BALTASAR GARZÓN Y VICENTE ROMERO PRESENTAN SU LIBRO "EL ALMA DE LOS VERDUGOS"

1/15/2008 

Informativos.net

« ¿Quiénes son esos tipos que, tras despedirse de sus hijos con un beso, acuden a su trabajo como funcionarios ejemplares para torturar o asesinar a prisioneros políticos? ¿Cómo sienten y piensan los sicarios del Estado?» Los autores de este extraordinario trabajo de investigación afirman que se trata de personas normales, delincuentes a quienes la impunidad permite quebrantar todos los límites.






El alma de los verdugos es el resultado de la colaboración entre un juez y un periodista involucrados en la defensa de los derechos humanos; uno como enviado especial a Argentina y Chile, donde ha recogido numerosos testimonios y ha escrito reportajes en los que profusamente ha denunciado los crímenes de aquellos gobiernos anticonstitucionales que durante décadas se mantuvieron impunes; otro en el papel del magistrado que impulsó y ha participado activamente en procesos abiertos contra militares chilenos y argentinos, desde Pinochet, encausado por genocidio, terrorismo y torturas, hasta Scilingo y Cavallo, cuyos juicios han abierto el camino al concepto de justicia universal.

Así pues, El alma de los verdugos da cuenta de un momento concreto de la historia del terror político contemporáneo, el espanto de las dictaduras argentina y chilena, pero sin duda constituye una memoria ‘ejemplar’, de lo que siempre puede volver a ocurrir. Y es que en cierta forma, el terror político está en el origen del estado como lo entendemos hoy en día en Occidente (basta pensar en la Revolución francesa), y de allí el imperativo de mantenerlo a raya mediante el compromiso ético y político de todos los ciudadanos, pero también de la comunidad internacional, que a veces llega demasiado tarde, o con los ojos empañados, a lo que está ocurriendo lejos de casa.

Se trata, pues, de una memoria ‘ejemplar’ porque, con inadmisible frecuencia, sigue ocurriendo que en nombre del estado o, peor aún, del pueblo, de Dios o incluso de la ley, algunos comienzan por desarticular y pervertir la constitucionalidad para acabar dando pie a lo que Hannah Arendt denominó en su momento la «banalidad del mal», quizá el único absoluto transhistórico que pareciera sobrevivir en estos tiempos ‘líquidos’, desengañados y de mal entendido relativismo. Tiempos según y cómo olvidadizos, y por lo mismo propensos a repetir errores; de allí la importancia incontrovertible de la tan penosamente cacareada memoria histórica.

Banal o a secas, el mal puede resultar abstracto como término, pero demasiadas veces se encarna en dictaduras militares, en las que no se distinguen izquierdas y derechas (aunque en el caso de Argentina y Chile el ‘comunismo’ fuese el enemigo declarado, del estado y de la iglesia que en el caos argentino bendijo en gran medida la represión); o bien encarnan en pseudos-democracias pero, sobre todo, en verdugos con nombre y apellido como los que azotaron a Chile y Argentina durante los llamados años de plomo, años de culpas morales promovidas por un régimen difusamente llamado ‘dictadura’, pero también de culpas jurídicas individuales, que aún quedan por expiar a título personal, si bien son cada vez más los verdugos deben hacer frente a la justicia mientras, en una doble articulación, «el curso del tiempo ha debilitado el manto de silencio con que las dictaduras castrenses cubrieron a los autores materiales de la represión».

