A más de 200 años del nacimiento de José Francisco de San Martín, la Historia Argentina revela su impotencia para alcanzar una caracterización razonable y coherente de su figura y del rol que desempeñó.
La Historia Oficial forjó la imagen de un argentino tan altruista que se dignó otorgar libertad a dos países hermanos, tesis acorde con la supuesta superioridad de un «país europeizado, culto y civilizado» respecto al resto de América Latina, desdeñada por «morena» y «bárbara». Con ese criterio, colocó su retrato junto a los de notorios amigos de los ingleses, como Bernardino Rivadavia y Bartolomé Mitre.
La mayoría de los historiadores del revisionismo de derecha deificó a San Martín como militar y hombre de orden, fuertemente argentino, pero de los argentinos conservadores y amantes de la tradición. Con ese criterio colocó su retrato junto al de Cornelio Saavedra y al de Juan Manuel de Rosas.
Algunos historiadores revisionistas de derecha prefirieron, en cambio, sindicarlo como «agente ingl’s», subordinado a la Gran Logia del Imperio. En este caso, la propuesta consiste lisa y llanamente en eliminar el retrato pues, +cu l ser¡a la Patria si el Padre de la misma es un agente a sueldo del inter’s extranjero?
Esta oltima caracterizaci¢n apela a un argumento interesante, aunque falso: ¨Por qu’ raz¢n un militar veterano del ej’rcito espa_ol (23 a_os de servicio, 30 batallas por mar y tierra) abandona sus filas para enrolarse, en el R¡o de la Plata, a partir de 1812, en una lucha frontal contra ese mismo ej’rcito espa_ol? S¢lo cabr¡a una respuesta: lo compraron. Por eso: su paso por Londres, en 1811, la ayuda recibida y tantos amigos ingleses, desde los hermanos Robertson hasta el general Miller, pasando por el comodoro Bowles.
Las posiciones expuestas revelan la imposibilidad de comprender a San Mart¡n desde su estrecha ¢ptica argentina, sea mitrista o rosista. S¢lo a la luz de una comprensi¢n latinoamericana puede valorarse su lucha y su vida.
+l es un general de la Patria Grande Latinoamericana -como Bol¡var- que luch¢ por su liberaci¢n y su unificaci¢n, como asimismo por los derechos del pueblo, tal cual lo hab¡a aprendido de la Revoluci¢n Francesa de 1789 y de la Revoluci¢n democr tica espa_ola de 1808.
San Mart¡n, en 1812, era un espa_ol hecho y derecho (hijo de espa_oles, se insert¢ en la sociedad espa_ola a partir de los 8 a_os. En ella se educ¢, model¢ su personalidad, supo lo que era el amor y la guerra, corri¢ peligro de muerte, recibi¢ condecoraciones, batall¢ por tierra y por mar). Pero era un espa_ol liberal-democr tico, convencido de las banderas de «libertad, igualdad y fraternidad» y del gobierno de las juntas populares. Por eso, luch¢ por la soberan¡a de Espa_a (revoluci¢n nacional) contra el invasor franc’s y tambi’n por los derechos populares (revoluci¢n democr tica) contra el absolutismo. Por eso, tambi’n, cuando esa Revoluci¢n Espa_ola se hallaba casi derrotada en sus dos aspectos fundamentales (Napole¢n dominando casi todo el territorio y el Consejo de Regencia desplazando a la Junta Central de Sevilla), decide pasar al R¡o de la Plata. No lo hace porque percibiera «el llamado de la selva» de su Corrientes natal, como aducen puerilmente los mitristas, sino para luchar por la misma revoluci¢n democr tica en Am’rica, revoluci¢n que enfrenta no a Espa_a (por eso hay espa_oles en la Junta de Mayo) sino al absolutismo espa_ol, es decir, al mismo enemigo reaccionario, el mundo viejo, contra el cual ‘l se ha manifestado en Espa_a (la Inquisici¢n, los nobles, sus privilegios, etc’tera).
En Am’rica entronca con los revolucionarios democr ticos, cuyo proyecto no es la «Representaci¢n de los Hacendados» para entregarnos a Gran Breta_a, como pretende el mitrismo, sino el «Plan de Operaciones» de Mariano Moreno y el programa de la Asamblea del A_o XIII (derechos del pueblo, eliminaci¢n de escudos y abolengos, libertad de vientres, quema de instrumentos de tortura). Por eso, inicialmente, no aboga por la independencia hasta que la restauraci¢n (1814), instaurando el m s furioso autoritarismo reaccionario, lo conduce a una posici¢n independentista. En ese momento, la revoluci¢n democr tica en Am’rica, para ser consecuente con ella misma, se torna tambi’n nacional (separatista) y San Mart¡n reclama al Congreso de Tucum n la urgente independencia, declarada el 9 de julio de 1816 como independencia «de las Provincias Unidas en Sudam’rica».
