El pasado domingo 19 de noviembre de 2000, el Sr. Jorge Olavarria utilizaba su espacio en el suplemento «Siete días» del diario El Nacional, para atacar y difamar al conjunto del Pueblo Vasco. En un articulo cargado de «falsas verdades» el Sr. Olavarria, hacia gala de un profundo desconocimiento de la historia, tradiciones, cultura y realidad del País Vasco. Prefiero pensar eso a creer que el Sr. Olavarria escribió esa serie de improperios y falsedades guiado por algún extraño interés.
En las últimas fechas, son varios los artículos aparecidos en el diario «El Nacional» en los que se hace alusión al País Vasco, a su situación y al conflicto que vive. Esto que no me parece malo, al contrario, sí me preocupa en cierta medida ya que observo que ninguno de estos artículos dedica ni una sola palabra a analizar las CAUSAS históricas sino que se limitan a disertar sobre las dolorosas CONSECUENCIAS de dicho conflicto (olvidando además el dolor y el sufrimiento de una de las partes inmersas en el conflicto)
Si trasladamos el simplismo con el que se analiza la situación en el País Vasco al resto de los conflictos de carácter político que suceden y han sucedido en el mundo, nos daríamos cuenta que esas condenas a las «consecuencias» (derivadas en muchas ocasiones del desconocimiento) no conllevan si no a una legitimación de la violencia de Estado y a un incremento de la represión contra la población.
La situación en el País Vasco es lo suficientemente compleja y delicada como para que se analice con mayor detenimiento y ecuanimidad lo que sucede.
Más de 600 presos políticos, casi dos mil refugiados en diferentes países de Europa y Latinoamérica, un conflicto armado que se prolonga durante cuatro décadas, la existencia de escuadrones de la muerte (GAL) que aparecen y desaparecen según el contexto político, las denuncias de AI y diversas instancias oficiales europeas de DDHH sobre la existencia de torturas y malos tratos a los detenidos por motivos políticos, la entrada en vigor de una nueva ley que rebaja la edad penal a los catorce años, el cierre de un diario, de una emisora de radio, la detención y encarcelamiento de concejales, alcaldes, diputados, cargos políticos, la criminalización de periodistas por denunciar las políticas de estado en el País Vasco, el encarcelamiento y criminalización de personas y grupos que defienden la «desobediencia civil no violenta» como método de lucha frente al Estado español, etc, son datos y hechos suficientes que nos deberían exigir a todos un análisis más serio, objetivo y real de la situación en el País Vasco.
Si para ello es necesario hablar de mayorías y de legitimación de posiciones hemos de tener en cuenta que el mayor acuerdo político y social logrado en el País Vasco, el Acuerdo de «Lizarra-Garazi» parte del reconocimiento a que el conflicto que sucede en el País Vasco es de naturaleza política y por tanto su solución debe llegar por una negociación y diálogo . ¿Quién ha oído al Partido Popular del Sr. Aznar, hablar de diálogo?.
LOS VASCOS: OTRA LENGUA Y OTRA HISTORIA
El periódico El Nacional, incluyó el día 19/11/2000 un extenso artículo del Sr Jorge Olavarria sobre los vascos, su lengua y su historia, repleto de afirmaciones y datos extremadamente negativos y desafortunados. Desde la primera línea el Sr. Olavarría se equivoca sumaria y malintencionadamente. No son verdad las afirmaciones contundentes y sin ninguna prueba que parecen querer presentar a los vascos como engreídos, autosatisfechos y con un insultante complejo de superioridad. Lo cierto es que hoy los vascos saben que no todos son nobles, ni fuertes, ni valientes.
La mayoría de los vascos son más humildes y realistas, y así lo han sido siempre, de lo que los tópicos literarios y políticos los presentan. Los vascos de hoy saben, sabemos, que somos igual que los demás salvo por el hecho de no poder decidir políticamente sobre nuestro destino. Los vascos saben que son perfectos e imperfectos, buenos y malos, nobles o innobles. Según los casos y como todo el mundo. Lo que sí es una extendida convicción entre los vascos de hoy es la falta de libertades nacionales. La mayoría política, sindical y social vasca vota, milita o simpatiza con partidos, sindicatos y grupos culturales nacionalistas o vasquistas. Probablemente más del 85 % de los vascos no se sienten ni quieren ser españoles. Pero los vascos no han podido nunca, ni pueden todavía, desarrollar libremente sus expectativas políticas, culturales o lingüísticas. Ni siquiera han tomado sus propias decisiones sobre los procesos económicos que en el siglo XIX industrializaron su suelo y a finales del XX lo han desindustrializado.
