Reportajes

Disfrutando con el BMW 520d xDrive Touring, viajando sin destino.

02/02/2017 

Disfrutando con el BMW 520d xDrive Touring, viajando sin destino.

Es cierto que cuando se inicia un viaje el objetivo es ese destino anhelado, pero… ¿y si no fuera así? La rapidez en las comunicaciones entre el punto de salida y el de llegada ha llevado a las personas a borrar de la vivencia ese período de tiempo que une la perspectiva de la realidad, pero no siempre fue así.







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Hubo un tiempo en el que el viaje era lo más emocionante y cada vez más amantes de los viajes se ponen “en camino” para explorar y disfrutar de cada instante, no con el fin de llegar a un destino predeterminado. Recuperar el placer de viajar por viajar se está convirtiendo en una tendencia de consciencia. No importa si el camino es largo o corto. Desconocido o de esos por los que hemos deambulado mil veces sin detenernos en los detalles.

Viajar conscientemente es explorar el terreno, disfrutar de cada detalle del paisaje, apearse para saborear olores, colores o sabores; invertir segundos, minutos e incluso horas en la observación de un lugar sin que el tiempo de llegada a un destino apremie...y cuando esto sucede, de repente, tomamos consciencia de las cosas. De una tierra que se pisa, de un aire que se respira, de un sol que nos acaricia, de un viento que nos hiela la cara...y todo esto igual, pero diferente, uniforme, a lo largo de cientos, miles de kilómetros, salpicados por interesantes detalles naturales o construidos por el hombre. Información, conocimiento, cultura, educación...tolerancia.


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Para esta experiencia de “destino incierto” hemos elegido el BMW 520d xDrive Touring, un familiar que nos permite disfrutar en grupo con toda comodidad y con la máxima seguridad de la conducción, del camino, del paisaje y de sus historias. Su nueva versión con motor modular Diesel 2.0 está dotada de mejoras considerables en cuestión de eficiencia, un efectivo aumento de potencia y, esto último muy interesante, unos niveles de consumo, de emisiones de CO2 y de partículas contaminantes muy aceptables.


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Necesitamos curvas para poner a prueba la versatilidad y respuesta de esta máquina de casi cinco metros de largo. Así que ponemos rumbo hacia el Pirineo Aragonés desde Huesca, por el puerto de Santa Bárbara, que nos llevará a la encrucijada de Puente La Reina. Allí decidiremos si enfilamos hacia Pamplona, hacia los Valles de Hecho y Oza; o nos decantaremos por el camino a Jaca. No importa. Buscamos la experiencia en cada metro de unos 74 kilómetros.

Riglos y sus “Mallos”, situados allí, según la leyenda, por “la Giganta hiladora”, que un día decidió esconderse tras ellos para evitar las burlas de los lugareños. El río Gállego, que se hace más bravo justo en el punto donde la provincia de Zaragoza se inmiscuye en territorio oscense justo a la altura de Murillo de Gállego, punto de partida para los enamorados del deporte de aventura. Ayerbe, villa orgullosa de que un ilustre como Don Santiago Ramón y Cajal viviera allí unos años y también de sus famosas “tortas” de la panadería Ascaso; de su palacio; de la Torre del Reloj; o de sus ermitas e iglesias.

El Castillo de Loarre merece salirse del tortuoso trayecto. Se trata de una fortaleza militar del s.XI por donde, según las leyendas del misterio, se pasea todavía Doña Violante, sobrina del Papa Luna; y también el Conde Don Julián, responsable, dicen las habladurías populares, de que los musulmanes entraran en la península Ibérica.


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La belleza y los contrastes de luz del paisaje prepirenaico van dando forma, poco a poco, a la alta montaña en el Valle de Oza, allí donde las vacas toman el sol invernal entre un paisaje escarchado y los percherones campan a sus anchas. Paz. Luz. Naturaleza. Es espléndida la oferta de turismo rural en esta zona del Pirineo más occidental, colindante con Francia y con Navarra.

Nos quedaríamos en ese paraíso, pero este no es un viaje-destino. Es otra cosa. Buscamos movimiento, impactos visuales, sensaciones diferentes a cada instante... disfrutar del eclecticismo de un paisaje diverso. Y por qué no decirlo, de la conducción. Así que volvemos sobre nuestros pasos y ponemos rumbo hacia Lérida, esta vez por Jaca, donde el campo y sus pequeños pueblos se esconden en invierno tras una niebla heladora y fantasmal. Las sensaciones son oníricas y el tiempo parece que se detienen en un mismo fotograma.


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De repente, una llamada telefónica. “Os esperamos a comer en Sitges”.

En el restaurante La Bocana su propietaria, Francina Llacer, es una auténtica anfitriona y relaciones públicas de esas que ofrecen ágapes de calidad y largas sobremesas que reparan el carácter y recuperan el humor. Nunca acepta un no por respuesta. Este si se convertirá en nuestro destino final. Llegamos a la Bocana con muchos detalles que contar y recomendando a todos nuestra experiencia. ¿Viajar sin un destino? Sí. Solo por el placer de viajar. Viviendo conscientemente cada detalle de casa segundo. ¿O nos lo vamos a perder?

firma Gema Castellano

Gema Castellano
@GemaCastellano

 

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:: Pulse para Ampliar :: El río Gállego, a su paso por Murillo, es conocido por sus actividades deportivas de riesgo
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