Estoy totalmente convencido que, quien más quien menos. tenemos unos momentos en que el sentimiento de ternura hacia uno o más seres humanos resulta exacerbado por motivos que, muchas veces, escapan al alcance de lo que realmente sería fruto de nuestra estricta voluntad, en ocasiones incluso de forma contradictoria con lo que nuestro yo consciente está intentando reafirmar, y en otras hasta límites difíciles de precisar, incluso de superar.
Uno, por poner un ejemplo de lo que quiero expresar, puede estar en la triste situación de acabar de descubrir, junto con la persona con quien ha pensado que podía establecer una relación sólida que le alegre el futuro, que hay algo que les hace incompatibles de una forma del todo insalvable. El estupor le domina, quizás incluso percibe un cierto inicio de sentimiento medianamente rencoroso por la herida que a lo mejor le representa que la cuestión que de pronto les separa esté por encima de su persona o del sincero afecto que ha depositado en el otro. Entonces, cuando despu’s de un cierto tira y afloja, empiezan a despedirse sabiendo que se trata de un adi¢s definitivo, porque el abismo entre ellos es el que es, se dan cuenta que mientras se toman motuamente las manos mir ndose a los ojos con tristeza, los pulgares del uno acarician los del otro con una ternura que parece del todo incompatible con lo que en aquel mismo momento est n viviendo. Cae entonces hecho migas aquel amago de sentimiento hostil que el instinto de autodefensa le hab¡a producido a quien hab¡a empezado a sentirse m s herido por la situaci¢n, una de sus manos deja moment neamente la del otro para apartarle de la frente un mech¢n de pelo y ponerlo en su sitio, regresando inmediatamente a la mano que acaba de dejar, y ya s¢lo queda aquel sentimiento de ternura rec¡proca que les lleva a desearse con toda sinceridad lo mejor de lo mejor el uno al otro, y entonces se despiden sin ninguna clase de rencor. Aquel al que de alguna forma le tocar¡a estar algo m s ofendido, el que de algon modo ha sido rechazado – se mire como se mire, a la hora de la verdad siempre es as¡ -, incluso es el primero en llamar al otro por tel’fono al rato para saber si est suficientemente bien, mientras una gran paz interior inunda su esp¡ritu, ganado el nimo por esta misma ternura.
Otro, tal vez, puede estar molesto en modo casi extremo con una persona concreta por una llamada que le acaba de dedicar, en la que simplemente le ha soltado de buenas a primeras un par de ep¡tetos insultantes totalmente gratuitos, agredi’ndole – pongamos por caso: «Oye, eres un c¡nico y un hijo de puta», con bis incluido -, a los que ha dado respuesta colgando el aparato sin decir una sola palabra, incapaz e inapetente de ponerse a mantener ninguna clase de pugilato verbal ni sobre la forma ni sobre el fondo de cuesti¢n de ningon tipo con quien le acaba de acometer de forma tan contundente. Se dirige entonces hacia la cocina, maquinando de forma mental rayos y truenos contra su agresora, dudando sobre si tan sustanciosa llamada ha sido hecha a bote pronto o despu’s de pedir asesoramiento a su «madre superiora» – actual depositaria y garante de su recobrada personalidad – como tiene por costumbre en semejantes lides, y ve, encima de la mesa plegable que hay all¡, medio paquete de croissants industriales comprados en el Pryca, que esta misma persona ha dado a sus hijos para que merienden mientras est n en casa de ‘l y, sin saber como, le invade un fort¡simo sentimiento de ternura hacia ella, hacia el ser humano que es, que le humedece los ojos y le hace pensar que ma_ana mismo sin falta tiene que decir a los ni_os que hagan el favor de comerse lo que les dio su madre d¡as pasados, porque s¡, porque se lo dio ella con amor, aunque quiz s haya en aquel mismo momento en su propia despensa manjares m s apetecibles y apetitosos para el capricho infantil.
Entonces, este mismo uno, arrebatado a la nostalgia por los muy tiernos sentimientos que acaba de experimentar, percibe como dentro de su cabeza fluyen espont neamente las notas y las oltimas palabras de aquella vieja canci¢n del malogrado Jacques Brel : «Je sais je sais que ce prochain amour/Sera pour nous de vivre un nouveau rSgne/Dont nous croirons tous deux porter les chaOnes/Dont nous croirons que l’autre a le velours/Je sais je sais que ma tendre faiblesse/Fera de nous des navires ennemis/Mais mon coeur sait des navires ennemis/Partant ensemble pour p^cher la tendresse…» ( Yo s’ yo s’ que ese pr¢ximo amor/Ser vivir un nuevo reino nuestro/Donde creeremos cada uno de los dos soportar las cadenas/ Donde ambos creeremos que el otro vive envuelto en terciopelo/Yo s’ yo s’ que mi debilidad/Nos convertir en nav¡os enemigos/Pero mi coraz¢n sabe de nav¡os enemigos/Partiendo juntos para pescar la ternura…).
Jordi Portell
Barcelona
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