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Opinión del Lector

SUBCOMANDANTE INSURGENTE MARCOS :» EN EL ANIVERSARIO DE MI GENERAL EMILIANO ZAPATA»

escrito por Jose Escribano 13 de abril de 2000
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«Entonces le llegó el parte a Zapata. Estaba comiendo en casa de Santiago Posada, cuando le llegó el parte que el gobierno lo sitiaba. Salió en su caballo y ya en el obrador se quedó parado con quince hombres que lo rodeaban armados. Y el gobierno ya venía, cuatrocientos hombres armados sobre él. Se apeó del caballo, metió mano al rifle y empezó a tirar. Montó en el caballo, se revolvió con unos y salió. Salió con dos y él, tres. Se fue pa’l cerro y allí comenzó la lucha».

Próspero García Aguirre
General del Ejército Libertador.

Esta es una historia para niños, niñas y caballos. Viene al caso porque en estos días se recuerda al General Emiliano Zapata y porque abril es, además, el mes de los niños. Y también porque Zapata anduvo por el estado de Morelos, y en Morelos hay una niña, Ixchel, y un niño, Balam, que apoyaron en la consulta de hace un año. En ese entonces la Ixchel andaba por los 7 años y el Balam por los 3. Para ella y para ‘l, y, a trav’s de ellos, para todas las ni_as y ni_os, sale esta historia que habla de un caballo, del caballo de Emiliano Zapata.

Sobre Emiliano Zapata se ha escrito y dicho mucho, y no es poco lo que se ha hecho. Hay sin embargo, otros aspectos de la lucha zapatista que han pasado desapercibidos para los historiadores. Yo no soy historiador (soy un guerrero, un poco ni_o y un mucho caballo), pero he tenido los medios para conocer historias grandes y peque_as que se refieren a lo que estuvo alrededor de mi General. La que ahora les contar’ me fue referida, a su vez, por un caballo neozapatista: el Marinero.

El Marinero no es el onico caballo neozapatista, muchos otros forman filas insurgentes y hasta hay uno que es Subcomandante (pero esa es otra historia). Yo he tenido varios caballos. Casi todos, invariablemente, se han llamado «Lucero». Cuando alguna vez han coincidido en tiempo y espacio, han sido renombrados de forma obvia: «Lucero», «Lucerito», «Lucerote», «Lucer¢n», y as¡. Ahora mi caballo se hace llamar «Lucerotote» o «Grande» y, como su nombre lo indica, es un equino peque_o y patojo que se tropieza casi tanto como yo cuando, juntos, subimos y bajamos lomas, polvos y lodos en las monta_as del Sureste Mexicano.

El caballo del Tacho se llama «Diamante» y el del mayor se llama «Cacarizo». El caballo de la c’lula «Ch¢mpiras» se llama «Marinero». Antes de «Marinero» fue el «Pr¡ncipe», un caballo blanco y de buena alzada que muri¢ de un fuerte dolor de panza, no sabemos si por par sitos o por haber escuchado en la radio alguna de las declaraciones de Zedillo (y es que al «Pr¡ncipe» nunca le agradaron las mulas).

Pero ‘sta que cuento no es la historia del «Lucero», ni del «Diamante», del «Cacarizo» o del «Pr¡ncipe». Es m s, tampoco es, en sentido estricto, la historia de «Marinero» (aunque ‘l tendr  una parte destacada), sino la historia del caballo del General Emiliano Zapata.

Para comprender lo que contar’ hay que ser ni_o, caballo o ni_o y caballo. Dicen que hay caballos que hablan. Yo no conozco ninguno, pero eso dicen, y si, lo dicen es por algo. Lo que si s’ es que hay caballos que saben leer y escribir. Yo s’ que habr  adultos que, al leer esto, har n una mueca y mejor se pasar n a la secci¢n de pol¡tica nacional, porque para cuentos incre¡bles no hay como los que cuenta Labastida en su campa_a electoral. Pero los ni_os si comprender n que estas cosas ocurran, quiero decir, que existan caballos que saben leer y escribir. As¡ que, como aval de mi relato, s¢lo tengo a los ni_os y ni_as y caballos que saben que el mundo est  lleno de maravillas que pasan, las m s de las veces, desapercibidas.