La Revoluci¢n -para San Mart¡n- no es meramente argentina (ni «argentina americanizada», como pretende la soberbia porte_a de Bartolom’ Mitre), sino de la Patria Grande. «Usted sabe que yo no soy de ningon partido; me equivoco, soy del partido americano», sostiene en una carta. Y coloca todo su esfuerzo en la campa_a libertadora hacia Chile y Pero. Por esta raz¢n arma un ej’rcito argentino-chileno que cruza la cordillera no con bandera argentina, sino con bandera de los Andes, lo cual es razonable porque de seis columnas militares, dos van dirigidas por jefes chilenos: Freire y O’Higgins.
Esto explica que San Mart¡n desobedezca la orden del Director Supremo de abandonar la campa_a y dirijirse al litoral a aniquilar montoneros. Explica, asimismo, su renuncia en el Acta de Rancagua (1820), ante sus oficiales, y su posterior elecci¢n por ellos mismos como jefe de un ej’rcito expedicionario latinoamericano, por encima de los gobiernos, de «soberan¡a flotante», reconoce Vicente Fidel L¢pez (semejante al que intent¢ gestar el Che en Bolivia, despu’s de adherir a la Revoluci¢n en Guatemala y ser gran protagonista en Cuba, otro h’roe nacido en la Argentina pero s¢lo valorable desde una ¢ptica latinoamericana). Por la misma raz¢n, la expedici¢n al Pero se sostiene con financiaci¢n chilena y San Mart¡n se convierte en general chileno y general peruano.
Es falso, pues, que Argentina le haya regalado la libertad a nadie. Y mejor no indagar demasiado pues por ah¡ andan las facturas que el Director Supremo le pas¢ al gobierno de Chile por los gastos incurridos en Buenos Aires en ayuda del Ej’rcito de los Andes, que tampoco fueron tantos. Este Ej’rcito, levantado con el principal aporte de los cuyanos, as¡ como las guerrillas de Manuel Rodr¡guez que insurreccionaron pueblos poco antes de la batalla de Chacabuco, como la escuadra que arm¢ O’Higgins para lanzarse sobre Lima, fueron los verdaderos protagonistas de la emancipaci¢n.
Asimismo, es falsa la versi¢n dada por la Historia Oficial acerca de la entrevista de Guayaquil y las relaciones San Mart¡n-Bol¡var.
Los argentinos hemos sido educados en la leyenda de que un general austero y generoso -«Santo de la espada»- fue desplazado en Guayaquil por otro general -aventurero, ego¡sta y ambicioso- quien le rob¢ la gloria de concluir la campa_a emancipadora, por lo cual el primero guard¢ profundo rencor al segundo. Con los a_os, nos enteramos que San Mart¡n, durante todo su exilio, mantuvo un retrato de Bol¡var en su dormitorio, teni’ndolo as¡ presente de la ma_ana a la noche, lo cual refuta la leyenda o indicar¡a un alto grado de psicopatolog¡a masoquista en el Gran Capit n.
La verdad parece ser otra. San Mart¡n, gran admirador de Bol¡var, comprendi¢ que ‘ste se hallaba en mejores condiciones para concluir la campa_a (porque el gobierno de Buenos Aires no le otorgaba ningon apoyo y el mismo San Mart¡n dir que hab¡a cundido la indisciplina en su ej’rcito y para continuar «deber¡a haber fusilado a varios altos oficiales»).
Con posterioridad a Guayaquil, San Mart¡n mantiene su posici¢n en defensa de la causa del pueblo hispanoamericano. De all¡ su oposici¢n a la pol¡tica de Rivadavia, expresi¢n de los intereses de la burgues¡a comercial del puerto aliada al capital ingl’s. Este enfrentamiento lo conduce al destierro y hall ndose en Londres, en 1825, despu’s de un altercado personal con Rivadavia, sus amigos apenas logran disuadirlo de su proyecto de retarlo a duelo. Esta posici¢n -que reedita la adoptada respecto al Primer Triunvirato influido tambi’n por Rivadavia- prueba su antagonismo con los intereses brit nicos.
Asimismo, las denuncias de Europa -formuladas por San Mart¡n al producirse en 1838 y 1845 las agresiones a la Confederaci¢n por parte de Francia e Inglaterra-, ratifican su consecuente defensa de la soberan¡a. Sostuvo entonces: «Lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno esp¡ritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria». Y por eso, leg¢ su sable a Rosas, premiando la altivez con que hab¡a defendido a la Patria.
Por lo expuesto, este «General¡simo de la Repoblica del Pero, Capit n General de la Repoblica de Chile y Brigadier General de la Confederaci¢n Argentina», segon se califica ‘l mismo en su testamento, es, por sobre todo, un hombre de la Patria Grande Latinoamericana, cuya lucha excede largamente las historias estrechas de las patrias chicas y s¢lo resulta comprensible a la luz de una historia de la Am’rica Latina, naci¢n fragmentada cuyo destino reside en su liberaci¢n y unificaci¢n.
Por Norberto Galasso
Emancipaci¢n Argentina
SAN MART-N: + QUE HA REPRESENTADO EN LA HISTORIA?
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