El rancio furor antinatalista pasa de las palabras a los hechos en determinados ámbitos. Cada vez nace menos gente pero ese furor arrecia para que aún baje más la esmirriada tasa de natalidad. No es extraño que andemos así. Los campeones del acoso antinatalista a que nos están sometiendo son algunos médicos. Basta que tengas una cesárea, para que ya te estén sugiriendo que deberías ligarte las trompas. O, cuando estás embarazada, te preguntan si quieres que te hagan diagnóstico prenatal: +para qué? ¿Para que ellos experimenten haciéndote correr un riesgo en el que muchas madres han perdido a su hijo? ¿Para que, en el caso de que el niño venga con alguna minusvalía, te planteen eliminarlo o, cuanto menos, te amarguen el embarazo? Así le pasó hace poco a una amiga, que se negó a abortar aunque le dijeron que el hijo tenía síndrome de Down, y luego nació la criatura más sana que nadie. Yo no sé qué les patinará en el cerebro a estos ginecólogos que, en lugar de dedicarse a apoyar la vida, parece que no piensan sino en impedirla a toda costa. Aunque s¢lo fuera por propio inter’s, lo l¢gico ser¡a lo contrario. Pues, a este paso, a fuerza de esterilizar a unas y eliminar a otros, se van a quedar sin clientela; y, a la que les quede, s¢lo van a poder atenderla por las patolog¡as que ellos mismos les habr n causado. No obstante yo ir’ prevenida cuando necesita acudir a la consulta de estos profesionales.
Mar¡a A. Gonz lez Jim’nez
