Soy consciente de que lo que voy a decir es, políticamente, totalmente incorrecto. Pero es verdad, que es lo que importa. Me refiero al error garrafal que subyace a nuestro actual sistema educativo: ese naturalismo rousseauniano que sostiene que al niño no se le puede exigir, sino que, como en el Emilio, la educación tiene que ser permisiva. Y así, ni los profesores pueden hacer otra cosa que deprimirse en los centros escolares, ni los padres se atreven a exigir a sus hijos. Con lo cual, la mayoría de los jóvenes se han asilvestrado y convertido en unos ceporretes. Comprendo el rechazo a la exigencia autoritaria. Pero tan nefasta como ésta es el extremo contrario, el permisivismo. Hay que perder el miedo a exigir con la autoridad de la verdad razonada y del ejemplo personal. Primero porque es lo conveniente para los jóvenes. Pero también porque no es cierto que éstos rechacen la exigencia, como ha demostrado sin lugar a dudas la reciente Jornada Mundial de la Juventud. Aunque superficialmente protesten un poco, en el fondo es lo que est n deseando. öYo soy amigo de los j¢venes, les dijo Juan Pablo II; pero un amigo exigente+. Por eso, no ha dudado en pedirles que sean santos, que sean castos antes del matrimonio, que se decidan por una vocaci¢n consagrada. Pues no se es amigo si se consiente todo, si se aplaude todo lo que dicen y quieren. +l cree en las posibilidades de los j¢venes. Y ellos conf¡an en ‘l.
Mar¡a Josefa Jim’nez Molina
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