Extraer una frase, o dos, del alud de improperios que José María Aznar ha ido soltando desde hace ya unos cuantos días en su conflicto personal y su deseo de aplastar políticamente a la fuerza aun mayoritaria en el País Vasco, sacando tajada de una cuestión en la que, como mínimo, sería necesario actuar con muchísima más prudencia, y por tanto con bastante menos intemperancia verbal que la que él, con una cierta tendencia a ser más bien faltón, usa con excesiva frecuencia desde lo alto del pedestal û del que parece no querer apearse en ningún momento no fuera a ser que alguien se lo quitara û, porque las perlas cultivadas parecen brotar a chorro de su por otra parte monocorde discurso, poco dado a los matices, desde su exigencia de sustitución de Arzalluz al frente del PNV para poder reconstruir las relaciones políticas con ese partido, hasta la expresión de la repugnancia que sentía por el mismo y su política, que uno no sabe por donde empezar a escoger entre tanta verborrea y desmesura para poder hacer una glosa de ello.
No se ha quedado atr s en absoluto su compa_era de partido Esperanza Aguirre, presidenta del Senado, uniformista de pro, como puso de manifiesto de forma suficiente cuando el asunto de su famoso decreto de humanidades cuando era ministra de Ense_anza, en declaraciones al diario El Pa¡s: «Comparto el temor a que por la puerta de una reforma del Senado que sirva para mejorar su representaci¢n territorial se puedan colar el soberanismo y la autodeterminaci¢n». ¥Acab ramos! Y que eso, si de verdad llegara a ocurrir, s¢lo representara lo que quiere la gente que de forma directa o indirecta ha votado y designado a estos senadores soberanistas y autodeterministas no tiene ninguna clase de importancia, +verdad? A este observador le da la sensaci¢n que lo que le provoca este temor, y la descalifica para cualquier cargo de representaci¢n plural como el que ostenta, es m s bien la idea de que una buena parte de sus conciudadanos piense de modo distinto a como lo hacen ella y sus compa_eros de partido – porque en definitiva eso y no otra cosa es lo que significar¡a que pudiera darse la oportunidad que dice temer -, y que esto del centrismo, y el grado de liberalismo pol¡tico que se supone asociado a tal tendencia ideol¢gica espec¡fica, al parecer lo tienen bastante aguado, y m s bien tienden de forma clara al monolitismo.
Como, dentro de la campa_a de desmesura oral puesta en marcha, tampoco lo ha hecho Javier Arenas, secretario general del PP, que le ha dedicado este comentario a Xavier Arzalluz, transmutado en verdadera bestia negra para el partido que gobierna el estado : «Cada d¡a que pasa, aleja a su partido de la sociedad vasca». Bien seguro que impregnado aun de las esencias del «movimiento nacional» tan caras a mucha gente de su entorno, no parece tener muy claro qu’ es un partido pol¡tico, porque precisamente es eso, una fracci¢n social que defiende unas determinadas ideas que le parecen mejores pare el pa¡s, y que aspira a gobernarlo sin aspiraci¢n de totalidad, si es democr tico, claro. Despu’s ser el conjunto de la sociedad el que libremente le dar m s o menos apoyo electoral de acuerdo con las ideas y circunstancias personales de cada cual. No es que a mi me guste demasiado la personalidad pol¡tica de Arzalluz, pero creo que, para bien o para mal, viene a representar lo que realmente piensa un sector de la sociedad vasca, exactamente igual que lo hace, y con la misma legitimidad democr tica, HB, el PP, el PSOE, EA, el otro sector del PNV, etc.
Por oltimo, creo que vale la pena destacar los comentarios del lehendakari Juan Jos’ Ibarretxe sobre las diatribas del mismo presidente Aznar, a quien no se le acaba de ver por parte alguna aquel deseo de concordia y de pactar los grandes temas que anunci¢ la noche que consigui¢ la mayor¡a absoluta – como puso de manifiesto en el conflicto con la Generalitat de Catalunya, por ejemplo, acerca del desfile militar en Barcelona organizado por el gobierno central sin contar con la misma que, de forma especial como afectado por algo denominado s¡ndrome post-tromb¢tico a quien, de forma muy especial en determinadas circunstancias ambientales y ps¡quicas, se le hinchan de mala manera los tobillos, a mi me han parecido ejemplares: «Tenemos que ser todos m s humildes y menos soberbios… La soberbia no es grandeza, es hinchaz¢n, y lo hinchado est grande, pero no est sano».
Chapeau!, lehendakari.
Jordi Portell