En fin, el caso es que hay caballos que saben leer y escribir. No son muchos, o bueno, no conozco a muchos. El «Marinero» es uno de ellos. Los caballos que saben, escriben as¡ como garabatos de ni_o chiquito y parece que no se entiende. O sea que los adultos no entienden, pero los ni_os s¡ entienden. Para ponerles un ejemplo, «Marinero» escribi¢ un su poema que dice m s o menos as¡: «Gori, gori, blfr / titi, titi, ta / Gori, blfr, tita». Es claro que la rima y la m’trica son de una calidad apreciable, pero dudo que haya alguna academia o c¡rculo de poetas que no haga gestos frente a estos sentidos versos. S¢lo los ni_os, las ni_as y los caballos podr¡an disfrutar la magia que encierra ese «gori» reiterado. Pero en fin, ‘ste no es un tratado de po’tica equina, sino un relato que tiene que ver con que hay caballos que saben leer y escribir. Para hacerlo, toman el lapicero con la boca, agarrado con los dientes, y se ponen a darle y darle, hasta llenar planas y planas, claro, segon tengan cuaderno con hojas limpias. No delante de cualquiera lo hacen. S¢lo muestran lo que saben cuando est n seguros que uno es como ellos, o sea ni_o y caballo, tal vez por eso conmigo si se mostr¢ el «Marinero». Pero no delante de otros. Yo me di cuenta porque un d¡a reun¡ a la tropa y les dije. «Este caballo sabe escribir y leer», y entonces le puse un lapicero en la boca al «Marinero» y que lo empieza a masticar y a querer tragarlo y como que se ahogaba y entonces el corredero y ya por fin vino el Tacho y le sacaron los pedazos de lapicero de la garganta al «Marinero» y todos me miraron como diciendo «Pos este Sup, qu’ ocurrencias de darle un lapicero al caballo». Yo me hice pato, lo que, siendo ni_o y caballo, no viene siendo tan dif¡cil.

Ya luego rega_e al «Marinero» y ‘l me explic¢ que no delante de cualquiera mostraba su conocimiento. As¡ que si ustedes, ni_os y ni_as que leen esta historia, encuentran un caballo que sabe leer y escribir, no lo vayan a andar publicando ni se pongan a demostrarlo a otros, porque el caballo se puede tragar el cray¢n y todos van a empezar a decir que est n enfermos y les van a dar jarabes, pastillas, y, ¥lo peor!, hasta inyecciones.

Bueno, el caso es que este caballo sabe leer y escribir. Y no s¢lo eso, tambi’n env¡a y recibe cartas. No es por presumirles, pero el «Marinero» se cartea con el caballo de mi General Zapata. Si, me refiero a Emiliano Zapata, General en jefe del Ej’rcito Libertador del Sur (y tambi’n del EZLN). Ahora les cuento c¢mo lo supe.

En veces, cuando salgo a caminar en la madrugada, me encuentro con el «Marinero». El se cuadra y saluda, y es que los caballos que est n en los ej’rcitos rebeldes tienen el modo muy de militar. Por lo regular yo respondo el saludo y sigo mi camino, despu’s de detenerme a preguntarle c¢mo est  o si hay alguna novedad. En una de ‘sas, encontr’ unos papeles al lado de la mano izquierda de «Marinero». Le pregunt’ que de qu’ se trataba y «Marinero» tom¢ (o sea mordi¢) el lapicero y escribi¢ en una hoja limpia. «Cartas». Claro que no puso mero «cartas», sino su equivalente en lenguaje infantil. «¨Cartas?», le pregunt’. «Marinero» volvi¢ a escribir: «Si. De un amigo, de un caballo que es mi amigo». No le pregunt’ a «Marinero» c¢mo es que recib¡a cartas de otro caballo, bastantes cosas raras pasan en estas monta_as como para que yo me detenga a saber el por qu’ de cada una de ellas, as¡ que me limit’ a preguntar de qui’n se trataba. «Marinero» respondi¢, siempre escribiendo. «El caballo de Zapata». Yo puse la misma cara que ustedes deben estar poniendo cuando leen esto.

