Nadie debería firmar un artículo sobre la procreación artificial como profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, para luego moverse en una calculada ambig³edad respecto de la postura de la jerarquía en esa cuestión. Porque eso confunde. Que piense lo que quiera. Pero que no vaya de teólogo católico si quiere enhuertarnos en sus tierras de penumbra. La Iglesia no pide, como dice el teólogo, que el embrión incipiente ½sea tratado como «si fuese» un ser personal+, sino que sea tratado como lo que es, un ser personal. La Iglesia no acepta esa distinción entre pre-embrión y embrión, ni tampoco entre embrión y un embrión preimplantatorio, de cuya condición personal pudiera dudarse: por mucho que el embrión incipiente esté poco desarrollado y su debilidad conlleve un riesgo grande de aborto espontáneo, desde su concepción tiene el mismo genoma que después, y su misma dignidad inviolable. No cabe admitir una ética de mínimos, como postula el teólogo, si con ello pretende aceptar rebajas en la dignidad humana. El fin no justifica los medios. En esto no se est sumando a la tradici¢n cristiana de promover el amor incondicional a los ni_os, por el que Karl Marx dec¡a que se pod¡a disculpar a la Iglesia sus errores. Incluso cuando te¢logos medievales discut¡an sobre el momento de la infusi¢n del alma espiritual, la Iglesia mantuvo su rechazo del aborto.
Antonio Garc¡a Mudarra
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