Hace casi quince años, cuando aun llegaba a Argentina (el pueblo) el Ferrocarril Mitre (aún llega, pero solo las vías), llegó un día de junio de 1990 un tren carguero procedente de Buenos Aires. Dejó allí, en la estación, un misterioso cargamento de bolsas plásticas que según los transportistas contenían alimento balanceado en mal estado. Enterradas en las proximidades de la estación, el olor pronto confesó el verdadero contenido: eran nada menos que 30 toneladas de gamexane, una poderosa combinación de plaguicidas altamente tóxica. Pronto comenzaron los reclamos -y la verdad sea dicha, y nos incluimos- tardaron mucho en hacerse oír lo suficiente como para que se buscase una solución acorde con la dimensión del escándalo ambiental. Le toco el turno a la actual autoridad ambiental de la Nación. El ingeniero Merenson en persona viajó a Argentina y según se anuncia el tóxico pronto será embarcado para su destrucción en Alemania.
Mas allá de lo anecdótico, el azar de los sinónimos nos lleva a reflexionar sobre nuestros «tiempos» medioambientales. En la Argentina, el país, esta problemática nunca fue prioritaria, mas allá de algún discurso de circunstancia y el tesón de algún funcionario del sector empeñado en darse la cabeza contra la pared de la indiferencia de los que deciden un escalón mas arriba. Léase por ejemplo una Secretaría progresivamente desmembrada y subalternizada en la grilla del poder público. Tal vez, en la Argentina, el pequeño pueblo santiagueño, pueda empezar a escribirse otra historia y que esta fecha, algún día, pueda llegar a ser ambientalmente emblemática.
Termino con dos interrogantes: uno, ¿quién es, o era, el «dueño» del gamexane?, y dos: ¿podía tratarse el tóxico en Argentina, existe tecnología suficiente? La historia continúa.
Jorge Sánchez Arana
