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Opinión del Lector

LA ENC-CLICA » HUMANAE VITAE » TEN-A RAZÓN

escrito por Jose Escribano 14 de julio de 2000
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Hay una mentalidad autoritaria, dogmática, intransigente de rechazar todo aquello que no es de los míos». Tengo la sana costumbre de intentar ponerme en el lugar de los otros. Pero si discrepo no echo basura sobre ellos.

Personalmente estoy de acuerdo en que el Papa Pablo VI llevaba razón en su encíclica Humanae Vitae. Por ser ser de este pensamiento me van a perseguir, lo se. Van a echar basura los que no respetan la libertad. Yo grito íviva la libertad!.

Con Mons. Charles J. CHAPUT, Arzobispo de Denver estoy de acuerdo. El ha escrito: «Hace treinta años el Papa Pablo VI publicó la Carta Encíclica ½Humanae vitae+, reafirmando la enseñanza constante de la Iglesia sobre la regulación de la natalidad, al declarar la inmoralidad de «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación». Se trata, seguramente, de la intervención papal más malentendida de este siglo. Fue la chispa que dio inicio a tres d’cadas de duda y disenso entre muchos cat¢licos, sobre todo en los pa¡ses desarrollados. Sin embargo, con el paso del tiempo, ha resultado prof’tica».

Al mundo industrializado le resulta dif¡cil aceptar esta Enc¡clica, no por algon defecto de razonamiento de Pablo VI, sino m s bien por las adicciones y contradicciones en que ha ca¡do, precisamente como hab¡a advertido el Santo Padre.

Al presentar su enc¡clica, Pablo VI puso en guardia contra cuatro problemas principales que surgir¡an si no se aceptaba la doctrina de la Iglesia sobre la regulaci¢n de la natalidad. Ante todo, advirti¢ que el uso generalizado de la anticoncepci¢n llevar¡a öa la infidelidad conyugal y a la degradaci¢n general de la moralidad+. Y es exactamente lo que ha sucedido. Pocos se atrever¡an a negar que el ¡ndice de abortos, divorcios, hogares rotos, violencia sobre mujeres e hijos, enfermedades ven’reas y nacimientos fuera del matrimonio, ha aumentado much¡simo desde la mitad de la d’cada de 1960. Desde luego, la p¡ldora anticonceptiva no ha sido el onico factor de esta degeneraci¢n, pero ha desempe_ado un papel importante. De hecho, la revoluci¢n cultural que comenz¢ en 1968, guiada, al menos en parte, por una nueva actitud ante el sexo, no hubiera sido posible o no se hubiera podido mantener sin un f cil acceso a una anticoncepci¢n segura. En esto Pablo VI tuvo raz¢n.

En segundo lugar, advirti¢ que el hombre perder¡a el respeto a la mujer ösin preocuparse m s de su equilibrio f¡sico y psicol¢gico hasta el punto de considerarla öcomo simple instrumento de goce ego¡sta y no como a compa_era, respetada y amada+. En otras palabras, segon el Papa la anticoncepci¢n pod¡a presentarse como medio de liberaci¢n para las mujeres, pero en realidad los öbeneficiarios+ de las p¡ldoras y de los medios anticonceptivos ser¡an los hombres. Tres d’cadas despu’s, exactamente como hab¡a predicho Pablo VI, la anticoncepci¢n ha liberado a los hombres -en un nivel sin precedentes en la historia- de la responsabilidad por sus agresiones sexuales. En ese proceso, uno de los aspectos m s ir¢nicos del debate de la pasada generaci¢n sobre la anticoncepci¢n fue el siguiente: muchas feministas atacaron a la iglesia cat¢lica por su presunta falta de aprecio por las mujeres, pero en la öHumanae vitae+ la Iglesia identific¢ y rechaz¢ la explotaci¢n sexual de la mujer a_os antes de que ese mensaje entrara a formar parte de la corriente cultural principal. Una vez m s, Pablo VI tuvo raz¢n.

En tercer lugar, el Santo Padre advirti¢ que el uso generalizado de la anticoncepci¢n pondr¡a öun arma peligrosa (… ) en las manos de autoridades poblicas despreocupadas de las exigencias morales+. Como hemos podido descubrir desde entonces, la eugen’tica no desapareci¢ en 1945 con las teor¡as raciales nazis. Las pol¡ticas de control demogr fico son ahora parte integrante de casi todos los debates sobre las ayudas a los pa¡ses extranjeros. La masiva exportaci¢n de anticonceptivos, de la pr ctica del aborto y de la esterilizaci¢n desde el mundo industrializado hacia los pa¡ses en v¡as de desarrollo -a menudo como requisito esencial para enviar ayudas en d¢lares, y en directa contradicci¢n con las tradiciones morales locales- no es m s que una forma m s o menos encubierta de guerra contra la poblaci¢n y de cambio cultural. Tambi’n en esto Pablo VI ten¡a raz¢n.

