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Actualizado: 1 de Enero |
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MILAGRO EN EL CAMINO: EL FINAL
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sábado, 12 de abril de 2003
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capítulo cuarenta
Cuando los niños vieron a Curry que saltaba sobre ellos meneando el rabo y ladrando como si acabara de resucitar, Milani tranquilizó sus gritos comentando:
-Ya que el viejo Curry se ha muerto, os he traído este. Y por favor, ahora id al campo y no hagáis ruido.
Albi se acercó a ella y con voz de hombrecito preguntó quedamente:
-Papá está muy mal, ¿verdad, mamá?
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Milani sorbió las lágrimas, acarició la cabeza de su hijo y se alejó sin responder. Quedaba claro que la vida de Abassi se apagaba. No quiso advertir a nadie, sabía que si lo hiciera su casa se llenaría de gente. No hacía demasiado tiempo que vivía en aquella comarca y sin embargo, los amigos de Abassi se multiplicaban por docenas, tal vez por cientos. Por otra parte, la vida de su marido había sido, indudablemente, obviamente, una sucesión de buenas obras, de excelentes obras, humanas y físicas, morales y espirituales. Y allí estaba, en el fondo del salón, silencioso, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, con las piernas tapadas por la manta de colorines.
Milani había llorado tanto en su soledad que no le quedaban lágrimas para llorar la evidencia de la muerte de su marido.
Esa noche acostó a los niños antes de tiempo, apagó todas las luces, y silenciosamente, fue a sentarse en un pequeño taburete al lado de Abassi.
Supo cuándo agonizaba, supo también que, con la resurrección de Curry, la fuerza de su marido se había agotado. No es que se dejara morir, es que le había llegado la hora, es que el destino había querido que se fuese ......
Abassi no pronunció ninguna palabra, solo sus dedos temblorosos asieron los de su mujer y los apretó y así lo sintió Milani hasta que notó el frío de la muerte pegarse a su piel.
Por un momento, se ahogó en sollozos y después se repuso con aquella fuerza que había aprendido de Abassi y amortajó a su marido. Pudo llevarlo hasta el lecho, y cuando estuvo vestido y listo para ser enterrado, se arrodilló ante él y rezo un rosario.
Esperó a que amaneciera, y aún desde allí estaba oyendo cómo sus hijos se iban levantando. Cuando asomó a la cocina había llamado ya a la funeraria al alcalde, a Manuel y la voz se empezó a correr por toda la villa. Ella, entre tanto, les decía a sus hijos:
-Hoy no vais a la escuela. Id al pabellón de los chicos y acompañadles. Papá ha muerto, ya sabéis lo que os ha dicho: ni dolor ni llanto. Vamos a recordar a papá como si estuviera vivo.
Después todo se precipitó. La atalaya se llenó de gente. Milani no era capaz de recibirlos uno por uno, por eso Manuel y Sebastián le ayudaban a saludar y agradecer su visita a los que llegaban, marineros, comerciantes, gentes venidas de Ribadeo y de Vivero, incluso algunas de Viavélez, un pueblecito costero ubicado a veinte kilómetros de Ribadeo, de Tapia de Casariego y toda la zona occidental de la provincia. Nunca creyó Milani que el entierro de su marido se convirtiera en algo multitudinario, pero así era.
Fue un día agotador y eso que Sebastián y su mujer, así como Manuel y la suya no le permitieron hacer nada. Se pasó las horas sentada al lado del féretro de su marido que estaba allí abierto, tapado con una pieza de cristal. Se veía el rostro de Abassi venerable, blanco, asomando un poco la barba, con las manos cruzadas sobre el pecho y un rosario entre los dedos.
Los hijos, obedeciendo las órdenes de su madre, no aparecieron aquel día por allí, pero si lo hicieron al siguiente.
La muchedumbre se amontonaba cubriendo todo el terreno de la atalaya en una esquina ante la casa donde iba a ser enterrado el kosovar.
Fué un entierro silencioso y solemne. Un sacerdote bendijo el agujero donde iba a ser introducida la caja de Abassi, y cuando la primera palada de tierra cayó produciendo aquel ruido hueco, seco y duro, los ojos de Milani se llenaron de lágrimas, pero a sus labios no afluyó ni un solo gemido. Tenía a sus hijos apretados contra sí y hasta Curry, aquel Curry resucitado de una moneda, que quizá fue lo que produjo la muerte del hombre milagroso, merodeaba al lado de los muchachos, pero sin ruido, sin ladrar, apretando el rabo entre las piernas como así quisiera manifestar su dolor.