Han sido los gobiernos de Madrid y de París quienes han tenido y tienen la última palabra sobre las decisiones económicas, políticas y culturales que afectan a los vascos. Sean éstos nacionalistas o no. Los vascos saben pertectamente, desde hace mucho tiempo, que son un pueblo fuertemente mestizado. Pero la mayoría de ellos nunca se ha opuesto a mezclarse con los pueblos vecinos. Jamás ha habido entre los vascos una opción política racista, ni un movimiento político o social que se base en una supuesta superioridad racial. Es cierto que ha existido un fuerte rechazo, especialmente en los primeros años del nacionalismo vasco, hacia la presencia colonial de españoles o hacia la Ilegada masiva e incontrolada de inmigrantes, pero muy pronto algunos brotes de xenofobia desaparecieron de los contenidos nacionalistas. Los inmigrantes han sido siempre bien aceptados mayoritariamente, en lo social y en lo laboral. Los vascos se han mezclado en amistades, cuadrillas y matrimonios mixtos con los españoles y nunca han surgido problemas, salvo en aquellos casos en que los recién venidos no respetaban o menospreciaban los derechos y la cultura propia vasca.
Es cierto que los vascos aman la libertad, casi más que todas las demás cosas. Pero esto sucede habitualmente en los pueblos que se sienten ocupados, amenazados y en inferioridad legal, respecto a los grandes imperios. Los vascos no pueden enseñar a los pueblos americanos nada sobre libertad y lucha por la emancipación, pero sería bueno recordar que mientras los latinoamericanos empezaban a tomar conciencia de su personalidad nacional y a liberarse de la ocupación española, en el siglo XVIII, los vascos estaban perdiendo sus libertades y empezaban también a tomar conciencia de lo que, primero el Estado francés en 1789 y luego el español, entre 1839 y 1876, les estaba arrebatando. El señor Olavarría utiliza datos reales, en la mayoría de los casos. Salvo en la cuestión sobre el euskera que a mí no me toca responder porque no es mi especialidad, en los datos históricos no obstante, sí puedo afirmar que comete graves errores de voluntarismo, generalización y anacronismos. Faltas imperdonables en cualquier reflexión histórica, pero que al menos sirven para desenmascar los intentos de intoxicación.
Podemos entrar a descubrir una de sus aseveraciones más insistentes. «Los vascos están de lleno metidos en los procesos germinales de Castilla, Aragón y de España» dice. Y es cierto que muchos apellidos vascos aparecen, como soldados mercenarios, caballeros feudales, obispos etc. aliados a otros no vascos en lo que la historiografía española llama la Reconquista o la formación del Estado de los Reyes Católicos. Sin embargo, esto no tiene mayor relevancia por cuanto a la vez que sucedía, otra gran mayoría de vascos permanecía en su territorio original (los prehistoriadores dicen que el pueblo vasco ocupa el mismo lugar de Europa desde hace unos 50.000 años, aunque ni siquiera esto es demasiado importante porque no cabe duda de que los vascos procedían de otra parte) sin ninguna participación ni deseo de participación, en lo que el sr. Olavarria presenta como quasi construcción nacional de España, cuando se trataba sólo de adquisición patrimonial de tierras y reparto de botín, por parte de reyes, príncipes, obispos y otros señores feudales.
