Me ha producido hilaridad un artículo publicado en la Prensa el 21 de mayo, criticando los Carmelos de la Beata Madre Maravillas. Tengo que reconocer que lo leí con un cierto morbo, esperando encontrarme una denuncia de hechos contrarios al recogimiento y austeridad propios de los monasterios. Pero, íoh decepción!, me encuentro que lo que la autora del artículo critica es precisamente lo bueno de las monjas de clausura: que vivan encerradas en su monasterio y no anden pendoneando por ahí con cualquier excusa; que sean vegetarianas; que hagan oración; que practiquen el desprendimiento de ciertas costumbres mundanas; que se mortifiquen por los que tanto lo necesitamos aquí fuera; que aprovechen el tiempo; que vivan un horario que, por cierto, ya me gustaría a mí conseguir vivir adaptándolo a mi situación.
En fin, lo normal, que yo sepa, de las buenas monjas. Yo pienso que si una universitaria, por ejemplo, que conoce perfectamente lo que hay en la vida actual, abraza ese estado porque le da la real gana de responder a una llamada de Dios, ¥chap¢! Y, desde luego, le pedir¡a a la articulista un respeto a estas mujeres ejemplares, en lugar de ponerse a escribir de lo que conoce poco y entiende aon menos, y, encima, limit ndose a contar la versi¢n de uno de los escasos padres de algunas de estas monjas, que por pasarles lo que a la articulista, no han aceptado que sus hijas mayores de edad no quieran ser tan mundanas como ellos.
Ana Carvajal Becerra
