El pasado domingo día 12 de diciembre, solo como estaba y un poco cansado de todo el trabajo que había estado realizando desde primeras horas de la mañana, me arrellané delante del televisor y estuve medio viendo la «Festa per la Pau (Fiesta por la Paz)» que estaba emitiendo TV3. Aparte de la palabras llenas de buena voluntad de unos y otros, incluido un breve discurso del Molt Honorable President de la Generalitat de Catalunya, hubo algunas ilustraciones musicales de cierta entidad. De pronto, lo que estaban interpretando «a capella» el cantante de un conocido conjunto y una chica a la que no conocía û muy bien por cierto, de una forma ciento por ciento armoniosa y muy sentida û, me sonó familiar, no tanto la letra, que nunca había oído antes û por lo menos no en la lengua de aquí û, sino por la muy melancólica tonada, irlandesa de forma inequívoca, pero sin que acabara de identificarla del todo.
Como me ocurre con frecuencia en esta clase de circunstancias, mi cerebro empezó de forma inmediata a tabular la informaci¢n que al parecer guarda almacenada, hasta que al cabo de unos momentos, mientras ellos dos aun segu¡an cant ndola, supe exactamente qu’ era y la paradoja que representaba que se estuviese interpretando en aquel preciso momento y en aquel acto concreto. Su letra, ahora que era para m¡ mucho m s inteligible que en su ingl’s original, no dejaba lugar a duda alguna, ni que lo hiciera en la forma po’tica que su autor hab¡a dado hac¡a muchos, muchos a_os a la emotiva balada.
Existe una pel¡cula del director Lawrence Gordon Clark llamada «Act of betrayal (Acto de traici¢n), interpretada en sus principales papeles por Eliott Gould y Patrick Bergin, donde aparece un dirigente del IRA de Belfast que, partidario decidido de la acci¢n pol¡tica en contraposici¢n a la estrategia de la mayor¡a de la organizaci¢n – en la l¡nea de Gerry Adams «avant la lettre» – y asqueado por las v¡ctimas inocentes de la nueva pol¡tica de bombas indiscriminadas de su banda, asume la responsabilidad de hacer lo que est en su mano para evitarlas, y les traiciona entreg ndoles a la polic¡a. La gente del RUC (Royal Ulster Constabulary) y los servicios de inteligencia brit nicos les proporcionan a ‘l y a su familia una nueva identidad en Australia, donde se exilan en un pueblo cercano a Sidney. Un d¡a, mientras pasea por un parque acompa_ado por una amiga muy ¡ntima, oye a alguien interpretando mosica irlandesa. Se acercan al grupo y entonces, despu’s de terminar la interpretaci¢n de la composici¢n instrumental que estaban realizando, una muchacha canta, tambi’n «a capella», la misma canci¢n que estaban cantando aquellos dos en la fiesta de referencia que he mencionada m s arriba.
La canci¢n, especialmente en el momento que menciona «Ireland dearie», le renueve los recuerdos y los sentimientos l¢gicos para un patriota irland’s y queda fuertemente impresionado, marchando a toda prisa del lugar incapaz de soportarlo. Se trata de una balada que menciona la lucha armada de los irlandeses contra los brit nicos, anterior a los tiempos del IRA, que habla del viento y del centeno, s¡, pero tambi’n de los «hombres valientes» que desde la monta_a luchan contra los ladrones que retienen la tierra, y es por eso que no me pareci¢ que fuese muy adecuada para el acto concreto del que su interpretaci¢n formaba parte.
An’cdota musical al margen, no deja de ser esperanzador que quien m s ha hecho – como m¡nimo tanto como el que m s – para que las cosas de aquel pa¡s se encarrilasen por los senderos de la paz haya sido el primer ministro brit nico Blair, en un contraste tan brutal que llega hasta la obscenidad en relaci¢n al punto de vista sobre un tema bastante similar de su colega de Madrid, el hortera hombrecillo del bigote y la sonrisa tenebrosa, algo m s extraviado cada vez que abre la boca por su ultramontano uniformismo espa_olista, aquel que, s¢lo con que fuese capaz de entenderse a si mismo con un poco m s de inteligencia de la que segon todos los indicios dispone, tendr¡a que hacerle entender que, exactamente igual que el patriotismo espa_ol que ‘l profesa leg¡timamente, el patriotismo vasco existe con no menos legitimidad, con toda la carga uno y otro de posibilidad dogm tica de todas y cada una de las «grandes causas» – aquellas que, segon sus adeptos claro, parecen conferir toda la raz¢n de forma autom tica a quien las profesa -, y que en lugar de combatir, obnubilado por su desmedido af n uniformista, al nacionalismo democr tico, tendr¡a que apoyarlo de forma decidida a fin que estas ideas, y su posible concreci¢n pr ctica, puedan tener viabilidad pol¡tica. De lo contrario, lo onico que conseguir es dar aun m s alas a aquellos que creen que les resulta leg¡timo utilizar cualquier clase de medios, incluidos los m s violentos, para conseguir ejercer un derecho que arbitrariamente, y por la fuerza, se les niega.
Jordi Portell
*Informativos.Net no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones de los lectores.