He aquí, pues, un intento de justicia, de restitución de aquello «que casi se nos ha perdido», como señala Harold Pinter en el discurso de aceptación del Nobel, del que Garzón y Romero recogen un fragmento a modo de epígrafe. He aquí un recuento de lo que se ha hecho, sobre todo en Argentina, pero también Chile; un recuento de lo que resta por hacer, y que pasa por asomarse al horror de lo ocurrido y difundirlo. He aquí un monumento a lo que se intentó arrebatar a las miles de víctimas de aquellas gobiernos obscenos: «la dignidad como personas» (Pinter), algo que perdemos todos al permitir, por omisión, la existencia de este tipo de regímenes: en América, en África, en Asia, en dónde sea. He aquí «un homenaje a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, cuyos movimientos constituyeron el revulsivo para que despertara una sociedad adormecida durante el periodo del terror». Y he aquí, por fuerza, y ante todo, una tentativa «de conocer a los verdugos» o, si se quiere, de pedagogía del horror, eso para unos resulta increíble e incomprensible y para otros casi natural. He aquí un intento de desgranar «el factor humano [que] aún continúa desafiando a la razón, más allá del análisis de los hechos históricos». Un duro ejercicio, de justicia y de acercamiento al otro ¬(eso de lo que precisamente no son capaces los estados del terror y sus verdugos): «escuchar a los sicarios del Estado o a sus mentores y defensores cuando exponen imposibles justificaciones para las atrocidades de que fueron autores, y contrastarlas con los dramáticos testimonios de las escasas víctimas sobrevivientes».
Pensado inicialmente como un documental para Televisión Española, la cantidad de materiales que los autores recogieron durante su producción sobrepasaba los límites que podía permitirse un reportaje televisivo, y debido a los condicionantes del medio, se corría el riesgo de reducir el necesario debate sobre la salud mental de los verdugos a una justificación por enfermedad, «cuando se trata de seres normales cuyas patologías no pasan de ser deformaciones de la conducta creadas por una ideología tan extendida como presente». Fue así como se decidió convertir estos materiales no sólo en un largometraje documental que TVE comenzaría a realizar en octubre de 2006 en Argentina, sino en un libro, acompañado de un DVD, que permitiera a los lectores intentar comprender la existencia de los verdugos a partir de testimonios más completos de sus víctimas. O de las relativamente escasas víctimas que pudieran testimoniar: la paradoja eterna de la memoria del horror, que los muertos no puedan hablar. A modo de ejemplo, he aquí un breve fragmento del testimonio de una sobreviviente de torturas, Adriana Calvo de Laborde, una de las pocas madres no desaparecidas:

“…el embarazo no impedía la tortura ni la hacía menos violenta. Casi todos los partos se producían en el suelo o con la detenida encapuchada y atada sobre alguna mesa, siempre rodeada de guardias que contemplaban el espectáculo. Sin embargo, como los bebés eran considerados botín de guerra, en algunos lugares el trato y la cantidad de comida que recibían las embarazadas dependía mucho de su aspecto: se privilegiaba a las que eran jóvenes, bonitas, rubias, con ojos grandes. Porque ellos esperaban que esas mujeres les proporcionaran criaturas hermosas y saludables para retenerlas como propias, para ofrecérselas a sus superiores o para venderlas al mejor precio. Pocas horas después del parto, que podían llegar a dos o tres días, le quitaban el niño a la madre diciendo que iba
a ser entregado a su familia. Y la eliminaban”.

También se elabora el acercamiento a través de la recreación del entorno político y familiar de estos funcionarios del crimen, «mediante los relatos de sus hijos o quienes creyeron serlo y de las opiniones de sus colegas, defensores y cómplices e, incluso, a través de las propias explicaciones de los verdugos». Por último, los autores han intentado recoger «las opiniones de hombres que encarnaron la lucha por la Justicia en situaciones muy difíciles», así como de otros expertos en la materia.

El rigor y el profesionalismo definirían el método de trabajo: «el magistrado no participaría en las entrevistas con personas que estuvieran implicadas o hubieran declarado ante él como testigos en procesos incoados en la Audiencia Nacional. Y tanto la realización del documental como la del libro serían responsabilidad del periodista».

Por otra parte, se habrían de mantener ciertos límites, «respetando los criterios manifestados por las víctimas de la represión». De suerte que no se señala la posición política de los detenidos.

“…excepto cuando supone un dato imprescindible para la comprensión de los hechos o si los propios afectados han querido que se mencionara. Porque ninguna militancia —ni siquiera en organizaciones armadas, guerrilleras o terroristas— puede justificar detenciones y confinamientos ilegales, torturas, asesinatos o desapariciones. Y porque la inocencia de los perseguidos tampoco determinaba su supervivencia”.

