Después de la Jornada Mundial de la Juventud, no han faltado quienes, al parecer molestos por el impresionante espectáculo, han tratado de ningunear el acontecimiento comentado irónicamente: ½Qué bravos estos jóvenes, obedientes, dóciles, necesitados de una autoridad…+. Me parece que valorar las cosas de este modo es una demagogia tal falsa como barata. Aquella muchedumbre no era en absoluto un rebaño temeroso, ni ovejas con la cabeza baja. Eran chicos y chicas normales y, por lo tanto, vivaces, imprevisibles y difícilmente domesticables. El orden y la serenidad sorprendentes con que esos millones de jóvenes afrontaron las fatigas no livianas de aquel largo encuentro bajo un sol abrasador, no responden a una docilidad bovina. Al contrario, son prueba de una fuerza interior, de un autodominio infrecuente hoy día entre tantos jóvenes que, por andar esclavizados por lo que les pide el cuerpo, son incapaces del sacrificio y la obediencia, de la disciplina. No, aquellos jóvenes demostraron estar dispuestos a recorrer un largo camino para escuchar a alguien que les ense_ase a pensar por cuenta propia, sin miedo a complicarse la vida yendo contra la corriente de la estolidez, la pereza mental y mediocridad ambiental.
Antonio Arjona Mart¡nez
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