Os recomiendo encarecidamente que procuréis no estar nunca en la tesitura de despertar el rencor de nadie, porque si lo hacéis tarde o temprano las podéis pasar canutas. Sé de alguien que hace un tiempo se pasó de rosca en sus respuestas extemporáneas durante las trifulcas domésticas, que en su casa menudeaban más de lo que era necesario. La calidad concreta de tales excesos fue suficiente para alterar por un lado, de forma grave û irreversible incluso û, su normalidad familiar, y por otro para que él mismo se diera cuenta que tenía que hacer algo acerca de la cuestión, por la anormalidad que un comportamiento de tal entidad y calibre representaba. Así pues, después de pedir perdón por carta, de viva voz e incluso de forma pública a quien había sido víctima de sus actos, de ponerse en tratamiento por su anomalía y también de intentar arreglar el estropicio û especialmente por la incidencia que el tema tenía para los hijos menores û sin conseguirlo, empezó a dar aquellos pasos que le eran precisos para rehacer su vida debidamente renovado de esp¡ritu, una vez que fue dado de alta de todos los tratamientos psiqui tricos y psicol¢gicos que le hab¡an sido precisos para poner remedio a sus problemas de car cter y, +por qu’ no?, liberado tambi’n del continuo malvivir al que hab¡a tenido la debilidad de responder de forma tan indebida.
Pero por lo que parece las cosas no son tan sencillas como podr¡a hacer pensar una ojeada a este panorama sin profundizar en la totalidad de las debilidades humanas. As¡ pues, su primera sorpresa consisti¢ en tener que darse por enterado que, por lo que pudo comprobar, se hab¡a puesto en el punto de mira de un verdadero club rencoroso henchido de la firme determinaci¢n de hac’rselo pagar como fuera, aunque incluso los poderes poblicos ante los que se le hab¡a emplazado en debida forma para que respondiera de sus responsabilidades al respecto, hab¡an puesto las cosas en su sitio, calificando los hechos como hab¡an ocurrido y trat ndolos de forma jur¡dica y jurisdiccional al nivel que les correspond¡a, bastante lejos de los alaridos rencorosos del club de referencia que quer¡an hacerle objeto de un escarmiento, intentando incluso aprovechar su propia contrici¢n como un arma contra ‘l mismo. Puestas as¡ las cosas un buen d¡a se dio cuenta de que si, por ejemplo, llegaba a establecer una buena relaci¢n con alguien y ten¡a la debilidad de no reservarse los detalles acerca del quien, el como y el cuando, de forma que su vida privada lo fuera en lugar de ser un terreno donde el club pudiera ejercer su rencor, empezaban a produc¡rsele todo tipo de disfunciones que no parec¡an tener relaci¢n alguna con su propio talante y el subsiguiente comportamiento, ni tampoco con los halagos y alabanzas que inicialmente hab¡a recibido de su nueva relaci¢n a causa del mismo. Dudando de sus propias percepciones sobre el particular, se dedic¢ a huir de su vicio de analizar de forma sistem tica el c¢mo y el por qu’ de las cosas, centr ndose mucho m s en los datos positivos de su d¡a a d¡a, por ejemplo los halagos y alabanzas mencionados unas l¡neas m s arriba, concluyendo que aquello que le parec¡a percibir no era m s que un arrebato de paranoia por su parte.
Pero un d¡a de la semana pasada, por la tarde, supo de fuentes del todo indiscutibles que alguien hab¡a inquirido acerca del estado de esta relaci¢n suya en un sentido que parec¡a inferir el conocimiento que las cosas no acababan de rodar como a ‘l le hubiera gustado que lo hicieran, al mismo tiempo que se le informaba que este mismo alguien tambi’n estaba procediendo a poner en cuesti¢n sus inclinaciones sexuales, relacion ndole en este sentido concreto con una persona muy amiga suya del mismo sexo, y de una forma que quedaba claro que el calumnioso infundio hab¡a trascendido, porque ya eran terceras personas las que, aunque fuera en presencia del mencionado alguien, lo corroboraban a grito pelado. Sobre el tema de su nueva relaci¢n – la verdadera, claro, no las suciedades que se estaban haciendo correr -, contest¢ a las preguntas sali’ndose un tanto por la tangente, pero de una forma m s bien optimista, sabiendo que aquella misma noche el inquisidor tendr¡a cumplida cuenta de estas palabras de ‘l. Entonces no tuvo una gran sorpresa cuando recibi¢ por la noche una llamada de la persona con la que se hab¡a estado relacionando que liquidaba de un plumazo el tema con un argumento del todo inveros¡mil, y no le qued¢ m s remedio que aceptar que no hab¡an sido fantasmas lo que hab¡a cre¡do observar unas semanas antes, sino que el tam-tam de la selva hab¡a funcionado como un reloj en manos de quienes quer¡an ejercer con ‘l lo que dice el aforismo acerca del perro del hortelano, que ni come ni deja que coman los dem s. Y mientras tanto el perro rencoroso se muere de hambre al tiempo que sus propios planes de futuro – los del can, digo – van haciendo agua uno tras otro.
Qu’ triste, +no?
Jordi Portell
*Informativos.Net no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones de los lectores.
