No sé si nunca os ha ocurrido experimentar este sentimiento. Imagino que a más de uno y de dos sí. Me refiero concretamente en este caso a las secuelas que nos deja en la conciencia cualquier error que hayamos podido cometer, muy especialmente cuando este error, a veces incluso delito, crimen, o cualquier otro apelativo que resulte de recibo û no se trata de escatimar epítetos intentando dulcificar el tema procurando disimularlo detrás de un más que mediano eufemismo û, lo hemos cometido en perjuicio de terceras personas y, si me permitís un cierto grado de nepotismo, más aun si estas son las más próximas a nosotros mismos. Por decirlo claro y bien aquellas que constituyen precisamente nuestra mismísima base familiar û esposa, hijos… û. Sin querer disminuir ni lo más mínimo la responsabilidad de aquel o aquellos a quienes les resulte de aplicación, demasiadas veces se tiene la tendencia a escuchar con preferencia aquellos consejos de otros û que, por uno u otro motivo como amistad, parentesco, etc., han llegado a intervenir en el conflicto – que tienen la santa virtud de tranquilizar nuestra conciencia por la v¡a de decirnos ni m s ni menos que lo que quer¡amos o¡r, coincidiendo casi siempre en el mismo «leit motiv»: que en el conflicto de que se trata es importante que el protagonista – es decir nosotros – se de cuenta que es de su vida de lo que se trata en definitiva y que, por tanto, ciertos intereses de terceras personas que tambi’n est n implicadas en el mismo, no hay que tenerlas demasiado en cuenta, o no precisamente en un primer plano, especialmente dando por descontado que estos intereses son algo que con toda seguridad va a usar el otro contendiente para tratar de enternecernos. De hecho tal clase de consejo es normal que se les de a ambas partes en conflicto, incluso a veces en ambientes con el grado de solvencia suficiente como para que parezca que hay que hacerles caso casi como si se tratara de una receta m’dica: «Piensa que antes que en nada tienes que pensar en ti mismo, y en las posibles opciones que se abren ante ti para rehacer tu vida», viene a decir en s¡ntesis este axioma.
Pero entonces, cuando armados con un mensaje tan sublime como conveniente para nuestro propio ego tratamos de empezar a actuar en consecuencia, si se tiene algo de suerte – tengo que reconocer que tampoco es tan dif¡cil – aparece alguien con quien s¢lo hab¡amos contado de forma llam’mosla tangencial, secundaria, que de golpe y porrazo nos planta en toda la faz una realidad que – como que poca o mucha aun nos queda alguna – nos hace caer la cara de verg_enza. Despu’s de tenernos que tragar que nunca hab¡a visto a dos seres m s ego¡stas que ambos contendientes, nos suelta la verdad primigenia que aquellas terceras personas a las que sin duda nuestro adversario usar¡a para tratar de modificar nuestra decisi¢n, son en realidad tan protagonistas del conflicto como los dos adultos que lo est n dirimiendo en primera persona – bien conducidos uno y otro por sus consejeros ulicos -, tienen m s derechos que todos los dem s juntos, y que estos adultos en pugna, mientras miran de rehacer «leg¡timamente» sus propias vidas, se han dejado en el tintero algo tan sagrado como esto. Este alguien, a quien tiempo atr s – antes de convertirse a su vez en adulto – le cupo en suerte ser una de estar «terceras personas», se permite el lujo de explicarnos con todo detalle como las viv¡an en el mundo real estos personajes a los que los bien intencionados consejeros que s¢lo nos aconsejan por nuestro bien contemplan como piezas del tablero de ajedrez donde se juega la partida, casi a modo de peones sacrificables a veces a cambio de una superior situaci¢n econ¢mica, o de una parcela m s amplia de libertad personal. Este alguien nos cuenta con detalle lo que era realmente ir un d¡a aqu¡ y el otro all , midiendo con cautela cada palabra pronunciada no fuera que, a uno o a otro de los adultos de forma indistinta, le diera por entender que tomaba abiertamente m s partido por el otro «contendiente» que por ‘l mismo. Lo que era tener que hacer como que no o¡a los mensajes que uno y otro le lanzaban para conseguir vete to a saber que. Lo que significaba tener la obligaci¢n de pasar un determinado d¡a con cada uno de ellos, cuando en realidad de lo que se ten¡an ganas era de ir con los amigos, pero siempre con el miedo a «herir» al adulto susceptible de sentirse as¡ si no se le prestaba toda la atenci¢n a que cre¡a tener derecho.
Entonces, si le has escuchado con suficiente atenci¢n – entre otras cosas porque es alguien a quien quieres mucho – y lo haces con la suficiente capacidad autocr¡tica, empiezas a darte cuenta m s aun de lo que quiz s hab¡a hecho poco o mucho, antes de dejarte ganar convenientemente por los mejores consejos, de la futilidad de la mayor¡a de las cosas que hab¡as estado dirimiendo con el otro protagonista del tema, comparadas sobre todo con las duras consecuencias para aquellos que, en el mejor de los casos, no han tenido en ningon momento nada que ver con el conflicto y sus causas, y la mala conciencia que te impregna mientras te vas ruborizando te hace matizar aquellos consejos: «No tienes que sufrir por eso. Ahora eres to lo importante. Ellos ya vivir n su vida cuando les toque», y adquirir un superior sentido de la responsabilidad hacia los verdaderos protagonistas.
Jordi Portell
Barcelona
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