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Culto en el norte de Etiopía: las iglesias excavadas en la roca de Lalibela

02/05/2015 

Culto en el norte de Etiopía: las iglesias excavadas en la roca de Lalibela

Etiopía, recién salida de una guerra civil que duró 30 años capitaneada por Haile Selassie, es uno de los países más interesantes del Cuerno de África. Hace frontera con Sudán, Yibuti, Eritrea, Somalia y Kenia, y está atravesado de norte a sur por el Gran Valle del Riff. Además crea una zona de depresión que forma la cuenca de diversos lagos, entre los que destaca el inmenso Tana, el más grande e importante de Etiopía, no muy lejos del nacimiento del fascinante Nilo Azul.







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Se trata de un hermoso país lleno de misterio, como nos indica su antiguo nombre "Rostro Quemado", además de ofrecer multitud de maravillas arquitectónicas en las ciudades de Axum y Gondar, al norte del país. Es en Axum donde se encuentra la Iglesia de Tsion Maryam; la primera que se construyó en el continente africano en el siglo IV d.C. La que podemos ver ahora es una reconstrucción que llevó a término el Emperador Fasilidas en el s. XVI, ya que la original fue destruida. También se dice que en esta iglesia se encuentra el Arca de la Alianza, imposible de ver excepto por su actual guardián; única persona viva que puede hacerlo.

Axum fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980. Aunque en un pasado muy lejano (siglos antes del nacimiento de Cristo) fue la capital del imperio aksumita y de una gran civilización, hoy día es una modesta ciudad rural muy tranquila. En ella se encuentran desperdigados los restos de palacios, tumbas, monolitos, estelas e inscripciones. Quizás lo que más sorprende es saber que aún están por excavar la mayor parte de sus restos arqueológicos.

Pocos metros al norte de la Iglesia Tsion Maryam está el campo de monolitos de granito y estelas, que contiene unas 75 de varias formas y tamaños. Alguna llega a los 33 metros de altura (como la estela de Ramhai) aunque en la actualidad yace en el suelo partida en múltiples trozos. Del resto, en pie, la más alta es la Estela de Ezana con una altura de 23 m. Este campo es visible desde fuera del recinto cerrado.


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Sin embargo, si hay algo que llama la atención al que visita por primera vez esta parte del país, son las iglesias excavadas en la roca de Lalibela, situadas un poco más al sur de Axum, cuya secreta construcción aún no ha conseguido ser desentrañada por los estudiosos. Este complejo religioso es Patrimonio de la Humanidad desde hace algunos años, y esta formado por una veintena de pequeñas iglesias cristianas monolíticas, la mayoría de corte ortodoxo. La más bella de todas ellas es, sin lugar a dudas, la Iglesia de San Jorge.


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A 640 kilómetros al norte de su capital Addis Abeba, y a 2.500 metros de altitud, una pequeña localidad llamada Lalibela se despereza cada mañana desde hace siete siglos entre la indiferencia de gran parte del resto del mundo. Nada la hace distinta de otros lugares del país, e incluso de África. Sus mismas calles embarradas, la pobreza que se ve y se respira, la belleza innata de esta zona de Etiopía, a simple vista, justifica que sea meca para millones de viajeros de los cinco continentes. Porque Lalibela es una maravilla. Maravilla de piedra y fe. De roca e incienso. De templos trogloditas y rezos. Once iglesias y un espacio monástico, además de varios sepulcros y otros lugares sagrados, forman una laberíntica ciudad excavada bajo el nivel del suelo en un reducido espacio de siete kilómetros cuadrados.


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Pero Lalibela es también la ciudad santa para los cristianos etíopes, también conocidos como coptos. Cada uno de estos templos fue erigido cincelando la roca de la montaña como si de una escultura de piedra se tratase. Las hay que han sido aprovechadas de las cuevas naturales del macizo donde se levantan, como Bieta Medani Alem. Y también las hay excavadas directamente en la pared de la propia roca, como Bieta Abba Libanos, o las que se encuentran separadas de la roca madre, como Bieta Ghiorghis (iglesia de San Jorge), cuya planta de cruz griega parece surgir desde las mismas entrañas de la tierra.

No es extraño por ello que allá por el siglo XVI el primer europeo que las contempló, el padre Francisco Alvares, capellán de la embajada portuguesa, afirmase en su diario “No quiero escribir más acerca de estas obras, porque me temo que nadie me va a creer, y lo que hasta ahora he escrito dará ya a más de uno motivos suficientes para llamarme mentiroso”. El religioso luso ni mentía ni exageraba porque Lalibela es única, impresionante, desconcertante, prodigiosa, inexplicable, enigmática... ¿Quién la levantó?


