De entrada quiero aclarar para quien no lo sepa que yo mismo, personalmente, he sido autor equis veces de esa forma degenerada de maltrato en la persona de mi esposa como forma ciertamente abyecta de acabar alguna que otra disputa doméstica. Ni siquiera importa ni poco ni mucho quién o qué la había iniciado, porque lo realmente delirante era la forma de terminarla. También quiero aclarar a mayor abundamiento que, como supongo que es notorio û como mínimo eso es lo que pretendo û, no estoy de esos hechos ni ufano ni orgulloso precisamente, sino absolutamente arrepentido, sinceramente contrito y además en tratamiento psiquiátrico para ayudarme a eliminar de mis pautas de comportamiento, por la vía de quitar de mis neuronas enfermas cualquier idea más o menos bien elaborada de justificación en la conducta ajena de este mal vicio, que no es otra cosa que un reflejo de una enfermedad del alma, ni que sea del tipo que podríamos llamar enfermedad social. Es en esta calidad mía de paciente de este grav¡simo mal, en v¡as avanzadas de regeneraci¢n, dotado – como no pod¡a ser de otra manera sensibilizado como estoy de la seria gravedad del problema -, de lo que podr¡amos llamar la fe de los nuevos conversos, que me permito mencionar el estupor con que he le¡do la noticia de la publicaci¢n en nuestro pa¡s del libro «La mujer en el islam», del que es autor el imam de Fuengirola (M laga), donde este ilustre personaje se permite dar unos cuantos consejos e instrucciones a sus creyentes, de un cariz que podemos calificar sin ambages de t’cnicas de tortura f¡sica, sobre la mejor forma de pegar a la mujer de forma que quede castigada de forma «adecuada» pero sin que le queden cicatrices y hematomas por todo el cuerpo.
Como no pod¡a ser de ninguna otra manera, una serie de colectivos – para verg_enza masculina, mayoritariamente femeninos – ha puesto el grito en el cielo por todos los motivos habidos y por haber que pueda sugerir tan aberrante adoctrinamiento, que sin duda los hay de todos los colores, as¡ como tambi’n han hecho especial menci¢n de que algunas de las afirmaciones que se hacen en el libro pueden llegar a constituir ni m s ni menos que una apolog¡a de los malos tratos en el hogar, apenas encubierta si es que llega a eso. No creo que nadie pueda ampararse en la libertad religiosa para tratar de impedir que la administraci¢n de justicia tome cartas en el asunto y haga lo que sea procedente con eso, como debe hacerlo con cualquier otro sujeto de esta lacra social, incluido quien esto escribe. Pero lo que yo quisiera sugerir a quien no lo tenga claro, m s aun, a quien crea tener claro lo contrario, es que haga un m¡nimo ejercicio de humildad y, en lugar de tratar de justificar sus actos llegado el caso – como, sin ir m s lejos, hab¡a hecho yo equis veces, y muy concretamente en mi art¡culo VIOLENCIA que escrib¡ y publiqu’ en esta misma p gina dos meses y medio atr s – en las circunstancias en que se hayan podido producir, se plantee algo tan simple como si le apetecer¡a que le aplicaran a ‘l la misma medida, con todas las connotaciones de miedo futuro que le dejar¡a como secuela inevitable. Una vez dado este paso – seguro como estoy de la unanimidad en la respuesta a la pregunta anterior -, despu’s de haber pedido perd¢n con toda humildad y sinceridad a su v¡ctima, le recomiendo que se ponga en tratamiento psiqui trico. All¡, si tiene la misma suerte que yo, le proporcionar n dos clases de ayuda, una en forma de medicamentos y otra en el de la forma de apoyo que se conoce por psicoterapia.
Aprender unas cuantas cosas. Una de ella que, en definitiva, tan importantes como creemos ser no somos otra cosa que un mont¢n antropomorfo de componentes qu¡micos, susceptibles de ser alterados por una serie de sustancias del mismo tipo, administradas desde fuera del propio organismo, que pueden modificar de forma sustancial nuestra conducta en cualquiera de los dos sentidos, segon se trate de drogas estimulantes, ansiol¡ticos o antidepresivos. Cuando, siguiendo la prescripci¢n que le haya hecho el facultativo de turno para la administraci¢n de los f rmacos en cuesti¢n, ‘stos empiecen a obrar sus eficaces efectos, se encontrar con una sorpresa, normalmente nocturna, muy ilustrativa pero ciertamente muy poco agradable. Se despertar en mitad de la noche, por ejemplo, con un fuerte sobresalto y, mientras siente un angustioso helor en la sangre, revivir las brutalidades que le haya hecho a su mujer sin paliativos de ninguna clase, sin compensaciones tipo «es que ella eso, es que ella aquello…», a palo seco del todo. Como es l¢gico cuantas m s veces haya ocurrido m s revivir , y como m s duras, retorcidas y vejatorias hayan sido, m s sudar . Que piense entonces que eso no es nada comparado con lo que ella sufri¢ mientras se lo hac¡a, y seguro que se convertir en tan cr¡tico como yo contra esta lacra.
Jordi Portell
Barcelona
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