|
|
 |

Actualizado: 1 de Enero |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
MILAGRO EN EL CAMINO: ABASSI HABLA A SUS HIJOS
|
|
|
sábado, 12 de abril de 2003
|
|
|
|
capítulo treinta y nueve
Obviamente, los días seguían transcurriendo y Abassi se diría que cada día se debilitaba más. Todas los atardeceres Manuel y el alcalde, Sebastián Moldes, así como Ricardo Noval, el médico, subían hacia la parte de aquella atalaya de la cual Abassi había hecho su patrimonio.
El verano había pasado ya, se había iniciado un nuevo invierno, y las Navidades en casa de Abassi y Milani habían sido las más tristes de sus vidas, aparte de algunas de las que habían vivido en su odisea hacia España.
|
|
|
Ricardo Noval y sus amigos habían intentado por todos los medios convencer a Abassi de que debía recluirse en un sanatorio, hacer un chequeo en profundidad y volver a ser el hombre animoso que había sido, pero Abassi sabía que no iba a ocurrir de ese modo. Tal vez los poderes sobrenaturales que había poseído se habían alejado de su persona. No deseaba comprobarlo. El mundo rodaba calladamente en aquel año del iniciado dos mil. Las elecciones democráticas en el segundo mandato de José María Aznar se celebrarían el 12 de marzo. Los socialistas e Izquierda Unida se habían unido y no se sabia si con esa extraña unión vencerían o volvería a salir elegido presidente del gobierno el señor Aznar. Abassi, aún siendo kosovar pero sintiéndose en cierto modo español, seguía con relativa atención estos movimientos, como aquella mañana que leía en un periódico una noticia que le estaba causando un sutil placer. El presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga, había sido nombrado miembro de honor de la Academia Portuguesa de Bellas Artes. El nombramiento había sido acordado por la mencionada institución en el transcurso de su última sesión plenaria en atención al impulso que desde la Xunta se le había dado a las relaciones artísticas entre Galicia y Portugal. Cabría destacar, al menos, la exposición efectuada en el año 1.991 en Lisboa sobre manifestaciones artísticas en el Camino de Santiago.
Apreciaba aquellos triunfos en los demás como si fueran para sí mismo y aquel atardecer en especial, sentado junto al ventanal del salón desde donde divisaba todo el mar, así como el muelle, con las piernas tapadas con una manta a cuadros, esperaba la llegada de sus hijos.
Le había pedido a Milani que se los hiciera pasar. Deseaba hablar con ellos. Quizá fuera la última vez.
A todo esto, Abassi sabia perfectamente que durante todo aquel último tiempo, en Albi, su hijo, había calado su deseo de que lograra algún día las dos profesiones: carpintero y abogado, y también sabía que Yeray sería enfermera. No había cambiado de parecer, y a él le parecía bien que entre ambos hijos ayudasen a los muchachos que entraban y salían, que unos se quedaban y otros volvían, y los más, iban camino de Portugal con el fin de rehabilitarse por completo. Abassi sabía muy bien que no siempre se conseguía, pero el esfuerzo de algo iba sirviendo.
No había vuelto a vender un cachorro, y según paría su perra, los cuidaba como oro en paño para convertirlos en "lazarillos" de sus enfermos drogadictos.
Las reflexiones de Abassí cesaron de súbito. En la puerta del salón se perfilaban las dos figuras.
Los miró calladamente. Habían cambiado. Albi era casi tan alto como él y Yeray crecía espigada con un rubio pelo y los ojos claros. "Algún día, pensaba Abassi con resignación y cierta amargura, sería tan hermosa como lo había sido y seguía siendo su esposa."
-¿Nos llamabas, papá?
-Pasad, pasad y sentaos. Pretendo que me oigáis con calma, que no me respondáis porque no es preciso. Lo que os voy a decir pude habéroslo dicho hace diez años, o pude dejarlo hasta que cumplierais dieciocho, pero sea como sea, estimo que ahora vais a entenderme. Me gusta el trabajo que realizas en la carpintería, Albi, estoy satisfecho. Serás un gran ebanista, me gustan tus notables y sobresalientes en el colegio, y me agrada infinitamente que te parezcas tanto a mi. Y tu, Yeray, creces muy espigada, te harás mujer enseguida y en este instante aseguro que me estáis oyendo como adultos, aunque desde vuestra pubertad. Sabes muy bien, Albi, que de ti deseo dos cosas muy importantes, que sigas siendo un hombre honesto, un buen carpintero, y que a la vez logres una carrera universitaria para defenderte a ti, tu patrimonio y a tu hermana y a tu madre, y a todos esos desarrapados que aparecen por aquí con todas esas enfermedades tísicas y morales intentando convertirlos en lo que eran antes de caer en la maldita droga.