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Cuenta una leyenda que, a finales del siglo XII, reinaba en el imperio un soberano al que llamaban Lalibela. También cuenta que ya adulto, su hermano lo envenenó y, fruto de la ponzoña, el monarca cayó en estado de catalepsia. Mientras permanecía postrado, un ángel llevó su alma al cielo y allí pudo observar construcciones maravillosas. Dios se dirigió a él y le pidió que repitiera aquellos edificios en la tierra.

Al cabo de tres días, devolvió su alma al mundo terrenal y lo despertó del letargo en el que había estado sumido. A partir de ese momento, hombres y ángeles, codo con codo, construyeron en pocos días Lalibela, una copia africana de la ciudad de Jerusalén. Es por ello que el ser humano puede estar orgulloso de haber realizado estas construcciones, ya que se trata de monumentos perdurables a la fe en Dios.


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Las notables edificaciones, como se ha dicho, fueron excavadas en roca sólida, en un paisaje áspero que todavía permanece protegido del turismo masificado. Existen una docena de iglesias que se encuentran en la pequeña ciudad de Lalibela, y en sus cercanías, a las que es posible acceder a pie, con mulos o con vehículos todo terreno. La mejor época para visitarlas es durante las grandes celebraciones de la festividad de la Epifanía, conocida aquí con el nombre de Timket.

Aunque Lalibela es única, no es el único lugar donde puede uno encontrar iglesias excavadas en las rocas. En Tigray, cerca de Makele, o Mekelle, al norte de Lalibela, también pueden observarse ejemplos de estos monumentos a la devoción del hombre por Dios.

Mekelle es ahora la principal región de Tigray, la región más norteña de Etiopía. El palacio del emperador Juan IV (1871-1889), ha sido convertido en un museo particularmente interesante, con muchas exhibiciones de su época y de la historia posterior. También es conocido por ser un punto donde se reúnen las caravanas de camellos que traen sal desde las tierras áridas de la Depresión Danakil. Esto hace que el mercado sea también un lugar interesante para visitar.


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La historia, siempre más prosaica, asegura que no fueron ángeles, sino cristianos coptos huidos de un Egipto musulmán que les perseguía, los que plasmaron su arte en las rocas. Sostiene además que tuvieron que dedicar bastante más tiempo del que afirma la leyenda, quizá cerca de un siglo, para terminar el conjunto. Y atestigua que su recóndita ubicación no fue fruto de un designio divino sino que respondía al propósito de ocultar los templos a las incursiones musulmanas, entonces muy frecuentes en estas tierras.

A pesar de esta explicación histórica, aún hoy miles de etíopes siguen dando plena validez al origen milagroso del más espectacular santuario cristiano de África. Miles de etíopes que cada 19 de enero, cuando se celebra la Epifanía etíope, acuden a esta pequeña localidad para participar de la festividad más importante de su religión. Una festividad protagonizada por sacerdotes y monjes vestidos con coloristas túnicas que concluye con un gran bautismo colectivo de fieles vestidos con túnicas blancas.


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Pero, que no crea el viajero que la espectacularidad de la “Jerusalén africana” se reduce sólo a estos días. Basta cruzar el umbral de cualquiera de los templos, recorrer los pasadizos excavados en la roca que unen unas con otras, admirar la belleza de sus multicolores libros sagrados -una especie de Biblias- escuchar los rítmicos cantos litúrgicos para retroceder en el tiempo sea el día que sea del año.

Los suelos siguen cubiertos de paja y ásperas esterillas. El mobiliario es escaso. La luz, mortecina. Y los sacerdotes surgen de la penumbra para dar su bendición al recién llegado con una gran cruz que portan en su mano, algunos con gafas de sol para protegerse del flash de las cámaras fotográficas. Estamos en el África más desconocida e ignorada. Estamos en Lalibela, la “Jerusalén negra”.


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En cuanto a su gastronomía, decir que el plato tradicional etíope es el Wot, una especie de combinación de carnes, pescados, aves de corral, verduras, con pan fermentado sin levadura llamado injera, que se conoce con el nombre de tef y que acostumbra a servirse sazonado con pimientas y otras especias.

Primeramente hay que lavarse las manos en un recipiente que la camarera ofrece a los comensales; posteriormente se come con la mano y se acostumbra a envolver el pan con la carne y otros ingredientes mojándolos en las diferentes salsas. Otro plato muy parecido es el Alicha, pero mucho más suave, a base de cordero o pollo y acompañado de pimiento verde y cebolla.

 

Texto y Fotos:
Rafael Calvete Álvarez de Estrada

 

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:: Pulse para Ampliar :: Huesos humanos en un nicho de la iglesia de St. Jorge
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