Cuando todo hubo terminado y poco a poco el recinto quedó vacío, Milani contempló la tumba donde había una cruz que solo decía: "Descansa en paz, Abassi"
Esa noche, después de acostar a sus hijos, silenciosos, que aguantaban los deseos de llorar como adultos, se encerró en la alcoba que había compartido con su esposo y sollozó largamente. En aquel instante ya no podía evitar manifestar el dolor que le producía la pérdida irreparable, irreversible de aquel compañero que lo había sido toda su vida y con el cual había recorrido medio mundo en el desaire de la soledad y las vivencias contradictorias.
A la mañana siguiente, cuando se asomó a la ventana, una expresión de asombro, de estupefacción, de perplejidad se reflejó en su mirada.
En la tumba de Abassi, en aquellas pocas horas, como si fuera un milagro más, habían nacido las plantas que Abassi solía comer para apagar el hambre en su trayectoria de Kosovo a Viena.
Tanto era su asombro que descendió paso a paso y fue acercándose, ya en el prado, a la tumba donde se alzaba la cruz que señalaba la tumba de su marido.
La estupefacción no se había borrado de su mirada, habla en el fondo de sus ojos asombro y emoción, y sobre todo, una expresión de incredulidad. Pero el caso es que alargó la mano y pudo palpar una de aquellas plantas. Se alzaban sobre la tumba de Abassi un metro o más, espesas, muchas, de tal modo que crecían hasta la misma cruz donde ponía ``Descansa en paz, Abassi".
Quedó absorta contemplando aquel milagro. No podían en una noche, en unas pocas horas, crecer aquellas plantas en una tierra yerma... pero el caso es que ella las estaba mirando, y temiendo equivocarse o estar alucinando y ver lo que no existía, llamó a Yeray y a Albí. Cuando los niños se acercaron con Curry detrás que como si entendiera el dolor ni siquiera ladraba, dijo Milani mirando las plantas y después a sus hijos:
-¿Las veis?
-¿Te refieres a las plantas, mamá? -preguntó Yeray.
-Sí.
-¿Las has plantado tú esta noche?
-No. No... han nacido solas.
-¿En tan poco tiempo, mamá? -preguntó Albi.
-Parece que si.
Yeray se acercó y olió las plantas.
-No huelen a nada, mamá, pero son o las mismas o muy parecidas a las que papá guardaba en el morral y sacaba de vez en cuando para comer. ¿Puedo probarlas yo, mamá?
-No, no debes. Le pertenecen a papá. Han nacido sobre su tumba y serán sus compañeras en el futuro. Ahora id a la escuela.
-¿Hoy, mamá? -preguntó Albi- Hemos enterrado ayer a nuestro padre, y aunque él nos pidió que doblegáramos el dolor, eso no puede suceder, nos es imposible.
-Pues id al pabellón con los drogadictos. Todo ha de seguir igual, como si vuestro padre existiera. Y tu, Albi, sabes muy bien lo que tu padre te dijo antes de morir, tendrás que ocupar su lugar e ir haciendo todo lo que él hacía.
-No temas, aprendí bien la lección, mamá, pero dime, dime, mamá, ¿pueden en una noche nacer unas plantas tan grandes y cubrir exactamente la tumba de muerto de nuestro padre?
-Parece que sí, Albi, parece que sí. Tienes que ir pensando, además, en enviar a Bertino, a Silverio y a Pepón a Portugal. Les están esperando. Piensa que llegarán otros y procura ante todo que la perra siga pariendo cachorros.
Esa tarde, cuando llegaron Sebastián y Manuel, se quedaron sorprendidos ante la tumba de su amigo, tanto es así que ya dentro del salón junto a Milani, Manuel preguntó:
-¿Las has plantado tú, Milani?
-Si te refieres a las plantas que cubren la tumba de Abassi, te diré que no.
Sebastián miró por la ventana, sus ojos tenían como un reflejo extraño.
-No me digas que han nacido solas en tan pocas horas...
-Parece que sí, Sebastián, aunque a mi me cueste tanto trabajo como a ti creerlo.