«Marinero» movi¢ la cabeza asintiendo y empez¢ a escribirme una explicaci¢n que no entend¡ del todo. Sin embargo, pude sacar en claro que el caballo de Zapata se cambi¢ de nombre, o sea que no se llama como de por s¡ se llama, sino que se puso un nombre clandestino, porque si se sabe que ‘l es el caballo de Zapata, pues no se la va a acabar. No entend¡ de d¢nde mero escrib¡a el caballo de Zapata, pero tampoco me import¢ mucho el averiguarlo porque entend¡ de inmediato que la discreci¢n era importante. «Marinero», creo, apreci¢ mi gesto y, en correspondencia, me ense_¢ algunas de las cartas que le mand¢ el caballo de Zapata.

Lo que le¡ fue mucho y maravilloso. Aqu¡ por falta de espacio y tiempo, s¢lo les transcribo algunas de las cosas que cuenta el caballo de Zapata. Sale y vale.

«Mi General todav¡a no era mi General cuando yo andaba de arriba abajo con los caballos. Mucho le gustaban los caballos a mi General, aunque todav¡a no era mi General. Y bien que sab¡a de caballos, sab¡a c¢mo hablarles y sab¡a entenderlos. Era bueno de entendederas mi General. A m¡ me conoci¢ cuando and bamos por los toros. Porque a mi General mucho le gustaba torear. Y esa vez lo pas¢ a llevar un torete de buen tama_o que le perjudic¢ una pierna. Pero mi General nom s se sob¢ un poco y se fue a comer con sus gentes. Yo ah¡ lo vi que mi General, adem s de buenas entendederas, ten¡a esa valent¡a que no se presumen y que, por lo mismo, m s brillan.

Ya al poco tiempo de esto del toro que cuento, fue que nos alzamos en armas en contra del mal gobierno.. Nos alzamos porque ya era mucha la injusticia que padec¡an los nuestros y mucha la miseria de los ind¡genas. No ten¡amos nada cuando nos levantamos contra los gobiernos y mi General dec¡a que » (…) cuando se hab¡a lanzado a la revoluci¢n dej¢ en su casa, colgados de un clavo, unos pantalones viejos con los que se hab¡a quedado el poco miedo que en su vida tuvo» (Ibid.)

Me acuerdo que una vez nos pasamos al estado de Puebla y atacamos Atlixco y Metepec. La empresa textil «Compa_¡a Industrial de Atlixco, S.A.» ten¡a 3 plantas (una de hilados y tejidos, otra de blanqueado, y la tercera de estampado). En el combate en Metepec, muchos obreros se incorporaron a nuestras filas. Me recuerdo por cierto que un obrero textil, Fortino Ayaquica, lleg¢ al grado de general en nuestro Ej’rcito Libertador del Sur. Y supe que por ah¡ andaba un revolucionario espa_ol que se llamaba Sebasti n San Vicente que luego no supe d¢nde qued¢, y fue hasta despu’s que me lo encontr’ de nuevo, organizando obreros por el mismo estado de Puebla. Buena gente el Sebasti n ese, ya te contar’ en otra carta lo que s’ de ‘l. El caso es que con nosotros, adem s de campesinos ind¡genas, hab¡a obreros. Y hasta uno que otro licenciado, de ‘sos que tienen sus estudios y sus grandes palabras, pero que no se andaban con remilgos a la hora de echar mano de la carabina o de las bombas de cuero, cuando hab¡a que enfrentarse a los pelones del viejo don Porfirio.

Nuestro ej’rcito, el Libertador del Sur, era un ej’rcito muy grande. Y no me refiero a que fu’ramos muchos que lo ‘ramos, sino a que ten¡a gente de todo tipo y de muy variados pensamientos. Lo que todos ten¡amos en comon, hombres, mujeres y caballos, era el coraje por ver tanta injusticia y tanta pobreza entre la gente del pueblo, y tanta soberbia y tanta riqueza en las casas de unos cuantos.

En la presidencia de M’xico hab¡a un tirano que se llamaba Porfirio D¡az. Largo hab¡a tardado el se_orito ‘se, haciendo leyes y mandando a las tropas, siempre para perjudicar a la gente pobre, siempre para beneficiar a los ricachones. Igual que ahora, aunque en lugar de una persona es un partido, el PRI, el que se encarga de que todo vaya bien para los poderosos, aunque eso quiera decir que todo va peor para los humildes.

