No recuerdo exactamente quien del resto del estado escribió tajante que no había separatistas sino separadores, haciendo referencia a aquellos rasgos característicos del centralismo más montaraz que resultan imposibles de conciliar con nuestros derechos como pueblo con identidad propia, aquello que ahora que podemos y nos da la gana definimos en voz alta afirmando que somos una nación.
Argumentaba el hombre, que muchas veces eran los excesos del asimilismo centralista y su endémica falta de respeto por una diversidad que es enriquecedora û era de los que lo ven así, no como los uniformistas de pro, que de la diferencia hacen semilla del mal, de traición a las más sagradas esencias û, lo que nos empujaba a las actitudes colectivas que tanta molestia les provocan, y hacia una glosa a la necesidad de hacer lo que hiciera falta para que los que tenemos una identidad nacional propia pudiéramos sentirnos cómodos formando parte de esta España que tanto aman los centralistas, porque si no se hacía así no se nos podr¡a censurar si quer¡amos largarnos de una vez.
Estos d¡as pasados ha vuelto a ocurrir, mejor dicho, nos lo han vuelto a hacer, porque este tipo de cosas no se limita a ocurrir, ni es el azar quien lo provoca, sino que alguien o algunos, pocos o muchos, hacen que ocurran. Esta vez so capa de la interpretaci¢n de las leyes, realizada de una forma suficientemente sesgada como para no tener en cuenta la realidad, sino tan solo la voluntad uniformista, y su inevitable secuela de revanchismo a la que nuestra identidad asoma un poco la oreja y trata de no aceptar el papel subsidiario que se le quiere hacer tener. Est claro que desde las leyes de Espa_a – el respeto que se supone he de tener por las decisiones de los tribunales de justicia me lleva a creer que son las leyes las que nos agravian y no los jueces que han juzgado como lo han hecho – eso de la lengua y la cultura catalanas es una especie de curiosidad provinciana que se nos tolera, siempre y cuando nos limitemos a jugar a «cultureta» entre nosotros mismos y no nos pasemos ni un pelo pretendiendo un uso de ellas ciento por ciento normalizado, o sin consentir imp vidos la hostilidad cerril que se nos dedica desde unos cuantos colectivos. Porque dig moslo claro, de lo que se trataba con las normas de la universidad «Rovira i Virgili» que acaban de ser derogadas judicialmente era no consentir la manifestaci¢n de hostilidad pura y simple contra una de nuestras caracter¡sticas ‘tnicas como pueblo, nuestra lengua, practicada por unos cuantos alumnos – atizados por alguna que otra profesora y profesor – a quienes s¢lo por el hecho de estar all¡ cursando algo, despu’s de haber realizado toda la ense_anza primaria y media en r’gimen de inmersi¢n ling_¡stica, se supone que con suficiente aprovechamiento – sino no estar¡an en la universidad -, no tienen otro problema con la lengua catalana que su visceral deseo de hacer patente su hostilidad a la misma, ese que la profesora que ahora est encantada de la vida de haberse conocido atizaba con su comportamiento desleal.
No tiene ningon sentido hablar de biling_ismo. +ste es casi normal en la calle, sin que nadie – aparte de unos pocos canallas situados en ambos extremos – haga aspavientos por ello, y digo casi porque creo que no se puede hablar de otro forma mientras haya quien se permita el lujo de vivir en Catalunya exclusivamente en castellano – que son precisamente quienes promueven esta clase de desatinos viscerales -, oblig ndonos a los dem s a ser biling_es, pero sin dar el m s m¡nimo paso para serlo tambi’n ellos mismos. Biling_ismo ser¡a que cualquier ciudadano pudiera usar en cualquier parte una cualquiera de las dos lenguas sin obligar al interlocutor a cambiar la suya – cosa que ocurre cuando se pretende «no entender» la otra -, y esto, por desgracia, est aun bastante lejos de ocurrir . Queda m s claro que nunca que cuando se habla de «biling_ismo enriquecedor» se nos hace el favor de conced’rnoslo en exclusiva a quienes tenemos por lengua materna el catal n, que tenemos que practicarlo por obligaci¢n, mientras a los grupos hostiles o a quienes tienen por la misma el castellano no les hace falta por lo que se ve enriquecerse como nosotros a no ser que les apetezca, cosa que por cierto hacen la mayor¡a, todo hay que decirlo.
Es en estas circunstancias cuando m s me apetece salir corriendo. De verdad.
Jordi Portell