En contra del sensacionalismo, los autores no intentaron forzar los testimonios, interrumpir sus silencios. No se trataba, pues, de «elaborar un exhaustivo catálogo de la barbarie», sino «tan sólo ofrecer unas muestras» de la inabarcable realidad que vivieron «miles de secuestrados por hombres armados sin identificar, cuyo último rastro se perdió en un cuartel o una comisaría de policía.» No por ello resultó menos arduo «seleccionar unas decenas de sobrevivientes del horror que aportaran relatos significativos sobre sus verdugos, entre centenares de candidatos posibles cuyas experiencias han sido recogidas y publicadas por distintas entidades de derechos humanos» en Argentina.

Y es que se trata, principalmente, de testimonios acerca de la dictadura argentina, aunque por primera vez se publica el testimonio de un técnico aeronáutico chileno que confiesa haber colaborado en los vuelos de la muerte en Argentina. Pero, como señala Saramago en el Prólogo a El alma de los verdugos, el General Videla (por nombrar nada más a aquel que afirmaba que en Argentina «van a tener que morir todas las personas que sean necesarias (sic) para lograr la seguridad del país») ha sido sólo «uno de los más detestables protagonistas» pero, precisamente, no el único «de la sangrienta y por lo visto infinita historia de la tortura y del asesinato en el mundo».


LOS AUTORES
VICENTE ROMERO es uno de los nombres destacados del periodismo español. Desde la guerra de Vietnam a la de Irak ha asistido a los principales acontecimientos de las últimas décadas. Sus reportajes como enviado especial de TVE le han valido, entre otros galardones, el Ondas Internacional, el Víctor de la Serna, el Cirilo Rodríguez, el premio del Club Internacional de Prensa y una Medalla Mundial del Festival de Nueva York. Por su labor comprometida ha recibido un premio especial del UNICEF y el de la Asociación de Derechos Humanos de España. Es autor de Palabras que se llevó el viento, Donde anidan los ángeles, Misioneros en los infiernos, Del corazón de África al Amazonas, Pol Pot, el último verdugo. Viaje al genocidio de Camboya y Joyas del cine mudo, además de las novelas Los placeres de La Habana y El miedo es un camello ciego.

BALTASAR GARZÓN es magistrado-juez de la Audiencia Nacional con competencia en delitos de terrorismo, crímenes de genocidio y lesa humanidad, narcotráfico y blanqueo de dinero, crimen organizado y delincuencia económico-financiera. Ha sido pionero en la aplicación del principio de la justicia penal universal, lo que se ha reflejado principalmente en los procesos relativos a las dictaduras argentina y chilena. Ordenó el arresto internacional de varios miembros de las juntas militares argentinas y de Pinochet en Londres. Es profesor asociado de Derecho Penal en la Universidad Complutense de Madrid y doctor honoris causa por 21 universidades del mundo. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el premio de la Asociación de Derechos Humanos de España. Entre sus libros cabe destacar Cuento de Navidad. Es posible un mundo diferente y Un mundo sin miedo. Desarrolla diversas actividades con organizaciones no gubernamentales en apoyo de las comunidades indígenas de América Latina y en contra del tráfico y el consumo de drogas.

LOS CAPÍTULOS DEL LIBRO:
El alma de los verdugos libro está dividido en varias partes, que a su vez se subdividen en capítulos.

I. QUEDA LA AMARGURA
“Envejecidas, con sus rostros surcados por las arrugas de un viejo dolor jamás mitigado y sus andares siempre más lentos pero nunca vacilantes, un puñado de aquellas mujeres que la dictadura llamó despectivamente las locas sigue dando vueltas a la pequeña pirámide que se alza frente a la Casa de Gobierno. Treinta años después de haberse echado a la calle para reclamar la aparición de sus hijos secuestrados por los sicarios de la Junta Militar, ancianas ya, continúan dándose cita cada jueves por la tarde en la plaza de Mayo para exigir una justicia que aún está por hacerse…”.

Puesta en antecedentes: de los últimos momentos de Perón a los primeros de Isabelita. El desprestigio de la ‘democracia’ y la contribución negativa de la prensa internacional. ¿Por qué se recurrió al terror? «Primero mataremos a los subversivos; después, a sus colaboradores; después, a sus simpatizantes; después, a los que permanezcan indiferentes; y finalmente, a los tímidos.» La cobardía como motor de los verdugos, gente común y corriente, que actúa en la clandestinidad como delincuentes. La corrupción y el enriquecimiento de los verdugos. «El terror garantizaba la paz social imprescindible para aplicar los designios de los grandes grupos capitalistas». El pacto de Alfonsín con los militares para olvidar lo ocurrido una vez acabada la dictadura.

