Unos años atrás, yo diría que seguramente hace ya más de diez, los maestros de una venerable institución estaban asistiendo con su consejo como hombres buenos a un conflicto que se había producido entre personas más o menos vinculadas a la misma. Una de estas personas iba formulando un recitativo de su argumentación, expresándose de forma aparentemente negativa hacia el tema que de forma muy prolija relataba, cuando el superior de los maestros que la escuchaba la interrumpió con todo respeto: «Perdóname», le dijo, «no quisiera ofenderte en ningún sentido ni de ninguna de las maneras, pero, +tú tienes clara la diferencia entre el bien y el mal?». Quien había estado haciendo el relato quedó por unos momentos claramente confundido, ya que se hizo evidente que no conseguía entender ni la razón ni el sentido de la pregunta. Por la cara de estupor se le veía claramente convencido de estar haciendo a todos luces un ejercicio de sinceridad del todo adecuado a asumir su parte en el conflicto, por eso la cuesti¢n le cogi¢ literalmente «in albis», desconcert ndole. Solicit¢ con un gesto del todo expl¡cito que quien as¡ le hab¡a interpelado le aclarara el sentido de su pregunta, y ‘ste lo hizo m s o menos en los siguientes t’rminos: «Ver s. Nos est s explicando una larga retah¡la de hechos sobre los que parece que manifiestas una opini¢n negativa, porque segon tus palabras y expresiones son cosas que hoy d¡a consideras impropias de ser hechas, pero lo haces con una frialdad que contradice de alguna forma la literalidad de tus palabras. Por eso en algon momento me has creado la duda de si te expresas as¡ porque ahora lo crees as¡, o porque piensas que es lo que a nosotros nos gustar o¡r». Se extendi¢ unos momentos en lo loable que resulta que una persona cambie un estilo de comportamiento que actualmente le parece err¢neo, a pesar de haber pensado antes todo lo contrario y haber actuado de forma frecuente en consecuencia con tal estilo tal y como se desprend¡a de su detallada relaci¢n, pero, insist¡a, le parec¡a que tras aquella frialdad expresiva se agazapaba la falta de arrepentimiento por el error anterior, y era eso lo que le hab¡a hecho pensar m s bien en «la conveniencia» de su discurso que en «la convicci¢n», sin haber querido ofenderle de ninguna manera, insisti¢ nuevamente.
No se trata de una cuesti¢n moralista. Personalmente opino que «bien» y «mal» son conceptos extremadamente relativos, de forma especial si lo que se pretende es crear alrededor de los mismos una especie de cat logo cerrado, porque hay un mont¢n de temas en la vida cotidiana sobre las que distintas opciones religiosas, morales, sexuales, sociales, etc. pueden tener de ellas visiones no s¢lo diversas, sino incluso opuestas, antag¢nicas. Lo onico que exigir¡a a las distintas opciones es ni m s ni menos que coherencia, cosa que por desgracia no resulta demasiada comon, puesto que – y mucho m s oltimamente – m s bien parece que prolifera un sentimiento alrededor de esta clase de concepto que podr¡a muy bien compendiarse en: «Bien, es aquello que me conviene a mi; mal, lo que a mi no me interesa». Una especie de versi¢n descarnada de la muy antigua y arbitraria ley del embudo. Quiero decir que, de una forma del todo hipot’tica, podr¡a llegar a entender el punto de vista moral del ladr¢n que practica el tir¢n de bolsos por la calle montado en una motocicleta, si cuatro esquinas m s all otro de su mismo gremio le hiciera exactamente lo mismo a ‘l y con el mismo bolso apenas acabado de conseguir, y entonces ‘l fuera capaz de re¡rse del hecho, felicitando deportivamente a su colega por la habilidad y oportunidad de su eficaz acci¢n, pero por el espect culo al que asistimos comonmente m s bien da la sensaci¢n que todo ello transcurre en sentido contrario.
Nunca dejar de sorprenderme la aparente incapacidad, me atrevo a decir que generalizada, para no practicar costumbres tales como la ecuanimidad (cualidad de ecu nime; ecu nime: que tiene siempre el nimo sereno y justo en todos los casos y respecto a todos) y el de la reciprocidad (cualidad de rec¡proco; rec¡proco: hecho por dos, el uno al otro, dado y recibido al mismo tiempo por cada uno de los dos), derivadas de normas de derecho natural de tan sublime simplicidad como por ejemplo la de tratar siempre a los dem s como a nosotros nos gustar¡a ser tratados igualmente siempre. No hay pr cticamente ninguna doctrina que no pretenda de alguna forma enhebrar el hilo necesario para implantar esta necesidad para la convivencia «urbi et orbe», pero no hace falta ser muy despierto para apercibirse que entre el dicho y el hecho suele haber una cierta distancia. Por mi parte os aseguro que, sobre todo oltimamente, lo intento con un ‘nfasis muy especial. Al principio no me acababa de salir muy bien, pero voy perseverando.
Jordi Portell
Barcelona
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