-Oye, papa...
-No, Albi, no he terminado. No sé el tiempo que nuestro perro Curry seguirá viviendo, es tan mayor, pero ha pasado demasiadas vivencias con nosotros y hay que cuidarlo. No os olvidéis nunca de Yuri, ayudadle a hacerse un hombre y que siga vuestro ejemplo, y vosotros espero que sigáis el mío y que cuidéis de vuestra madre...
-Papá... -volvió a decir Albi.
-Papá... -insistió Yeray.
-No he terminado, hijos.
Pero como si no lo oyeron, Albi preguntó un tanto asustado.
-¿Por qué te tapas con esa manta, papá?
-Porque hace frío y además, cuando llega el atardecer me gusta ver el mar desde aquí, comtemplar la granja y su frutos que crecen y el ganado que pasta en los prados, es como si quisiera grabar en mi retina toda una vida de sacrificio y a fin de cuentas, de triunfo, porque he llegado al punto que deseaba llegar.
Y una cosa, Albi, y también quiero que tú la oigas, Yeray, nunca sintáis dolor por mi ausencia si un día desaparezco, la vida y la muerte no nos pertenecen y por tanto, hemos de entregarla en el momento oportuno que Dios lo decida. No me gustaría veros desde otro lugar con los ojos llenos de lágrimas o clamando por la vida de un ser que se ha ido, estáis obligados en esta cuestión a ser como reyezuelos, dignos y humildes, pero firmes para aceptar el dolor como se sabe aceptar el triunfo.
Hacia un rato que Milani estaba en el umbral del salón, oía en silencio y sabía por experiencia que sus hijos estaban oyendo a su padre y obedecerían ciegamente su mandato o su sugerencia.
-Ya podéis iros -dijo el padre- creo que con lo poco que he dicho, ha quedado claro todo.
La respuesta fue la que Abassi esperaba. Albi se levantó, avanzó hacia él y le besó en la frente. Yeray le imitó, y luego, con la cabeza alzada, pero con la mirada humilde, salieron ambos del salón. En el umbral de aquel, Milani alzó una mano y la pasó en los hombros de ambos hijos. Después cerró la puerta y avanzó.
-Por el sendero -dijo Milani sin hacer mención de cuanto había oído- llegan tus amigos. Esta vez no viene Ricardo Noval.
-Ayer se enfadó un poco conmigo -dijo Abassi sin inmutarse.- Se empeña en llevarme a un hospital y no acaba de entender o no quiere entender que para mi no hay hospital que valga, y además, Milani, tengo que decirte una cosa que tal vez sea la última que yo pueda revelarte sin ruborizarme. La moneda que yo guardo en el bolsillo se ha calentado...
-¿Qué dices, Abassi?
-Si. Ayer noche he visto a Curry caminar vacilante por el sendero, temo que esté a punto de morirse, es demasiado viejo.
Milaní avanzó despacio, parecía que su rostro tenía una crispación extraña.
-Precisamente, Abassi, venía a decirte que tus hijos no te han dicho que han enterrado a Curry esta mañana.
-Me lo imaginaba. Tal vez por eso la moneda en mi bolsillo se está calentando. ¿Recuerdas, Milani? ¿Recuerdas cuando en Viena subimos al avión y como no nos permitían llevar a Curry mi don milagroso lo convirtió en una moneda? Ve, por favor, y tráeme la moneda antes de que lleguen mis amigos. Está en nuestra habitación, en el bolsillo de la chaqueta, que cuelgo a los pies del lecho.
-¿Tiene que ser ahora, Abassi?, tus amigos están llegando.
-Entonces espera, me la traerás después, cuando ellos se hayan ido.
Ya se oían las voces de Manuel y Sebastián. Abassi no se movió, en cambio Milani automáticamente enchufó la cafetera que tenía sobre un mostrador que hacia de bar y puso el servicio de tres tazas de café.
Cuando los amigos de Abassi entraron, después de saludarle desde la puerta, se dirigieron a la cafetera como si fuera un hábito que ocurría todos los días, y así era, en efecto.
Mudamente, Milani les sirvió el café y llevó la tercera taza hacia su marido. Se quedó de pié a su lado.
-Tómalo, Abassi -dijo con ternura- te reconfortará.
Abassi la miró dulcemente, asió la taza y en unos cuantos sorbos la dejó vacía. Luego se la entregó de nuevo a su mujer.
-Voy con los muchachos, Abassi -dijo a renglón seguido- tenemos trabajo en la granja y hay dos chicos nuevos que han venido en busca de ayuda.
