Hace algún tiempo, hablando en mi casa con el concejal de cultura de uno de los diversos ayuntamientos de la comarca del Maresme (Barcelona), cuando me dijo que con nuestros programas culturales teníamos que hacer pedagogía de la tolerancia le manifesté mi firme rechazo por el concepto «tolerancia», añadiendo seguidamente û se le había puesto una cara bastante rara û que lo decía porque tal concepto contiene en si mismo elementos muy dogmáticos, y pensaba seriamente que a mi nadie me tenía que «tolerar» nada de nada, ni la lengua que hablaba, ni mis ideas sobre una cuestión cualquiera, etc., de forma muy especial en todo aquello que fuese totalmente individual y no representara ningún agravio real û no imaginario en función de las creencias personales de cualquier otro û contra nadie, y añadí que de lo que yo creía que teníamos que hacerla era de la «normalidad de la diversidad», es decir, que a lo que nos teníamos que ir acostumbrando todos en conjunto era a no ver en la diferencia de los dem s nada hostil a nuestra propia manera de ser y hacer, sino algo que, bien al contrario, nos enriquece, nos hace el panorama mucho m s ameno, bastante menos mon¢tono.
Cualquiera que sea medianamente amigo de pensar, sabe de qu’ hablo. No hay nada que pueda enriquecernos m s que una buena controversia entre personas que piensan de formas diversas, si son capaces, al mismo tiempo que defienden su opini¢n, de escuchar la de los dem s, porque m s de una vez ocurre que ‘sta contiene elementos que quiz s no hab¡amos tenido en cuenta cuando formul bamos nuestro pensamiento, e incluso a veces nos lo refuerza, por la v¡a de la comparaci¢n de las relaciones de causa a efecto que pueda tener la aplicaci¢n pr ctica de nuestras ideas y las de los dem s, explicadas en positivo por ellos mismos. Por eso resulta decepcionante ver a dos personajes de los que pesan fuerte de forma indudable en el paisaje en que estamos inmersos, como el «chafand¡n» de La Moncloa y el «ayatollah» Arzalluz, compitiendo entre los dos a ver qui’n da m s, cual dice la estupidez m s grande y m s excluyente de las leg¡timas opiniones de los dem s, siempre en busca de un uniformismo cerrado, sea en clave espa_olista o en clave abertzale, y no son tampoco ellos solos, o ellos y sus sat’lites m s pr¢ximos, sino, en materia de pensamiento y de opini¢n, m s gente de la que ser¡a conveniente. Incluso en una cuesti¢n menor – relativamente – como la de las matr¡culas de los autom¢viles s¢lo con la E de Espa_a, el hombrecillo del bigote ha tenido que exhibir su conocida calidad de «falt¢n» para negarse a manifestar ninguna otra opini¢n sobre la controversia levantada con las comunidades aut¢nomas, que no sea despreciar a los que opinan que su rancio uniformismo ha vuelto a pasarse de rosca.
No deja de ser curioso que, en la mayor¡a de otros campos, la diversidad es considerada precisamente un signo bien positivo de vitalidad. Casi todo el mundo piensa de alguien que se viste siempre igual es soso como una sopa aguada y sin sal – y se hacen todo tipo de comentarios acerca del mismo, que van desde la falta de imaginaci¢n y de gusto, hasta la taca_er¡a -, y que el que come siempre lo mismo demuestra no saber disfrutar de algunos placeres de la vida, que los que somos m s bien epicoreos en m s de un sentido apreciamos bastante. Nadie con un poco de gracia tendr¡a como onica lectura un solo libro, ni pasar¡a sus ratos de ocio ley’ndolo y reley’ndolo una y otra vez, y ver escritas en el peri¢dico las mismas noticias m s bien nos deprime que otra cosa. Por eso resulta una paradoja aun mayor que personas capaces de arreglarse externamente con gracia m s que pasadora, de disfrutar plenamente con los guisos bien cocinados, a la hora de pensar se cierre en banda, y recurra de una forma ciertamente autista a formulaciones de tan rica tradici¢n dial’ctica como los muy tradicionales «yo s¢lo s’…», «porque s¡…», etc., talmente como ungidos por alguna clase de pleroma que los convierte en totalmente inasequibles a cualquier complejidad mental, siempre en busca de la simplicidad dogm tica donde anidan el fascismo, la xenofobia y el racismo.
Por cierto, +hab’is reparado en que una de las caracter¡sticas de los fascistas es vestirse con algon tipo u otro de uniforme?
Jordi Portell
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