Algunos -pobres ignorantes que vagabundean por el excéntrico y frívolo mundo de la moda intentando llamar la atención- aseguran que está acabado, pero lo cierto es que el “Kaiser” manda más que nuca desde Rue Cambon. Karl Lagerfeld es a Chanel lo que las perlas a Coco, el espíritu de un estilo inimitable que ha viajado por el tiempo sin alterarse ni un ápice.
Y todo gracias a este polifacético modisto de Hamburgo que ha conseguido -a pesar de reivindicar su independencia colaborando con firmas como Chloé o Fendi, creando su propia marca de moda en los ´80 o incluso atreviéndose con una colección “low-cost” titulada “Karl Collection”, un conjunto de 100 piezas de precio asequible que se comercializarán en Net-a-Porter a partir del 25 de enero de 2012 y en karllagerfeld.com desde el 28 de febrero- mantener viva a Coco Chanel en un tiempo en el que el lujo es gestionado por los financieros y las grandes firmas destronan a los divos de la creatividad, con el objetivo de poner al frente del diseño a talentos de bajo perfil facilmente sustituibles.
Chez Chanel esto es imposible. Porque si creyéramos en múltiples existencias, seríamos capaces de asegurar que el espíritu indomable de Gabrielle Chanel se ha reencarnado en Karl Lagerfeld, con el pretencioso y testarudo objetivo de llevar su estilo revolucionario, único, simple y tremendamente elegante, hasta el confín de los tiempos. No se dejen llevar por las apariencias y las opiniones de unas biografías noveladas que presentan a una Madame Chanel amable y complaciente. Coco -diminutivo de “cocotte”, según sus biógrafos más fiables, que significa “mantenida”- era una recalcitrante snob; comportamiento que interiorizó hasta la exageración en un intento de igualarse a la alta alcurnia, además de caprichosa, déspota, perfeccionista e impertinente. En definitiva, un auténtico genio.
Poseía ese espíritu contradictorio, resentido y rebelde que obliga a ciertos seres superdotados a revolucionar el mundo porque les parece vulgar y estúpido, a sembrar el caos porque de éste surge la perfección. La obsesión de Coco Chanel era imponer siempre su criterio y liberar a la mujer de una seducción ligada a la incomodidad y a la falta de libertad a las que obligaban los diseños casi teatrales de Paul Poiret; y se aferró al punto -tejido que usaban los soldados bajo los uniformes- al que enriqueció con enormes collares de perlas y cubrió con sus exclusivas chaquetas de “tweed”. Una auténtica revolución que las mujeres aceptaron de buen grado, porque les permitía mantener un estilo impecable en una época de restricciones. Consiguió que vistieran como ella, pero no que pensaran como ella. Una incomprendida.
Los hombres más mundanos, sofisticados e ilustrados, entre los que se encontraban el Duque de Westminster, Arthur Capel, Etienne Balsan o el mismísimo Duque de Windsor, la admiraron y la amaron; pero ninguno de ellos se atrevió a proponerle compartir sus vidas. Frecuentó a Picasso, a Dalí, a Cocteau, a Stravinsky...; incluso fue amante del escultor español Apel.les Fenosa en París. Vivió una existencia de una riqueza experiencial impensable para una mujer de su época, pero jamás se le endulzó el carácter. Coco Chanel nunca aceptó la vulgaridad y Karl Lagerfeld la comprende mejor que nadie porque siente como ella y lo atormentan los mismos demonios.
El alemán ha conseguido perpetuar la identidad de la marca entendiendo a Coco como si fueran almas gemelas; recreando una y otra vez las características físicas o psicológicas de la fundadora a través de musas como Inés de la Fressange o Carolina de Mónaco y manteniéndola viva en cada una de las colecciones que presenta. Karl es intocable chez Chanel, le pese a quién le pese; porque él es Coco.
Y nadie en “La Maison” desea que esa esencia se pierda, porque eso significaría asesinar la identidad de la marca como ha ocurrido en otras. 'La Passeggiata' -una exposición efímera que enfatiza en los materiales, en los símbolos, en las figuras, el los códigos y en los objetos creados por Chanel a lo largo de su historia- propone vivir la “experiencia Chanel” a través de un recorrido onírico por la historia de la marca; con el objetivo de que los clientes la entiendan como una filosofía de vida. Como un universo sublime de creatividad, belleza, elegancia y refinamiento. Tras haberse visto en el Palazzo Morando de Milán la instalación ha venido a Barcelona -al Palacio Dalmases- y aunque Karl Lagerfeld nunca llegó, su presencia era evidente en la esencia de todos los objetos.
Gema Castellano
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