Según el informe elaborado por el director de la revista World Watch, José
Santamarta, que recoge Canal Solidario, «las tendencias no son muy
alentadoras» en cuanto al potencial de la biotecnología para alimentar a la
población mundial. El problema del hambre, que afecta actualmente a casi 850
millones de personas, no es, según este informe, un problema de falta de
alimentos, sino de distribución desigual de los existentes.
«Las plantas transgénicas están hechas para dar beneficios a las cuatro
multinacionales que las fabrican y no para alimentar a los pobres del
mundo», añade Santamarta, apuntando que «pretender adornar» esta realidad
monopolítisca con «supuesto altruismo» no es sino «uno de los mayores
escarnios contemporáneos».
Desde que en 1983 se creó la primera planta transgénica, este tipo de
cultivos ha ido en aumento, impulsado por las multinacionales que abarcan el
mercado: Monsanto controla el 80 por ciento, le sigue Aventis con un 7 por
ciento, Sygenta (Novartis) con el 5 por ciento, BASF con la misma cantidad y
DuPont con un 3 por ciento del mercado transgénico.
Estas empresas controlan el mercado y venden las semillas en ‘paquetes
tecnológicos’ que incluyen la semilla y el herbicida al que son resistentes.
«El rápido lanzamiento de los cultivos transgénicos –señala el documento–
es muy parecido al del DDT y a las centrales nucleares», por ejemplo en que
aún no se conocen realmente sus consecuencias para el Medio Ambiente y la
salud humana.
‘World Watch’ estima que los consumidores «pueden y deben rechazar» los OGM,
por razones de salud, de calidad de los alimentos y medioambientales –en
especial la pérdida de la biodiversidad– «y de los riesgos políticos y
económicos que derivarían de poner la alimentación en manos de cinco grandes
multinacionales».
Santamarta señala que los transgénicos tendrán «consecuencias mucho más
graves y prolongadas» que los plaguicidas tóxicos» y que de hecho
constituyen «el último eslabón de un modelo insostenible, que empobrece a
los agricultores y perjudica a los consumidores, beneficiando sólo a unas
pocas empresas multinacionales, con un enorme poder de manipulación e
influencia sobre algunos Gobiernos».
Las plantas transgénicas que más se cultivan son la soja, con 41 millones de
hectáreas (61 por ciento del total de cultivos de soja en el mundo), seguida
por el maíz, con 15 millones de hectáreas (23 por ciento del cultivo total
mundial). El resto de plantas que se cultivan, en menor cantidad, son el
algodón, con un 11 por ciento del total, y la colza, que representa un 5 por
ciento de los cultivos.
Los transgénicos se producen actualmente en 18 países de todo el mundo,
Estados Unidos — el mayor productor con un 63 por ciento del total–,
Argentina (21 por ciento), Canadá (6 por ciento), China (4 por ciento),
Brasil (4 por ciento) y Sudáfrica (1 por ciento) copan el 99 por ciento del
mercado. El 1 por ciento restante se produce en Alemania, Rumanía, Bulgaria,
España, Australia, México, Argentina, Uruguay, Honduras, Filipinas, Colombia
e India.
Respecto a los datos de España, el informe señala que fue el único país
europeo que en 2003 sembró una cantidad importante con cultivos de este
tipo, con un total de 32.000 hectáreas de maíz, cifra que supuso un aumento
de un 33 por ciento en el pasado año respecto a los datos de 2002. No
obstante, según una resolución del Parlamento Europeo, deberá dejar de
cultivarlos.
La siembra de estos cultivos ha aumentado durante 2003, como demuestran los
ejemplos de nuevos países que se han incorporado a este tipo de agricultura,
como Filipinas y Brasil, que sembraron transgénicos por primera vez, además
del aumento generalizado de las extensiones sembradas en los países que ya
lo hacían. En 2003 se alcanzaron 67,7 millones de hectáreas, lo que supuso
un crecimiento del 15 por ciento respecto al año anterior.
El estudio recuerda que existen dos tipos de OGM que han conseguido
sustituir el uso de los productos químicos habituales, como insecticidas y
herbicidas. Una de las variantes son las plantas resistentes a los
herbicidas (sólo al fabricado por la misma empresa que comercializa la
semilla).
En cambio, otras plantas incluyen el llamado Bt (‘bacillus thuringiensis’),
manipuladas para producir una toxina contra los insectos (es decir, llevan
el insecticida incorporado de manera que no es necesario aplicarlo sobre el
cultivo).
En el estudio, Santamarta indica que el uso de los resistentes a herbicidas
(y también los cultivos Bt), producen, a largo plazo, resistencia en la
enfermedad –como ocurre con los antibióticos utilizados en exceso–,
dependencia de estos productos y posibles daños al Medio Ambiente, ya que
son sustancias tóxicas para el suelo, las aguas e incluso pueden actuar
sobre las personas y los animales.
Las semillas de este tipo de biotecnología están patentadas, aunque hasta
hace poco los agricultores podían comprarlas y usarlas después en sus
propios cultivos, pero las leyes de patentes han ilegalizado esta actividad,
y el agricultor paga por usar una vez la semilla.
La multinacionales se justifican señalando que debe preservarse la propiedad
intelectual para que la industria consiga beneficios. Pero esto crea, según
el informe, un «neofeudalismo», que hace que los agricultores dependan de
las multinacionales que les venden las semillas y su correspondiente
herbicida, que además después les compran los productos a un bajo precio.
Esto produce un control de las empresas sobre la industria alimentaria.
Además, estas empresas exigen a los agricultores que firmen ‘contrato de
semillas’, en el que indican el tipo de pesticida que este puede utilizar.
‘World Watch’, publicación mundial que cubre cuestiones como el cambio
climático, la deforestación, la pobreza, la producción de alimentos o los
recursos hidrológicos, señala que la solución está en la agricultura
ecológica, una modalidad totalmente sostenible que combina la mezcla de
cultivos sin uso de herbicidas ni abonos químicos.