D¡az no pudo sostenerse y tuvo que irse. Entonces entr¢ el se_or Madero, pero las cosas no cambiaron y mi General Zapata dijo que ten¡amos que seguir hasta que se cumpliera lo que quer¡amos ¥tierra y libertad!

Me acuerdo que, cuando sitiamos Cuautla, Morelos, los combates fueron muy duros, les dimos y nos dieron. Por ah¡ andaba uno que se llamaba Octavio Paz Sol¢rzano, que estuvo recogiendo testimonios de esas luchas y despu’s se incorpor¢ a nuestras filas.

El incumplimiento del se_or Madero provoc¢ muchos desaires en nuestra tropa. Me acuerdo que all  por agosto de 1911, lleg¢ el se_or Madero a vernos a Morelos. Quer¡a calmarnos y que ya nos dej ramos de estar luchando. Fuimos a recibirlo a la estaci¢n. «Entonces si, se subi¢ (Madero) arriba de un carro del tren y empez¢ a arengar ah¡, empez¢ a decir: compa_eros del estado de Morelos, estoy agradecido que me haigan ayudado a derrocar al gobierno de don Porfirio D¡az, pero si, al mismo tiempo s’ decirles que las tierras son de los hacendados y el que quiera tierra que trabaje.» Eso dijo Madero y entonces todos los zapatistas, hombres, mujeres y caballos le gritamos ¥Muera Madero! (Ibid. F’lix V zquez Jim’nez. Mayor de Caballer¡a del Ej’rcito Libertador del Sur). Y el se_or Madero segu¡a como quiera de terco, tratando de convencer a mi General de que se rindiera. Y como no lo convenc¡a pues trat¢ de comprarlo. Mal hizo el se_or Madero porque los zapatistas ni nos rendimos ni nos vendemos.

Por eso, aunque ya hab¡amos echado al se_orito D¡az de la silla presidencial, nos volvimos a enmontar y jalamos pa’ la sierra. As¡ nos fuimos para Ayoxuxtla. Bien que me acuerdo de la fecha. Era el 25 de noviembre y corr¡a el a_o de 1911. Mi general nom s estaba dando y dando vueltas y le dec¡a a otro que escrib¡a: «Le falta, compadre, le falta». Y ya luego parece que no le faltaba nada porque nos llam¢ a todos y nos dijo: «Ya est , aqu¡ est  lo que somos lo que queremos y se llama Plan de Ayala. Y entonces los 7 generales zapatistas lo firmaron, y ya luego Zapata nos dijo a todos, «Se_ores, el que no tenga miedo que pase a firmar, pero saben que van a firmar el triunfo o la muerte». Yo de por s¡ iba a pasar a firmar, pero no lo hice porque luego iban a pensar mal de mi, de un caballo que sabe leer y escribir, por eso nom s relinch’, para dejar claro que yo tambi’n estaba bien puesto para la lucha, y para que nadie se maliciara que yo era un caballo que sab¡a leer y escribir.

Mi General, pues, sigui¢ luchando. Todav¡a cre¡a el se_or Madero que lo iba a contentar. Con palabritas, que ya le parara, que ya hab¡amos ganado, que se estuviera sosiego, pero entonces mi General se enoj¢ y escribi¢ una carta muy dura y bonita. Yo lo conoc¡ porque me toc¢ llevarla a su destino. En un tiempito que me d¡ tuve la ma_a de copiarme algunas palabras. As¡ dec¡an: «Yo como no soy pol¡tico, no entiendo de esos triunfos a medias; de esos triunfos en que lo derrotados son los que ganan; de esos triunfos en los que, como en mi caso, se me ofrece, se me exige, dizque despu’s de triunfante la revoluci¢n, salga no s¢lo de mi estado, sino tambi’n de mi patria… Yo estoy resuelto a luchar con todo y contra todos sin m s baluarte que la confianza, el cari_o y el apoyo de mi pueblo, as¡ h galo saber a todos; y a don Gustavo (Madero) d¡gale en contestaci¢n a lo que de m¡ opin¢, que a Emiliano Zapata no se le compra con oro. A los compa_eros que est n presos v¡ctimas de la ingratitud de Madero, d¡gales que no tengan cuidado, que todav¡a hay aqu¡ hombres que tienen verg_enza y que no pierdo la esperanza de ir a ponerlos en libertad» (Emiliano Zapata a Gildardo Maga_a, 6 de diciembre de 1911. Ib¡d.)