La ‘primera’ víctima, Hipólito Solari Irigoyen. Ricardo Monner Sans, abogado de las perseguidos: la complicidad o incluso la coordinación internacional, El plan Cóndor y los intereses norteamericanos. Horacio Verbitsky, Presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales y periodista: la ficción de que las dictaduras se enfrentan a una guerra interna con el enemigo subversivo. José Luis Álvarez Fermosel, decano de los corresponsales extranjeros en Buenos Aires: la censura. Dionisia López Amado: de la guerra Civil española a la masacre argentina: «esto no fue una guerra civil ni una guerra, como afirman los militares». Leticia Baibiene: «los desaparecidos son de todos». Mirta Baravalle, de las Madres de la Plaza de Mayo Línea Fundadora: «Es un error creer que se puede negar y ocultar todo». Hebe de Bonafini, Presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo: el origen del grupo en el intento de entregar una carta a Videla, «cuando los jueces decían “No hay desaparecidos, ustedes los han inventado”». Nora Cortiñas, presidenta de la Línea Fundadora de Madres de Plaza de Mayo desde 1986: la escisión del movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo. Cecilia Fernández de Viñas: «El hijo de Cecilia Viñas y Hugo Penino ha preferido mantenerse fiel al criminal que lo secuestró sin importarle las evidencias de los crímenes que había cometido.»


II. LA CRUELDAD DE LOS VERDUGOS
«El terrorista no sólo es considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por activarlas a través de ideas contrarias a nuestra civilización occidental y cristiana.»

General Jorge Rafael Videla, en rueda de prensa el 18 de diciembre de 1977

Los genocidas del Cono Sur parecían orgullosos de emular a las SS. Algunos adoptaron apodos tan significativos como Himler. Pablo Díaz cuenta que los pistoleros del campo de Arana le gritaban a un detenido: «Judío, vas a conocer lo que es Auschwitz; te vamos a hacer jabón, porque el general no quiere a los judíos.»

Baltasar Garzón y Vicente Romero, El alma de los verdugos

Tan sólo unos pocos centenares de la casi totalidad de las fuerzas armadas han sido acusados, perseguidos y aún esperan juicio y castigo. Las cárceles secretas y los lugares de exterminio. La imposibilidad de mantenerse en el ejército o en la policía sin participar. El sistema de fragmentación de responsabilidades como método para facilitar la obediencia y limitar el impacto de los actos moralmente condenables sobre las conciencias individuales de sus ejecutores, que así podían considerarse simples funcionarios. Los primeros testimonios de supervivientes. Las torturas. Encuentro con Eduardo Galeano. «No se tortura para obtener información, sino para sembrar el miedo.» Margarita Cruz de Monteros, torturada: «Los verdugos son seres humanos como cualquiera de nosotros, pero con una concepción muy clara de aniquilar a otro ser humano.» Nilda Eloy, encargada durante su secuestro de descarnar y limpiar osamentas para uso militar (envíos con cartas obscenas a las familias de desaparecidos): «Los verdugos no violaban a las prisioneras cumpliendo órdenes.» Cristina Muro: «Tenían a mi bebé agarrado por los pies, desnudo, colgado cabeza abajo.» Walter Docters: «Los verdugos son los animales físicamente más parecidos a los seres humanos.» Thelma Jara de Cabezas, defensora internacional de los derechos humanos durante los peores años de la dictadura: «Mi torturador se reía.» Osvaldo Barros, dirigente del gremio de trabajadores docentes, secuestrado durante ocho meses: «eran absolutamente conscientes de lo que hacían, y creían que estaban obrando bien.» Adriana Calvo de Laborde, dio a luz una niña a bordo de un vehículo policial cuando era conducida de un centro de detención clandestino a otro: «los bebés eran considerados parte del botín de guerra.»


