El primer grito de Kadi me atravesó como una daga. Los siguientes gritos formaron como un nudo en mi estómago. Me faltaba el aire y se me nubló la vita. Kadi, la alegre niña de cuatro años que no había dejado de jugar con nosotras «las blancas» desde el día que llegamos, acababa de descubrir el dolor, el horror de la tradición. La habían mutilado, sobre una estera de rafia, sujeta por una mujer mayor de la aldea, rociándole yodo como esterilización. Esperando después de ella había otras dos niñitas: dos hermanas de uno y cuatro años.
En las crónicas de las masacres de Ruanda, se decía que parecía que los niños africanos no sabían llorar. Los gritos de Kadi pasaron del llanto a apenas un gimoteo; a la buakisa, el nombre dado a la mujer que actua como circuncidadora en este país del sub-Sahara, no le importó nada. Como cualquiera de los otros buitres que volaban alrededor, la anciana incluso cogió algunos de los caramelos que le llevaron a Kadi.
Para las adolescentes ocupadas en las tareas agr¡colas y dom’sticas en la casa donde se realiz¢ la mutilaci¢n, fue un d¡a como cualquier otro. Una de ellas cuid¢ de la ni_a m s peque_a y la puso en su espalda despu’s que su herida, causada por los repetidos cortes de la vieja hoja de afeitar, hab¡a sido cubierta por un sucio harapo. Los hombres relaj ndose sobre esteras a la sombra de nubes de tormenta, charlaban como si nada hubiese pasado. No comprend¡an mi mirada de desesperaci¢n, la de una mujer blanca que asist¡a a la operaci¢n, y con burlona sonrisa preguntaban, «Y c¢mo crey¢ usted que ser¡a?».
Kadi con su peinado esti_o «ekai», el pelo r¡gido y erguido, tuvo qur viajar cientos de kil¢metros para someterse a este ancestral ritual. En su regi¢n hay un estricto control del Ministerio de Salud, as¡ que tuvo que ser enviada a familiares que actuaron como intermediarios con el padre de otra ni_a que ser¡a circuncidada. Una vez hecho el pacto, todos iniciamos el viaje a la aldea donde se realizar¡a la clitoridectom¡a.
Kadi, sobre mi falda, compart¡a el asiento trasero con la anciana que iba a privarla de parte de su vida, y con otra bella j¢ven, Miriam, que hab¡a sido mutilada por la misma buakisa. «Que si odio a esta mujer?», «No, la primeravez que la vi despu’s de la operaci¢n hu¡, pero eso ya ha pasado… aunque nunca olvidar’ ese d¡a», cuenta Miriam. La buakisa, por su parte, no prestaba la menor atenci¢n a la peque_a kadi, ni siquiera para tratar de ganarse su confianza y hacer el trabajo m s f cil.
Tres pollos y un equivalente a tres centavos recibi¢ la buakisa por las operaciones. El dinero es simb¢lico. De mayor importancia son los pollos, y que se cubran los gastos del peregrinaje de la buakisa por el pa¡s.
Unos ciento treinta millones de ni_as y mujeres han sufrido mutilaci¢n del cl¡toris: Dos millones de ni_as sufren esta pr ctica anualmente. Sus or¡genes no radican en el Islam, y no es necesariamente un rito de iniciaci¢n; tampoco es empleda siempre para controlar la virginidad de la mujer, aunque spi ciertamente su sexuakidad. Es un poco de todas estas cosas y se practica en unos 30 pa¡ses del mundo.
EL DÍA EN QUE KADI PERDIÓ PARTE DE SU VIDA ( TESTIMONIO )
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