Ya despu’s vino la traici¢n de Victoriano Huerta y el se_or Madero fue asesinado, Siguieron pasando los a_os. Seguido combatimos contra Huerta y pronto fue derrocado. Pero entonces un se_or Carranza se dio en el empe_o de hacerse del poder sin hacer caso de las demandas del pueblo, de los campesinos que hab¡an hecho suyo el Plan de Ayala. En el norte el General Francisco Villa hab¡a terminado por quebrar al ej’rcito huertista en la batalla de Zacatecas. Por otro lado, Carranza y sus generales ya se ve¡an gobernando sin nadie que les estrobara. Pero los revolucionarios que estaban con el pueblo se dieron en reunirse para ver que un buen gobierno entrara y ya enrumbara nuestra Patria por el buen camino. En Aguascalientes se reunieron los principales jefes revolucionarios y a su reuni¢n le pusieron por nombre «La Convenci¢n». En principios de la Convenci¢n de Aguascalientes, los zapatistas no est bamos, pero ya luego acordaron los ah¡ reunidos de mandar una comisi¢n para invitarnos. Yo estuve presente cuando el General Felipe Angeles, encabezando el grupo, se lleg¢ hasta el cuartel zapatista para invitar a mi General Zapata.

Mi General mand¢ a Paulino Mart¡nez, un hombre derecho, de palabra y coraz¢n buenos. Yo no fui, pero me platicaron otros que don Paulino habl¢ bien la palabra zapatista y, pronto, la Convenci¢n hizo suyo nuestro Plan de Ayala. Los Convencionistas se dirigieron al se_or Carranza, jefe de las fuerzas que se llamaron «constitucionalistas», para que se dejara de ambiciones y entregara el poder que hab¡a agarrado a la brava. Segon dec¡a nuestro Plan de Ayala, el nuevo presidente ten¡a que salir de acuerdo a los jefes revolucionarios y organizar una elecci¢n para que el pueblo escogiera a su gobierno. Carranza hizo como que estaba de acuerdo, pero su ma_a era que quer¡a que salieran de la lucha y del pa¡s los Generales Francisco Villa y Emiliano Zapata. Carranza sab¡a que ya sin ellos, nada le impedir¡a hacerse del poder.

Por la ambici¢n de Carranza no hubo acuerdo, y entonces sigui¢ la bola, ahora entre convencionistas y constitucionalistas. As¡ se nombraban, pero la verdad era que era la guerra entre quienes quer¡an que las cosas cambiaran para bien del pueblo, o sea Villa y Zapata, y los que quer¡an que todo siguiera igual, o sea Carranza y Obreg¢n.

Nuestras tropas avanzaron a la capital del pa¡s y, despu’s de que mi general se encontr¢ con Villa en Xochimilco, entramos en la Ciudad de M’xico el d¡a 6 de diciembre de 1914. Ah¡ estuvimos, nom s dando vueltas, porque nosotros no and bamos en la lucha porque quisi’ramos ser gobierno o por dinero o por tener cosas. No, nosotros est bamos peleando por tierra y libertad. Por eso fue que ya luego nos salimos de la ciudad de M’xico, a seguir prepar ndonos para la lucha.

Los a_os siguientes no fueron f ciles. Carranza tuvo el apoyo de los reaccionarios y pudo armar bien a sus ej’rcitos. Obreg¢n derrot¢ a Villa en la batalla de Celaya y el ej’rcito constitucionalista se hizo el m s poderoso. Para tratar de jalar m s gente de su lado, Carranza sac¢ la ley del 6 de enero de 1915, que reconoc¡a algunas de las demandas agrarias de nuestro pueblo, pero no porque pensara cumplir, m s bien porque quer¡a enga_ar a los zapatistas. Carranza tambi’n arm¢ a grupos de obreros para combatir a la revoluci¢n. Total, que las cosas se fueron poniendo cada vez m s dif¡ciles para nosotros y nuestra lucha. En 1917, Carranza organiza una nueva Constituci¢n, o sea las leyes m s grandes de un pa¡s. Ah¡, debido a la fuerte lucha de los zapatistas, ya se reconocen algunos derechos de los pueblos campesinos.