En cuarto lugar, el Papa Pablo VI advirti¢ que la anticoncepci¢n llevar¡a a los seres humanos a creer err¢neamente que tienen un se_or¡o ilimitado sobre su cuerpo, transformando inevitablemente a la persona humana en objeto de su propia fuerza intrusa. Aqu¡ radica otro aspecto ir¢nico: un feminismo exagerado, que se refugia en la falsa libertad que ofrecen la anticoncepci¢n y el aborto, ha contribuido activamente a la deshumanizaci¢n de la mujer. El hombre y la mujer participan de modo singular de la gloria de Dios a trav’s de su capacidad de crear, junto con ‘l, una nueva vida. Sin embargo, en la base de la anticoncepci¢n esta la suposici¢n de que la fertilidad es una infecci¢n que se ha de combatir y controlar de la misma manera que se ataca a las bacterias con los antibi¢ticos. En esta actitud se pone de manifiesto tambi’n el nexo org nico entre anticoncepci¢n y aborto. Si la fertilidad puede ser presentada, de forma incorrecta, como una infecci¢n que es preciso combatir, entonces es posible hacer lo mismo con una nueva vida. En ambos casos uno de los aspectos caracter¡sticos de la identidad de la mujer, o sea, su capacidad de gestar una nueva vida, es presentada como una debilidad, que exige una vigilante desconfianza y un tratamiento. La mujer se convierte en objeto de los instrumentos con los que pretende asegurar su propia liberaci¢n y defensa, mientras el hombre no comparte esa carga. Una vez m s Pablo VI ten¡a raz¢n.

Desde este oltimo argumento del Santo Padre se pueden valorar muchas otras cosas: öla fecundaci¢n in vitro+, la clonaci¢n, la manipulaci¢n gen’tica y los experimentos sobre embriones, todos ellos derivados de la t’cnica anticonceptiva. En efecto, hemos subestimado, dr sticamente y con ingenuidad, los efectos de la t’cnica no s¢lo sobre la sociedad, sino tambi’n sobre nuestra identidad humana interior. Como observ¢ Neil Postman, los cambios tecnol¢gicos no son aditivos, sino ecol¢gicos. Una nueva tecnolog¡a importante no öa_ade+ algo a la sociedad, sino que lo cambia todo, como una gota de tinta roja que no se queda aislada en un vaso de agua, sino que colorea y cambia todas las mol’culas del l¡quido. Las t’cnicas anticonceptivas, precisamente por su impacto sobre la intimidad sexual, han trastocado nuestro modo de entender los fines de la sexualidad, de la fertilidad e incluso del matrimonio. Los ha separado de la identidad natural y org nica de la persona humana y ha alterado la ecolog¡a de las relaciones humanas. Ha confundido nuestro vocabulario sobre el amor, precisamente como el orgullo confundi¢ el vocabulario de Babel.

Ahora debemos sufrir cada d¡a las consecuencias. Estoy escribiendo estas reflexiones en una semana de julio en que, d¡a tras d¡a, los medios de comunicaci¢n nos han informado de que casi el 14% de la poblaci¢n del Estado de Colorado es o ha sido adicto al alcohol o a drogas; de que una comisi¢n del gobernador ha elogiado el matrimonio y, al mismo tiempo, ha recomendado medidas que lo destruir¡an en el Estado, atribuyendo los mismos derechos y responsabilidades a los que viven öuniones de hecho+, incluidos los homosexuales; y de que una pareja joven de la costa oriental ha sido condenada por haber matado brutalmente a su hijo reci’n nacido. Segon los informativos, uno de los padres j¢venes no casados, o ambos, golpearon el cr neo del reci’n nacido mientras aon estaba vivo y luego lo dejaron morir con el cuerpo golpeado en un basurero. +stos son los titulares de primera p gina de una cultura gravemente enferma[2]. La sociedad estadounidense se est  arruinando con problemas de identidad sexual y comportamientos desviados, con la destrucci¢n de la familia y una degeneraci¢n general de la actitud ante el car cter sagrado de la vida humana. Para todos, salvo para los adictos, es evidente que tenemos un problema. Nos est  matando como pueblo. As¡ pues, +qu’ vamos a hacer al respecto? Yo quiero subrayar que, si Pablo VI ten¡a raz¢n sobre tantas consecuencias derivadas de la anticoncepci¢n, es porque ten¡a raz¢n sobre la anticoncepci¢n en s¡ misma. Tratando de volver a ser ¡ntegros como personas y como pueblo de fe, debemos comenzar por volver a leer la öHumanae vitae+ con coraz¢n abierto. Jesos dijo que la verdad nos har¡a libres. La öHumanae vitae+ tiene mucha verdad. Es, por tanto, una clave para nuestra libertad.