-Es una planta desconocida -dijo Manuel.
A eso Milani prefirió no responder.
-¿Tú la conoces, Sebastián?
-¿La planta?
-De eso estamos hablando.
-No la he visto en mi vida, son plantas que suelen nacer en lugares abruptos, son exóticas, no suelen verse por estas zonas. ¿A ti no te ha extrañado, Milani?
Milani pudo responder mil cosas y hablarles incluso del efecto que aquellas hierbas en su día habían hecho en su marido, pero era el secreto, el mayor secreto y casi el único que conservaba con Abassi y en modo alguno podía delatarle, si Abassi había querido morir desde el momento de resucitar a Curry, no era nadie ella para revelar lo que tan oculto había tenido su esposo. Una cosa tenía, sin embargo, muy presente: respetaría aquellas plantas y hasta las regaría para que no se muriesen. Pero no fué preciso. Las plantas no necesitaban agua ni siquiera el rocío de la noche, se mantenían firmes, verdes, con una tinta brillante en medio de las hojas redondas, vivas, como si nacieran cada noche.
-Qué cosas más raras suceden...- dijo Manuel.
-En realidad -corroboró el alcalde- Abassi siempre fue un hombre algo extraño, pero lleno de tantas virtudes que no me asombraría nada que las plantas nacieran para venerarle. Milani -añadió con una gran ternura- aquí nos tienes. No te olvides que estamos a tu disposición, y que si alguna orientación necesitan tus hijos, nosotros nos prestamos a orientarles y con nosotros toda la comunidad. Desde el momento que llegasteis, os convertisteis en nuestros más queridos vecinos.
Pues de ahora en adelante, aún lo seréis más.
Cuando Milani se quedó sola, allí delante del ventanal veía el camino por el cual descendían sus amigos y por el mismo, un poco más arriba, aparecían sus hijos corriendo detrás de Curry, sus tres hijos que ahora tendría que educar ella sola, tendría que continuar la labor que Abassi había empezado y esperaba que la tumba de su marido, e incluso las plantas que la adornaban le ayudasen a reunir las fuerzas necesarias para llevar a buen fin aquella labor.
Cuando esa noche acostó a sus hijos y los besó uno por uno a los tres y permitió que Curry se metiera en una esquina de la cama de Yuri, se fue a su alcoba. No sollozó. Sabía que Abassi no merecía su llanto, solo merecía y con creces, su recuerdo.
Evocó uno a uno los días largos e interminables que transcurrieron desde que dejó Kosovo, el trabajo que le costó que Abassi la convenciera para abandonar aquel infierno lleno de llamas, de cuerpos mutilados, de cabezas y brazos esparcidos, y de cadáveres calcinados. Nunca pensó que al iniciar aquel camino pudiera atravesar Macedonia y se perdieran por la orilla del Mar Adriático hasta alcanzar el Tirol. Días y días, seguramente meses, tal vez un año perdidos por aquellos andurriales, soportando la nieve, el frío y los inmensos calores de Croacia.
Poco a poco, y con la cabeza llena de estos pensamientos, se acercó a la ventana y pegó la frente al cristal. Una luminaria pareció darle en los ojos y es que, de súbito, las plantas que cubrían la tumba de Abassi se iluminaban... parecían luciérnagas en la noche, muchas luciérnagas que al unirse unas con otras parecían llamaradas.
Descendió. No pudo quedarse mirando tras el cristal. Salió de la casa. Todo estaba en silencio, no había más luz en la llanura que los dos faroles encendidos al final de la atalaya, las tenues luces que asomaban por las ventanas de los pabellones donde descansaban los drogadictos y aquel chorro de luz que manaba de la tumba de Abassi...
Se quedó deslumbrada, erguida, estática. Juntó las dos manos, las colocó bajo la barbilla y empezó a rezar. Las luces no se apagaban y quiso entender que se iluminaban solo para tranquilizarla a ella, para indicarle que bajo aquella luz, la estaba esperando Abassi para que el día que el destino quisiera, la enterraran cerca de él, y aunque no nacieran plantas ni se iluminaran en la noche, ella sentiría aquel calor que le produjo siempre Abassi, aquella complicidad, aquella química que aún parecía bullir dentro de su pecho.
La vida iba a continuar...
fin
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