III. LA PERVERSIÓN DE LOS VERDUGOS

«Primero mataremos a los subversivos; después, a sus colaboradores; después, a sus simpatizantes; después, a los que permanezcan indiferentes; y finalmente, a los tímidos.»

General Ibérico Saint Jean, gobernador de Buenos Aires

«La pretensión de ser dioses fue algo más que una figura literaria adecuada para describir a los verdugos. Formó parte de su mentalidad como una perversión esencial, determinante de muchas de sus actuaciones más allá del absurdo. Uno de los más conocidos centros
clandestinos de detención recibió el nombre de El Olimpo porque sus administradores consideraban que era «la morada de los dioses».

Baltasar Garzón y Vicente Romero, El alma de los verdugos

La perturbadora mecánica del deseo dentro de las cárceles. Carlos Lordkipanidse: «en la ESMA torturaron a mi hijo de 20 días». Enrique Mario Fukman: «no estoy de acuerdo con el planteamiento de que los militares argentinos eran sádicos, maniáticos y locos. Era gente que sabía perfectamente lo que estaba haciendo». Andrea Bello, presa ‘recuperada’: «No puedo comprender cómo eran capaces de hacerle una caricia a su mujer o a sus hijos con la misma mano con la que habían torturado y matado» Victor Basterra: «Víctimas y verdugos celebramos la Navidad de 1979 con un almuerzo en la sala de torturas.» Pablo Díaz: a propósito de La noche de los lápices. Emilce Moler, otra superviviente de La noche de los lápices: «La gran pregunta es por qué unos sobrevivimos y otros no.» Miriam Lewin: «Los torturadores pasaban muy poco tiempo con sus familias; preferían estar con las prisioneras.» Munú Actis: «Los mismos que nos torturaban durante el día nos sacaban a cenar por las noches.» Ana Testa: «Yo negocié mi sonrisa a cambio de mi vida.»


IV. LOS VERDUGOS EN SUS MADRIGUERAS
«Es muy poco lo que se sabe de la vida privada de los verdugos. Sus amigos y abogados suelen definirlos como «buenos padres de familia» cada vez que tratan de esgrimir cualidades morales para defenderlos. Pero los únicos que podrían explicar cómo se comportan realmente en la intimidad de sus hogares, callan. (…) Ana Rita Vagliati, hija de un reputado torturador, (…) renunció a su apellido porque llevarlo le producía «dolor y vergüenza» (…) Sólo han contado sus dramáticas experiencias los hijos robados [que] crecieron en el seno de familias escogidas por los centuriones, cuando no creyéndose hijos de responsables o cómplices de la desaparición de sus auténticos padres. Fueron cerca de medio millar las criaturas secuestradas y muy pocas las adoptadas de buena fe tras haber sido depositadas en orfanatos (…) Hasta ahora, sólo 88 han sido localizados. (…) Era un secreto a voces (…) Tanto que Rubén Pablo Cueva, antiguo director de Asuntos Jurídicos de Mercedes Benz en Argentina, no dudó en admitir que la multinacional alemana había donado “un aparato para neonatología” al hospital de Campo de Mayo.»
Baltasar Garzón y Vicente Romero, El alma de los verdugos.

Ana Rita Vagliati: «Toda mi vida me pregunté cómo mi papá podía acariciarme después de torturar a alguien.» Chicha Mariana y Elsa Pavón, «dos mujeres extraordinarias», dedicadas a buscar a los hijos de los desaparecidos. Paula Logares «En algún lugar de mi conciencia, yo sabía que no eran mis padres.»


V. LA PATOLOGÍA DE LOS VERDUGOS
«En el nombre de Dios se secuestró, se violó, se asesinó, se hizo desaparecer a los detenidos, se negó a sus familiares la posibilidad de hacer duelo y rezar por los muertos, se arrancó a los recién nacidos de los brazos de sus madres y se les robó la identidad para entregarlos a matrimonios que les garantizaran una educación cristiana.»