En calidad de arzobispo, me comprometo a m¡ mismo, y a mi personal, a ayudar a mis hermanos en el sacerdocio, a los di conos y a sus colaboradores laicos, a presentar toda la ense_anza de la Iglesia sobre el amor conyugal y sobre la regulaci¢n de la natalidad. Debo al clero de nuestra Iglesia local y a sus colaboradores, especialmente a los numerosos catequistas comprometidos en las parroquias, mucha gratitud por el admirable trabajo que ya han realizado en este campo. Deseo asegurar que los cursos sobre el amor conyugal y sobre la regulaci¢n de la natalidad est’n disponibles habitualmente para un nomero cada vez mayor de gente de la archidi¢cesis, y que nuestros sacerdotes y diaconos reciban una formaci¢n m s amplia en los aspectos teol¢gicos y pastorales de esas cuestiones. Invito, de modo especial, a nuestras oficinas de evangelizaci¢n y catequesis; de matrimonio y vida familiar; de escuelas cat¢licas; de j¢venes, adultos j¢venes y capellanes universitarios; y de rito de iniciaci¢n cristiana para adultos, a desarrollar modos concretos de presentar mejor la ense_anza de la Iglesia sobre el amor conyugal a nuestro pueblo y de exigir una instrucci¢n adecuada sobre la regulaci¢n, natural de la natalidad como parte de los programas de preparaci¢n al matrimonio en la archidi¢cesis.

Dos puntos, para terminar. En primer lugar, la cuesti¢n de la anticoncepci¢n no es perif’rica, sino central y seria para el camino del cat¢lico con Dios. Si se utiliza consciente y libremente, es un pecado grave porque altera la esencia del matrimonio: el amor generoso que, por su misma naturaleza, da vida. Separa lo que Dios ha creado como una totalidad: el significado unitivo del sexo (amor) y el significado dador de vida del sexo (procreaci¢n). Adem s del precio que pagan los mismos matrimonios, la anticoncepci¢n ha provocado tambi’n un da_o grave a la sociedad en general: inicialmente provocando una separaci¢n entre amor y procreaci¢n de hijos; y luego, entre sexo (o sea, sexo por placer, sin un compromiso permanente) y amor. A pesar de ello, y ‘ste es el segundo punto, ser¡a preciso ense_ar la verdad siempre con paciencia y compasi¢n, y tambi’n con firmeza. La sociedad estadounidense tiene la peculiaridad de oscilar entre el puritanismo y el libertinaje. Las dos generaciones -la m¡a y la de mis profesores- que antes encabezaban el disenso con respecto la enc¡clica de Pablo VI en este pa¡s, son generaciones que aon reaccionan contra el rigorismo cat¢lico estadounidense de la d’cada de 1950. Ese rigorismo, en gran parte fruto de una cultura, y no de una doctrina, esta ya superado. Sin embargo, la actitud de escepticismo permanece. Al tratar con esas personas, nuestra tarea debe consistir en hacer que su desconfianza se vuelva hacia aquello a lo que pertenece: hacia las mentiras que el mundo cuenta sobre el significado de la sexualidad humana y las patolog¡as que esas mentiras esconden.

Por oltimo, tenemos una oportunidad que s¢lo se presenta una vez en muchas d’cadas. Hace treinta a_os, Pablo VI afirm¢ la verdad sobre el amor conyugal. Al hacerlo, desencaden¢ una lucha en el interior de la Iglesia, que sigue aon hoy marcando la vida cat¢lica estadounidense. El disenso selectivo con respecto a la öHumanae vitae+ ha alimentado r pidamente otro, m s amplio, con respecto a la autoridad de la Iglesia y ha provocado ataques a su misma credibilidad. La iron¡a es que las personas que rechazaron la ense_anza eclesial de la d’cada de 1960 descubrieron pronto que hab¡an alterado su capacidad de transmitir algo a sus hijos. En consecuencia, la iglesia ahora debe evangelizar un mundo compuesto por los hijos de sus hijos: adolescentes y adultos j¢venes que han crecido en la confusi¢n moral, a menudo inconscientes de su propio patrimonio moral, anhelantes de sentido, de comunidad y de un amor que tenga una sustancia real. A causa de sus desaf¡os, este momento es nuevo e important¡simo para la Iglesia. Lo bueno es que la Iglesia hoy, como en cualquier otra ‘poca, posee las respuestas para colmar los espacios vac¡os creados por la ausencia de Dios en sus corazones. Por eso, mi oraci¢n es sencilla: que el Se_or nos conceda la sabidur¡a para reconocer el gran tesoro que se encierra en nuestra doctrina sobre el amor conyugal y sobre la sexualidad humana, la fe, la alegr¡a y la perseverancia para vivirla en nuestras familias y el valor, que Pablo VI tuvo, para predicarla de nuevo.

Anna M Gimpera Garriga
Barcelona

* Informativos.Net no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones de los lectores.

Autor

  • JAE
    Jose Escribano

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