«Yo me vine para este barrio porque el 19 de noviembre de 1994 unos hombres vestidos con uniformes como los que usa el Ejército se nos presentaron a la finquita, le hicieron unas preguntas a mi esposo, lo aporrearon, se lo llevaron amarrado. Mi hija, desesperada, gritaba y lloraba como una loca que no le fueran a matar a su papá. Menos mal que no estábamos sino la niña menor, ella y yo. El otro día lo encontré muerto, en un lugar que quedaba por ahí, a tres horas de camino».
Como esta mujer, hasta 1995 existían al menos 341.204 mujeres desplazadas por el conflicto armado en el campo colombiano, que representaban el 58.2% del total de desplazados en el país.
La ley 387/97 establece que » es desplazado toda persona que se ha visto forzada a migrar dentro del territorio nacional abandonando su localidad de residencia o actividades económicas habituales, porque su vida, su integridad física o libertad ha sido vulnerada o se encuentran amenazadas con ocasión de cualquiera de las siguientes situaciones causadas por el hombre: conflicto armado interno, disturbios y tensiones interiores, violencia generalizada, violaciones masivas a los derechos humanos, infracciones al Derecho Internacional Humanitario u otras circunstancias emanadas de las situaciones anteriores que puedan alterar o alteren dr sticamente el orden poblico «.
El drama de la mujer desplazada apenas acaba de empezar en el momento en que la despojan de su tierra, de sus familiares m s queridos, y de su manera de vivir. Ahora tiene que volver a empezar. ¨Qu’ les espera? ¨Cu les son las consecuencias sociales de su desplazamiento forzado? Estas son preguntas que tenemos que comenzar a plantearnos. Pues mientras que los barrios marginales de las ciudades se siguen llenando de desplazados, las mujeres callan y alzan la cabeza para poder levantar a las familias. Ellas son las v¡ctimas silenciosas de la violencia.
«Ellos me dijeron a m¡ que no me quedara en casa, que me fuera de ah¡ donde yo viv¡a. Me dijeron: ‘Se_ora, usted de aqu¡ se va’, entonces yo cre¡a que me iban a prender la casa entonces yo les dije: ‘all en aquella pieza tengo unas ni_as’. Ellos me dijeron: ‘no, aqu¡ no se queda, usted aqu¡ no vive m s’, entonces yo tuve que recoger mis trapitos e irme para otra casa vecina».
La mujer desplazada: las cifras
En su reporte de 1994, el Secretario General Representante de las personas desplazadas internamente para las Naciones Unidas, dijo: «las mujeres, en su papel de madres, han sido afectadas particularmente por la violencia y la situaci¢n econ¢micamente adversa de los lugares a los que llegan. La situaci¢n de un gran nomero de viudas deber¡a ser de preocupaci¢n para este cuerpo».
En 1995, un informe de la secci¢n de Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Colombiana calculaba que exist¡an, en promedio, 586.261 desplazados, que equival¡an al 2% de la poblaci¢n total colombiana censada en 1993. Las mujeres representaban el 58.2% de esa cifra: una cuarta parte ahora eran las cabezas de sus familias. La mitad de ellas ahora viv¡an en inquilinatos y tugurios, y el 39% hab¡an dejado atr s a los cad veres de sus esposos o de sus hijos.
«Yo lo que quiero es que me digan si el compa_ero m¡o est vivo o est muerto. Que me lleven a donde est el. Cinco hijos y yo soy una mujer sola. Estar¡a muy agradecida de que me dijeran est vivo, est muerto…»
El recrudecimiento de la guerra en los oltimos dos a_os y la presencia cada vez mayor de grupos paramilitares han disparado las cifras de desplazados en el pa¡s. La Consultor¡a para los Derechos Humanos y el Desplazamiento CODHES dice: «desde 1985 a la fecha, se estima que en Colombia se han desplazado alrededor de un mill¢n quinientas mil personas en desarrollo de una din mica que sugiere la degradaci¢n del conflicto armado interno y una cr¡tica situaci¢n humanitaria». Y tan s¢lo en el a_o de 1999, la Defensor¡a del Pueblo estima que se sumaron 276.479 personas desplazadas, que equivalen aproximadamente a seis hogares desplazados cada hora.
«Vivir arrimada es terrible, aqu¡ todo es diferente» : lo que les espera.
«Yo no lloraba porque no quer¡a que mis hijos me vieran llorar. Yo todo lo tom’ a lo bravo, como a soportar. Y otra cosa, yo siendo una mujer campesina, que no hab¡a tenido un estudio, no pod¡a conseguir un trabajo porque mis hijos estaban tan peque_os y estaba en embarazo. La cultura que nosotros ten¡amos fue maltratada, nuestras costumbres. All en el campo, los ni_os ayudaban en el trabajo en muchas cosas, ellos tempranito estaban afuera. Ac no, los ni_os se sienten ociosos porque no hay nada que hacer. A veces ellos me dicen: ‘mami, quisi’ramos que consigas algo donde todos pudi’ramos trabajar, queremos superarnos de todo esto'».
