He tropezado unas cuantas veces en la misma piedra, lo que en un remedo casero de Descartes supongo que me convierte en un ser humano. Como al parecer no soy capaz de salir del paso por mi mismo y con mis propios medios, he procurado consultar a otras personas relacionadas precisamente con el origen mismo de mi dificultad û o con lo que algunos, no acabo de saber si con la finalidad de ayudarme de alguna manera o la de, simplemente, aprovechar la oportunidad para abroncarme, dicen que lo es û para ver de averiguar de primera mano, antes de reincidir, donde meto la pata, una vez establecido que todo eso del cartesianismo y el sistema lógico que de él se deriva no acaba de estar demasiado en boga y que, si se quiere estar al día, a uno le hace falta aprender nuevas maneras de ser y estar si se quiere mover con cierta soltura en una sociedad tan rematadamente compleja como esta actual. Os pondré un ejemplo. En los últimos años del franquismo y en los primeros de la transición se usaba un estilo sindical que consist¡a en empezar cualquier negociaci¢n pidiendo simplemente la luna, bajo el fotil argumento que a rebajar las peticiones, mal llamadas «exigencias», siempre se estar¡a a tiempo y que, si acaso era preciso llegar a algon tipo de arbitraje por parte de las autoridades competentes, ser¡a una buena cosa que las posiciones estuvieran suficientemente distantes como para, confiando en una cierta tendencia al «salomonismo» de los rbitros en funciones, ver de sacar el m ximo de tajada de la situaci¢n. Afortunadamente tal tendencia pas¢ de moda, una vez se comprob¢ la realidad de que, demasiadas veces, las aparentes victorias as¡ obtenidas eran p¡rricas, y a la hora de la verdad algunas de la mejoras obtenidas no pasaban de estar plasmadas en el papel oficial que las consagraba, sin llegar nunca a su aplicaci¢n pr ctica, mientras las crisis empresariales, y el correspondiente aumento del paro, crec¡an en proporci¢n directa a la capacidad demostrada para conseguir esta clase de triunfos, aparte de otros fen¢menos de descr’dito de estas instituciones que ahora mismo no acaba de venir al caso.
No deja de ser parad¢jico que una pr ctica que una experiencia tan amarga acab¢ arrinconando por ineficaz, negativa incluso, impregne ahora de una forma que me atrevo a llamar masiva determinados ambientes forenses, especialmente por parte de determinados/das profesionales del derecho, que enfocan los casos de los intereses de sus clientes de una manera que a mi, conocedor de algunos de estos casos de unos a_os para ac , no me parece que tenga nada que ver con el derecho ni con la justicia, sino tan solo con esta estrategia negociadora de nada en realidad, destinada igual que aquella a tratar de influir en los rbitros competentes tratando en exclusiva de exacerbar su posible » salomonismo», m s o menos subyacente en cualquier juzgador ante los casos con un fuerte componente de drama humano. Parece ser que aquello de que todo el mundo ten¡a derecho a la defensa efectiva de sus leg¡timos intereses, ha ido evolucionando casi a la deriva en un sentido que, en la pr ctica, sin el m s m¡nimo respeto ni por la verdad ni por la justicia, lo que estos/as profesionales tienden a defender son los intereses, as¡, a secas, con total independencia de su legitimidad. S¢lo as¡ es posible leer determinadas demandas donde casi lo onico veraz en el nombre y direcci¢n de demandante y demandado, siendo el resto el fruto del cinismo m s descarnado, y llevando al nimo de m s de uno serias dudas acerca de como se puede llegar a conseguir alguna clase de justicia si la mentira m s flagrante se admite impunemente en pie de igualdad con la verdad. No hace muchos d¡as alguien pretend¡a que mi problema para asumir eso como normal ten¡a que ver con aquella dificultad que mencionaba al principio, derivada de un exceso de cartesianismo, y que s¢lo me hac¡a falta ver de comprender otro tipo de psicolog¡a para situarme un poco m s en el mundo donde vivo. Hechas las consultas en el lugar adecuado he conseguido enterarme de que aquello que yo, impregnado de l¢gica formal, ve¡a como mentiras simplemente descaradas («mentira»: acci¢n de manifestar algo que no responde a la verdad), s¢lo es una estrategia, al parecer de tipo «profesional» y, adem s, la manifestaci¢n de un rasgo de firme personalidad.
Para remachar el clavo he realizado otra constataci¢n acerca de tal clase de psicolog¡a, y he consultado a quien era competente para contestarme qu’ deb¡a hacer si, mientras estaba en el lugar adecuado para segon que clase de intimidades de aquellas que se realizan en pareja, mi compa_era se quedaba dormida, totalmente relajada sobre mi hombro despu’s de obtener placer, pero mientras a mi el cuerpo aun me pedía marcha. Mi sabidur¡a al respecto ha crecido al saber que, si no la quer¡a ofender mortalmente, deb¡a buscarle sin dilaci¢n las cosquillas, pero aguantando de forma estoica la bronca que sin duda me propinar¡a mientras se sumaba a la juerga.
Jordi Portell
Barcelona
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