El tema de la pena de muerte no se puede abordar con el estómago, sino con reflexión y estudio, y sin perder de vista en ningún momento el deber de respetar y cuidar -como lo más sagrado del mundo- la vida humana. Incluso la de quienes no respetan la vida de los demás. Lo digo porque, con los últimos atentados de ETA, no es infrecuente encontrarte con gente que desearían que se reimplantase la pena capital para este tipo de delitos. Comprendo la reacción, pero no puedo compartirla porque eso supondría incurrir en lo que estamos criticando. La sociedad actual dispone de medios incruentos para defender eficazmente del agresor injusto la vida de sus ciudadanos. De ahí que recurrir a la pena de muerte sería absolutamente inmoral. Y tratar de justificar su empleo aduciendo que otras penas no satisfacen los deseos de venganza que esos crímenes abominables suscitan de modo espontáneo en la ciudadanía, sería envilecer la justicia. La ley del Talión es disculpable en las sociedades primitivas. Pero resulta totalmente inadmisible en una sociedad m¡nimamente desarrollada. Pues la violencia no engendra sino violencia y, sobre todo, es incompatible con la dignidad inviolable de toda vida humana. Una pena que se limite a reprimir al delincuente imposibilitando su rehabilitaci¢n, no es una pena justa, pues no promueve sino que impide la recuperaci¢n de la dignidad humana del delincuente.
Jos’ G. Gonz lez S nchez
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