Al trauma de haber perdido a sus familiares y haber sido v¡ctimas de la violencia, a las mujeres se le suma el desarraigo que causa el cambio de papeles en el momento en que debe asumir la carga econ¢mica del hogar. Esto choca profundamente con sus costumbres y su visi¢n de mundo: «la mayor¡a de las mujeres campesinas desplazadas hab¡an sido criadas en un esquema cultural rural de r¡gida separaci¢n de esferas masculina y femenina, donde la oltima se centraba casi exclusivamente en la gesti¢n dom’stica, la maternidad, y aquellas actividades agr¡colas cercanas al recinto dom’stico, y una indudable sujeci¢n al mandato del hombre […] Los l¡mites del mundo del contacto con la sociedad, eran dados por los jefes de hogar, primero el padre y luego el esposo» . En una investigaci¢n realizada con los desplazados que viven en Bogot en 1998, la Conferencia Episcopal determin¢ que para las mujeres jefes de hogar, la principal actividad antes del desplazamiento era el trabajo en el hogar (54%) mientras que el 20% estaba vinculada a la producci¢n agropecuaria.
La situaci¢n no es mejor para aquellas que todav¡a tienen a su esposo vivo: mientras que las mujeres, que en su mayor¡a se dedicaban a las labores del hogar, encuentran m s f cil conseguir empleo como empleadas de servicio dom’stico, «los hombres trabajaban antes en la agricultura y la ganader¡a, que son oficios de poca utilidad en el entorno urbano […] Enfrentarse al desempleo en la ciudad y aceptar a las mujeres como proveedores econ¢micos principales no era cosa f cil para los hombres» . As¡, «muchas mujeres desplazadas terminan siendo las responsables de la supervivencia econ¢mica y emocional de la familia, mientras que los hombres se distancian o se refugian en el alcohol» .
Los aspectos psicol¢gicos
Segon el investigador Alejo Vargas , los desplazados afrontan una trastocaci¢n del universo cultural y p’rdida de identidad del territorio. Esto lleva a que el desplazado se a¡sle, sienta verg_enza de lo que le sucedi¢, sufra de un temor permanente, tenga dificultad de reconstruir un proyecto de vida y llegue a la depresi¢n cr¢nica. Las mujeres desplazadas deben afrontar, segon la psiquiatra Bertha Luc¡a Casta_o, la ausencia del c¢nyuge o de los hijos, el hecho de tener que inventar historias a los hijos peque_os para justificar su ausencia, y el desmembramiento de la familia cuando los hijos deben salir en busca de mejores oportunidades. Adem s, deben elegir entre alternativas laborales denigrantes como la prostituci¢n y, como ya se hab¡a hablado antes, de la redistribuci¢n de los roles que lleva, en algunos casos, a tensiones que llevan al desmembramiento familiar.
La respuesta de las ciudades
La Conferencia Episcopal en 1995 recomendaba al gobierno que incluyera a los desplazados en la Red de Solidaridad Social y que priorizara la situaci¢n de la mujer. Pero los gobiernos distritales todav¡a no atienden a los desplazados como se debe: un informe del Codhes de este a_o dice que «A pesar de que Bogot es la ciudad con el mayor nomero de desplazados en el pa¡s, no existen pol¡ticas claras, ni de la administraci¢n distrital ni del gobierno nacional, para la prevenci¢n, protecci¢n, atenci¢n humanitaria y recuperaci¢n socio econ¢mica y psicosocial de las personas desplazadas y, por el contrario, se asume la decisi¢n de no reconocer esta poblaci¢n cuya situaci¢n de vulnerabilidad tiene relaci¢n con la violaci¢n de sus derechos fundamentales. La ley 387, que se cre¢ para prevenir y atender el desplazamiento, lleva ya casi tres a_os sin reglamentarse.
En el caso de la administraci¢n local, este desconocimiento se hace visible en el Plan de Desarrollo adoptado para el per¡odo 1998-2001 y en un discurso oficial reiterativo que se limita a homologar a los desplazados con los pobres a quienes ofrece propuestas gen’ricas de «desmarginalizaci¢n» y ampliaci¢n de la cobertura de servicios b sicos con el supuesto de que as¡ atiende tambi’n a los desplazados» .
Los desplazados que llegan a las ciudades necesitan de la protecci¢n del Estado y de las administraciones distritales, que deben dejar de verlos como un problema para la tranquilidad de sus ciudades. Y las mujeres, en su condici¢n de jefes de y lazos de las familias, deben ser una prioridad en las pol¡ticas de protecci¢n y asistencia para el desplazado. Es hora de tomar a estas casi 500.000 v¡ctimas silenciosas en serio. (Co/QR/Pno/Cs-Am/pt).