«Al anochecer del 23 de marzo de 1976, pocas horas antes de que las Fuerzas Armadas argentinas tomaran el poder, el general Videla y el brigadier Agosti, como jefes del Ejército y de la Fuerza Aérea, se entrevistaron en la sede del Vicariato Castrense con el prelado titular, monseñor Adolfo Servando Tortolo, y su provicario, monseñor Victorio Bonamín, para confirmar la bendición episcopal al golpe de Estado que ya estaba en marcha. Fue una formalidad, porque el nihil obstat eclesiástico estaba otorgado desde meses antes, y refrendado cuando la Iglesia manifestó inequívocamente su apoyo institucional a las tácticas más abyectas de represión, estrenadas en el curso del Operativo Independencia frente a la guerrilla del ERP en Tucumán, con beneplácito del gobierno constitucional. Ya en septiembre de 1975, monseñor Bonamín había declarado solemnemente que «cuando hay derramamiento de sangre, hay redención; Dios está redimiendo, mediante el Ejército argentino, a la nación argentina».

Baltasar Garzón y Vicente Romero, El alma de los verdugos

La obsesión religiosa como principal patología de unas Fuerzas Armadas iluminadas por la fe y respaldadas en su accionar por los obispos. Julio César Strassera, fiscal del juicio a las Juntas Militares en 1985: «el principal antecedente de lo ocurrido aquí se encuentra en la Alemania nazi.» Coronel Horacio Ballester, Presidente del Centro de Militares para la Democracia Argentina: «Algunos se suicidaron, otros están en institutos psiquiátricos, y otros se dedican a la religión con tanto fanatismo que en vez de comulgar comen hostias.» «Fueron realmente muy pocos los que se resistieron a aceptar esas prácticas y han sido también muy pocos los que después se han arrepentido.» Augusto Rattenbach, integrante del núcleo fundador del CEMIDA: «Hubo militares que cumplieron aquellas órdenes terribles con pasión y con alegría»; «No olvide que las Fuerzas Armadas eran teóricamente católicas y el enemigo doctrinario más importante a combatir era el marxismo. La cosa estaba formulada así. Eran los buenos contra los malos.» Horacio Verbitsky, periodista: «Los capellanes castrenses llegaron a participar en ejecuciones de prisioneros.» Monseñor Justo Laguna, una de las figuras más polémicas del episcopado argentino: «Hubo un general que comparó a la Junta Militar con la Santísima Trinidad.» Padre Guillermo Marcó, párroco de la iglesia de San Lucas: «Hay personajes en la Historia que desde un punto de vista fueron asesinos y desde otro punto de vista fueron héroes.» Fray Antonio Puigjané, «uno de los más señalados representantes de es otra iglesia minoritaria en Argentina»: «En la Iglesia nos portamos como cómplices del horror.» Encuentro con Leopoldo Schiffrin, juez federal, Hugo Cañón, fiscal de Bahía Blanca y el juez Juan Ramos Padilla. «La tentación del psiquiatra», Tato Pavlovsky califica de vergonzoso el absentismo que mantuvieron los profesionales de la psicología y la psiquiatría «con una solidaridad corporativa.» Por otra parte, «millones de argentinos vivieron la dictadura con indiferencia.» Los uruguayos Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, presos durante once años: hay que resistirse a «considerar enfermos a aquellos que se ensañaron más en las torturas, adscribiéndoles entonces un diagnóstico psiquiátrico, porque sería limitar la cuestión a grados de patología individual. La metodología que usó el Ejército fue hacer participar a todos.» Norberto Liwski, médico pediatra, víctima de tortura, activista de los derechos humanos: «Lo que marca el comportamiento de estos criminales es que la sociedad y las instituciones lo legitimen». Emilio Montilla, psicoanalista y profesor en la Universidad de Buenos Aires: «Un genocida no es un perverso porque tiene un fuerte anclaje político.» Sergio Rodríguez, psicoanalista lacaniano: «Un verdugo me dijo: “Cuando maté al primero me oriné y me cagué encima; después, ya no”».


VI. EL SILENCIO DE LOS VERDUGOS
Los autores directos de la represión se esmeraron en la destrucción de cuantos papeles pudieran servir para incriminarlos. Conocida la rígida mentalidad ordenancista, los hábitos burocráticos y la pasión por la estadística que caracterizan a las instituciones armadas, el volumen alcanzado por el material documental de la represión a lo largo de siete años de dictadura debió de ser enorme. (…) El paso del tiempo no ha servido para desvelar los secretos más sucios de la dictadura. Los verdugos mantienen las bocas cerradas. Se pueden contar con los dedos de una mano los oficiales que han prestado declaración sobre los sistemas atroces de represión que emplearon. Un silencio que, como dice el periodista Horacio Verbitsky, supone «un desafío para la comprensión».