La mayoría de los vascos, digo, no tenía ninguna conciencia de participar en la construcción de España, de Castilla o de Aragón por la sencilla razón de que no participaba más que en la vida económica y social de su pueblo. Una vida que por cierto y hasta el siglo XIX estaba amparada por Leyes propias, se desarrollaba en una lengua propia, «pobre» es cierto, pero tan honrada como la que más, y con costumbres, creencias y aduanas propias. Nada más y nada menos. Pero es mucho más soprendente que el señor Olavarria documente con profusión de apellidos la presencia de vascos en la conquista y expoliación de América, y también en su posterior liberación del imperio español y subraye expresamente el papel de éstos en el nacimiento de las naciones americanas y sin embargo no considere que los vascos deben de ser, por tanto, mexicanos, colombianos, cubanos, paraguayos y sobre todo venezolanos. Es cierto, como él dice, que la Cía. Guipuzcoana tuvo un papel importante en la formación de Venezuela en el siglo XVIII. Lo cual seguramente no hace a los guipuzcoanos de hoy súbditos de aquel país. Puedo asegurarle, en todo caso y sin correr ningon riesgo, que a muchos guipuzcoanos actuales tal vez no les importara ser venezolanos, pero rechazan con energía que se les considere españoles. Sería una generalización abusiva, y como digo un anacronismo imperdonable, defender que los guizpuzcoanos son venezolanos sólo porque la Cía. de Caracas jugó un papel importante, aunque nada desinteresado, en «el proceso germinal» de Venezuela. Pero el señor Olavarría no parece darse cuenta de algo parecido, cuando defiende la españolidad de los vascos, sólo porque algunos de ellos -qué importa el número- tuvieron que ver con las guerras imperiales y de rapiña que sirvieron de base a la posterior España.
Los Fueros del señor Olavarria
El señor Olavarria tiene la mala suerte de conocer tan sólo la explicación «española» de la historia vasca. Su versión recuerda a la de los libros de historia de la escuela franquista, en parte recuperada luego por los historiadores españoles de hoy, cuando se nos contaba de las guerras carlistas el amor de los vascos a su rey y el abrazo de Maroto y Espartero. Por el contrario, nosotros hemos tenido que leer las dos versiones. La franquista que defiende el señor Olavarría y la vasca, que se abre camino después de 1975. La exaltación del apoyo de algunos vascos a los Reyes Católicos o más tarde a los Borbones, presentada por este señor subliminarmente como apoyo a España, sírvió, es cierto, para que los españoles no usaran por el momento su fuerza aboliendo los fueros y ocupando militarmente el suelo vasco. Pero como cualquier buen alumno de la escuela franquista, el sr. Olavarría parece ignorar casi todo lo demás sobre los Fueros: su abolición, su significado y el impacto sociopolítico que tuvo la ingerencía española de 1839-1876 anulándolos, las reacciones vascas, nacimiento del nacionalismo incluido etc. Para su conocimiento, no todos los vascos se adhieron al Partido Carlista. Hubo liberales vascos en el bando isabelino o cristino, pero todos finalmente se volvieron fueristas y padecieron, sufrieron y protestaron por la incalificacable actuación del gobierno Cánovas, quitando a los vascos la soberanía foral.
Al pensamiento histórico al que pertenece el señor Olavarría no le interesa en absoluto registrar que los Fueros, eran en realidad Leyes Viejas (Lagi Zarrak) de los vascos. Que no habían sido concedidas por ningún monarca castellano, aragonés o español y que, ningún rey de Castilla se atrevió a negar hasta después de la derrota de los carlistas, cuando las provincias (por cierto del latín pro-vincere) estaban ocupadas por un ejército de más de 50.000 hombres. Los reyes castellanos y luego españoles juraban los Fueros, prometían emplear su fuerza para hacerlos respetar y a cambio recibían la libre aceptación nominal de los vascos que no eran súbditos del rey de España, sino de sus propias diputaciones. ¿Llamaría usted súbdito de España a alguien que no paga impuestos a España, que no está obligado a prestar servicio militar en España o sus colonias, que tiene sus aduanas propias frente a España, en el Ebro, o que se rige por unas leyes distintas a las españolas?.
El sr. Olavarria interpreta la esencia de los Fueros, como la han interpretado siempre los españoles y muchos vascos antes de tomar conciencia del verdadero carácter soberano de los Fueros. Pero para eso hubo que esperar a que un grupo de intelectuales, los Olóriz, Campión, Arana etc., a los que Olavarría acusa de tener «una visión demencial y minoritaria», desarrollaran desde mediados del siglo XIX una teoría (no un invento) sobre la cuestión vasca más acorde con la realidad histórica y con las expectativas políticas del pueblo vasco.