Pero Carranza no puede olvidar que mi General Zapata es un revolucionario, que no va a dejar de pelear hasta que cumpla el Plan de Ayala. Por eso es que hace un su plan para asesinar a mi General Emiliano. Como no pudieron comprarlo con oro, ni meterle miedo con la guerra, ni derrotarlo con tantos ej’rcitos, entonces hace su plan de traici¢n. El general carrancista Pablo Gonz lez ordena a un subordinado, el coronel Jesos Mar¡a Guajardo, que haga como que se deserta de las filas gubernamentales y se pase al lado de los zapatistas. Mi General no muy lo cree y le pone varias pruebas a Guajardo, hasta que se convenci¢ un poco. Entonces pas¢ lo de Chinameca, corr¡a el a_o de 1919 y era el mes de abril.

En la Hacienda de Chinameca, Morelos, no pas¢ lo que dicen que pas¢. Bueno, si pas¢ as¡, pero no mero as¡. O sea que si es cierto que el tal Guajardo se chaquete¢ y le tendi¢ una traici¢n a mi General, pero no es cierto que ah¡ muri¢, ese 10 de abril de 1919. No, mi General qued¢ mal herido, es cierto, pero yo me di la ma_a para sacarlo y pelarnos luego, aprovechando la confusi¢n y la polvareda que se levantaba con tanto tiro que echaban los pelones.

La cosa estuvo as¡. El 9 de abril, Zapata asciende al grado de General a Guajardo y ‘ste, como agradeciendo, le regala un caballo alaz n y lo invita a comer a la Hacienda de Chinameca. Mientras se va para la comida, llegan rumores de que un carrancista llamado R¡os Certuche, andaba merodeando por la hacienda. Mi general manda hacer un reconocimiento y no se encuentra nada. Pero entonces yo me malici’ que algo no andaba bien y me anduve rondando por el casco de la hacienda. Mi General entra montado en el alaz n que le regal¢ Guajardo. Yo escucho clarito que dan los 3 toques del clar¡n para saludar militarmente. Apenas se apagaba el tercer toque cuando empez¢ la balacera. R pido, sin pensarlo mucho, me arranqu’ pa’ la puerta y entr’ a todo galope. Mi General estaba en el suelo y a su lado hab¡a ca¡do Agust¡n Cort’s, su asistente. Yo lo pepen’ a mi General y lo fui jalando. Los pelones creyeron que el Agust¡n Cort’s era Zapata y le siguieron disparando, y en la confusi¢n ya me sal¡ jalando con los dientes a mi General.

No jal’ pa’l campamento, porque pens’ que seguro ah¡ llegar¡an los carrancistas. Entonces lo que hice fue llevarlo a casa de unos ind¡genas y ah¡ lo dej’ para que lo cuidaran. Yo me segu¡, porque si andaba por ah¡, seguro me reconoc¡an e iban a encontrar a mi General. Yo supe luego que mi General Zapata se hab¡a puesto bueno y hab¡a jalado para el sureste, pero eso es otra historia.

As¡ que as¡ anduve de un lado a otro y aqu¡ estoy ahora, esperando a que me mande llamar mi General y volvamos a cabalgar juntos. Mientras tanto, siempre he estado al lado de los m s jodidos, de los que nadie escucha, de los que nadie les hace caso. Por eso s’ que nuestra lucha no ha terminado, que todav¡a falta luchar mucho para conseguir aquello que dijimos en las monta_as de Morelos y que fue, y es, nuestra bandera: ¥Tierra y Libertad!

Bueno Marinero, ya me despido. Vale.

Atentamente.
El Caballo de Emiliano Zapata.

Eso fue lo que le¡ en la carta del caballo. Cuando le pregunt’ a «Marinero» si sab¡a algo m s, tom¢ el lapicero y escribi¢:

«Ah¡ anda el caballo de Zapata. Dice ‘l que no anda buscando jinete, quien lo monte pues. No, dice que busca quien entienda.»

Me desped¡ del «Marinero» y me regres’ a la playa de trigo donde la mar descansa.

Desde las monta_as del Sureste Mexicano.

Subcomandante Insurgente Marcos. M’xico, Abril 10 del 2,000, en el aniversario de mi General Emiliano Zapata.

Autor

  • JAE
    Jose Escribano

    Responsable de Contenidos en Informativos.Net

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