Baltasar Garzón y Vicente Romero, El alma de los verdugos

La otrora Junta Militar continúa guardando un impenetrable secreto sobre sus actos. Comparación con los verdugos chilenos. Teniente coronel Emilio Nanni, «uno de esos escasos militares que no huyen ni se esconden de las preguntas de los periodistas (…)»: «Acá no se hizo más que aplicar una doctrina que preveía todo lo que hoy se está condenando: desde la detención y la tortura hasta eventuales ejecuciones. Podrá resultar inexplicable, podrá resultar atroz, pero todo eso era absolutamente legal.» Luis Patti, policía conocido por sus métodos poco ortodoxos: «Los policías tenían miedo como cualquier persona. Yo tengo que mirar hacia delante, tender la mano hasta a mis denunciantes y construir. En política debemos construir hacia delante». Norberto Cosan, ex cabo de la policía, desde su celda de la moderna prisión de Marcos Paz: «Todos sabíamos que había tortura, todos lo sabíamos. Sería un falsario el que lo negara.» Gonzalo Torres de Tolosa, abogado y uno de los pocos rostros visibles de la trama civil que participó en las tareas más sucias de la represión militar: «No son tantos los desaparecidos; muere más gente por culpa de los accidentes de tráfico.» Adolfo Scilingo, capitán de corbeta retirado cuyo testimonio constituye la denuncia más precisa sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos por la Armada argentina durante la implacable represión que siguió al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976: «La Armada eliminó a 4.000 prisioneros arrojándolos al mar.» «Si yo mismo no me perdono, ¿cómo voy a pretender que me perdonen las víctimas?» Juan Molina, mecánico de helicópteros, hasta ahora el único militar chileno que ha descrito los vuelos de la muerte: «Desde 1973 el Ejército de Chile arrojó centenares de prisioneros al mar (…) Tomé la muerte de mi hijo como un castigo de Dios por haber participado en aquellos vuelos.» Entrevista con el General Ramón J. Camps (1983): «Yo vencí a la subversión en su centro de gravedad, en Buenos Aires. Y me siento orgulloso de ello.»

VII. EL FINAL DE LA IMPUNIDAD
El general uruguayo Óscar Pereira aporta desde posiciones moderadas una de las escasas voces castrenses críticas hacia la actuación de los centuriones del Cono Sur durante los años del terrorismo de Estado. En enero de 2005, tras la publicación de su libro Recuerdos de un soldado oriental del Uruguay, fue sancionado por un tribunal de honor del Ejército uruguayo. Florencio Varela, abogado de 36 altos mandos castrenses, desveló en 2005 la existencia de nueve reglamentos militares secretos que establecían el aniquilamiento físico, la tortura y la ocultación como parte de la metodología oficial. Luis Eduardo Boffi Carri Pérez, abogado: «Se trata de personas dignas, que hicieron un brillante servicio a su patria contra el terrorismo. Desearíamos que ninguno fuera juzgado.» Luis Premolí, Coronel Retirado: «La guerra es siempre un hecho siniestro, violento y fuera de todo contexto moral.» José Pampero, hombre de confianza del presidente Néstor Kirchner: «un gran desafío para nuestro país es adaptar las Fuerzas Armadas a los principios democráticos.» Almirante Jorge Omar Godoy: «Quedarnos anclados en el pasado sería un suicidio.» Carlos Rozanski, juez federal: «No son monstruos, sino seres humanos que no se alejan tanto de la normalidad como para no sentarse en el banquillo.» Debate sobre la justicia universal entre Dolores Delgado y Baltasar Garzón.

EPÍLOGO. EL PASADO QUE VUELVE 
Diálogo rodado en estudio de Torrespaña, con el telón de fondo de la represión en Afganistán e Irak y sobre imágenes de las controvertidas prisiones de Guantánamo o Abu Ghraib: «Ahora mismo continúa habiendo secuestros políticos, cárceles secretas, torturas y desapariciones en otros lugares del planeta.»


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