Ellos se dieron cuenta de que lo único que había unido a los territorios vascos con España era un Pacto de mutuo respeto, pero soberano por ambas partes. Por si no lo sabe el señor Olavarria sería bueno recordar que los reyes españoles, desde Carlos I, se autotitulaban «reyes de España y señores de Bizkaia, Guipuzcoa etc.» dejando bien claro la separación de territorios y de sus habitantes. Del mismo modo Carlos era Primero de España y Quinto de Alemania, sin que los alemanes fueran españoles, ni al revés.
Como parece que todo esto no le interesa demasiado, el señor Olavarría salta de 1872 a 1936 para volver a repetir otro de los tópicos favoritos de la historiografía española. Se trata de presentar a los requetés como «sector predominante navarro», sin querer enterarse de los más de 3.000 muertos en este territorio, por ser militantes republicanos o nacionalistas, sin advertir que muchos navarros vivían entonces en las otras provincias vascas y sin considerar que el número de vasco-españoles de aquella guerra era mucho menor que el de vascos a secas, en el total de los territorios vascos.
Apología del lucro
Si en este capítulo predomina la desinformación o el desinterés, cuando comienza a hablar de la industrialización aparecen la apología del capitalismo y la frivolidad social más sangrante. Dice, ni más ni menos que «por una y mil causas» se produjo la industrialización del Pais Vasco, sin dar importancia alguna al hecho de que la brutal industrialización del siglo XIX, por lo demás antinatural, antisocial y antivasca, se produjo en exclusiva por la decisión y afán de lucro inmoderado de una oligarquía de españoles con apellido vasco, que explotaban las minas y a los mineros a quienes hacían vivir en condiciones ínfimas, y luego pensó en aprovechar el flete de retorno de los barcos que transportaban mineral de hierro a Inglaterra importando el necesario carbón de Gales. En condiciones de explotación y con el peor autoritarismo laboral que se pueda imaginar, los héroes empresarios del señor Olavarría se llenaron sus españolísimos bolsillos.
Esa oligarquía egoísta y desaprensiva, que el señor Olavarría ensalza como «formidable generación de empresarios vascos», es la culpable de la mayoría de los problemas sociales y políticos de este país en los últimos cien años. Para empezar ellos estaban más interesados que nadie en la abolición de los Fueros, porque incluyendo a los vascos en la constitución española se unía Euskadi al mercado español, se permitía exportar mineral de hierro e importar mano de obra castellana barata. Estos señores crearon riqueza y prosperidad, como dice el señor Olavarría, pero no la repartieron sino que la acumularon y emplearon para tomar por asalto el mercado y los negocios españoles, amarrando la suerte de los vascos a la del mercado español y provocando los graves problemas actuales en lo político, lo social, lo económico, lo ecológico etc. De cualquier modo, resulta también sorprendente que entre sus admirados empresarios se le haya olvidado al señor Olavarria el que fuera más importante, emprendedor, rico y astuto de ellos, el señor Ramón de la Sota. ¿Será tal vez por que fue el único que militó en el Partido Nacionalista Vasco?, aunque su ideología fuera más foralista que nacionalista. En su defecto, cita en cambio al señor Aznar franquista redomado que literalmente robó a los Sota sus empresas, tras la guerra del 36. Es probable que el sr. Olavarría crea que el Aznar que cita, laudatoriamente, tiene algo que ver con el presidente actual español. Se equivocaría.
Las pocas y confusas referencias que aparecen en el artículo del sr. Olavarría sobre Sabino Arana o el movimiento nacionalista, son incluso en su brevedad una antología de disparates y manipulaciones. Como es habitual en los analistas españoles «entendidos» en cuestiones vascas, este señor jamás habrá leído a Sabino Arana y apenas conoce de oídas su vida y acción política, permitiéndose descalificaciones provocadoras como llamar «visión demencial» de «algunas minorías» al movimiento social, político y cultural que es claramente mayoritario en las urnas, los escaños, los sindicatos etc. desde los años veinte. O escribir «las mentiras de Sabino», sin argumentación alguna. Cuando se desliza a trompazos por el euskera, no es mayor la fortuna del señor Olavarría. Pero repito que sobre esta cuestión ya recibir cumplida respuesta por parte de algon especialista. Desde mi punto de vista, de historiador común, lector de novelas y conocedor de algo de la vida de los jesuitas por mi actual trabajo en la Universidad de Deusto y otras circunstancias, me atreveré a decirle que afortunadamente y contra lo que usted parece creer los mejores jesuitas de la historia de la Compañía no recuerdan apenas a San Ignacio. Y que, a lo mejor Baroja es, o no es, el mejor novelista en lengua española del siglo XX, eso es cuestión de gustos y no precisamente político-étnicos, pero la frivolidad que usted muestra cuando, desde su desconocimiento de la lengua vasca, se atreve a afirmar que esta es tosca y pétrea, debería ser suficiente para descalificarle por completo ante cualquier lector.
