvo asiéndola por el brazo.
-Sebastián y yo hemos observando algo raro el otro día. Mañana daremos el paseo al anochecer y llevaremos a Ricardo Noval. Es amigo nuestro y médico titular de aquí. Conoce a tu marido porque el invierno pasado le encargó muebles y quedó encantado con el resultado.
-Por favor, no dejéis de llevarlo.
Aquel mismo anochecer, cuando Manuel, Sebastián y Ricardo se despedían de Abassi, Milani los miraba anhelante.
-Mañana -decía Ricardo, el médico- vendrá a extraerte sangre para una analítica.
-No es necesario -replicó Abassi.- No te preocupes por mi.
-Como médico, tengo ese deber.
Pero cuando ya se alejaba de la casa, explicaba con brevedad.
-Aparentemente, no le encuentro nada a este amigo vuestro, si acaso cansancio espiritual, se me antoja que solo tiene una enfermedad psíquica, psicológica, algo que le va minando por dentro y que produce efectos devastadores, peor que un cáncer.
Eso por una parte, porque por otra se me antoja que Abassi no tiene interés en seguir viviendo. Cuando lo contemplo y observo lo que ocurre a través del fonendoscopio yo diría que es un ser sobrenatural que tiene muy seguro que ha llegado su hora y no se revela contra ello, acepta la cuestión porque es un hombre diferente. Tampoco sé en qué estriba la diferencia. Siempre me pareció raro, y no por cruel ni mala persona, al contrario, por ser demasiado bueno, por estar entregado a los demás, ya veis la labor que desempeña, de diez muchachos que pasan por aquí, convence a tres, y eso es mucho hacer trabajando con drogadictos. Se ha impuesto una labor y si él desaparece, vosotros debéis continuarla, o al menos, ayudarle a su mujer a que la continúe.
-Estás hablando -vociferó Sebastián- como si ya rezáramos en su funeral.
-Pues algo así, Sebastián, algo así, y no me preguntes por qué, ni como médico podría responderte. Cuando un ser humano se niega a vivir y acepta su final, es inútil cuanto haga la ciencia. Por otra parte, se me antoja que hay cosas en la vida de este kosovar que no quiere para si mismo.
-Estás hablando como un hechicero -protestó Manuel.
-Estoy hablando como un médico que tiene cuatro ojos, seis oídos y tres fonendos. No veo nada a través de ellos, no son mis ojos ni mis oídos los que aprecian que algo se acaba aquí, sino mi intuición.
-No comprendemos por qué no lo ingresas en un hospital...
-Es que no se trata de eso, no acabáis de comprender que la enfermedad de Abassi no es física, es moral, es psicológica, es como si él mismo dijera: "He cumplido con mi deber y aquí termino. Que los demás continúen con mi labor."
Tanto el alcalde como Manuel se detuvieron y contemplaron al médico con expresión alucinada.
-Pero vamos a ver, hombre, ¿es que ahora te has vuelto tú tan misterioso como Abassi? ¿Es que no vas a hacer nada para evitar ese derrumbe?
-No acabáis de comprender. Mañana subiré, lo convenceré para que me deje hacerle la analítica, y esa no va a decirme nada porque las constantes de este hombre funcionan divinamente, pero hay algo en su alma que se rompe, y eso si que no tiene composición posible.
-¡Pero qué alma ni qué ocho cuartos, Ramón! -gritó Sebastián.
Manuel gritó a su vez enfurecido.
¡Qué milagros ni qué leches, no nos jodas, Ricardo!, algo se podrá hacer para evitar que este hombre se derrumbe como tú dices.
-Si no lo queréis comprender, -amansó Ricardo con la voz- ¿cómo voy a haceros entender lo que está ocurriendo?. Este hombre se muere porque quiere morirse, desconozco las razones, pero estoy convencido de que eso está ocurriendo. Abassi hizo aquello que tenía que hacer y algo dentro de si le está matando, y no es un cáncer ni un cirrosis ni ninguna enfermedad física, es algo a lo cual yo no alcanzo, pero tengo la convicción de que es como digo.
-¡Coño! -gritó Manuel- supongo que habrá algo que convenza a Abassi para que supere ese decaimiento espiritual como tú le llamas.
-Adora a sus hijos y a su mujer -dijo el médico- y si ni por ellos levanta el ánimo, tardará más o menos, pero su decaimiento es general, y repito que no físico, es espiritual. Algo ocurre en la vida de Abassi, pero nunca lo vamos a saber. Apuesto a que ni su mujer conoce el motivo por el cual este hombre se deja morir, O también puede ser que le llegue la hora y que no luche por evitarlo. Hay que pensar que sucedieron varias cosas en este pueblo que no fueron normales, yo las presencié en silencio, ni siquiera las comenté con vosotros, pero es evidente que la última fechoría de Abassi fue muy comentada. Meterse en un pozo artesanal de tantos metros de profundidad y salir con un niño en brazos que tenía los dedos deshechos de haberse aferrado a las piedras o los salientes de ese pozo no fue cosa natural...
De repente caminaban los tres cabizbajos con reflexiones diferentes en su cabeza, pero en silencio, como si de súbito los tres pensaran en la misma cosa y no se atrevieran a confesarlo uno a otro.
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