Los designios del Señor son tan inescrutables que nadie se explica como esta pequeña pedanía de Molina de Segura (Murcia) ha dado más siervos a la Iglesia que la capital de la región y, posiblemente, que la mayoría de ciudades españolas. Es extraña la familia que no cuenta con un par de familiares religiosos: "Más o menos salimos a un cura y una monja por familia", dice Maruja, sobrina de Consuelo Martínez, la misionera murciana de Ribera de Molina que estos días ha estado incomunicada en Timor.
Pero es que lo difícil sería no encontrar a un misionero de Molina en cualquier lugar del mundo. En la actualidad, hay más de una docena desperdigados entre América Latina y África.
De los 1.500 vecinos censados en Ribera de Molina, se calcula que más de 150 son religiosos. Y el alarde de vocaciones que no para: "El próximo está a punto de dar misa, y tenemos a dos jóvenes preparándose en el seminario", dice orgulloso el párroco de la pedanía, Ginés Ortín García, que debe ser la envidia de decenas de sacerdotes con poco que rascar entre su feligresía. Devotos no le faltan. La iglesia suele estar de bote en bote. Cuando más se nota el nivel es en las misas de diario, a las que acuden muchos más fieles que en cualquier otro municipio.