Es usted, por lo que se ve, unamuniano convencido. Algo muy común entre los vascos españolistas o entre los españoles que presumen de conocimientos vasquistas. Bien, cada uno puede ahorcarse en el árbol que guste, pero ya que estima tanto al filósofo bilbaino, podía molestarse en conocer lo que opinaba de su buen amigo Sabino Arana, de su respeto y admiración hacia él. Como asegura el dicho, la osadía suele ser a veces hija de la ignorancia. Y desde luego osadía y grave es el tratamiento que usted exhibe en las escasas anotaciones que hace del fundador del nacionalismo. Ya es dudoso que haya leído usted a Unamuno, pero es seguro que jamás ha leído directamente a Arana. El par de generalidades tópicas que incluye en su artículo el señor Olavarría, no tiene más objetivo que insultar y provocar. Nada que ver con la obra ni la fundación nacionalista, que sin ser perfecta ha servido al menos para despertar la conciencia nacional de todo un pueblo, aunque Olavarría llama a esto «sembrar el veneno de una repoblica vasca independiente …»
Otro aspecto que parece preocuparle es que esta siembra tan venenosa hubiera podido tener consecuencias y producir, «inventar» dice, una literatura que por fortuna a usted se le ha olvidado denigrar. La de Lauaxeta, Lizarde, Orixe ….Pero como había pasado un milenio y además fue casi un favor de la II República española, como insinúa el articulista, todo queda en su sitio español y bien español.
Españoles constitucionales
Respecto a la situación actual, el señor Olavarría oculta que los vascos tienen gobiernos nacionalistas, aunque sólo autonómicos o regionales, y que los representantes nacionalistas, en conjunto, son los más votados desde 1978. Tampoco dice que nunca las leyes españolas han sido aceptadas por el pueblo vasco. Que la actual Constitución del Estado español no fue aprobada en el conjunto de las cuatro provincias vascas y que el Estatuto vascongado, concedido por Madrid, recibió un rechazo del 48 %, mientras que la Ley Foral navarra no ha sido jamás sometida al refrendo del pueblo. El señor Olavarría debería saber que la sagrada Constitución español dice en su art. 21 que España es una Nación con varias «nacionalidades». ¿De qué nacionalidades habla? El señor Olavarría es más españolista que España, ya que sólo utiliza el concepto de nacionalidad para los españoles o para insultar a los nacionalistas vascos. Pero ni él ni la Constitución de España saben explicar porqué si hay varias nacionalidades en España, sólo hay una nación y sólo una de esas nacionalidades tiene derecho a constituirse como Estado nacional.
Lo más sangrante de la situación vasca actual no es la violencia, sino la negativa reiterada a que los vascos de las seis provincias puedan decidir en un referéndum libre lo que de verdad quieren ser y de qué modo quieren relacionarse con sus vecinos, en el seno de la Unión Europea. Las especulaciones gratuitas e insultantes del señor Olavarría sobre la lengua vasca, que se corresponden punto por punto con el talante vejatorio y la imposición política española, olvidan que lo más democrático y sensato es dejar que los propios vascos digan en qué quieren hablar y con quién quieren vivir. Pero estas preguntas, tengan la respuesta que tengan, están prohibidas por los gobiernos de España y Francia.
Josemari Lorenzo Espinosa
Doctor en Historia. Profesor de la Universidad de Deusto
Autor de varios libros sobre Historia del Mundo Actual
Historia del franquismo e Historia de la Iglesia e Historia del nacionalismo vasco
Profesor de la Cátedra Jean Monnet de las Comunidades Europeas
Profesor visitante en la Universidad Iberoamericana de México
Autor de unos veinte libros de historia y más de cien artículos en revistas y prensa.
Goizeder Odriozola
Comunicadora Social