-Convéncelos para que no sigan su camino, Milani. Y puedes irte, claro que sí -dicho aquello, miró a sus amigos que tomaban asiendo frente a él. Tenían una mesa por medio.
-Si quieres -dijo Manuel- jugamos una partida. Ricardo no ha podido subir porque se fue al hospital comarcal.
-Nos falta un compañero -dijo Abassi- prefiero hablar.
-Yo pienso -murmuré Manuel- que lo tenemos todo hablado...
-Claro que no, siempre quedan cosas pendientes.
-¿Cómo cuales? -preguntó el alcalde.
-Esto se acaba -dijo Abassi- y enseguida. Pretendo comprometeros con mi familia. Habéis sido muy amigos míos y deseo que no abandonéis a Milani ni a mis hijos. Ellos ya saben lo que tienen que hacer, y tú, Sebastián, ya conoces donde Milani me enterrará... No, no pongas expresión de amargura, yo hice mi función, llegué a donde tenía que llegar, a donde quería llegar realmente, y mi labor iniciada la continuarán mis hijos, estoy completamente seguro. Siempre habrá un segundo Abassi en esta comarca y apuesto a que sus hijos algún día serán gallegos y hablarán con ese soniquete que usáis, como empiezan ya a hacerlo mis tres hijos. No he pensado aún en el futuro de Yuri, pero Albi se encargará de que cumpla siempre con su deber y sea un hombre honrado. A estas horas ya sabe que lo encontramos en un recodo allá por las tierras de Macedonia y se sentirá tan español como Albi. No ignora que es un niño adoptado y acepta de buen grado la cuestión. Eso para mí es lo importante.
-Nos estás poniendo el corazón en un puño, Abassi - dijo Manuel casi sollozante.
Abassi sacudió la cabeza, emitió una risita ahogada y dijo como si no acabara de decir otra cosa.
-Vamos a jugar al siete y medio... y nos bastamos tres.
La tarde, pese a todo, transcurrió en una pena soterrada que flotaba en el ambiente aunque no diera muestras de existir. Cuando se despidió de ellos, sabía que quizá no los volverla a ver, pero también sabía que habían asimilado cuanto les había dicho y que habían entendido con medias palabras lo que él pretendía decir con palabras enteras.
Cuando los vio perderse en el sendero y pudo desde el ventanal apreciar sus pasos lentos hacia la rampa que conducía a los muelles, sintió que Milani entraba en el salón.
-Te traigo la chaqueta, Abassi -dijo.
-Dame, Milani -y cuando la tuvo en su poder, hundió la mano en el bolsillo y sintió el calor de la moneda, la metió en el puño y se la entregó a su mujer - Llévala donde estaba.
-¿Te quedas con la moneda Abassi?
El mostró el puño cerrado.
-Si.
-¿Qué pretendes?
-No lo sé. Pero tú ve y deja la chaqueta donde estaba, después vuelve si gustas.
Cuando Milani desapareció, Abassi cerró el puño aún mucho más sobre la moneda y levantó el brazo. Lo mantuvo en alto un rato. Su mente se centró, como si la clavaran, en una sola idea. Tal vez fuera lo último que hiciera en su vida. Apretó y apretó aquella mano y empezó a sentir paulatinamente cómo la moneda se iba calentando más y más y cuando rebulló algo entre sus dedos abrió la mano y vio una menudencia moverse en su palma. En aquel instante entró Milani.
-Mira, querida, mi última proeza. Con ella pienso que se va el último suspiro de mi vida, tal vez era lo único que me quedaba por hacer. Dile a los chicos que has comprado a Curry. Será un nuevo Curry -el animal saltaba ya alegremente por el salón como si el tiempo no hubiera transcurrido y en realidad, aquel nuevo milagro no significaba para nada que el Curry que veían fuese el mismo que convirtieron en una moneda.- Una mentira piadosa más o menos, no va a ninguna parte. Dile a los chicos que lo has comprado y te lo creerán.
-Abassi, Abassi.
-No me digas nada, querida, las cosas son así...
INDICE
|
|
|
|
Nota: Los comentarios son moderados y no se muestran hasta su aprobación
Nota: Los comentarios son moderados y no se muestran hasta su aprobación
No escribas TODO CON MAYUSCULAS
No des datos personales: mail, telefono, etc...
Si quieres recibir otras respuestas utiliza la opción "Seguir":
Ahí puedes introducir tu correo (lo mantiene privado) y pueden comunicarse contigo
Se consecuente con la opción que te brindamos, haz comentarios serios (con sentido)
Y lo más importante: ¡Revisa tu ortografía!
|
|
|
|
Creemos
en la personalización: Pulse en los logos para un contacto directo con las marcas
|
Google Friend Connect (desde 07ENE010)
|
|
|
|